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Aguas luego del referéndum |
Cartas a La ONDA
Aguas luego del referéndum
Sres. de La ONDA
digital, les pido publiquen esta lucida y extraordinarias
reflexiones del historiador Julio Rodríguez sobre el tema
aguas luego del “referéndum”, que llego a mí por correo
electrónico y creo imprescindible sea compartida por la mayor
cantidad de compatriotas.
Desde ya gracias por su consideración
Maria Inés Faraone
Pienso - a veces; y
luego – no siempre - escribo
A mis queridos amigos y corresponsales:
Cierta vez, en el siglo pasado, reuní varias cositas en un
librejo que titulé “Pienso, luego escribo”. El tiempo pasa. No
de modo inmaterial, y si lo hace no es mi asunto, pues mi asunto
es que pasa material y groseramente sobre mi capacidad de pensar
y escribir.. En general trato de no pensar, lo que no es fácil,
y trato de no escribir que ya es más fácil porque no es una
actividad refleja del cerebro, que piensa aunque no se lo pida,
mientras que escribir es una actividad que supone una actividad
y una voluntad consciente y a esta altura de mis nanas,
irritante.
Ahora me escuece este asunto del agua y el saneamiento, del
referéndum y de sus consecuencias jurídicas y económicas, de si
tal o cual cosa es constitucional, legal, transgresora, o si
todo lo contrario.
Por favor, quiero ser eximido de la intención de influir sobre
el debate o de ser juez (parte ya soy, porque todo se resolverá
con otro impuesto a mi cargo en una alícuota que ignoro) de unos
y otros. En mis reflexiones solitarias, hablando con el hombre
que siempre va conmigo, o sea susurrando bajito con mi propio
coleto, jugué a defender una posición y luego la otra, y me
ocurrió que no pude convencerme ni de una ni de otra, quizás
porque encarné en ambos casos el papel de abogado del diablo con
la malicia del caso, y no logré que mi alter ego de la ficción
se defendiese como Dios manda. Que no es la primera vez que el
Diablo, que no es responsable de la creación, trate siempre de
descrearla.
Bueno, me dije, otra vez estás desconcertado. Cogí el “librito”
como decía don Frutos Rivera de la Constitución, y me lo puse
por delante, incluso abrí un archivo nuevo al que titulé
creativamente “Agua”, y puse allí los artículos de la
Constitución que supuse vinculados al tema en cuestión. Como
seguramente todos quienes me lean saben más que yo y ya los
conocen de memoria, me eximo de citarlos.
Lo primero que me pregunté fue por qué yo había votado a favor
del referéndum del agua. Bien. Lo voté porque estoy de acuerdo
que el agua, el saneamiento, y barrios circunvecinos, deben
estar en manos de la sociedad, y como la sociedad está
compactada en esa institución llamada Estado, pues que se quede
el Estado como delegado de la sociedad, con toda la prudencia
posible de nuestra parte sobre lo que con ella haga esa
entelequia que solo existe bajo forma de funcionarios de carne
(débil) y hueso (elástico).
Recuerdo que miré el texto, que me dejaba dudas sobre algunos
puntos, y creí estar seguro que su texto solo regiría a partir
de su promulgación, o sea, tal como seguí creyendo, a partir del
31 de octubre. Mi temor, debe confiarlo, era que el texto me
trajera de contrabando ese domingo siete de la retroactividad de
la ley, porque si tal fuere – me decía – tendremos que pagar una
indemnización – o sea yo tendré que pagar con más impuestos la
indemnización – que ni Dios sabe a cuánto pueda alcanzar.
Me dije que si, por el contrario, se disponía a ser retroactivo,
miel sobre hojuelas para las empresas confiscadas. Sobre todo
para Uragua, que de empresa incumplidora, violadora del
contrato, rescindible por lo mismo, no solo dejaría de perder el
depósito en garantía (varios millones de dólares) sino que
además cobraría no todo lo que seguramente reclamará – en ese
regateo que se realiza entre las partes desde los tribunales
griegos y romanos de hace 3 mil años – sino con la media
proporcional entre lo que pide y lo que podemos pagar, si el
diablo no mete la cola entre las piernas de la probidad de los
jueces. Incluso me dije, prudencia manda que siempre se elija la
peor variante. Y esto me obliga a una digresión.
Es sabido que el Uruguay está acosado – a nivel nacional y a
nivel de varias intendencias – por juicios de imdemnización
contra el Estado. El Uruguay no es una isla. En este país hay
astutos, los hay en todo el planeta, más o menos
democráticamente repartidos entre todos los Estados socios de
las Naciones Unidas. Veamos pues por qué se ha producido una tal
pandemia de juicios contra el Estado. Pues bien, ocurre, que
funcionarios con responsabilidad económica del Estado, violan
más o menos claramente tales o cuales normas de los contratos
con privados.
Unos y otros, los privados lesionados y los funcionarios
responsables del daño al privado saben y conocen lo que ocurre:
el Estado pierde generalmente tales pleitos – generalmente
porque hay lesión contra el privado, o porque el Estado se
defiende mal y a destiempo, de lo que resulta que el privado
cobra un suculento pedazo del dinero mío y de otros uruguayos
tan distraídos e ingenuos como yo.
Pues bien, que no, que pues mal. Privados y funcionarios un
cierto día interiorizan que hay allí un campo que puede
transformarse en orégano. El funcionario podría decir, “el
privado se lleva él solo la guita, cuando yo soy el que con su
acción administrativa le está dando esta ganga”. Que Dios me
perdone por mi suspicacia, pero en varios países ya se han
detectado maniobras de juicios contra el Estado, donde los
jerarcas responsables del Estado habían violado normas a
sabiendas y en connivencia con el privado, para luego repartirse
la indemnización con el privado vencedor del juicio.
Un antropólogo cita la anécdota de un ranchero americano que
habiendo perdido un caballo se decía: “Bien, ¿si yo fuera
caballo, dónde iría?”. Y yo, y vos compañero que conmigo pagás
todos los entuertos y nunca cobrás las indemnizaciones, sino que
las pagás, yo y vos, tenemos que hacernos la pregunta, “¿Si yo
fuera Uragua qué me convendría?”, y se respondería “una ley que
estatice mi empresa y así pido la indemnización que como manda
el artículo 32 de la Constitución se me debe dar por parte del
“Tesoro nacional una justa y previa compensación”, y me salvo de
ser confiscado por incumplimiento de contrato, de inversiones,
etc.
Al parecer la empresa “Agua de la costa” que cobra el agua como
si fuera whisky tiene contrato hasta el 2018, y no tiene la
zorruna intención de Uragua, pues – dicen, yo qué sé – que no se
la puede sacar del medio por incumplimiento de contrato.
Imagínese paisano la indemnización que reclamará. Y apronte el
cinturón para postergar sus sueños de aumento de jubilación
cuando entremos a pagar lo que reclame.
Y ahora yo me pregunto: cuando se redactó el texto del
referéndum ¿por qué no dijeron expresamente que la reforma
constitucional sería retroactiva, porque si así hubiera
aparecido, yo que me quemé con leche y lloro si veo una vaca, y
sabiendo por ese vicio de historiador que tengo, de que deberé
pagar una gruesa indemnización, en una parte alícuota de mi
ingreso mucho mayor que la de un bien rentado jerarca público o
privado, industrial o hacendado, en tal caso, no la hubiera
votado, e incluso más, hubiera alertado a los uruguayos que el
zorro quería entrar al gallinero.
Pero además, los responsables del sindicato de OSE seguramente
habrían previsto que de ganar el partido progresista (con las
tres siglas), sería cancelada la concesión a Uragua por notoria
violación del contrato, o sea que los uruguayos nos libraríamos
de esa concesión ruinosa sin costo alguno. Habrían
previsto que la empresa Agua de la Costa con sus poco más de 3
mil conexiones, sería pasible de sacarla negociando al menor
costo posible, o sea sin tener que estatizarla para luego
pagarle una indemnización elefantina.
Al parecer, nadie lo previó. Ni en el Sindicato de OSE, ni en
las alturas olímpicas del FA-EP-NM. Quizás los únicos que lo
previeron fueron las empresas, por eso Uragua afirmó en la misma
noche del triunfo que se consideraba confiscada por el
Referendum. Una marca olímpica de velocidad.
Cuando la olla empezó a hervir en estos últimos días, escuché a
un dirigente sindical de OSE, decir, muy fresco de cuerpo, que
“no le tenía miedo a los pleitos”. “Ah, macho, - me dije – yo en
cambio sí que le tengo miedo a los pleitos porque los perdimos
todos”. Otro dirigente sindical se declaró escandalizado porque
el gobierno o la OSE – intentará negociar la compra de la
empresa Aguas de la Costa, compra que siempre saldrá mucho más
barata que tener que pagar varias veces más en un pleito, y ese
dirigente sindical, también de OSE, dijo que la Constitución
vale más que un contrato, como diciendo que vayan a cobrar al
gran rey de Borgoña. Alguien tiene que decirle que el rey de
Borgoña está aquí, en el juzgado de turno que solo citando el
artículo 32 ordenará que yo adelgace algún quilo para pagar la
indemnización.
Pero además estamos tan fritos en este asunto, que para nada
sirve el artículo 25 de la Constitución que ordena que “el daño
causado por sus funcionarios... en caso de haber obrado con
culpa grave o dolo, el órgano público correspondiente podrá
repetir contra ellos lo que hubiera pagado en reparación”. ¿Che,
Constitución, a quién le vas a cobrar? ¿A los autores del
referéndum por no saber redactar con claridad un proyecto de
reforma constitucional? ¿A los que votamos el referéndum seguros
de que no era retroactivo? ¿O a los que sabían que era
retroactivo y con increíble irresponsabilidad no lo pusieron a
texto expreso en el proyecto? ¿Andá a hacerle el interrogatorio
psicoanalítico a los votantes?
Bien, yo no me meto en si el decreto del gobierno es
constitucional o no, si habré visto debates constitucionalistas
en la historia del Uruguay y de todo el mundo desde Demóstenes
en Grecia, Cicerón en Roma, las Falsas Decretales vaticanas,
etc. Todos podrán recordar cuando el senador Echegoyen defendió
una posición en el senado, y habiendo recibido un papelito para
que cambiara de voto, agregó “Bien, esto es lo que dice una
biblioteca, ahora veremos que lo que dice la otra biblioteca”.
Aquí el que estuvo bien fue Mujica: dijo algo así: lo que yo
tengo que defender es el dinero de los uruguayos, que paguen lo
menos posible por tal o cual solución.
Y ahora, ya cansado, me pregunto: ¿quién aconsejó jurídicamente
al Sindicato de Ose cuando redacto aquel texto? Segunda
pregunta, ¿cómo ocurrió que el partido hoy de gobierno, revelara
tal pérdida de iniciativa política, tal incapacidad de orientar
a sus partidarios de cuál es el camino más correcto y menos
oneroso para cumplir nuestros objetivos?
Ni siquiera me queda el consuelo de que de todos modos habremos
aprendido una lección.
Por favor, la demagogia es inmortal, por eso sobrevive a todos
los regímenes políticos, desde los “llamadores de lluvias” del
paleolítico, hasta los que hoy luchan contra la calvicie, las
arrugas, la depresión, la mala suerte, etc.
A joderse y tomar quina
Que es la mejor medicina
Julio Rodríguez LA
ONDA®
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