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Sucesos de Brasil
Todo es igual, todo es diferente

por el embajador Rubens Ricupero

Cuando la casa se prende fuego, nadie quiere escribir o leer sobre política externa: sólo interesa la crisis interna. Como todo brasileño nacido antes del golpe de Estado Nuevo de 1937, me siento especialista en crisis y golpes porque ellos me pautaron la vida entera. No veré un tiempo mejor, pero puedo al menos comparar la crisis actual con las que viví.

De esta comparación, lo que surge es que ésta es una crisis interna en estado puro, esto es, el producto exclusivo de la mala calidad de las instituciones y de la corrupción de los hombres. En los episodios anteriores, estos elementos estaban camuflados o diluidos por complicadores que por momentos dejaban de confundir y por otros dejaban de mirar. Hoy no existe más Guerra Fría y polarización entre fascistas y comunistas (como en 1973); ni paranoia del comunismo, de Cuba o instigación del golpe por los EE.UU. (como en 1964); ni fiasco económico y riesgo de hiperinflación (como en el “impeachement” de Collor); ni “partido uniformado” pronto a salvar la patria (como casi siempre); mucho menos oposición de vocación golpista (como sectores de la UDN hasta 1964). Imaginen como estaría el país si, en lugar de Fernando Enrique o Aécio Neves, la oposición en el parlamento, en la calle, en la prensa, fuese en este momento inspirada por Carlos Lacerda.

Descascaradas estas capas engañosas, la cebolla de la crisis revela la causa de su pudrición: un sistema político fallido y desmoralizado. Los problemas son conocidos: financiamiento de campañas, proliferación de partidos de alquiler, infidelidad partidaria, sistema electoral que debilita el carácter nacional de los partidos y la responsabilidad de los elegidos frente a los electores, politización de cargos administrativos y de estatales que deberían ser reservados a profesionales de carrera. Hay consenso sobre el diagnóstico y convergencia creciente sobre las posibles soluciones. Lo que faltó hasta ahora es el sentido de urgencia y gravedad para verificar una reforma política en serio, no el simulacro aprobado en comisión de Cámara, prioridad absoluta capaz de vencer la resistencia de intereses encontrados.

Resistentes y corruptos son en general los mismos pues la remoción de las fallas eliminará o reducirá la posibilidad de corrupción. Por un tema de supervivencia, los beneficiarios del sistema harán todo para impedir o desvirtuar una reforma verdadera. Por esto mismo la punición de los corruptos es condición indispensable para neutralizar los principales focos de resistencia y viabilizar la reforma. Su abandono por el gobierno anterior y el actual demostró que la reforma política jamás se hará en frío. Solamente una crisis como ésta, siempre que alcance el punto máximo de gravedad, dará urgencia al cambio. Agenda positiva, déficit cero, todo esto no pasará de una diversión nefasta si contribuyen a aumentar el sentido de seguridad de los corruptos y debilitar la prioridad absoluta de la reforma política. No es solo el patriotismo, la gobernabilidad también puede ser el último refugio de los canallas.

Será un crimen transigir con un sistema que genera corrupción como subproducto inevitable de una dudosa gobernabilidad. No es momento de diluir o distraer la atención de lo único que importa en este instante: remover del sistema los factores que corrompen el principio de la república – la virtud – en nuestro caso, por medio de la apropiación criminal del dinero público por los que invocan las fallas de las instituciones como justificación de la torpeza.

Más allá del delito, será un error perpetuar un sistema que sólo asegura una gobernabilidad cada vez más limitada a costos, inclusive morales, cada vez más insoportables. Las crisis de corrupción se volvieron recurrentes y, si no fuesen atajadas ahora, volverán siempre con una fuerza destructiva mayor: el “impeachment” de Collor, por ejemplo, fue incomparablemente más peligroso que el escándalo de los anales de presupuesto. En los tiempos de la corrupta máquina electoral de Tammany Hall , se consideraba que un político honrado era aquel que “once bought will stay bought” (“una vez comprado, permanecerá comprado”). Hoy, ya no se compran políticos; se alquilan por mes. Mañana, será por semanas, días, horas. No merece sobrevivir un sistema que sólo lo hace devorando la “res pública”, consumiendo la democracia.

Traducido para LA ONDA DIGITAL por Cristina Iriarte

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