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Las luces de la razón siguen encendidas
La asunción de nuestras miserias
Nuestra actitud ante el aborto

por Héctor Valle

“¡Luz, más Luz!... Luz para las inteligencias que viven en las sombras de la ignorancia. Más luz para las sociedades envueltas por la oscura noche del error. Más luz aun para los pueblos a quienes oprime la fatídica lobreguez de la preocupación. Luz para los espíritus, libertad para los oprimidos, fraternidad para todos.”
José Pedro Varela, 12 de diciembre de 1876

El aborto, su tratamiento, es un asunto propio de la conciencia en tanto esta se manifiesta una vez que el ser humano haya dado cabida, en su cotidiano existir, al diálogo fecundo en su interioridad entre las acciones que promueve y el código de valores que el sujeto en cuestión posea. 

Creo que se ha instalado una discusión que evade el asunto primero en la materia como lo es tanto el aborto clandestino, su industria, cuanto la ausencia de políticas públicas importantes y con un plan de acción sostenido en el largo plazo, en materia de salud reproductiva que atienda a la educación de nuestra sociedad como vía insustituible de mejora en las condiciones de vida de todos sus integrantes, desde el respeto por la vida humana junto con la defensa de la libertad de elección, en un marco de responsabilidades bien definidas, que haga prospere lo mejor de la condición humana en esta como en las próximas generaciones. 

A comienzos del año 2004, el italiano Umberto Eco escribió un artículo intitulado “Embriones a las puertas del paraíso” en el que, citando al politólogo y editorialista del diario Il Corrieri della Sera, Giovanni Sartori, trae a colación la posición denominada “creacionista” de Tomás de Aquino. 

Dicen ellos que la posición de Tomás, que en el curso de los siglos la Iglesia Católica nunca negó expresamente, en tanto sí ha condenado la posición opuesta de Tertuliano, consiste en que los vegetales tienen un alma vegetativa, que en los animales es absorbida por el alma sensitiva, mientras que en los seres humanos estas dos funciones son absorbidas por el alma racional, que es la que hace que el hombre esté dotado de inteligencia y lo constituye en persona como “sustancia individual de una naturaleza racional”. 

Luego, Tomás de Aquino tiene una visión muy biológica de la formación del feto, cual es que Dios introduce el alma sólo cuando el feto adquiere, gradualmente, primero el alma vegetativa y a continuación el alma sensitiva. Sólo entonces, en un cuerpo ya formado, se crea el alma racional.[1]Siendo que el embrión tiene sólo alma sensitiva.[2]

Y es por eso, añade Eco, por lo que en el Suplemento a la “Suma Teológica” (80,4) se lee esta afirmación que hoy suena revolucionaria: tras el Juicio Universal, cuando los cuerpos de los muertos resuciten para que nuestra carne participe de la gloria celestial, no participarán los embriones, al no habérseles infundido todavía el alma racional y, por lo tanto, no ser “seres humanos”. Con lo cual estamos ante una tácita desautorización de la columna maestra de la teología católica. 

Continuando con la exposición tanto de Eco como, a través de este, del propio Sartori, está claro que la batalla neofundamentalista sobre la pretendida defensa de la vida, por la que el embrión es ya ser humano en cuanto que en el futuro podría llegar a serlo, parece llevar a los creyentes más rigurosos a la misma frontera de los antiguos materialistas evolucionistas de antaño: no hay una fractura (la que define Tomás de Aquino) en el curso de la evolución de los vegetales a los animales y a los hombres, la vida tiene toda el mismo valor.

Concluye Umberto Eco, afirmando que las actuales posiciones neofundamentalistas católicas no sólo tienen un origen protestante (que sería lo de menos) sino que llevan a reducir el cristianismo a posiciones a la vez materialistas y panteístas, y a esas formas del panpsiquismo oriental por las que ciertos gurús viajan con una gasa en la boca para no matar a microorganismos al respirar. 

Nuestra renuncia a la responsabilidad
Hemos dejado creer a las larvas humanas, primero que están erguidas y luego que su altura es tan importante como permanente, al dejar que crean que la sombra que proyectan, viene dada por su altura cuando tan sólo es el repliegue de la luz de nuestra conciencia moral ante el avance de lo oscuro. 

Mi inspiración es la Declaración Universal de Derechos Humanos, la visión de la señora Eleanor Roosevelt y los demás juristas que proclamaron los valores esenciales a la condición humana digna, puesto que la dignidad viene antes que los derechos, al signarlos. Por ello, cito, en especial, uno de sus artículos, el 29º: “Toda persona tiene deberes respecto de la comunidad”. 

Una definición de libertad
Como dijera el filósofo francés Michel Foucault, la libertad es la condición ontológica de la ética. Pero la ética es la forma reflexiva que adopta la libertad. 

Al decir condición ontológica, nos referimos a que lo trascendente de la ética consiste en la libertad que conlleva porque en el despliegue de la libertad, la ética es la resultante de su reflexión, de su pensarse, del darse espacio y tiempo, porque la ética es la práctica misma de la libertad y por ende su reflexión, su consecuencia, una y otra están imbricadas. 

En cuanto al joven La Boétié, amigo de Montaigne que tan bien discurriera sobre el cuidado que debe uno tener ante la servidumbre voluntaria, aquella que ni es exigida ni tampoco solicitada, que parte de nosotros mismos en una renuncia abierta a nuestra responsabilidad, transfiriendo nuestras responsabilidades a otro e ingresando en el peligroso terreno del “no te metas”, “dejá que se arreglen”, “vení y callate”, etcétera. 

En busca de sentido
Lejos de mí el pretender utilizar este medio como púlpito laico para regar una supuesta pero falsa docencia y menos que menos erigirme en un Catón pues mis miserias poseo y aun perdura en mí el sentido del decoro y el llamado a una humildad nunca suficiente en aras de una comprensión desde la aprehensión mejor y mayor de la realidad que me circunda. 

Soy, eso sí, un hombre de a pie y un ciudadano que busca ejercer sus derechos como el de dar a conocer mi pensar, desde el respeto y la suficiente apertura filosófica para que el mismo nunca sea el vehículo para ofender y agredir a nadie. 

Digo sí, que la búsqueda de sentido, de lo ontológico que hay en la concepción misma de la libertad como de la igualdad y, ciertamente, de la solidaridad, cobran vida, cuando, en el ejercicio acabado de nuestra responsabilidad personal y social, adquieren una trascendencia que exceden el hoy pues nosotros mismos nos avenimos a laborar en pro del otro, en pro de la comunidad, más allá de nuestra circunstancia, en tanto ciudadanos y habitantes de una comarca mayor, más allá de nuestra finitud, con lo cual el hacer cotidiano cobra un vigor y una fuerza que dice relación en una coherencia armónica entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. 

No podemos argüir que tal o cual problema no le ha llegado la hora de ser tratado. 

Eso es huir, peor aun, es renunciar a ser personas, y  en tanto tales, que yo sepa, nunca debemos renunciar a nuestra responsabilidad para con los otros, que comienza, principia, reitero, por un rigor y una misericordia para con uno mismo y de ahí, con su ejemplo de vida cohesiona lo personal con lo social, recordándonos, que el hombre es, esencialmente, un ser en relación con otro hombre, con el otro, sin duda alguna con el diferente, y por ello, comprometido a ser responsable, solidario y justo. 

Yo no apelo a una superioridad de nadie sobre nadie sino a la asunción de nuestras propias miserias, al combate frontal a las heces de la condición humana.

Sé, positivamente, que no alcanzaré en mi vida, a ver zanjadas las grandes cuestiones del hombre pero sé también, como creo sabemos todos, que sin coraje, sin humildad y sin misericordia, nunca podremos, siquiera, desde el rigor de un andar sereno y erguido, aproximarnos a tal meta. 

Ser hombres acarrea, quién no lo sabe, no poco dolor y mucha paciencia en cuanto a la renuncia permanente a la obtención de logros personales en aras de la mejora en la condición de vida de los nuestros, y ante la permanente sorpresa que la vida nos depara, recordándonos cuánto cuidado debemos tener al escuchar a la voz de nuestro Yo sin apelar al diálogo de este con nuestra conciencia, a que se de cita el juicio crítico. 

¡Cuántas veces peleamos por lo anecdótico, al tiempo que huimos de tratar lo sustantivo! 

Libertad de elección
El no tratamiento del tema aborto resulta en una negación a tomar medidas en salud reproductiva a todas luces indispensables ineludibles e irrenunciables. 

A su vez, el pretender creer que la nuda vida es lo sustantivo en tanto que tal y que se da en una espacialidad no humana, o sea el cosificar a la mujer, es otra manera de desconocerla como sujeto de derecho y desconocernos a nosotros mismos como sujetos morales junto con valorar como bien nos recuerdan Eco y Sartori lo vegetativo a la par que lo racional e inteligente. 

Hablar de la vida EN el útero, es olvidar las más de las veces a la vida que camina y llora, a la niñez desvalida y abandonada, a las capas y capas de nuestra población que va quedando relegada a un segundo plano pero sin advertir que tal plano se acrecienta con el tiempo. 

Crece el número, la condición y las consecuencias de los desvalidos. Ya son generaciones, no menos de tres, que nunca tuvieron un trabajo, que viven como los leprosos de otrora, en una sociedad pacata que las más de las veces, les da la espalda.

Que viven en espacios privados ampliados, pues tales son, a mi entender, los aquí llamados asentamientos urbanos. 

Grandes extensiones donde lo privado se tutea entre sí y no hay espacio público donde aprender a comportarse en comunidad. No hay no digo una plaza sino apenas un banco, de ladrillos, en la esquina. Y así por delante, siguen las iniquidades que esa gente vive y que es, a no dudar, nuestra gente. 

Y llegamos a esa mujer que tiene cinco, siete hijos y que un día comete un delito grave y nos apresuramos, por ejemplo, desde el “púlpito” de un noticiero, o desde la mesa del bar, a juzgarla, demonizándola por su perversión, sin por ello avalar su comportamiento pero sí resaltar cuán hipócritas podemos llegar a ser, y somos.

Nos estamos olvidando de nosotros mismos, de la sociedad que lustro tras lustro desde hace ya muchísimos años, decidió que los problemas centrales, es decir las miserias sociales, son asuntos que deben dejarse para una mejor oportunidad. Y esta nunca llega. 

Llega sí la hora en que nuestra conciencia, de existir aun, grite rebeldía, pida reflexión y con ello, en la armonía de las acciones responsables de un ciudadano en la convivencia democrática de su nación, asuma las obligaciones societarias que su condición de tal conlleva. 

En todo caso, nunca podremos renunciar a trabajar nuestra conciencia, el autoconocimiento y el cuidado de sí –recordando a Foucault y su referencia a Epicteto- y menos aun a escondernos, en cuclillas, detrás de la puerta. Eso sería, obviamente, deshumanizarnos al punto de perder, irremediablemente, nuestro juicio crítico, nuestra adultez como personas. 

Estamos a tiempo, las luces de la razón siguen encendidas y toda puerta es pasible de abrirse en tanto nos atrevamos a tomar el picaporte y dar el impulso preciso, el impulso hacia una vida digna, responsable y solidaria, sin reduccionismos, sin facilismos morales pero que atiende, y atendemos, nuestras propias miserias, las de nuestro cotidiano existir, porque somos corresponsables. 

Prosigamos la tarea; atrevámonos a ser artífices de nuestro tiempo, constructores del porvenir desde un presente donde se de cita el pensamiento vivo. 

La vida viviente y la vida inteligente precisan de seres responsables, humanamente comprometidos. Tratemos de serlo; poder, se puede. 

Héctor Valle

[1] Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 90)
[2] Idem, 72, 3 y I, 118, 2).
 

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