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Rodó, el
iniciador
“¡Luz, más Luz!... Luz para las
inteligencias que viven en las sombras de la ignorancia. Más luz
para las sociedades envueltas por la oscura noche del error. Más
luz aun para los pueblos a quienes oprime la fatídica lobreguez
de la preocupación. Luz para los espíritus, libertad para los
oprimidos, fraternidad para todos”... La familia Estévez pensaba cómo sería la mansión que en esos días comenzaría a construirse, corría el año 1871, para luego quedar habitable entre fines de 1873 y comienzos de 1874 en lo que hoy se conoce como Palacio Estévez y sede protocolar del Poder Ejecutivo. Por entonces, y a un costado de tamaña obra proyectada, aun era dable observar parte de la muralla de la Ciudadela. En la esfera de la educación, el joven pedagogo José Pedro Varela asume la presidencia del Club Universitario que, a la postre, pasaría a ser el hoy Ateneo de Montevideo.
Unos meses antes, más precisamente en
noviembre de 1870, “el ejército revolucionario de Aparicio se
presentaba frente a Montevideo, ocupando la fortaleza del Cerro.
La ciudad se conmovió: desde la Plaza Cagancha se distinguían
las guerrillas por las quintas de Hocquard y las Tres Cruces. El
Presidente Batlle (el general Lorenzo Batlle), con su escolta,
hizo excavar trincheras por la calle de Yaguarón de sur a
norte.”[i]
El clima, pues, era, efectivamente, inestable, convulsionado.
Una nación buscaba, muchas veces a tientas, perfilar su presente
y construir su porvenir, en unidad. Pero eso tardaría aun,
varios lustros. Ciertamente, Rodó fue, más liberal que democrático (en la concepción ateniense que él tenía de la democracia) pero ninguno como él pensó, soñó y laboró en pro de lo humano en el hombre, marcando, con trazo firme y abierto, el camino de lo que el Padre Artigas enseñara en la primera mitad de ese mismo siglo: la tarea de unir a los americanos del sur y en ello, en la porfía de un americanismo vital, José Enrique Rodó fue, no sólo consecuente con aquel sino que, desde sí, dio, cual faro en la noche, luz para marcar un camino, una senda a recorrer. 1871 – 1917: entre estos años, entre tantas guerras, locales e incluso la primera guerra mundial, con tantos avances científicos como nuevos desarrollos culturales, Rodó vivió y sembró. De su pasaje por esta vida es que hoy, pretendemos, comenzar, quizá, una reflexión que –no cabe duda, distará mucho de finalizar.
Rodó, entre la “Paideia” y la
autosuperación Su obra, al estar del riguroso estudio que llevara a cabo el Maestro Arturo Ardao, fue un intento de autosuperación personal y apertura. Ciertamente no podemos decir, argüía Ardao, que Rodó fuera un filósofo, en puridad, más sí manifestar que él expuso, nítidamente, un pensamiento filosófico tan propio como atendible: Fue el precursor de una “paideia” en medio de una sociedad incipiente, convulsionada e indecisa. Es preciso, aquí, detenernos para analizar, siquiera a grandes rasgos, lo que “paideia” significa pues es piedra angular, su comprensión, para entender la vida y la obra de Rodó. Veamos, pues, lo que el especialista alemán en la materia, Werner Jaeger, en su estupenda obra homónima nos dice, al bosquejar su conceptualización: “La genuina “paideia” griega significó la educación del hombre de acuerdo con la verdadera forma humana, con su auténtico ser. Tal es”, dice Jaeger, “la genuina “paideia” griega considerada como modelo por un hombre de estado romano. No surge de lo individual, sino de la idea. Sobre el hombre como ser gregario o como supuesto yo autónomo, se levanta el hombre como idea. A ella aspiraron los educadores griegos así como los poetas, artistas y filósofos. Pero el hombre, considerado en su idea, significa la imagen del hombre genérico en su validez universal y normativa.” Para agregar, casi inmediatamente, algo que nos parece central: “Este ideal del hombre, mediante el cual debía ser formado el individuo, no es un esquema vacío, independiente del espacio y del tiempo. Es una forma viviente que se desarrolla en el suelo de un pueblo y persiste a través de los cambios históricos.”[ii] Por algo, nos advierte Rodó, desde su obra Motivos de Proteo, a mi entender, una obra apenas estudiada y, menos aun, recreada por las siguientes generaciones, que, en esto de la autosuperación, del conocimiento de sí, “¡Cuántos espíritus disipados en estéril vivir, o reducidos a la teatralidad de un papel que ellos ilusoriamente piensan ser cosa de su naturaleza; todo por ignorar la vía segura de la observación interior; por tener de sí una idea incompleta, cuando no absolutamente falsa, y ajustar a esos límites ficticios su pensamiento, su acción y el vuelo de sus sueños!” Y prosigue Rodó con esta frase magistral: “Cuán fácil es que la conciencia de nuestro ser real quede ensordecida por el ruido del mundo, y que con ella naufrague lo más noble de nuestro destino, lo mejor que había en nosotros virtualmente!”.[iii] Por ello, por el encuentro con uno mismo, Rodó aboga por la búsqueda interior que halle, en la personalidad, caudal apropiado para expresar la esencia de nuestro ser. Es así que comienza un camino que sin duda no culminará, siendo que apenas asomará en su interés por estudiarla, pero que en él, en el Maestro, encontró principio más allá de la comarca, más acá del propio Occidente: el estudio de la personalidad humana. Veamos: “Reformarse es vivir”, repite el Maestro su frase inicial en esta obra que a la que luego volverá a citar en otros pasajes de la misma. Y continúa: “Aun fuera de los casos en que es menester levantar del fondo de uno mismo la personalidad verdadera, falseada por sortilegios del mundo; y aun fuera de aquellos otros en que un hado inconjurable se opone al paso de la vocación que se seguía, del propósito en que se hallaba norma, la tendencia a modificarse y renovarse es natural virtualidad del alma que realmente ´vive´; y esta virtualidad se manifiesta así en el pensamiento como en la acción.” Y dice más, en este sentido, para lo cual extraemos, a modo de ejemplo, algunas frases que siguen al párrafo anterior: “... Y cuanto más pujante y fervorosa la vida, tanto más intenso el anhelo de renovarla y ensancharla. Solo con la regresión y el empobrecimiento vital empiezan la desconfianza de lo nuevo y el temor a romper la autoridad de la costumbre. Quien en su existencia no se siente estimulado a avanzar, quien no avanza, retrocede. No hay estación posible en la corriente cuyo curso debemos remontar, dominando las rápidas ondas: o el impulso propio nos saca adelante, o la corriente nos lleva hacia atrás. El batelero de Virgilio es cada uno de nosotros; las aguas sobre que boga son las fuerzas que gobiernan el mundo.”[iv] Claro ejemplo, pues, de la profundidad, y claridad, de sus conceptos. Aquí también podemos advertir lo que es una constante, tanto en su obra literaria como periodística: su vasto conocimiento del mundo helénico, de los grandes pensadores clásicos griegos como así también de los maestros de la literatura universal. Rodó fue en este sentido también, y por ello quisimos traer la idea de “paideia” un propagador de la cultura superior del espíritu. Expliquémonos: él pudo decir a partir de su conocimiento, traduciéndolo por medio de su sapiencia pero en vez de ello, de empobrecer su pensar, optó por ser profundamente magnánimo y, en el contexto del Uruguay, y mismo de la América de aquel entonces, dio en cada uno de sus pasos culturales, sin afectaciones, donde fuere del caso expresarlo, el origen mismo de una cita, de una referencia que llevara, por qué no, a quien le leyera o bien, escuchara, a buscar, por sí mismo –he aquí otra de las vetas del educador que en él siempre hubo- aprender algo más a partir del dato recibido. En ese contexto, vale entonces remarcar la gesta de Rodó que estuvo dada, como cúpula desde la cual derramar luz en beneficio de su gente, en beneficio de todos pero muy especialmente en pro de los jóvenes, pero más aun: de la juventud de América. Otro grande de nuestra América, Emir Rodríguez Monegal, en su trabajo sobre Rodó, refiere que en su gesta americanista, Rodó temió más la dominación cultural que el imperialismo militar en tanto que otros textos, advierte Emir, permiten asegurar, junto con Carlos Real de Azúa, que no sospechó el imperialismo económico, si bien, alegamos nosotros, bregó fuerte e incansablemente, contra el utilitarismo.[v]
El pensar, la manía
clasificatoria y la “Cadena de Revelaciones” Es que Rodó fue uno de los dos brazos con que el Uruguay abrió el surco del siglo XX, en la faena del pensar, con una huella en donde lo central, donde plantar la semilla para que germinara tan fuerte como libre, fue la propia formulación de la cuestión, de la pregunta antes que la búsqueda de soluciones y menos que menos, el angostar el surco anteponiendo tabiques por donde se debía o no se debía transitar –pensar-. Rodó trasciende el positivismo –al decir de él, base de su templo pero nunca la cúpula- y avanza en la construcción, que luego continuará Vaz Ferreira, de una conciencia nacional rumbo a una filosofía primera en estas tierras: la filosofía de la experiencia. Que el propio Ardao luego de citarla, advierte también en Rodó una filosofía de la acción y de la vida, en una concepción, dice Ardao, como antes citáramos sin nombrarle, proteica de la personalidad. O como reza nuestro subtítulo, al estar de los diversos estudios emprendidos sobre la obra del Maestro Rodó, en especial el realizado por Ardao, aquel llevó a cabo una literatura de ideas con un mensaje de idealismo práctico. Pero queremos resaltar la importancia de esta filosofía de la experiencia y del basamento que, en su pensar, asiste a Rodó en tan magna tarea. Acudamos, entonces a su palabra: “...no hay término final en el descubrimiento de lo verdadero, no hay revelación una, cerrada y absoluta; sino cadena de revelaciones, revelación por boca del Tiempo, dilatación constante y progresiva del alma, según sus merecimientos y bríos, en el seno de la infinita verdad.”[vi] Y esto, que quizá así expresado sea algo aun no del todo claro, está anticipándonos la importancia capital, para el ser pensante, del estar abiertos a la escucha serena y a la mirada auténtica, a no etiquetar ideas y con ello, descubrir enemigos donde solamente hay, si es que en verdad los hay, adversarios o meramente gente “que viene” con otro pensar que precisa, por qué no, expresarse para luego escuchado el nuestro, intercambiar reflexiones en torno al tema que motiva ambas visiones sobre un mismo tópico. Así lo expresa Rodó: “La necesidad de clasificar y poner nombre a nuestras maneras de pensar, no se satisface sin sacrificio de alguna parte de lo que hay en ellas de más esencial y delicado. De esa necesidad nacen errores y limitaciones que, no sólo adulteran la íntima realidad de nuestro pensamiento en el concepto de los otros, sino que, por el maravilloso poder de sugestión que está vinculado a las palabras, reaccionan sobre nosotros mismos, y ponen bajo un yugo, o mejor, comprimen como dentro de un molde, el natural desenvolvimiento de la idea que ha hecho su nido en nuestra alma.”
Un mentís a las ideologías Rodó lo dice con estas palabras: “...No hay nombre de sistema o escuela que sea capaz de reflejar, sino superficial o pobremente, la complejidad de un pensamiento VIVO.” Y agrega, seguidamente: “Y además, una idea que VIVE en la conciencia, es una idea en constante desenvolvimiento, en indefinida formación: cada día que pasa es, en algún modo, cosa nueva; cada día que pasa es, o más vasta, o más neta y circunscrita; o más compleja y depurada; cada día que pasa necesitaría, en rigor, de nueva definición, de nuevo credo, que la hicieran patente; mientras que la palabra genérica con que has de nombrarla es siempre igual a sí misma...”[vii] Porque lo que escondemos, al rotular, y rotularnos, tras de una idea, la que fuere, en el orden del pensamiento filosófico, político, como de la fe, si la hubiere como si no, estamos renunciando a nuestra tarea de pensar, de discernir, de hacer laborar en nosotros mismos al juicio crítico, ese otro nombre de nuestra conciencia, la cual, convengamos, no nos viene dada, acabada y lista para reflexionar sino que, cuán cierto es, nos guste o no, la misma progresará, o no, de nuestra diaria y fecunda porfía en permitirnos vernos a nosotros mismos, en dialogar en nuestra interioridad la conciencia psicológica con la moral, en sopesar, vamos, las acciones con nuestro marco de valores y referencias. Por ello, el clasificar, si bien descansa, también embrutece, petrifica. Que no dice relación a no suscribirnos a tal o cual corriente filosófica, política o confesional sino, antes bien, a mantener, aun dentro de las mismas, una ACTITUD CRITICA que renueve, como dijo el maestro, nuestra capacidad de analizar, en el diario vivir la pertinencia, o no, de las mismas, con los asuntos que nos toca en suerte vivir y sobre los que, más que tener, debemos, jugar posición; es decir, ser y hacer, en coherencia, y en responsabilidad, personal y colectiva. Siempre. Sin descansos, sin claudicaciones. Pero hay más, en Rodó siempre hay más, que no basta con leerle una vez sino que es recomendable, cada tanto releerlo y comenzar de nuevo. Dice Rodó, a continuación de aquello: “Cuando doy el nombre de una escuela, fría división de la lógica, a mi pensamiento vivo, no expreso sino la corteza intelectual entera; no expreso sino un residuo impersonal, del que están ausentes la originalidad y nervio de mi pensamiento y los del pensamiento ajeno que, por abstracción, identifico en aquella palabra con el mío.”
Una idea en constante movimiento Y cierra aquí, Rodó, un párrafo, dando respiro y tiempo, aliento y distancia, para volver sobre el asunto a fin de rematar su idea que no hace sino dejarnos cavilando, con las siguientes palabras: “Y no tan sólo desconocimiento y frialdad; odio y muerte, a raudales, han desatado entre humanos pechos los nombres de las ideas: sus NOMBRES, -antes que su esencial realidad; y por de contado, muy antes que lo que está aun más hondo que ellas: el ESPIRITU, y la intención, y la fe; odio y muerte - ¡pena infinita! – entre quienes, si recíprocamente se vieran, por intuitivo relámpago, el fondo del alma, rota esa venda de los nombres adversos, se hubieran confundido, allí, sobre el mismo ensangrentado campo de la lucha, en inmenso abrazo de amor!”. Recordemos, para finalizar esta entrega, que Motivos de Proteo, obra principalísima en Rodó, fue elaborándose con los años pero que ya en 1904, nada menos que tal año, significativamente traumático por la guerra fraticida, estaba más que adelantada, siendo que vio la luz de la imprenta en el año de 1909. Motivos de Proteo, una obra que, como el pensamiento de Rodó, fue pensada en movimiento. Porque Proteo es, conviene recordarlo, en Rodó, el principio creador que se va definiendo, temporalmente, a través de sus continuas mutaciones. Vale reiterar las palabras iniciales de la obra: Reformarse es vivir. Falta aun, en tanto que la obra de Rodó permite pensar y discurrir sobre ello, hablar sobre las ideas y sobre lo trascendente en Rodó. Aunque tentados a proseguir, ciertamente precisamos ambos, usted y yo, una pausa, para que decanten las ideas y principie lo que nunca debemos acallar: la voz de nuestra conciencia.
[i] , Reyes
Abadie, Washington –Julio Herrera y Obes, el primer jefe
civil – ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, año
1877, Pág. 26. LA ONDA® DIGITAL |
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