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A
propósito de la revisión del populismo
Idas y vueltas del populismo:
¿entre lo peor y lo mejor?
por el profesor Héctor
Marteau
A
lo largo de entrevistas, en comentarios sobre textos o conferencias, el
término populismo ha sido devuelto a la actualidad. Es
inocultable el sesgo de revisión vinculado a la democracia realmente
existente y los gobiernos que la justifican. En la revisión del
populismo se presenta una construcción del enemigo de éste, un
detractor, a través de una cadena argumental: una “concepción
tecnocrática” que da importancia decisiva a los expertos para organizar
toda la vida comprendida dentro de un Estado. Es el primer componente
para ubicar al detractor, según el principal referente de estos días de
evidente tandem entre el gobierno y el populismo revisionista.
Para apoyar esta afirmación primera se afirma que en el país teníamos un
liberalismo oligárquico que no daba lugar a las aspiraciones de masas
presentes en tres décadas decisivas: 30, 40 y 50. Y esto explicaría el
antiliberalismo de las masas, en el seno de “regímenes formalmente
antiliberales y que, sin embargo, fueron profundamente democráticos”. O
sea, sustancialmente no hay diferencia entre los gobiernos de la primera
presidencia de la Nación y los surgidos por imperio de la Ley Sáenz
Peña. Y si tomamos la afirmación como extendida al pasado, liberalismo
oligárquico ya había desde el momento del Mayo revolucionario.
Spilimbergo tenía esta concepción en los años 60´, que compartía con
Laclau y Alberti, integrantes todos de un partido (PSIN), liderado por
Jorge Abelardo Ramos. Ellos desplegaron con distinta suerte sus
versiones a través de libros sobre la historia nacional, que
precisamente ahora son reeditados con cierta profusión.
Los historiadores de los países latinoamericanos, de orígenes diversos,
sin embargo, han aportado abundantes pruebas sobre las dificultades para
hablar de nación, de ciudadanía, de pueblo, desde el momento mismo
independentista.
La relación entre la propiedad y el individuo, las organizaciones
políticas y las formas sociales, las creencias o imaginarios y las
postulaciones políticas, los han llevado a poner serias dudas sobre los
llamados federalismos, las uniones nacionales y las tradiciones
identitarias. Y estos eran supuestos sobre los que se fundaban las
interpretaciones tensadas en opciones, por ejemplo entre liberales y
nacionalistas, pueblo y oligarquía, interior contra Bs.As. Así la idea
de formalismo, vacía la fórmula que encierra la tradición liberal en la
modernidad, cualquiera sea la experiencia concreta liberal . Es curioso
que esta acusación de formalismo no tenga ingreso en la politología
contemporánea , luego de las grandes crisis políticas con que se cerrara
el siglo XX. Aún más, no se asimila experiencias liberales o no
liberales a un patrón común, salvo para intentos de comparación
puramente teóricas.
La segunda afirmación se apoya en la idea de que aquí hubo “liberalismo
oligárquico que respetaba las formas liberales pero tenía una base
clientelística que impedía toda expresión a las aspiraciones
democráticas de las masas”. Sea por el atributo del mercado, sea por la
organización política del Estado, precisamente lo que muestra la
historia es que mucho mayor peso tenían las tradiciones heredadas de
España que las imaginadas para resolver las crisis pronunciadas que
durante el siglo XIX vivió Argentina, y también cada país
latinoamericano. La configuración administrativa, la posición de poder
de propietarios y la continuidad económica, rigen fuertemente las formas
políticas independentistas.
Desde fines del siglo XIX y en el siglo XX, la irrupción masiva de
población inmigrante, desborda las experiencias anteriores, entre ellas
las clientelares que fueron comunes en todo el país y obliga a un nuevo
contrato –antes entre el caudillo y “su” pueblo, ahora entre las masas
devenidas nacionales y el poder-. El estado social, en la forma
histórica local, se arraigó en un principio de lealtad bien descripto
por Peter Waldman, donde mejoraba el ingreso, y por lo tanto el nivel de
vida de las masas, al mismo tiempo que los que administraban el poder
concentraban riquezas a expensas suyas.
La misma recuperación democrática, primero desde fines de los años 50´ y
luego de los 80´, puso en evidencia esta tendencia: salvo excepciones,
la regla era que llegar a una función principal dentro del gobierno del
Estado era lo que permitiría adquirir un bienestar personal y familiar
para varias generaciones posteriores. ¿Y acaso no hubo una fuerza
política central para dirigir esta tendencia, a la que representa en
toda su corporeidad, en los últimos cincuenta años?.
Hasta las dictaduras militares aprendieron y siguieron esta tendencia,
no obstante su ideologización con la que declaraban dirigirse hacia lo
“político” más que a lo eonómico: combatir el comunismo, el ateísmo, la
disolución nacional... En las dos últimas experiencias dictatoriales, la
prensa tuvo que ocuparse detalladamente de la “confrontación política
interna” (duros y blandos, acuerdistas y no acuerdistas, el cuarto
hombre, el caudillismo patriota, entre otras, pertenecen a dichas
situaciones). Desde la “ley de lemas” a la administración de los ATN,
fondos fiduciarios, del conurbano, etc., vimos surgir una “clase
política” que puede reciclarse proveyendo de los recursos para el apoyo
electoral: financiamiento, publicidad, independencia patrimonial y
naturalización de la corrupción.
Es decir, si deseamos describir el fenómeno populista aquí desenvuelto,
no podemos prescindir de la combinatoria entre lo social, lo político y
lo económico, que lógicamente deriva en la constitución de imaginarios,
esto es su trama histórica. No respetar esta complejidad impediría
apreciar, por ejemplo, porqué la llamada resistencia peronista desde el
55´ puede ser escamoteada en su realidad: que era la resistencia de una
fracción social, mayormente sindicalista, apoyada por una suboficialidad
desplazada del ejército mayormente, y no la “resistencia” de todo el
peronismo, situación que ayudó a que estos últimos fueran los que
encarnaran las formas neo de participación política en el gobierno.
A la vez, en el interior de la resistencia realmente existente, la
amalgama ideológica se daba entre la memoria colectiva del pasado
inmediato y la asunción desordenada de antis comunistas, judíos y
liberales. O sea, no se buscaba la democracia, sino un autoritarismo
socialmente aceptable.
El populismo tiene una naturaleza antidemocrática en nuestro país y en
América Latina, lo que no significa que el liberalismo tenga una
naturaleza democrática en su historia local. Ambas expresiones confluyen
en los condicionamientos a una aspiración democrática que una lo social
con lo político, lo económico con las ideas constitucionalistas.
Héctor Marteau:
Profesor de las Maestrías en
Ciencia Política de la UNLP y de Filosofía Práctica en la UNMdP
La Nación, 10.07.05: entrevista a Ernesto Laclau.
2)
La misma tentativa, repetida, de dar una Constitución al país se
inscribe en el fenómeno liberal
)Ackerman,
Mangabeira Unger, Bobbio, Lefort, que son nombres de principales
teorizadores contemporáneos apoyados en distintas tradiciones
políticas, no señalan ningún ejemplo de democracia formal.
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