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Mercosur y
cultura uruguaya El Uruguay es un dinámico centro de consumo de cultura ajena, se sabe. De igual modo, posee una cultura propia no menos dinámica que, a pesar de lo anterior, alcanza un elevado nivel de solidez en términos de identidad nacional y conforma a la vez un complejo económico generador de empleos directos e indirectos, en proporción similar a la de los países desarrollados. Sobre todo en la última década, no sólo muestra una importante base de creadores y artistas, con un significativo número de nombres destacados en el exterior de antigua o nueva data, sino que esa apertura hacia afuera exhibe los rasgos de un arte concebido con propiedad, mentalidad abierta y competitividad, en cuanto a su expansión hacia otros países. Sería para tirar cohetes y festejar, por ejemplo con los casos del film “Whisky” o la canción de Jorge Drexler – por mencionar lo reciente famoso, a mano, nada taxativo -. Pero, para la cultura uruguaya existe algún handicap que no es sólo la estrechez del mercado interno o el olvido del Estado, sino otros ingredientes de retaceo de sus posibilidades de existencia. Uno de ellos está vinculado con la propia población uruguaya y ofrece una doble faz: la obsesión por la identidad nacional – no tocar la integridad de la nena – que en forma contradictoria va acompañada por la desvalorización de las manifestaciones culturales que la expresan – mucho mejor pago a los artistas extranjeros que se presentan, discriminación del producto cultural nacional frente al ajeno, desdeñosa valoración estética de lo uruguayo, etc. -. De modo que, además de competir y superar vallas y obstáculos del exterior, el arte nacional tiene que cambiar la cabeza de sus compatriotas, volver blanca la apreciación negra. Nada lo del ojo para vivir a la intemperie.
Lo odierno hacia el futuro Empezando por el principio, el tener un buen piso, por decir, el conjunto de los sectores involucrados, incluyendo Estado y población, tiene que resolver si el Estado debe ser supletorio de la acción privada, de la presencia del mercado o asumir un rol activo, que no tiene, dinámico, pero complementario de aquellos otros factores. En el sentido de tener intervención efectiva en los distintos momentos de la cadena de producción cultural con acciones y producciones propias, reguladoras o de articulación. De ese modo, colaborar todos en la existencia real, lozana, expansiva de una política nacional fundamentada en el derecho a la cultura, referida a individuos, colectividades, naciones o pueblos, que implica la obvia libertad de creación – sin cultura oficial u oficialista, con manifestaciones creativas en pie de igualdad de expresión y de difusión en medios y canales – y también la no menos obvia libertad de acceder y disfrutar de todas las culturas, nacional, extranjera, local, global, tradicionales, modernas, experimentales. Nada menos. En síntesis, se trata de asumir en profundidad la pluralidad cultural. Y enfrentar el problema nada sencillo de saber cuando se está ante un proceso cultural, esclarecer las fases de éste.
Fases de un proceso Una segunda fase trata de la elaboración del proyecto – producción – sustentada en el emprendimiento artístico, en sus ingredientes económicos y en los medios para su distribución adecuada. Se prepara de ese modo el terreno de concreción de la obra como producto, a través de empresas, individuos, consagrados a la producción y gestión cultural, actores dedicados al sector financiero, el sector público, los patrocinadores, la publicidad. La tercera fase es de realización, de concreción real del proyecto, con requisitos de mano de obra, tecnología, servicios, etc., es decir que, además de los creadores, para el éxito de un proyecto cultural se hace necesaria la acción de múltiples oficios y tecnologías. La última fase, la de socialización, ocurre cuando el proyecto toma contacto con el destinatario, el público, y así culmina su existencia. Estas cuatro fases en teoría, y en la práctica en todos lados, cumplen en general con las reglas de juego actuales de la producción cultural. Se configura de este modo un criterio de producción normal en el mundo desarrollado, que en el Uruguay se abre camino con dificultades, rémoras y omisiones diversas.
Una flor azteca y sus jardineros Los temas del gestor cultural y de los roles específicos de los actores u operadores culturales tienen un trascendente que ver con la racionalización de la cultura como fenómeno social. El gestor cultural resulta de algún modo una suerte de flor azteca para una buena mayoría de uruguayos. Es cara, lujosa, de brillante colorido, importada y prescindible para el medio, en ese sentido, superflua, y si quiere con cierta catadura poco clara. Aunque gestores culturales y de real jerarquía, los hay en el país, con algún ejemplo formidable, también no taxativo, en la labor de Cinemateca Uruguaya y su nombre y apellido de Manuel Martínez Carril, resulta oficio o actividad poco difundida, no muy jerarquizada y enfrentada a bastantes prejuicios. Provocados, en general, por una sociedad que no termina de aceptar o se resiste a concebir a la cultura como algo planificado, en lugar de ser esa mariposa lúdica y juguetona tan linda, o porque racionalizar a la cultura exige pensar globalmente un proyecto y eso da trabajo. El resabio también procede de una visión particularista del quehacer cultural, que ve en el gestor cultural la sospecha de lucro, de comerciar con la cultura, lo que está prohibidísimo. Los agentes o actores culturales son otra cosa. Se diferencian por su especificidad en el proceso de gestión cultural en: los creadores, fundamentales en el plano de la invención, aunque muchas veces resultan el eslabón más débil del proceso industrial. Los profesionales no artistas ni creadores, que son imprescindibles para la acción cultural, motivados en general por el lucro. Los actores financieros por excelencia del proceso cultural: el Estado, los sponsors, el mecenazgo privado, cada uno con su propia especificidad en la que los unos no pueden sustituir a los otros. A estas categorías expresas cabría agregar el papel del propio consumidor asumiendo el carácter de agente cultural. Categoría que todavía tiene que ganarse la titularidad en la sociedad uruguaya, que suele considerar al público o consumidor como un ente pasivo, homogéneo y unitario, en vez percibir la existencia de públicos diferentes, incluso individuales, heterogéneos y concretos. Va a llevar tiempo ponerlos de titulares. Con estos componentes de una concepción racional de la cultural se podría empezar a considerar la expansión del Uruguay cultural hacia el exterior, comenzando por el Mercosur, tan ahí y tan allá, para solventar una producción odierna y dinámica. LA ONDA® DIGITAL |
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