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Un niño ¿amerita un asesinato?
por Carlos Zapiola
Hay muchas formas de matar. A veces alcanza con dejar morir. Otras
ayudar con un cóctel o hacer un aborto.
Hoy no me voy a referir a ninguna de ellas, aunque desde hace varias
semanas en esta revista se están leyendo las opiniones de Héctor Valle,
diametralmente diferentes a las que me llevan a expresarme de esa forma
al escribir sobre el aborto.
Ya llegará el momento en el que nos referiremos a lo que él lee e
interpreta con Santo Tomás de Aquino y su Suma Teológica en la mano, que
en verdad no significa lo que parece superficialmente. Pero no se
moleste Héctor todavía. Y a habrá más para que argumente enfrentado a
mí.
Estaba escribiendo sobre formas de matar, y en estos días uno lee con
horror que en la locura que se creó en Londres con los atentados ¿dos
veces o los segundo solo son una forma de enmascarar resoluciones a
tomar por los países desarrollados?, un ciudadano no acata la voz de
alto y se le dispara en el piso cinco veces en la cabeza, para que no
haga volar una bomba que nunca tuvo, al igual que relación con los
atentados: ninguna.
Y cuando uno lee que hay trascendidos que nos cuentan que policías por
su cuenta, sí esos guardianes del Orden y la Ley, trasladan de un país a
otro a una madre de 19 años, esperan el parto porque les interesa el
niño y luego ejecutan a la madre y con cómplices militares la entierran
al parecer en una unidad militar, no concluye que el mundo se puso patas
para arriba, sino que es la lógica de los acontecimientos que se dieron
entre el 9 de febrero de 1973 y el 1 de marzo de 1985.
Si el Comandante del Ejército olvida que su Superior es el Presidente de
la República y que la Suprema Corte de Justicia y todo el Poder Judicial
son independientes, y se anima a declarar que no habrá extradiciones
para militares uruguayos y estamos hablando de violadores de derechos
humanos de un ciudadano extranjero asesinado en nuestro territorio, con
ello se extralimita y compromete el prestigio propio y de la Institución
que encabeza.
Ya lo escribimos la semana pasada. Los militares no están para pensar
sino para acatar. Pueden hacerlo en sus ámbitos, pero no para imponer
sus ideas políticas, y menos como debe actuar un juez o el Poder
Judicial.
Como los piqueteros volvieron a hacer su ridícula manifestación de
cincuenta personas de los que veinte son niños, la noticia de la semana
se fue de nuevo a los batallones, y quizás sea nada más que distractiva
la explicación del entierro de la nuera de Gelman en el 14 cuando se
excava el Batallón 13.
Si no lo es, el secuestro se transformará en asesinato. Pero de acuerdo
a Convenios Internacionales firmados por Uruguay, un delito de lesa
humanidad es imprescriptible.
No me voy a poner a discutir con el Dr. Gonzalo Aguirre desde el punto
de vista legal, en su amparo a los cuatro o cinco militares que ahora
tienen miedo sobre las consecuencias de actos que cometieron hace varios
años.
Su conciencia los debe estar maltratando bastante, como para que busquen
zafar ahora por el camino de la Justicia Civil, la misma que nunca
dejaron actuar mientras fueron parte de los que tenían el sartén por el
mango.
Esa Justicia Civil falible, porque está hecha por humanos, con jueces
humanos que muchas veces erran en vez de fallar, y que ahora, si
aparecen los elementos incriminatorios y las investigaciones dan
resultado, podrá procesar a los que se creyeron intocables.
Lo dijo el Contralmirante Lebel. Un ejemplo para estos militares lo fue
Pinochet. Además de asesino ahora se sabe que es defraudador del Fisco y
ladrón de los dineros de su pueblo. Y el banco en el que tenía esos
ahorros mal habidos era el mismo que usaba el archiconocido Hugo
Márquez.
Aclarando estaba dijo el paisano, y seguía echando agua a la leche del
Plan Cóndor. LA
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