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Los desaparecidos reaparecen en la
conciencia de muchos

por Carlos Zapiola

Hasta el día que aparezca el primer resto humano y se lo puedas identificar, los desaparecidos seguirán siendo la piedra angular del desencuentro de los orientales.

Y al día siguiente que ello ocurra, la página de este libro que no se consigue cerrar será dada vuelta, pero el lomo del mismo no habrá podido aún abarcar todas las que aún siguen sin escribirse.

Es fácil dar vuelta la página para quien no tiene familiares desaparecidos. Es fácil para algunos políticos jugar con que aquellos vientos trajeron esas tempestades de las que aún no pudimos sacar el barro.

El país vivió una etapa en la que grupos armados se levantaron contra las instituciones, es verdad. La mayoría de sus integrantes pagaron con cárcel o la muerte esa aventura. Algunos, unos pocos, lograron zafar, y la mayoría de ellos tuvo que pagar con el exilio forzoso, aunque esto es menor al lado de lo sufrido por miles de uruguayos.

Que tuvieron miopía política y no entendieron el país que vivían es cierto. Tampoco lo entendieron los que fueron dando entrada paulatina e ingerencia en la toma de decisiones fundamentales a los uniformados que debían salvaguardar la Constitución, la Ley y el Orden.

Pero muchos años han transcurrido y cuando se da el Golpe de Estado, el 27 de junio de 1973, la guerrilla está muerta y enterrada, pero los planes para establecer un nuevo orden en el país, no.

Hubo negociaciones entre guerrilleros y militares. Entre políticos y guerrilleros presos. Entre militares y guerrilleros presos.

Y hubo torturas, también desde mucho antes de la caída de las instituciones, y muchas de ellas las sufrieron quienes hoy ejercen cargos de relevancia en el gobierno, integrantes o no de grupos subversivos.

Hubo atropellos y ahora hay olvidos.

Cuando uno sufre la muerte de un ser querido duele. Mi padre me fue arrancado de su cama del Sanatorio Americano por un equipo médico en una búsqueda desesperada por salvarle la vida. Lo encerraron en el CTI por larguísimas tres horas. Luego un médico nos informó a mi madre, a mi hermano y a mí, que había muerto. Y no pude ver el cuerpo hasta cinco horas después ya pronto para velarlo en la empresa de pompas Fúnebres correspondiente.

No fue en verdad ni un secuestro, ni una desaparición y menos aún un asesinato. Duró apenas unas horas, pero a casi veinticinco años de ocurrido sigue doliendo y mucho, ese hecho.

Vi morir a mi madre en su cama de siempre. Pero a mi padre no. Y son dos duelos diferentes. Dos recuerdos diferentes.

Cuando los familiares de los detenidos desaparecidos se empeñan en encontrar datos sobre los mismos, averiguar la verdad de lo ocurrido, en algunos casos demostrar que el sonriente paseante de un perro es un feroz torturador del pasado, están buscando su duelo personal.

Por ello ver a la hija de María Claudia, que es la nieta de su abuelo, pero no por eso debemos hacerle perder de nuevo su identidad recién reconquistada, junto a lo que podría ser la tumba de su madre, sin lápida, sin mármol, sin cruz, emociona.

Surgió del fondo del Ejército decir que allí pueden estar sus restos. Nadie le va a devolver la vida, pero se la va a cambiar a la hija que nunca pudo disfrutar de su compañía y consejo.

Detrás de una puerta de mármol yacen los restos de mi madre en el Cementerio del Norte. Nunca voy. No tengo ni siento necesidad de hacerlo. Tengo otros métodos de acercamiento a ella si preciso su compañía. Puedo rezar o ir a la Iglesia.

Pero sé que están allí.

Eso es lo que hace posible que todas las noches ponga la cabeza en mi almohada y duerma tranquilo. Todo lo tranquilo que se puede dormir en el mundo de hoy, donde el más amigo se muestra muchas veces como un falso que obliga a repensar la vida y cambiar el rumbo.

Cuando el General Bertolotti se comprometió a conseguir información sobre los restos de los desaparecidos dudamos si la mención al Batallón 14 no era más que una maniobra distractiva. Ahora que se está en vísperas de comenzar las excavaciones en cuatro lugares marcados por sus subordinados, que no son otra cosa que nuestros empleados armados, uno sueña que la historia empiece a tener fin.

Faltarán muchos. Algunos nunca podrán ser encontrados si es cierta la versión de la Operación Zanahoria, que se dice también existió, a pesar de que el hallazgo de restos pueda marcar que no alcanzó para borrar el pasado.

No es tener ojos en la nuca el intentar que esto se termine pronto, pero con el conocimiento de la verdad. Si hay gente que sabe y no habla, allá ellos con su conciencia.

Cada aparecido que logremos, como en el caso de los chicos que uno a uno y muy trabajosamente se logró recuperar, nos hará acercarnos al momento en el que alguien diga, como dijo el 6 de agosto del 2005 el Alcalde de Hiroshima: “que no vuelva a repetirse” un horror semejante.

En los años duros nunca hubo dos bandos enfrentados. No estaban los buenos de un lado y los malos del otro.

Hubo errores y excesos de parte del proceso, más adelante. Pero ya escribimos que los hubo y no solamente en ese período y sino pregúntenle a Berríos, si éste pudiera responder.

Roslick murió en 1984, y muchos presos políticos ya habían sido liberados. Un año antes, militantes de la UJC supieron que la Dictadura aún no había terminado.

Parque Hotel, Club Naval, la salida, la amnistía y la Ley de Caducidad son hitos en esta historia. Lo es la aparición de Amaral, Simón y tantos otros.

Pero hay un pedazo de la historia que no se cierra. Ayudemos. Busquemos que los que pueden ayudar lo hagan. Insistamos hasta conseguirlo. No es fácil, pero el futuro mucho nos lo agradecería.

Y los culpables de delitos de lesa humanidad, aquí o en Hiroshima, que afronten las consecuencias de sus actos. Sesenta años van de la explosión de una bomba que aún mantiene afectados vivos, y un deseo de que “nadie debería sufrir como sufrimos nosotros”. Nunca más.

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