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En un Mercosur a pedal,
algo pasa en la cultura

por Oribe Irigoyen

El Mercosur lleva más de diez años de existencia como proceso de integración regional. No es mucho tiempo para una empresa que involucra, por ahora, un trozo enorme del continente sudamericano – Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay – y toda la compleja actividad humana en él. Pero sí es lapso significativo para auscultar su grado de desarrollo o de crecimiento como tal proceso, seguir alentando las esperanzas, o no, de aquellas grandes expectativas iniciales de muchos millones de seres. Pero el invento, la empresa o el proyecto colectivo, como se prefiera aludirlo, no ha avanzado mucho, tampoco lo que se
esperaba, más bien nada. Parece un proceso detenido, a pesar las periódicas frases optimistas y sonrisas conjuntas de los cuatro presidentes de los países miembros reunidos para impulsar la integración.

En tiempos de comunicación universal casi instantánea y de cambios socio-económicos vertiginosos, el Mercosur no moverse o hacerlo a pedal con una fuerte caparazón calcárea a cuestas. Las razones de eso delatan la falta de puchero político y de vitamina económica para hacerlo andar y crecer. Los socios chicos, Paraguay y Uruguay, se preocupan e intentan inyectarle oxígeno político, entretanto los socios grandes o mayores, Argentina y Brasil, parecen olvidados del asunto, sea por desinterés, por no entenderse muy bien entre ellos, por necesidad de atender primero el rancho propio que se quema o por sufrir tentaciones de destino manifiesto de gran potencia mundial. El Mercosur, pobre, tiene más nombre que apellido. Curiosamente, el nombre se lo ganó en el terreno de la educación y la cultura, que, como se sabe, suelen ser la Cenicienta de la preocupación política en muchos lados.

En cultura, algo
En esa década, el tema de la cultura en el Mercosur ha tenido un tratamiento limitado con alguna concreción alentadora. En especial, algo se ha producido con respecto a la facilitación de la circulación de bienes culturales y a la creación de vínculos e intercambios de expresiones culturales de los países miembros.
Incluso se creó como vía de ensayo el “sello Mercosur” para facilitar dicha circulación –instrumentos musicales para interpretar en conciertos, obras de arte para muestras y exposiciones, intercambio de autores e intérpretes, etc.

Cabe agregar un reciente impulso del Mercosur cultural, con especial énfasis en el sector cinematográfico y en las artes audiovisuales, por iniciativa de la flamante Comisión de Representantes Permanentes del Mercosur ( CRPM ) y del Ministro de Cultura de Brasil, el cantante Gilberto Gil. En ese sentido se concretado un interesante acuerdo entre Argentina y Brasil de intercambiar un número determinado anual de películas argentinas y brasileñas a estrenar en ambos países, que son los de mayor producción de la región en ese rubro.

A eso se suma alguna iniciativa teórica, propuesta por Brasil, secundada por
Argentina y apoyada por otros países del sub-continente, que plantearía ampliar el tema cultural al resto de América del Sur. Esa integración ampliada, abriría un espacio económico para la cultura, que no sólo dispondría de una gigantesca audiencia receptora, sino que pondría en contacto por primera vez a los países andinos con el Río de la Plata y el Brasil en un proceso inédito.

Se puede completar esta visión a vuelo de águila, mostrando que el proceso camina mejor, sin grandes ilusiones, en el campo de la educación. El Mercosur educativo ofrece los pasos más concretos del desarrollo de la integración regional. Como área adyacente de lo propiamente cultural, en educación se han dado instancias precisas e instrumentales para la homologación regional de los estudios primarios, secundarios y terciarios de los países miembros. Desde luego que sin autorizar la figurita sellada del asunto, es decir, sin implicar la posibilidad del ejercicio profesional en los otros países miembros.

Un espacio gigante
Sumadas las potenciales dimensiones de audiencia receptora, que comprende la integración de las cuatro naciones del Mercosur, la cultura y las obras de arte dispondrían de un mercado posible de cientos de millones de habitantes. Ese gigantesco ámbito humano multiplica de modo sustantivo las posibilidades de desarrollo comunicacional y también de solvencia económica de las respectivas culturas.

Desde luego, para Uruguay sería como concretar un sueño imposible, esa posibilidad de acceder a potenciales públicos de alcance multimillonario en números de seres.

Desde luego en ese enorme espacio existen problemas, dificultades e incluso imposibilidades actuales o futuras. Entre las dificultades y problemas están algunos de antigua persistencia y data: las trabas burocráticas foráneas por mala voluntad, rutina o incapacidad, las tres juntas; el proteccionismo de los mercados nacionales frente a los otros, incluyendo quizá al Mercosur entre sus propios miembros; los oligopolios en la distribución internacional de productos culturales – cine, video, disco -; la estrategia de los medios masivos de abrir o no canales la difusión de las creaciones nacionales, etc. Estos serían obstáculos que dependen del hacer y del interés de los hombres.

Hay otro tipo de dificultades, que se plantean en aquellas manifestaciones artísticas que no pueden sostenerse económicamente como para incidir en los mercados. El cine, la telenovela, por ejemplo, tienen unos costos fijos altos que exigen un tamaño mínimo de población para ser viables económicamente. Hay países pequeños, como Uruguay, que ven constreñida una amplia presencia internacional, pues su producción cultural, por una razón de escala, no puede cubrir toda la diversidad de manifestaciones artísticas, que exigiría, por ejemplo, el mercado del Mercosur.

Las limitaciones estructurales, pequeñez de mercado interno, provocan una verdadera ausencia de autosuficiencia cultural en el Uruguay. Pero no explican la circunstancia del desaprovechamiento de la potencial expansión hacia el exterior de la cultura que se produce en el país. Sin embargo, y justamente, afuera del país puede estar la solución económica, global y por rubros, de la cultura uruguaya. Y producir cultura para exportar a la región parecería ser una opción verdaderamente viable, acaso la más viable para su existencia. Sin apearse de la identidad nacional y la calidad propia es posible hacerlo. Lo demuestran el film “Whisky” y el músico Jorge Drexler, entre una buena cantidad de ejemplos individuales uruguayos – escritores, cantautores, dibujantes, arquitectos,
pintores, etc. – que se han internacionalizado y conquistado mercados del exterior.

Este tipo de concepción “producir obras de arte para exportar”, puede ser muy polémico y mal visto, porque se interna en un amplio y complejo terreno de la conciencia de los uruguayos, merecedor de una nota especial: el uruguayo como muy importador de cultura, poco exportador de lo que produce, al que no suele dar crédito ni prestigio como calidad artística.

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