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La memoria, la historia y el olvido
Nunca más a la infamia

por Héctor Valle

Hay triunfadores efímeros que las hojas del viento de la historia
desparraman, y se olvidan hasta del odio de los pueblos. Ellos se sentirán
vencedores, y muchos serviles y miserables se acercarán para decorar
una situación momentánea, pero ya sentirán también el látigo de la historia
sobre sus nombres y el de sus hijos, como una mancha indeleble por la
inmensa traición que están cometiendo contra el Uruguay. Y de eso, señor
Presidente, no los salvará absolutamente nadie; contra esto, nadie puede
defenderse
.

Amílcar Vasconcellos
Senador de la República,
Palacio Legislativo, madrugada del 27 de junio de 1973

El viernes 20 de mayo próximo pasado, se llevó a cabo la Marcha del Silencio la que, por primera vez, fue encabezada por el Presidente de la República. Fue, sabido es, en recordación de los más de doscientos detenidos-desaparecidos y en la fecha de la conmemoración de la aparición, sin vida y con signos notorios de torturas, de los ciudadanos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, en la ciudad de Buenos Aires.

A su vez, mientras este mismo viernes, fallecía en Francia, el filósofo Paul Ricoeur, de 92 años, el Uruguay todo recordaba, al estar de las imágenes y el audio que un programa documental emite a través del canal de televisión abierta TVEO, a propósito de los hechos que culminaron en la “noche de la infamia”, a un ciudadano de nombre Amílcar Vasconcellos, Senador de la República al que sólo la prepotencia y el arrebato de algunos uniformados y otros muchos civiles agazapados, pudo sustraer de su tarea en pro de la sociedad que lo vio nacer y a la que dio lo mejor de sí.

Como él, es bueno recordarlo, otros muchos y otras muchas vieron pasar, o bien la muerte, o el exilio, o la reclusión, mutilando vidas, anulando proyectos existenciales y, por sobre todo, postrando a un país en aras de la mezquindad y la rapacidad de unos pocos que hoy si no los consumió la historia, prontos están a ingresar en ella pero sin nombre, sin gloria y, digámoslo, sin un pasado digno.

Cuestiones a dilucidar

¿Cómo eludir el veneno de tamaña traición a la patria? ¿Cómo hacer para no caer en la misma bellaquería de aquellos que una noche, unos en un templo, otros en un barracón semialumbrado, planearon el asalto a las instituciones? ¿De dónde sacar la suficiente entereza para sobrellevar estoicamente y aun con hidalguía, el tener familiares insepultos, tumbas sin nombres, nombres que intentaron ser borrados como si nunca hubieran existido? ¿Cómo no recordar a Juan Pablo Terra? ¿Cómo olvidar la respuesta escrita a su planteo tan honorable como cívico respecto del otrora “escuadrón de la muerte? ¿Por qué tanto silencio sobre mujeres y hombres que tanto dieron de sí para con todos los habitantes de esta tierra? ¿Dónde están los “valientes”, los “machos” que torturaron a cara de perro en el segundo “300 Carlos”, no en el del batallón aquel, sino en la casona de Punta Gorda? ¿Quién respeta el dolor de una madre, de una abuela que vio cómo le sustrajeron su bebé, su nieto? ¿Dónde están los prohombres que recuperada la democracia hablaron y nos hicieron creer, yo les creí, que había una caja fuerte donde se guardaban citaciones? ¿En dónde estaba esa caja fuerte? ¿En un Comando? ¿En un cuartel? ¿O estaba en la colina que iba a servir de sede a una repartición pública? ¿Quién ordenó qué y a quiénes? ¿Cuál fue la historia? ¿Fue la misma que la historia oficial? ¿Cómo pudo suceder todo esto y tanto más, tantísimo más, lamentablemente? ¿Por qué? ¿Hasta cuándo? ¿Qué hacer?

Hablemos de Ricoeur.

Este inolvidable francés fue y es, porque a una persona de bien no se la traga la muerte, hombre de una actitud esencialmente afirmativa por sobre el negativismo de algunos otros filósofos contemporáneos. Él, nuestro filósofo hoy recordado, que se ocupara tanto, y tan bien, de la voluntad y del problema del mal, no halló al misterio incompatible con la claridad, en tanto esta es, y cuánto, una claridad profunda.

Ricoeur, que estudió al hombre esencialmente en su falibilidad, no tanto por cierta tendencia u orientación hacia el mal sino también por la propia caída en el error, trabajó denodadamente en torno a la filosofía de la voluntad, dedicando a su vez, lo mejor de sí a la exploración de la condición ontológica de la comprensión (por algo su cercanía con el pensamiento de Gabriel Marcel).

Tuvo, de su vasta y trascendente obra, que merecerá lustros para ser estudiada y enriquecida con el aporte de todos, tuvo, digo, casi al final, hablo del año 2000, de su labor filosófica, el publicar la obra cuyo título empleo para la presente reflexión: La memoria, la historia y el olvido.

En esta obra cumbre, editada por Fondo de Cultura Económica y la que me apresuro a recomendar su lectura, la que pese a su extensión largamente superior a las 600 páginas, resulta imperdible a la hora de estudiar estas cuestiones, Ricoeur, digo, traza magistralmente el pensamiento que vértebra, a mi entender, el modo, con su ritmo y profundidad, de atravesar, reflexión mediante, la tierra baldía que hoy nos ocupa, es decir, cómo la memoria, visitada con el rigor y la misericordia que las acciones del hombre merecen para llevar a tener una condición humana digna de llevar erguida la figura de este ser bípedo, hablo de altura moral, puede y debe ser procesada.

Ricoeur, desde la fenomenología, con el conocimiento histórico y una profunda reflexión en torno al olvido y el perdón, recrea esta problemática y nos da, nos acerca, una perspectiva renovadora que ayude a la persona a comprender su historia que no dice relación a validarla, a tomarla por buena, sino a asumirla desde que la misma compone, quiérase o no, nuestra propia historia, nuestra propia circunstancia.

Hemos padecido, como padecieron otros, en distintas épocas, las astucias de una razón patológica, las argucias a las que apelan aquellos que olvidan beber de la fuente de su conciencia para crear, recreando su momento, una conciencia moral imprescindible e ineludible.

20 de mayo de 1940

El inolvidable Simon Wiesenthal, en su trabajo intitulado El libro de la memoria judía, expone un calendario del martirologio, donde encontramos que también un 20 de mayo pero de 1940 se creó el campo de exterminio y de concentración de Auschwitz-Birkenau (en el distrito de Cracovia).
Y este no es un hecho aislado e inconexo sino y a no dudar un ejemplo más de cómo y cuánto debemos recrear, cotidianamente, nuestra responsabildad cívica, nuestro compromiso societario en aras de preservar, recreándola, la libertad en el día a día.

Por algo, el magistral Theodor W. Adorno dio un nuevo imperativo categórico con su nunca mas auschwitz. Nos estaba alertando sobre el poder, sobre su mal uso bien como del peligro de la renuncia en el ciudadano común a su cuotaparte de responsabilidad en los destinos de su comunidad, a vigorizar, en el día a día, los pilares de una sociedad democrática.

Del poder y los poderosos de turno

Ustedes me dirán, ¿Y qué relación hay entre la noche de la infamia, el 300 Carlos, o los dos 300 Carlos, los asesinatos de Michelini y Gutiérrez Ruiz, y los más de doscientos detenidos-desaparecidos, 210 para ser exacto, junto con el filósofo Ricoeur?

Que ninguno de los hechos narrados fue accidental, que no sobrevino por un asunto del azar, de la casualidad, o de, bueno, como dicen algunos, de unos locos sueltos, sea en Alemania, sea en el Uruguay de las décadas de los sesenta a los ochenta. No. Es y son consecuencia de una razón enferma. Es, y son, consecuencia del abandono del rigor en el apego a valores y normas básicas, esenciales, elementales de convivencia con dignidad en el respeto para con el otro, sin que medie condición de raza, credo o lugar de nacimiento. Es cuando principia, como dijera al inicio de estas reflexiones, el reptar de las larvas humanas que están presentes en todos los tiempos pero que por imperio de aquella “fatiga de la razón trascendente”, de la queda del juicio crítico, otro nombre para el imperio de la conciencia moral en la persona, que la diferencia del mero individuo, del mero átomo disociado que busca en su ombligo la centralidad de un mundo que en sí mismo le es ajeno, con tal abandono, por qué no, del discernimiento, sobrevienen las inequidades que todos vivimos pero que unos, lamentablemente, no pudieron sobrevivir, porque fueron salvajemente asesinados como también, en no pocos casos, silenciados por los grupúsculos corporativos que se hicieron con el control del poder.

¿Y qué pasó? Pasó que estos grupúsculos creyeron SER el poder, no comprendiendo, no podían tampoco por su propia cortedad intelectual, y hablo predominantemente de los civiles que, repito, agazapados en la oscuridad de la noche de la infamia, luego tuvieron, durante, e incluso mucho después, relevancia en el comando de la cosa pública, el uso mismo del poder, olvidando que siempre el que está en el ejercicio del poder es su inquilino y nunca su propietario. Nunca.

Por ello, permítanme esta consideración estrictamente personal, íntima si quieren, este sábado, en la mesa del almuerzo, releí, en voz alta y con mi familia, esta oración laica que escribiera, con tinta y con sangre buena, un hombre digno, como tantos y tantas en nuestro suelo, pero que tuvo por nombre Amílcar Vasconcellos, y que hoy, luego de lustros de inexplicable (¿O acaso el silencio oficial no se explica solo? Hablo del silencio de los presidentes colorados, Sanguinetti y Batlle, respecto de este ciudadano probo), vuelve ahora, a través de medios que no son, precisamente afines a la que otrora fuera su colectividad política, hoy despojada del sentido que Vasconcellos y otros tuvieron y tuvimos de y en la misma.

Vasconcellos, reitero, vuelve a ser visto y escuchado en sus últimas y más elevadas acciones. Él, casi en solitario en su partido, desde el Senado y antes, mucho antes, años diría yo, porque comienza su denuncia ya en 1968 contra un deleznable y bajo editorial del diario Acción, preparando, y ubicándose los autores del bajo texto, el terreno para los insucesos de 1973.

Una oración laica

Así, pues, en el entendido que la memoria debe ser recreada, alentada junto a los nuestros, y especialmente con quienes no estuvieron en aquellas horas, leí estas expresiones, con las que cierro mi reflexión, en la mesa familiar de este sábado pasado, extractadas de la última carilla de su obra “Febrero Amargo”. Dice Vasconcellos:

“...No ignoramos que hay mucha gente que tiene miedo. Miedo de hablar, miedo de actuar, miedo de lo que pueda sobrevenir y que hay otros, los políticos de las medias tintas que pensando en el futuro no quieren malquistarse con los que actualmente mandan en el Ejército, por las dudas y por si en algún momento pueden ser soluciones transaccionales en material electoral.”

“Toda esta pequeña cosa y ese cálculo mezquino no salvará al país.”

“El pueblo uruguayo tiene que tomar plena conciencia de que está jugando su destino por decena de años.”

“Y tiene que saber que sólo él –y nadie más que él- es el dueño y señor de su destino.”

“Los hombres pasan, tengan títulos, cargos, entorchados, birrete de cardenal o corona de reyes: las corrientes históricas profundas que traducen el alma y la conciencia de un pueblo: permanecen.”

“Y una cosa más y última: los cobardes jamás han hecho historia.”

”El valor no es estar dispuesto a matar porque se posee un arma; hay un valor que vale mucho más que ese, aunque pueda temblar el cuerpo y vacilar la carne: el valor moral de defender una idea.”

“Un hombre que defiende una idea es invencible y a un pueblo que lucha por una idea nadie lo detiene.”

”Hay que cuidarse del veneno de una sutil propaganda que cada día se vierte, consciente o inconscientemente por los que buscan fabricar ídolos para aprovechar determinadas coyunturas históricas.”

”Siempre se encuentran serviles para estas tareas.”

”Lo importante es estar de pie, de cara al porvenir, con la seguridad de que en el Uruguay las libertades, las instituciones, la democracia, volverán a resplandecer como en sus mejores días.”

”A veces las podas ayudan a crecer mejor los árboles y las depuraciones hacen que fortifiquen las colectividades.”

“Atrás queda un “febrero amargo”, delante un futuro incierto y quizá horas difíciles, pero pese a todo afirmemos con confianza: VIVA EL URUGUAY que el porvenir es nuestro. Después de todo, nuestra lucha recién empieza. / Marzo de 1973.”

NUNCA MAS

Qué curiosa es la historia que a este hombre, al que su propio partido, a través de sus mandamases, silenciara su recuerdo, buscando lapidar todo lo que llevara su nombre, ha vuelto a la esfera pública de mano de sus supuestos contrarios, estos a los que algunos intentan tildar, sin suerte, de buscar quedarse con todo el poder, cuando a la vista está el interés manifiesto en divulgar la historia, pero la historia completa mientras otros, los pequeños, apelan al agravio.

Por ello digo, y espero usted repita conmigo:

NUNCA MAS la infamia, NUNCA más la queda de la Justicia, NUNCA MAS el olvido o, reproduciendo, tomando como propias, las palabras de la proclama del pasado 20 de mayo:

“Para el pasado: VERDAD. En el presente, JUSTICIA. Por siempre, MEMORIA y NUNCA MAS.

hectorvalle@adinet.com.uy

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