|
Ser padre en la era de lo efímero
La construcción de nuestra personalidad
por Por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Uno a uno, mis hijos
fueron saludándome, unos con un beso, otros por teléfono y hasta la
mayor a través de un mensaje por medio del celular; pero aun falta
comunicarse un hijo más, o sea, todo está por comenzar en este “Día del
padre”, celebrado en el Uruguay el domingo 17 de julio de 2005.
Estas ocasiones que el almanaque de lo banal, para algunos lo central,
marca que debemos saludar a nuestro progenitor, especialmente, verdad es
que para quienes lo somos, en uno u otro sentido, sea en el biológico,
sea en el afectivo, no pocas veces con un lazo aun más perdurable y
profundo, es tomado muy en serio.
Y lo hacemos en el entendido que es un alto en el camino, en nuestro
camino de vida, no para saludar, o no tan sólo, a nuestro ego sino que,
además, y con mayor altura, para repasar, nosotros también, yo en
particular, mirando hacia atrás o hacia arriba o hacia adentro de mi
corazón, a este otro ser que, en mi caso hoy no está de pie, pero sigue
erguido en el recuerdo imborrable: mi propio padre carnal.
Entonces, deviene junto con lo cordial, con el fluir de las emociones
más caras, más sentidas, una razón que eleva el gozo del instante de
salutación, hacia un plano racional y meditativo en el que damos espacio
y tiempo a un pensamiento sobre el por qué de la vida y el sentido
último, que no teleológico, no finalista, me refiero, de nuestro andar
por estas regiones de lo humano en la Tierra.
Y mirando hacia delante, repasamos también nuestro pasado, nuestra
circunstancia de vida, anterior y presente para luego sí, atender este
hoy desde nuestra posición, con nuestra responsabilidad ineludible, la
de ser padre y ejercer, muchas veces con no pocas dificultades, esa
función tan cara al hombre: la función paterna.
Dice bien, el psicoanalista argentino José E. Milmaniene, en su obra “La
función paterna”, que: “Una adecuada consolidación del orden simbólico
–fundado en el ejercicio eficaz de la función paterna- supone la
posibilidad de enfrentar operativamente la angustia frente al peligro”.
No por nada la celebración recae en uno de los dos brazos en los que
descansa, o se eleva, la civilización judeocristiana, el domingo, por “dominus”,
en tanto venimos del “shabbat”, glorificación del hombre y de la vida,
en oposición a las fiestas que le precedieron, las saturninas, en que se
exaltaba la muerte.
Por tanto, el día o uno de los días de descanso, las más de las veces en
torno a una mesa, tenga esta para obsequiar a sus comensales el más
exquisito manjar como un buen trozo de pan, amerita saludar a la
responsabilidad y a la mirada vasta y dadora de sentido de la función
paterna.
Y digo función paterna porque no debemos olvidar, cada vez el hacerlo
será más enajenante, que muchos hogares son hoy, monoparentales, y por
consiguiente, o bien los hijos distan de compartir la mesa con su padre,
recurriendo a la comunicación telefónica u otra que permita escuchar y
ser escuchados por su progenitor o, también, digámoslo, cuando estos ya
no están por los más variados motivos, incluso en el dolor, también hay
que decirlo, del abandono y la irresponsabilidad, que existe.
Así, pues, ser padre en esta era no es ni tan simple ni tan común y ser
hijo, por extensión, en tanto en cuanto el hijo, la hija complementan y
significan al progenitor, menos sencillo es, si convenimos que estos
están en una etapa aun menos avanzada, en lo etario, de su proceso de
maduración y asimilación de la condición humana, como para englobar, sin
reduccionismos, el sentido mismo de esta como de otras tareas.
Vamos, que de lo que hoy se trata es de recordar la responsabilidad que
nos cabe a todos y a cada uno de nosotros en esta, nuestra, sinfonía
humana. Y no salirnos del pentagrama, o sea, no huir en forma alguna
sino atrevernos a mirar la vida, de cara al viento y avanzar, paso a
paso, codo con codo, en la construcción más digna y sentida de nuestra
personalidad.
Esto, a la postre, es lo que queremos hoy celebrar: el permitirnos
darnos tiempo para construir, de la manera más justa y también más
misericordiosa, nuestra condición humana como hombres.
En ese entendido, pues, yo les saludo.
[1]
Milmaniene, José E, La función paterna, Editorial Biblos, Buenos
Aires, Segunda edición ampliada, año 2004, Pág. 18. LA
ONDA®
DIGITAL |
|