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El miedo
se siente en Chile como una
telaraña que inmoviliza
Espacios para un cambio moral
por Hernán Narbona Véliz Autor
He tenido la suerte de
conocer América, desde México al sur, y siempre he sostenido, quizá como
un sueño esperanzador, que si se lograra coordinar los movimientos
ciudadanos, generando gobiernos honestos, erradicando las prácticas
corruptas, construyendo proyectos comunes – como podrían serlo los
corredores bioceánicos, las redes integradas de energía, el turismo
cultural regional o una gran economía rural comunitaria orientada a las
exportaciones- en definitiva, si actuásemos participativamente, con una
visión de continente, otro gallo cantaría en nuestra situación social.
Pero, desafortunadamente, la realidad muestra en el barrio el deterioro
de las comunidades periféricas, en gran medida, como consecuencia de
grupos de poder que han manejado la historia reciente y han asumido, sin
capacidad contestataria, un modelo de capitalismo salvaje. Obviamente,
hemos vivido un ciclo liberal extendido. El fenómeno global se ha
expresado en el accionar planetario de gigantescas organizaciones
supranacionales que han colocado sus enclaves en nuestros países.
El contrapeso necesario debió ser un Estado fuerte y probo, capaz de
ejercer un control efectivo para que esos conglomerados no abusaran y
fueran un aporte a los países. Cuando el Estado pierde o debilita su
capacidad fiscalizadora, cuando la corrupción corroe la
institucionalidad, es casi inevitable que aparezcan situaciones que
afectan a la ciudadanía. Si no hay frenos al poder de los grupos, el
poder del dinero para conseguir sus objetivos termina seduciendo a
elites que, patéticamente, se inclinan ante el imperio del
individualismo y el lucro, olvidando vetustas utopías y allanando el
camino a los más turbios negocios, con sospechosas acciones de lobby, en
desmedro del medio ambiente, de los pueblos originarios y de su cultura.
Se podrá decir que siempre la política tuvo cajas negras y formas de
clientelismo, pero la amenaza en este periodo de globalización ha sido
mayor, ya que se ha vivido no sólo la privatización sino también la
desnacionalización de las principales fuentes de riqueza, que fueran
generadas en el siglo pasado al alero de un Estado locomotora del
crecimiento económico.
Han sido las grandes mayorías, en especial la clase media -integrada por
todos nosotros, hijos de obreros, de marinos, de oficinistas, de
comerciantes pequeños- es la que va viendo depredada su calidad de vida,
sufriendo la brecha económica y pauperizándose, principalmente en
materia de espiritualidad y afectos.
El modelo neoliberal funcionó en América, dictaduras mediante, masacres
y desterrados mediante. El miedo fue su base y eso se siente en Chile
como una telaraña que inmoviliza. La gente aún se aísla, pretende
cuidarse y salvarse sola, desconfía del vecino, desconfía del colega,
cualquiera es un enemigo potencial. Y todos viven a la defensiva,
aprovechando la más mínima ventaja, resignando valores, entrando en
amoralidades profundas, que anulan el remordimiento y la conciencia que
lo produce. El miedo sigue siendo la columna vertebral de nuestra
sociedad.
El rango de lo posible, la capacidad de maniobra, depende de cuantas
personas se animen a superar la abulia, el miedo, el individualismo,
para unir esfuerzos y generar espacios alternativos al estilo dominante.
Me tocó trabajar en diferentes países promoviendo los consorcios de
exportación, las cooperativas, las joint ventures y modernizando los
sistemas aduaneros de los países. Enfocando el tema de la
internacionalización desde el sitial y las capacidades de las empresas
familiares, pequeñas y medianas, para que ellas pudieran participar en
algo de los flujos de riqueza que produce el comercio internacional.
Muchos proyectos modestos que he conocido, me han demostrado que
efectivamente hay opciones al individualismo imperante y que el asunto
es tener la convicción de las potencialidades del pueblo organizado, de
la validez de los usos y costumbres de las comunidades locales y de los
pueblos originarios, de la imperiosa necesidad de asociatividad y de la
capacidad de aporte que tienen las casas de estudios. Con estos
elementos en conjunción se puede emprender y generar riqueza,
construyendo empresa, compatibilizando esfuerzo y calidad, con
cooperación.
Desde otro punto de vista, para esta clase media, aún consciente de su
potencial, pero abúlica, resignada a la repetición de ciclos tediosos de
centralismo, plutocracia y doble estándar, el tema actual es organizar a
los consumidores, defenderse de los monopolios, de los corruptos. Llegar
a tener un mínimo control de las administraciones locales, de los
servicios mal concesionados, del sistema financiero que esquilma a
deudores pequeños. Creo que en esta clase media está latente la
necesidad de recuperar espacios de confianza, de coordinación, aspirando
a mejorar en algo el sistema de mercado, rescatando visiones
alternativas que no caben en la óptica dominante.
Exagerando el optimismo, algo que podría sonar a expresión de deseo.
Noto una reacción entre los jóvenes, que va ampliándose. Es un retorno a
los estilos clásicos de familia unida por compromisos sólidos, con gran
acento en la responsabilidad por cambiar por lo menos su microespacio,
rescatando la amistad, reconstruyendo confianzas, bajándole el tono al
hedonismo, elevando la crítica a un mundo de competencia salvaje que
llega a la antropofagia, postulando si no una revolución altisonante ni
una consigna libertaria inconsistente, sí un camino diferente para
relacionarse en el terreno social y laboral, tratando más allá de las
quejumbres, de implantar una propuesta honesta, que permita combatir la
corrupción como una aspiración ciudadana, transversal, supra ideológica,
para hacer más humano el mundo en que les tocará crecer.
escritorhnv@gmail.com
[1]
Administrador Público, Licenciado en Relaciones Internacionales,
Miembro de Periodistas frente a la Corrupción
LA
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