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El Quijote en las instituciones
multilaterales de crédito

por Santiago Real de Azúa*

Que el Banco Interamericano de Desarrollo se sumara a las conmemoraciones del IV centenario de la publicación de El Quijote de la Mancha —y que la hiciera auspiciando una magnifica conferencia a cargo del escritor español Antonio Muñoz Molina, actual director del Instituto Cervantes en Nueva York— pudo haber llamado la atención de algún observador, pero al retirarnos del auditorio del BID nos fuimos con la clara sensación de que era un evento natural (quizás por aquello de que no hay desarrollo sin cultura) y sobre todo de que el Quijote está en todas partes, incluidas las instituciones multilaterales de crédito.

Al fin y al cabo, el BID es “más que un Banco”, como nos enseñó su fundador Felipe Herrera y lo machaca sin cesar nuestro presidente Enrique Iglesias, el Barcelona Fútbol Club es “más que un club” (ese “ejército simbólico desarmado de Cataluña”, según la felicísima fórmula de Manuel Vázquez Montalbán), Gary Cooper fue más que un vaquero, el arroz sigue siendo más que un alimento y el alcoholismo más que una enfermedad; casos similares podrían multiplicarse al infinito (en Colombia se vendían camisas que eran “más que una camisa, un estilo de vida”). Detrás de esta formula aplicada a cosas tan disímiles es evidente una común revuelta contra los límites, una invitación a soñar y la muy humana aspiración a ensanchar las partes hasta convertirlas en un todo.

Alonso Quijano (o Quesada o Quintana, según las versiones) tampoco se resignaba a ser lo que era, quiso ser algo diferente, y de esa insatisfacción con los límites de la vida “real” nació —parido de la cabeza de Miguel de Cervantes, que tampoco se conformaba con su vida— el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, un rebelde que se autoinventa para ser lo que él decida, no lo que las circunstancias le impongan. Muñoz Molina nos recordaba el célebre intercambio entre el Quijote y su incrédulo vecino labrador, a quien le advirtió: “Yo sé quién soy y sé qué puedo ser”.

Ese no conformarse con los limites de lo real se aplica a empeños individuales y colectivos, está en el origen de las más exaltantes aventuras, de las mejores utopías, y también de los peores desvaríos y fanatismos… Los clubes de fútbol, los partidos políticos, los medios de prensa, las aulas universitarias, los empresarios, los sindicatos, los bancos y los economistas, todos hemos querido alguna vez (con mayor o menor fortuna) ser más de lo que somos, hacer más de lo que hacemos, ir más allá de nuestros cometidos originales, romper con lo real, instalarnos plenamente en el campo de la imaginación.

Quienes mejor lo logran son aquellos que parten conscientes de que toda acción, todo emprendimiento, es por definición incompleto e insatisfactorio, que las cosas no están moldeadas de una vez y para siempre, que son inacabadas por naturaleza. También quienes han tenido la fortuna de contar con un Sancho Panza a mano, un cable a tierra, sin tomarse del todo en serio, cabalgando por la vida con ironía, esa gracia que tan generosamente prodigó Cervantes.

¿Cuáles serían los mensajes principales del Quijote que instituciones como la nuestra, “más que un Banco”, podría retener? ¿Qué lecciones prácticas podríamos sacar de su lectura, más allá del regocijo y la diversión? La empresa puede parecer absurda, pero al fin y al cabo se han hecho cosas parecidas, peores o más audaces, como un sutil análisis de “En Busca del Tiempo Perdido”, de Marcel Proust, concebido como un delicioso libro de auto ayuda (Alain de Botton, ¿Cómo Proust puede cambiar su vida?). Cualquier selección es fatalmente personal, caprichosa y arbitraria, pero puestos a jugar, dejémonos caer en la tentación y retengamos seis mensajes, tres mayores y tres (aparentemente) menores.

En primer lugar, el anhelo de la libertad, que recorre la novela de cabo a rabo, y que está en el origen mismo de la loca aventura quijotesca, pero que de algún modo la trasciende hasta convertirla en aspiración universal. La libertad, enseña el Quijote a Sancho, “es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. Libertad para escoger y también ausencia de barreras y ataduras, entre las cuales “ciertos beneficios y mercedes recibidas que no dejan campear al ánimo libre” (atención amantes en exceso de honores y prebendas…).

Observemos en segundo término que para el Quijote la honra es tan importante como la libertad, que es sinónimo de dignidad: los seres humanos aspiran no sólo a ser libres, sino a ser tratados de una cierta manera. No hay honra, y por lo tanto tampoco dignidad, sin ciertas bases materiales mínimas: “¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!”. Para Cervantes, honra y pobreza son prácticamente antinómicos, una es alegría, otra es tristeza: “la pobreza atropella a la honra, y a unos lleva a la horca y a otros al hospital y a otros hace entrar por las puertas de sus enemigos con ruegos y sumisiones, que es una de las mayores miserias que puede suceder a un desdichado”.

Por último, junto a la pasión por la libertad y la dignidad, una insaciable sed de justicia: el Quijote es un héroe justiciero hasta la temeridad guiado por la compasión y la ternura, como lo evidencia el episodio en que libera por antojo a un grupo de delincuentes que encuentra marchando encadenados y que después le “retribuyen” cruelmente el gesto. Lección a retener: hacer justicia (o perseguir la idea que de ella nos hacemos) sin mirar a quien, sin esperar retribución ni reconocimiento a cambio.

Si conseguimos inspirar nuestro trabajo en esas tres lecciones —el universal anhelo por la libertad, la dignidad y la justicia— nuestra deuda con Cervantes —que murió paupérrimo, no lo olvidemos— ya sería inmensa. Pero el asunto no termina aquí: el Quijote también nos enseña otras cosas invalorables para nuestro trabajo diario.

Por ejemplo, la importancia de la fama (léase opinión publica): nuestro héroe esta pendiente del que dirán (“más vale el buen nombre que las muchas riquezas”), y a la menor puesta en duda de la belleza de su Dulcinea, de la verdad de sus hazañas, de la realidad de sus visiones, embiste furibundo contra el o los infortunados. Y pese a su fanatismo, sabe cuán cambiante y vanidosa, cuán arbitraria e hiriente puede llegar a ser. Consejo práctico subyacente: no actuar por y para la fama, pero tampoco caer en la ingenuidad de ignorarla. Otra lección provechosa a retener: los hombres son lo que son y también lo que creen ser, vivimos en un mundo “hoy como hace cuatro siglos” donde las percepciones cuentan y a quienes olvidan esta simple enseñanza mal les va en la vida…

El Quijote —apasionado, iluminado, afiebrado— nos invita a tomar las cosas, y por lo tanto, nuestro trabajo, con una mezcla de compromiso y distancia, a desconfiar de las apariencias y las verdades absolutas, a admitir el error (quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda), a valorar el realismo (“la valentía que no se funda sobre la base de la prudencia se llama temeridad”) y a dejar obrar al tiempo, “descubridor de todas las cosas—, que no deja nada sin sacar a la luz del sol”.

El Quijote vive ofuscado con Sancho por su uso y abuso de los proverbios, esa forma arcaica de la consigna, la frase hecha, la simplificación efectiva (“¿Cuándo será el día donde yo te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada?”). A las organizaciones multilaterales el Quijote nos diría: las palabras de moda, las frases hechas, las lemas (y las presentaciones en PowerPoint) no sustituyen el pensamiento, mas bien lo ahogan y reducen y es el pensamiento “siempre difícil, complejo, matizado” lo que imprime dirección y sentido a la acción, aún la más aventurada. Desconfiemos pues de las formulas demasiado cómodas, y de las presentaciones demasiado atractivas: la realidad es siempre compleja, aun cuando nuestro trabajo nos obligue a presentarla en términos accesibles.

Estas tres recomendaciones “menores” se desprenden del conjunto de su obra pero quedan de manifiesto en forma abreviada y aumentada en todo el episodio de la designación de Sancho como gobernador de Barataria, en el cual “tras advertirle que es “dulcísima cosa mandar y ser obedecido”— el Quijote formula una serie de consejos válidos no sólo para gobernantes, sino también para cualquiera llamado a ejercer posiciones de mando a cualquier nivel: “Has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse…haz gala de la humildad de tu linaje, no te desprecies de decir que vienes de labradores…, la sangre se hereda y la virtud se adquiere y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”. Pero más allá de este episodio —uno de los más divertidos de la obra— y de estos consejos —quizás los más explícitos que el caballero prodiga a su escudero— campea en todo El Quijote una sana desacralización del poder y sus boatos y un claro empeño por poner en evidencia la parte de comedia, de representación, que conlleva su ejercicio.

Para terminar, quizás valga la pena retener dos observaciones pertinentes desde nuestra peculiar perspectiva:

  • El Quijote de la Mancha es hijo de la crisis económica y refleja la angustia y la inseguridad propias de su tiempo, agravadas quizás en el caso de Cervantes por su personal peripecia (herido de guerra, prisionero, deudas, matrimonios). Las adversidades no impiden al espíritu elevarse y alcanzar las más altas cimas.
  • La influencia de El Quijote, que llegó a América de contrabando por ser considerada su lectura peligrosa, ha influido en el ámbito hispanoamericano menos y más tardíamente de lo que se piensa (según Muñoz Molina, tenemos que esperar al siglo XIX para encontrar un gran autor cervantino en don Benito Pérez Galdós). Entre los grandes escritores latinoamericanos contemporáneos, Mario Vargas Llosa (cuyo héroe de “La guerra del Fin del Mundo” tiene ribetes quijotescos) y Carlos Fuentes destacan por su profundo conocimiento por la obra cervantina. Pero quizás sea Jorge Luis Borges el autor hispanoamericano más marcado por la impronta quijotesca: una vez confesó que haber conocido al Quijote, a quien consideraba su amigo, había sido “una de las cosas felices que le había ocurrido en la vida”; y no olvidemos lo que al caballero de La Mancha debe todo el realismo mágico.

 

Pero más allá de todo esto, queda en pie un asunto fundamental: no es posible recabar sólo enseñanzas y consejos de El Quijote olvidando o marginando a Sancho Panza: sin él, sin su estrecho realismo, sus pequeñas ambiciones, su modestia y definitivamente sin su ternura y compasión (“no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más… ”), el Quijote no habría podido existir. Este escudero gordo, desaliñado, pedestre y cobardón también está en todas partes, es un profundo conocedor de la naturaleza humana, y tiene seguramente muchas cosas que enseñarnos a todos, incluidas las instituciones multilaterales de crédito… Tarea pendiente para un próximo artículo.

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