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El científico Rodolfo Gambini propone crear la Asociación
Nacional para el Avance de la Ciencia |
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Informe 2005 del
PNUD
El Presidente Vázquez: Anuncio la creación de una comisión
asesora en investigación científica e innovación tecnológica |
El científico Rodolfo Gambini propone crear la
Asociación Nacional para el Avance de la Ciencia
Durante un encuentro regional
Ciencia, tecnología y Sociedad que se desarrollo durante la
primera semana de junio donde científicos uruguayos y del ámbito
mercosuriano expusieron diversos análisis y opiniones, el Dr.
Rodolfo propuso en su intervención la creación de una Asociación
Nacional para el Avance de la Ciencia. La ONDA digital Publica a
continuación la versión completa de la intervención del
científico uruguayo. Esta iniciativa surge en momento que en
Uruguay se discute desde distintos ámbitos oficiales y privados
como mejorar el desarrollo científico y tecnológico en el país.
El encuentro que se desarrollo en el moderno edificio “Torre de
las Comunicaciones” se
suma a distintas iniciativas que con contenidos similares pautan
la vida académica de la región.
Uruguay ha llegado al siglo XXI
sin una política nacional de ciencia y tecnología.
Con el advenimiento del presente
gobierno se han abierto nuevas expectativas. Se ha anunciado la
voluntad de aprobar un importante incremento del gasto para
educación.
La
ciencia y la tecnología forman parte, por primera vez, de la
agenda nacional como lo sugiere la reciente creación del
Gabinete Ministerial de la Innovación y el anuncio de un
Plan Estratégico Nacional sobre Políticas de
Innovación, Ciencia y Tecnología para el Desarrollo.
Ante esta nueva situación
quisiera enfatizar dos principios que aunque resulten bien
sabidos pueden descuidarse en aras de la búsqueda de resultados
inmediatos.
1) Las políticas de innovación
deben estar acompañadas por políticas de fortalecimiento de la
educación, en particular de la científica y tecnológica y de
formación de investigadores.
2)
Los
criterios de calidad no deben descuidarse en aras de la
pertinencia o la aplicabilidad.
La necesidad de un adecuado
equilibrio entre educación e innovación tecnológica fue
reconocida muy precozmente. Si bien es posible que no se haya
comenzado a hablar de políticas de ciencia y tecnología antes
del siglo XX es claro que muchos países europeos reconocían el
valor económico del conocimiento desde hace al menos tres
siglos.
Como es bien sabido, (perdónenme por referirme a acontecimientos
tan bien conocidos) la revolución científica que acompaño al
nacimiento de las ciencias físicas dio lugar, para bien o para
mal, a algunas de las ideas y movimientos más poderosos de la
modernidad. Impuso
una visión secular del
conocimiento como instrumento esencial del progreso humano. Creó
las bases de la gran revolución humanista y democrática del
siglo XVIII, y permitió la consolidación de las formas de
producción capitalista a partir de la revolución industrial.
La revolución científica no fue
obra de individuos aislados, la ciencia se organizó de inmediato
en torno a grandes y prestigiosas instituciones: El College de
France ya había sido creado en 1530 por Francisco I, La Academia
de Lincei de Roma, creada en 1603, fue la primer sociedad
científica, la Royal Society de Londres fue creada en 1660 y la
Academie de Sciences de Paris en 1666. Por alguna razón
difícilmente explicable los uruguayos seguimos sin tener una
sociedad científica de estas características.
A comienzos del siglo XVIII una
serie de invenciones transformaron la industria manufacturera en
Inglaterra y dieron lugar a una nueva forma de producción: el
sistema fabril. Caracterizado por dos elementos centrales la
sustitución del esfuerzo y habilidad humanos por la máquina y el
uso de fuentes de energía y potencia a partir del vapor.
Los grandes países del continente
iniciaron de inmediato esfuerzos sistemáticos para cubrir la
brecha con Inglaterra, que en buena medida era de carácter
científico técnico. Francia inventó el espionaje industrial en
1718 enviando a agentes especialmente entrenados para observar
reportar y contratar artesanos británicos, relojeros,
metalúrgicos, vidrieros y especialistas textiles en un esfuerzo
por alcanzar a Inglaterra y extraerle su bien más valioso, el
conocimiento. La iniciativa provenía de los industriales y de la
propia Monarquía francesa.
Antes de que finalizara el siglo
XVIII se comenzaron a crear las grandes escuelas de Ciencia y
Tecnología. Los franceses nuevamente lideraron: la Ecole
Polytechnique fue creada en 1794 y en pocos años, suizos,
checos, austriacos y rusos siguieron a los franceses en la
creación de instituciones politécnicas.
El valor económico del
conocimiento fue, como vemos, descubierto muy rápidamente y se
hicieron esfuerzos coordinados en materia científica,
tecnológica e industrial para reproducir las condiciones
favorables que llevaron al desarrollo industrial inglés.
Lamentablemente los países
latinoamericanos son en buena medida herederos de la tradición
española que resistió por siglos las ideas del iluminismo
europeo y la revolución científica. En nuestro país, aún hoy
siguen existiendo prejuicios adversos a la ciencia, y muchas
veces los mismos no provienen de los sectores menos educados de
la sociedad.
La anunciada decisión del
presente gobierno de definir políticas de ciencia y tecnología
nos permite suponer que las posiciones retardatarias mencionadas
no serán las dominantes y comenzar a pensar en el futuro con
visión de medio y largo plazo, única forma de crear un
sistema científico tecnológico a la altura de los desafíos que
el país deberá encarar en las próximas décadas.
Tratando de mirar al país desde
esa perspectiva hay que señalar en primer lugar que
Uruguay posee un número absolutamente insuficiente de
científicos. La cifra de científicos e ingenieros es un
indicador básico de las capacidades de desarrollo económico de
las naciones. En las grandes potencias científicas ese número se
encuentra en torno del 1% de la población activa, en los países
desarrollados más pequeños como Dinamarca Finlandia o Suecia,
ese número se acerca al 3% de la población activa. Es que los
países pequeños sólo pueden crecer económicamente y mejorar los
niveles de vida de su población si poseen suficientes ventajas
tecnológicas sobre sus vecinos. No es ofreciendo mano de obra
barata y no calificada que son posibles los crecimientos
perdurables.
En
Uruguay se puede estimar esa cifra en el 0.1% de la población
activa,
número que está muy por debajo de la meta mínima del 1 por
ciento que debería alcanzarse, para que el sistema científico
tecnológico se transforme en una palanca significativa para el
desarrollo productivo y humano. Para que ese crecimiento se de,
deberíamos multiplicar por 10 el número de científicos e
ingenieros en un plazo que muy probablemente requiera al menos
veinte años. Para ello será necesario conjugar un importante
número de elementos: mejorar la educación en ciencias a nivel de
la enseñanza media, lograr una mayor integración entre las
facultades dedicadas a la educación científica y tecnológica,
crear instituciones politécnicas de educación superior pública
y centros de investigación de alto nivel. Además es
imprescindible lograr una fuerte participación de los sectores
productivos, y apoyar a la creación de empresas de alta
tecnología.
Ya hemos logrado multiplicar por
10 en los pasados veinte años el número de investigadores en
ciencias básicas que pasaron de algunas decenas en 1986 a más de
400 en la actualidad. Ello fue relativamente simple porque se
partía de números muy bajos y existía lo que se podría llamar
capacidad instalada ociosa, con un número importante de
investigadores residentes en el exterior deseosos de volver.
Es imposible que ese crecimiento se sostenga y pueda extenderse
a otras áreas, sin que se produzcan transformaciones muy
importantes en nuestro sistema educativo.
Primero: deben superarse graves
carencias de nuestra educación media. En efecto, en todas las
carreras científicas y vinculadas a las ingenierías existe una
muy importante deserción en los primeros años del ciclo
universitario. Por lo general en las diversas opciones
científicas el número de jóvenes que logra superar el primer año
de estudios universitarios no alcanza el 20% de los que
ingresan. Más allá de posibles medidas transitorias como la
creación de un curso propedéutico para los estudiantes que
ingresan a la Universidad, no habrá soluciones de fondo sin una
mejora sustancial de la enseñanza de las ciencias a nivel medio.
Segundo: Necesitamos tener instituciones de educación superior
con mayores espacios abiertos a los estudios
interdisciplinarios. La estructura universitaria actual
organizada en torno a facultades no contribuye a los estudios
integrados, y la mayor parte de los intentos llevados adelante
de carreras cruzadas no han prosperado. El país carece de
profesionales en áreas de interfase: bioingenierías, ingeniería
textil, ciencia de los materiales o ingeniería física. La
creación de Politécnicos, con el modelo disciplinariamente
inclusivo de los Politécnicos superiores europeos, permitiría
tener instituciones que se ajusten mejor al contexto actual del
progreso científico técnico, donde las fronteras entre el
descubrimiento y la aplicación han ido haciéndose menos
definidas y las ciencias básicas están cada vez más involucradas
en la resolución de problemas prácticos de toda índole.
Otra implementación posible de tales ideas
podría resultar de una transformación profunda de la Universidad
donde la estructura en facultades sea superada y la institución
se organice en torno a no más de cuatro o cinco núcleos,
posiblemente vinculados a las actuales áreas temáticas.
Por otra parte la necesidad de
capacitar a estudiantes que ingresan con muy distintos niveles
de formación requiere ofrecer también carreras más cortas con
salidas laborales más directas. El sistema debería por lo tanto
incluir además de instituciones universitarias a otras
instituciones de formación terciaria.
Tercero, los
docentes universitarios deberían ser mayoritariamente
investigadores Este sigue siendo un ideal del cual estamos muy
lejos..
El Fondo Nacional de
Investigadores es el primer programa que ha evaluado
investigadores de todas las áreas. Los resultados revelan que el
número de investigadores en las ciencias agrarias y las
ingenierías es aún muy bajo, aunque empieza a insinuarse un
crecimiento auspicioso.
La experiencia del Programa de
Desarrollo de las Ciencias Básicas (PEDECIBA) en materia de
formación identificación y categorización de investigadores, es
a mi entender reproducible a condición de evitar imitaciones
demasiado simplistas. Parece necesario encarar la creación de
instituciones tipo PEDECIBA en las áreas tecnológicas y sociales
con iniciativas coordinadas entre el gobierno y los
investigadores.
He escuchado algunas veces
sostener que los innovadores tecnológicos se forman en las
empresas y que reproducir iniciativas del estilo PEDECIBA sería
inútil. El ejemplo del desarrollo del área de Informática
incluida entre las áreas científicas que integran el PEDECIBA,
me parece de sumo interés. El país carecía hace veinte años de
profesionales con formaciones de postgrado en informática. El
Programa impulsó una política de formación de investigadores,
inicialmente en el exterior. En veinte años una veintena de
jóvenes completaron sus estudios de doctorado. Hoy 63 jóvenes
cursan maestrías o doctorados vinculados a las ciencias de la
computación orientados por investigadores nacionales. El área
informática del PEDECIBA comparte sus criterios de evaluación y
políticas de formación con las otras áreas científicas básicas
del Programa y simultáneamente forma para la práctica
profesional y asesora técnicamente a un gran número de empresas.
Las instituciones que imparten enseñanza de grado y las empresas
de software se han nutrido permanentemente con profesores y
profesionales formados por PEDECIBA, en un proceso que muestra a
las claras que las formaciones en áreas científico-tecnológicas
pueden crear condiciones favorables para el desarrollo de
empresas de alta tecnología.
Quizás el modelo final sea un
Sistema Nacional de Investigadores que integre a los diversos
organismos tipo PEDECIBA que eventualmente se creen y a una
versión mejorada del Fondo Nacional de Investigadores que
incluya a todos los investigadores activos del país.
Un tema que adquiere particular
importancia en momentos en que el país se apresta a elaborar
políticas de ciencia y tecnología es el de las agendas de
investigación.
No cabe duda que la maquinaria de
evaluación, estímulos a la investigación, definición de
prioridades y financiamiento de proyectos gravita
poderosamente, e incide en la elección de las líneas de
investigación incentivando a aquellas con mayores posibilidades
de ser apoyadas. El sistema de premios y castigos que puede
resultar de las políticas públicas debe ser manejado con suma
responsabilidad. Un uso ligero o inadecuado de tales estímulos
puede traer más efectos negativos que positivos, Comprometiendo
la calidad, descuidando las visiones más abarcadores y profundas
de las disciplinas científicas y financiando proyectos que tras
la apariencia de un potencial impacto económico o social,
terminan siendo mecanismos para conseguir prestamos blandos para
desarrollos industriales convencionales.
La confianza excesiva en la
definición de áreas prioritarias no es justificable. Los avances
científicos fundamentales no se producen por decreto, ni
siquiera a instancias de los agentes más poderosos. Ellos
obedecen a la lógica de la propia disciplina y muchas veces
dependen de actos de creación y síntesis imprevisibles. Un área
en la que se invierte mucho dinero pero no esta madura apenas
avanza, mientras que las áreas maduras avanzarán en la medida
que existan condiciones que favorezcan la reflexión y el libre
análisis de los problemas. Quisiera poner un ejemplo, se trata
de un caso paradigmático pero la situación se repite una y otra
vez y no esta reservada a algunos elegidos.
Siendo estudiante del Politécnico
de Zurich, Einstein notó algunas asimetrías en la teoría
electromagnética que le parecieron injustificadas Durante 7
años siguió reflexionando acerca de esas asimetrías y fue
descubriendo otras vinculadas con las primeras. En 1905 publicó
su teoría de la relatividad donde proponía una solución a
dificultades observadas. Dice al inicio a su trabajo de 1905:
“Es bien sabido que la electrodinámica de Maxwell conduce a
asimetrías que no parecen ajustarse a los fenómenos observados”;
Aunque comienza con un “es bien sabido”, nadie había pensado
antes que él que esas asimetrías tuvieran alguna relevancia. Ese
problema no aparecía en ninguna agenda científica ya que ni
siquiera era percibido como tal por sus contemporáneos.
Es importante señalar que la
comunidad científica uruguaya nunca ha sido proclive a seguir en
forma carente de crítica agendas de investigación provenientes
del exterior. Comparativamente con otros países de la región,
tenemos una de las comunidades más comprometidas con los
problemas y necesidades nacionales, tanto por la selección de
los temas de investigación como por su preocupación por la
mejora de la enseñanza a todos los niveles.
En el año 2003 el PEDECIBA hizo
un relevamiento de las líneas de investigación que se cultivan
en el país en las cinco áreas básicas del programa. Se relevaron
150 líneas, de las cuales 106 estaban orientadas al estudio de
diversas problemáticas de interés nacional: 40 estaban
vinculadas con el sector salud, 15 a temas medio ambientales, 15
a las ciencias agrarias, 16 con el sector alimentario, 8 a la
ingeniería química y 12 con otras áreas de la ingeniería. Estos
proyectos son en muchas ocasiones producto de un cúmulo de
interacciones entre nuestros investigadores y diversos sectores
de actividad.
Esperemos que los cambios que se están produciendo en el país
puedan abrir
caminos de cooperación más institucionalizados con ministerios,
intendencias y empresas del estado.
.
El
PEDECIBA ha impulsado tradicionalmente a las ciencias sin
establecer otras prioridades para la elección de los temas que
las que resultan de la aplicación de criterios de calidad a la
hora de la evaluación de los investigadores y del decidido
propósito de
lograr un desarrollo armónico de la ciencia.
Si tenemos una ciencia básica raquítica donde áreas enteras del
conocimiento no se cultivan o aún no han alcanzado grados de
madurez suficientes, las iniciativas de impulsar sus
aplicaciones no tendrán mucho futuro.
En
países pequeños como el nuestro, satisfacer el objetivo de
asegurar el funcionamiento basal del sistema demanda un
porcentaje muy alto de los recursos disponibles. No en vano los
países del norte de Europa son los que dedican proporciones
mayores de su población activa e invierten porcentajes más altos
de su PBI a ciencia y tecnología.
Este esfuerzo por cubrir las necesidades mínimas en materia
científica nos ha impedido participar en varias de las empresas
científicas más interesantes que están encarando nuestros
vecinos más grandes y con mayores recursos. No podemos quedar
excluidos de participar en proyectos que son apuestas al futuro
de enorme valor estratégico.
Hace ya algún tiempo vengo planteando la necesidad de trabajar
para crear un Centro Nacional de Estudios Científicos Avanzados.
Nuestros
vecinos y socios regionales poseen numerosas instituciones de
investigación de alto nivel. Brasil ha creado en los últimos
cinco años una veintena de centros de excelencia en torno a
grandes líneas de desarrollo que concentran y coordinan los
todos los recursos disponibles en el país. Chile ha creado tres
centros de excelencia en los últimos 6 años. El actual gobierno
argentino esta promoviendo esfuerzos en el mismo sentido. Dicho
Centro tendría por objetivo principal impulsar la formación de
grupos que puedan colaborar en pie de igualdad con los países de
la región en áreas de gran potencial como la genómica o las
nanotecnologías.
Existen
organismos internacionales de financiamiento con
programas específicos para la cobertura de los gastos de
instalación y puesta en marcha de instituciones de este tipo. Si
el país se decide a crear un Centro de estas características, la
inversión debería ser fundamentalmente para crear la
infraestructura de base. La experiencia indica que estos
centros logran a corto plazo financiamientos externos que
permiten cubrir un porcentaje muy importante de sus gastos.
Concluyo, he mencionado a modo de
ejemplo algunas medidas a mediano plazo que sería necesario
encarar. Son objetivos ambiciosos que pueden mirarse con cierto
escepticismo si sólo queremos impulsar acciones con impacto
inmediato. Para que tales medidas sean exitosas hacen falta
recursos, pero también orientaciones claras.
Nada puede sustituir el análisis
crítico y la reflexión independiente. Sería esencial que los
órganos de diseño de políticas que cree el gobierno trabajen en
estrecha colaboración con los actores científicos Para ello
sería conveniente impulsar desde ámbitos políticos científicos y
empresariales la creación de una Asociación Nacional para el
Avance de la Ciencia. Tal sociedad tiene un rol clave a cumplir
a la hora de asegurar que el país adopte en forma sostenida y
coherente políticas científicas de largo plazo..
LA
ONDA®
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