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Antonio M. Grompone
y la pedagogía del pensar
I – Ciudadano y constructor

por  Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Introducción
El camino del pensar, recordando al filósofo alemán Martin Heidegger, tiene en nuestro caso, en nuestro suelo, también, una suerte de camino de bosque que nosotros, creo yo, tenemos el deber de intentar despejar o bien, como el monteador en la espesura, volver sobre nuestros pasos, reconsiderar, en estas cuestiones de la faena del pensar, lo actuado y de ahí partir, abriendo surco en un nuevo camino de bosque que, eventualmente, tendrá frente de sí la espesura misma de la vegetación o se encaminará, finalmente, a través de la misma, al otro lado del mismo, teniendo ya frente a sí la llanura por suelo y el cielo por horizonte.

Sendero por el que transitara el pensador uruguayo Antonio Miguel Grompone y al que queremos recordar desde su hacer que es, a la vez, su pensar. Pensamiento y acción de un hombre comprometido con su tiempo, con su gente que supo, especialmente, mirar al porvenir al haber podido atravesar lo tupido de la cuestión, el bosque mismo de la psicología de su época y del hombre en sociedad, proyectando su análisis hacia las generaciones venideras, esas que hoy, en nosotros, vuelven su mirada a aquel hombre en busca, por qué no, de mejor luz.

Pero bosque y pradera, como la llanura y las ondulaciones mismas, leves pero marcadas, del terreno, así como el vasto y circular horizonte, comprenden, todas y cada una de las veces y lugares, tiempo y espacio conjugados, la historia misma del pensamiento en el Uruguay y en la región cercana.

Instancias del espíritu abierto a lo humano que supo construir, antes que un templo, un ágora de reflexión sobre la experiencia, sobre el hombre con identidad, sobre la mujer con rostro y rasgos definidos.

Filosofía de la experiencia, bien como filosofía de la vida, que se dieron cita a partir de constructores de nuestra civilidad, fundamentalmente desde el último cuarto del siglo XIX, levantando columnas de una construcción superior, en medidas pragmáticas y en solidez conceptual, que hacen hoy veamos al Uruguay, antes que como una patria, como el hogar mismo del habitante de estas tierras.

Es decir, identidad, sí, pero nunca propensión a considerar extranjero al no lugareño. Apertura al otro como la quintaesencia del ser nacional, sin caer este, en su delimitación, en etnocentrismos nocivos a la comprensión y reconocimiento del otro, del diferente, del que por aquí llamamos “el recién llegado”.

Para todo ello, claro está, hubo fragua, donde confrontar y hasta eliminar metales impuros a fin de que la justeza, de la mano de la claridad conceptual, entendiendo esta por una aguda sensibilidad para lo social en el tratamiento de las cuestiones esenciales de la vida pero también y especialmente de las condiciones humanas en que la misma transcurre, porque si de algo se precia el proceso mismo del pensamiento uruguayo es su compromiso y consonancia con lo social.

Ciudadano constructor
El ciudadano Antonio Miguel Grompone, además de catedrático en tres disciplinas, Filosofía General, Filosofía del Derecho y Filosofía de la Educación, fue Director de Comercio Exterior, industrial, abogado activo, decano de la Facultad de Derecho, fundador y director del Instituto de Profesores Artigas (IPA), entre otras varias e importantes actividades societarias que le tuvieron, a lo largo de toda su vida, comprometido y erguido, abierto y determinado a hacer de su pensamiento su propia acción en la vida. Y, ciertamente, tuvo éxito en tan caro emprendimiento, en cuanto a elaborar un fermento que, aun hoy, no sólo está vigente sino que, además, aguarda sea tratado, investigado, criticado, en suma: elaborado, en pro del común destino de quienes habitamos estas tierras del Sur, esta zona de una comarca mayor, esa que dieron en llamar la Patria Grande y que, hombres y mujeres de por aquí, y del siglo XX, como José Enrique Rodó, el iniciador, quien desde su literatura de ideas, al decir del propio Arturo Ardao, dio cátedra mayor de un humanismo creíble y un magisterio superior en el arte de inquirir en nosotros mismos cuánto humanos somos, y cuánto más nos debemos al otro. Asimismo, ese hombre estupendo, que supo permanecer, también estoicamente, en procura de los más caros ideales antes que para sí, para sus alumnos, para la sociedad toda que lo tuvo en su seno como hijo predilecto, el singular Carlos Vaz Ferreira y su búsqueda de la correcta formulación del problema, la señora Reina Reyes –maestra y pedagoga de América, comprometida con la juventud, especialmente con la mujer joven desvalida-, un hombre de la frontera norte del Uruguay, Amílcar Vasconcellos –maestro, pedagogo, americanista y defensor como pocos, como casi ninguno en su propia colectividad política, en la defensa irrestricta de las instituciones, el propio Julio Castro, docente y periodista de singular relieve, tan olvidado por unos, tan presente en la historia viva de nuestro pueblo, el docente y ciudadano Mario Sambarino.

Y, sin duda, en lugar de especial destaque, en su magisterio mismo, en su búsqueda, que fue su obra, su legado, en la historia de las ideas de nuestra América, el Maestro Arturo Ardao, otro nombre también para un purista de su, nuestro, idioma, un cultor como pocos, por su altura intelectual, respaldada por una conciencia moral activa, quienes acompañaron a Antonio Miguel Grompone, en la fila no digo ni primera, y mucho menos, única, pero sí magistral de seres probos, educadores veraces de un pensamiento latinoamericanista, ese que dice relación a la filosofía de lo concreto, o sea, aquella filosofía que tomaba del diario vivir los asuntos para tratarlos, con distancia y hondura, volviendo con opciones no ya de soluciones sino más bien de apuestas a una utopía renovada a ser implementada por el hombre en su vida finita, con plenitud de esfuerzos de este, nuestro, instante de vida que, a poco que vivido con intensidad, y compromiso social, vale una eternidad porque se despliega, nos explayamos, cual si la vida misma fuera la eternidad ansiada por otros, sólo que sin renunciar a nuestra, como aquellos no renunciaron, a la responsabilidad del hombre con el otro hombre, de la mujer con la otra mujer.

Porque el hombre es, recordemos, un ser humano en relación con otro hombre. Por tanto, si él, el educador Grompone, fue un pensador atento y pedagogo de capital importancia, en el momento en que se produzco el florecimiento del pensamiento riguroso en nuestro país, ¿cómo no volver a mirar vida y obra pública, compartida, consustanciada con los habitantes de esta tierra?

Diría más: tarde comienzan los reconocimientos y más lejos aun la comprensión –que es su aprehensión, su asimiento- de uno de nuestros prohombres que estuvo, según el recordado y respetado Carlos Real de Azúa, dotado de un pensamiento organizado sobre un objeto de conocimiento, con un curso de pensar de impostación científica.

Autor de obras tales como “Curso de Metafísica”, en sus diversas ediciones, la segunda, especialmente enriquecida; “Filosofía de las Revoluciones”, bien como aquellas de alta pedagogía como ser: “Universidad Oficial y Universidad Viva” y “Pedagogía universitaria”, componen, con otras de estimable valor intelectual, un “corpus” que dice de una paleta en la que los colores, tanto los primarios como sus semitonos, en relación a tan vasta producción intelectual, se complementan con las propias acciones emprendidas por este hombre que, convengamos, pasó sus últimos años, como narra el Maestro Arturo Ardao, en un ensayo que escribiera a poco de fallecer aquel y en cuyo texto pauta, con la pluma sublime que movida por una mano docta, traza una semblanza de Antonio Grompone, tan certera como objetiva al comprender en su haber, en el universo atendido en tal elaboración intelectual, la obra completa del pedagogo, es decir, incluyendo en la misma su forma de ser como así también sus acciones societarias, y no sólo o no tan sólo la labor de claustro que si bien fue central nunca pudo traducir la esencia misma de Grompone, porque hubiera dejado fuera la proyección social de un hombre, de un educador que, lo que dijo en las aulas, lo que argumentó en sus textos tuvo su correspondiente acción en la praxis de su vida comunitaria y con ello, teoría y praxis de un hombre de su tiempo, y de todos los tiempos, dio ejemplo de cómo la minoría que compone el claustro, hablando del “numen” mismo de una Universidad, no debe apearse del tuteo con el cotidiano existir so pena de caer, como luego veremos él advirtió, en una “guetización”, en la formación misma de “guetos” culturales que no sólo invalidan sino que quitan trascendencia a cualquier pensamiento abstracto por mayor hondura o rigor estilístico que este tenga o promueva.

Grompone supo soportar una grave, y dolorosa, enfermedad, en sus últimos años, con un talante propio de una voluntad estoica y una permanencia en el orden de sus convicciones, en un hacer dador de vida y de vida inteligente, recalquemos, al propiciar, aun así, aun presa del dolor, que el otro, en su caso, el alumno, tuviera en sí yunque y fuego donde moldear sus propias herramientas, dando un sentido antes que teleológico, finalista, a la vista, sustancialmente creador desde la propia independencia de criterio para avanzar, sea en un camino científico, sea en uno utilitario, como humanístico, su propia vida.

Respecto de su generación, de aquellos que acompañaron inquietudes, sueños y realidades, recuerda Ardao en el mencionado ensayo , a Emilio Zum Felde y Arístides Delle Piane, maestros de filosofía, como el propio Grompone, quien a su vez, tuviera como maestro a Carlos Real de Azúa como así también al recordado José Pedro Massera.

Como ciudadano, por ejemplo, en ocasión de la dictadura de Terra, a la que se opuso, manifestó, en 1934, en la segunda, y más completa y acabada, edición de su “Curso de Metafísica”, este pensamiento capital: “Cuando se viven momentos de angustia, se debe tener la serenidad necesaria para pensar que todo lo que aparentemente triunfa, tiene sólo la gloria de los accidentes”.

Así, sabiendo ver, reconocer, y valorar lo “aparente”, que es ese velo que suele nublar la visión de algunos, Grompone, nos daba, también ahí, una clase magistral, salvo que de vida con dignidad, de vida con ética, de coherencia intelectual y moral, en suma, ejemplificando como entendía que debía ser, y actuar, un ciudadano.

Par de opuestos
Aquel otro notable cultor del pensamiento abierto, Carlos Real de Azúa, tiene a bien exponer, en su obra ya citada, un ensayo de Grompone, intitulado “Revolución y Organización”, extraído de su obra “Filosofía de las Revoluciones Sociales” (págs. 10 a 14), del que habremos de extraer, y analizar, pensamientos varios.

En este escrito, Grompone expone su idea de lo “contradictorio aparente”, lo que nosotros denominaremos “par de opuestos”, es decir, de que, a su entender, que nosotros respaldamos, “el pensamiento humano, para existir, requiere algo que deba eliminar. Y es lo más cómico que la majestad del pensamiento sólo tenga valor para la lucha”. Así comienza el pedagogo su ensayo y uno puede, si se precipita, extraer falsas ideas al respecto, como que, por ejemplo, el hombre se nutre o deviene creador de la propia aniquilación de lo diferente. Pues es todo lo contrario. Veamos.

Alega, con acierto, que si tomamos un diálogo de Platón, veremos que Sócrates debe tener siempre un contradictor o una idea contradictoria para efectuar, nos dice, el duelo que es todo diálogo platónico. Ejemplos: sin Eutifrón, sin Gorgias, sin Alcibíades, el pensamiento filosófico, manifesta Grompone, no tendría razón de ser y, aun mismo, cuando el griego “expone puntos de vista sin diálogos, hay siempre algo que debe corregirse, ampliarse o eliminarse. Eso es, por lo demás, el símbolo de toda actitud humana,, espiritual o de otra índole. Dos hombres, espalda contra espalda, se apoyan mutuamente, pero para sostenerse deben hacer el esfuerzo como si uno quisiera elimiar al otro; suprimid a uno de ellos y el compañero se viene abajo”. Adelanta mucho pero aun no estamos del todo convencidos, nos queda cierta acritud en el sabor, que disiparemos a poco que avancemos en su pensar.

Nos cuesta, en nuestra terquedad, abrir mente y espíritu a lo diferente, a lo desconocido, por ello, es preciso avanzar en la lectura de este ensayo capital en su obra, que continúa así: “Por eso existe lo contradictorio aparente en todo período histórico de cualquier naturaleza que sea, y por eso también, la renovación social, es una acción contra algo.”
“(...)La vida social se transforma por ese juego de actividades opuestas: los revolucionarios que tienden a transformar lo existente, a romper la organización, a destruir las instituciones del pasado, porque ven en ellas las fuentes de las desigualdades o de las injusticias; y los conservadores que defienden la organización y las instituciones porque tienen con ellas la seguridad y la calma. Esa lucha es el juego normal de la vida social que se exacerba y estalla en los momentos de crisis.”

Y, bien, lo que al inicio pudo parecernos, y era, un ejercicio dialéctico, la expresión misma del arte del diálogo, aquel o aquella, por la dialéctica, que comenzara con Parménides, Platón y se continuara a través de la historia del pensamiento del hombre, pasamos a la comprensión, de que, así lo entendemos, Grompone nos está hablando, por vía de ejemplos, de la complementariedad, de los pares de opuestos, que sin duda conllevan su arte dialógica, su dialéctica, pero de la necesaria existencia de ambos polos, que no quiere decir validación de cada uno de ellos sino de la mera presencia de ambos en los diversos órdenes de la vida percibida ésta por nosotros, seres humanos de un limitado, aunque pretendidamente vasto, conocimiento empírico.

Hay, por tanto, aquí también, una proyección aun mayor de su pensamiento que abarca una constelación superior del espíritu humano, viendo la otra cara de la Ilustración, la del propio y singular Oriente, porque, convengamos también aquí que si hay UN par de opuestos en el hombre es el Oriente y el Occidente y todo lo que ello implica.

Comportamiento humano y su sustrato ético
En el mismo ensayo, abunda a lo largo del mismo en el estudio del comportamiento humano, al tratar aspectos claves de la persona cuales son la incertidumbre, la angustia y el propio desasosiego que ponen en ejercicio, así lo indica Grompone, todas nuestras actividades, desgastan también nuestras energías, y, al final, se espera y se desea la tranquilidad y la confianza, concluye en un análisis preliminar a la presentación del centro mismo de su inquietud reflejada en un escrito de tan vital consideración dentro de su obra y, entiéndase, dentro del contexto y la atmósfera de la sociedad que lo nucleara.

Dice, pues, lo siguiente: “La organización es, así, el resultado fatal de ese complot de todos los hombres para conquistar la seguridad, y las instituciones sociales se van creando con vistas a esa estabilización.”

Para luego advertir lo que sigue: “La organización se ha creado con un fin dado: no ha sido sólo un medio para obtener seguridad, bienestar para el hombre; pero la institución que la crea va adquiriendo valor por sí misma y se la considera, ya, como un fin en sí, prescindiendo del objeto que la creó y de los resultados que se consiguen con ella. De este modo va pesando sobre las conciencias sin que responda a ellas. El derecho es así: su fin es obtener la realización de un principio de justicia, pero si ese derecho se convierte en una fórmula tirana, cuya aplicación e interpretación se hace con prescindencia de la justicia, el derecho ha perdido ya su única función y pertenece sólo al dominio de una técnica apartada de la vida social.”

Cruel diagnóstico de un hombre versado en el estudio y tratamiento del derecho, desde la propia docencia en filosofía del derecho que, a poco que meditemos sobre lo escrito, encontramos, y cómo, un espíritu inquisitivo en procura de la sustanciación de la libertad con igualdad y solidaridad en el seguimiento de todas las disciplinas del hombre, aunque aquí exponga una de ellas, tan relevante, su idea, su visión es dable otorgarle un horizonte tan ancho como el propio sentido de lo humano en el hombre nos impele a procurar su busca y su instauración en nuestro diario vivir.

Nuestro pedagogo toma ahora un ángulo especialmente sensible del comportamiento humano, cual es la validación o no, y en afirmativo qué tipo de reconocimiento tienes las instituciones sociales, toda vez que el hombre vea en ellas un sentido profundo o un mero instrumento, práctico o impráctico, sustantivo o anecdótico, de la cotidianidad de una sociedad.

Así, Grompone prosigue su escrito en el marco de su obra “Filosofía de las Revoluciones Sociales, obra que aun dista de ser estudiada con la profundidad y el rigor debidos, en mérito, valga decirlo, de la propia gente de estas tierras.

Dice lo siguiente: “Las instituciones sociales no tienen, pues, valor en sí mismas sino simplemente un valor simbólico. Debajo de ese símbolo está la realidad social con todas sus miserias: la justicia cubriendo desigualdades, el desinterés político para ocultar apetitos, el humanismo presentado como amor puro de la inteligencia y sostenido por los que no son capaces de pensar libremente.”

¿Acaso nosotros mismos, al releerlo, no nos sentimos tocados de un espíritu de rebeldía, recordando al incomparable Albert Camus, que dice de las miserias que los hombres prácticos, bien como nosotros mismos consintiendo en su supuesta lucidez política, nos han –es decir, nos hemos- embarcado?

Esto no tiene fecha de vencimiento, el pensamiento gromponiano viene de lejos en la historia del hombre, podríamos situarlo en el eje mismo que dio la Revolución Americana y a posteriori vertebró Montesquieu, la Revolución Francesa y la instauración de la Ilustración con un pensamiento libertario a la vez que riguroso para con las claudicaciones de los espíritus menores, de seres genuflexos que, a poco que dominan un par de cientos más de vocablos, o voces, de su idioma son, o pretenden hacer ver que son, ilustrados cuando, tan sólo, y apenas, son ilustraciones en carbonilla.

Pero nosotros, responsables de nuestro tiempo, debemos ir en pos de lo mejor que lo humano ofrece y esto está, por ejemplo, y desde la pedagogía terciaria, antes que universitaria, para darle un alcance mayor, en el propio ciudadano ilustrado de nombre Antonio Miguel Grompone.

Lejos de terminar allí su ensayo, el pedagogo y humanista, prosigue hacia lo central de la cuestión, al advertirnos, un poco después, que: “Por eso mismo, el prestigio y el valor de las instituciones sociales dependen de la mentalidad del medio donde se van manteniendo. Tiene que existir una masa que crea en ellas, que confíe en ellas o que suponga que ellas tienen valor y fuerza para mantenerse. Es que, en el fondo, aun dudando de su justicia todos tiemblan por su desaparición, pero cuando caen se produce una sensación de alivio, pues, en realidad no se ha producido ninguna catástrofe.”

Y aquí se despierta en uno la preocupación, propia del temor al vaciamiento de sentido de las instituciones, que luego, una vez caídas, meditémoslo, poco o nada suceda pues la “masa”, al decir de Grompone, ya no creía, en tal momento, en aquellas y, vista la continuidad de la vida, a pesar de caer tamañas instituciones, hace caso omiso y prosigue sin vislumbrar, porque la praxis previa no le otorgó tal criterio, que con su caída, lejos de todo seguir igual será aun peor, mucho peor.

Pero el centro de la cuestión nunca está en la consecuencia –esto es, en la propia caída- sino en las causas que, al menos, ambientaron tal acontecimiento y otros, los eternos rapaces, aprovecharon para sí y su liviandad, o carencia, moral, al tirar abajo, por ejemplo, pues en ello pensamos, las instituciones democráticas centrales y representativas de su misma esencia, de su hondo sentido, aun cuando este estuviere desvanecido por su mala praxis.

Al finalizar, Grompone se cuestiona y nos cuestiona, advierte, premonitoriamente, sobre las concesiones, esos temidos parches, que suelen darse, que aquí se dieron, como medio, vano por inocuo y falso porque con tal dádiva en realidad se daba pie a la posterior caída institucional, de favores y el “hacer la vista gorda”, en aras de la supuesta defensa de la democracia y sus instituciones cuando a lo sumo, lo que se hizo fue colocar el “caminero”, esa alfombra desteñida para que las huestes de lo oscuro ingresaran en la noche profunda de un pueblo, por ejemplo, el Uruguay, teniendo en primeras filas a uniformados y entre bambalinas a aquellos civiles, aquellos pocos, serviles y luego encumbrados civiles, que pactaron, ayudaron y hasta pretextaron su lugar en la historia, hoy sabemos negra, de un pueblo noble.

Docencia y coherencia intelectual
Grompone, pues, es antes que profesor, industrial, pedagogo, abogado, un ciudadano de ley y en esencia. Ese tipo de personas, esa clase de hombres como de aquellas inapreciables mujeres, que merecen se rescatados de un silencio cómplice para mostrarle a los jóvenes, a las jóvenes, que no son ciudadanos del mañana, que son constructores del hoy, del presente activo, seres humanos que fueron, son y serán referentes en toda tierra, en todo espacio, en todo tiempo, pero sin duda, digámoslo con gravedad estoica, referentes de nuestra Patria Grande.

Lean y escuchen, cómo Grompone finaliza este ensayo: “Cada vez que una institución social se transforma, existe por una parte el impulso de quienes desean la transformación y que violentamente, apasionadamente, van imponiendo la necesidad de la reforma, y por la otra los conservadores que pasivamente al principio, apelando luego a tesis de defensa, a justificativos de grandes principios, combaten esa reforma, vislumbran la catástrofe, tiemblan por los cimientos de esa construcción a cuya sombra viven confiados o en la que se han incrustado de tal modo que llegan a creerse imprescindibles para su sostén y no quieren desaparecer con el armatoste. ¿No hemos visto, acaso, defender así los sagrados principios de la familia ante el temor del divorcio, o los inmortales cimientos del patriotismo ante una acción anti-tradicionalista, anti-guerrera, anti-militarista? ¿No se invocan las necesidades de la democracia en el reparto de puestos entre los políticos?”

Por cierto que coloca Grompone el dedo en una yaga presente en toda sociedad que a tomado para sí el adormecimiento moral, la queda del rigor en su responsabilidad, de cada persona para sí y para con el otro, y del entronizamiento de “los notables”, los, por él llamados, y cuánta razón tiene, “los imprescindibles”, esa suerte de estadistas que luego a poco que camina la vida y su historia, podemos advertir que fueron administradores mediocres de un status quo neomafioso, corporativo y carente de humanismo en el interior mismo de las bellas pero huecas palabras que en discursos aparentemente espontáneos fueron preparados por ese apodo tan grotesco que hoy la humanidad toma como ilustre: los “ghostwriters”, escritores antes que “en” la sombra, yo diría que son “de” la sombra, de “lo” siniestro, al presentar, pluma y espíritu, servil y mercenariamente, a un tótem de madera que simula ser un conductor de masas, probo. Pero que tan sólo es, recordando el decir de Antonio Grompone, apenas un ídolo temporal.

Les confieso que me anticipé, que el ensayo de Grompone aun no termina pues falta, un aspecto nada menor, a saber, y en sus palabras, que: “Vista de lejos parece que una lucha como la de patricios y plebeyos tuviera en los últimos una cabeza que hubiera ido dirigiendo conquista a conquista; todo fue sin embargo el resultado de dos inconsciencias: “la de los que pedían y amenazaban y la de los que iban haciendo concesiones como medio de conservar algo momentáneamente. ¿No es ésta, acaso, la obra de todas las transformaciones políticas que ha originado la democracia actual? El miedo inspira a los de arriba concesiones que servirán, suponen ellos, para mantener la situación política; pero el miedo es terrible consejero y el cálculo de los hombres sale casi siempre errado.” Dice, finalmente, nuestro pensador, al culminar su ensayo, que para nosotros es principio, pues nos impele a indagar más tanto de su obra cuanto, y de qué manera, en las cuestiones por él tratadas.

Recordemos que la obra que comprende el ensayo recién estudiado, fue publicada en el año 1932, que en aquel entonces, un catedrático, un pedagogo, además de industrial, repito, abogado activo, dirigente social, tenía tiempo, y vaya que contaba con las agallas y el desenfado necesario, expresión misma de una dirigencia no afecta aun a lo convencional, a nuestro consabido “no te metas” o, en lenguaje propio de su círculo, a “ocuparse de los asuntos propios de su alta condición docente y universitaria” sino que porque fue un docente y un pedagogo y un abogado, supo ser expresión misma de la rebeldía de un hombre con conciencia social, con apego al respeto en la consideración del otro, con sentido estricto de lo que libertad es, de lo que la libertad conlleva tanto en su prédica, con vocación de ser, de darse lugar, cuanto más entonces en su práctica. Que no es otra cosa que el atreverse a ser, en el descampado mismo de lo social, de lo público, portavoz de su juicio crítico y pedagogo de una razón sin patologías y menos que menos, generador de astucias de la razón que, en otra parte del mundo ya comenzaban a erigirse en poder, no fáctico pues recordemos que en Alemania, con Hitler, como en la Italia de Il Duce, ambos totems contaron, inicialmente, con el voto popular, para mal de toda nuestra civilización. En este sentido, Grompone también acertó, cuando mencionara, como antes vimos, las dádivas, las concesiones que se otorgan en pro de un status quo, y que luego terminan no sólo por minar la democracia, provocar o, mejor dicho, pretextar su caída para que, seguidamente, se de curso a un régimen despótico.

La Filosofía, según Grompone
Antonio Grompone, en su obra “Curso de Metafísica”, en su versión acabada, como lo fue su segunda edición, del año 1934, y casi al comienzo de la misma –páginas 6 y 7- traza con singular precisión y claridad, su propia visión de lo que la filosofía es y representa: “Quizá sea ésa”, manifiesta el docente y pedagogo, “fundamentalmente, la misión de la filosofía: darle un sentido y una posibilidad de esperanza a nuestra propia vida. Si se estudian los sistemas, ellos aparecen como contradictorios e inconciliables. Sin embargo, la situación de las ideas va presentándose siempre como un deseo de apoderarse del secreto de la realidad con medios imperfectos. Por eso aparecen las soluciones en corrientes opuestas.” Y con esta “antesala”, veremos cuán profundamente talla el constructor intelectual, desde su compromiso social, que fue Antonio Grompone, en la busca de una centralidad, de una visión de conjunto que atienda al todo desde sus partes, no quedándose, no reservándose, avaramente, la potestad, la supuesta potestad de una verdad que, sabido es para todos, pero especialmente para Grompone, tan sólo podemos acceder a uno de sus prismas debiendo procurar en la visión del otro, en la complementariedad citada inicialmente, una visión tan holística como cercana a “lo verdadero”, sin dogmatismos de especie alguna, sin premoniciones ni verdades reveladas. Tan sólo con nuestro intelecto y nuestra conciencia activos.

Dice, seguidamente, que: “Los hombres se separan por condiciones que parecen colocarlos en situaciones inconciliables: unos miran lo ideal, el espíritu, se apartan de lo contingente, eliminan lo sensorial; los otros dan materialidad a toda concepción, fundamentan sus ideas en lo sensible, en lo exterior, en lo que puede tener un valor de experiencia. En cualquier problema, aparece fatalmente esa dualidad de posiciones que parecen obedecer al predominio de una de las aptitudes humanas. En cada solución, sin embargo, existe algo latente que hace necesario completarla con la solución opuesta. Así los sistemas representan las tendencias de cada filósofo y las soluciones son las respuestas individuales a los problemas que surgen en cada época.”

Así comienza el pensador y pedagogo al permitirnos vislumbrar su propia posición que no es otro que su propio talante, la manera, quiero significar, de “pararse” ante la vida y frente a las situaciones a atender, a cuestionar, a prever.

Vuelve, asimismo, sobre la complementariedad y la necesidad de vislumbrarla, de tener presente el otro lado o supuesto otro lado de la cuestión, el famoso tema de las dos veredas que no es colocarse en la senda de paso de los vehículos, sino, antes bien, proyectar una mirada que aprehenda, por comprenderla, a la calle y no, no tan sólo a una de sus aceras.

Hasta aquí, vale decirlo, expusimos una pequeña parte de su hacer y de su pensar, habida cuenta de que debemos adentrarnos en el tratamiento mismo de la cuestión pedagógica, central en su vida y en su obra, pero que antes requería, a nuestro criterio, exponer, a grandes rasgos, aspectos centrales, medulares de su pensamiento. Crear una suerte de bóveda a partir de la cual ver el resto de la obra, amparada en su cielo donde el humanismo y el rigor se tutean y comprenden, con la responsabilidad y el compromiso social,

Tenemos por delante, una vasta, pero emocionante, y comprometedora tarea: ir en procura de los aspectos, a nuestro entender, vale reiterarlo, más relevantes que fueran expuestos en sus dos obras capitales, en lo que a pedagogía se refiere, como ser: “Universidad Oficial y Universidad Viva”, que viera la luz en México, por el año 1953, y la fundamental “Pedagogía Universitaria”, editada en Montevideo, en el año 1963, que recoge lo más duro, por riguroso y pensado, de su idea pedagógica, expuesta ésta siempre desde y para con el compromiso social.

Decía bien Ardao, respecto de Grompone, que rehuyó deliberadamente el encasillamiento doctrinario si bien su pensamiento, que surge tanto de su enseñanza como de sus escritos, corresponde a la corriente empirista uruguaya del siglo XX.

Nosotros, a nuestra vez, decimos algo más, Grompone no sólo se emparenta con la misma sino que en sí forma parte de una ilación que comienza con José Gervasio Artigas, en su pensamiento humanista y libertario, en su desapego a dogmas y títulos, bastaba para el prócer la mera, y sentida, condición de “ciudadano”, que prosigue, y cómo, con José Enrique Rodó y se continúa con Carlos Vaz Ferreira, maestro y amigo de Grompone, quien a su vez se relaciona con el propio Arturo Ardao y con él, esta parte del mundo, llamada el Uruguay, abre un espacio de silencio, que queremos pensar es de reflexión, con vistas a proseguir un camino que, no por esquivo, es ilusorio: la busca de nuestro sentido que es nuestra identidad: la filosofía de la experiencia, el pensamiento americanista, pensamiento éste con identidad desde el cual partir en busca de las cuestiones centrales que ocupan al hombre y a la mujer de a pie de nuestros días, de todos los días, sin rehuir el porvenir, sólo que anticipándolo, en este, nuestro hoy, nuestro presente, activo.

Y no satisfechos de tratar lo pedagógico, iremos por la esencia de su pensamiento, expresada tan certera y elevadamente en el ensayo que elaborara a poco de morir su amigo y nuestro ciudadano, Carlos Vaz Ferreira.

Este ensayo de Grompone es, reiteramos a nuestro modesto entender, su mejor ponencia filosófica y una joya que merece ser tratada separadamente, para estudiarla rigurosamente, al intentar extraer de la misma, la riqueza conceptual, por intelectual y moral, de un hombre comprometido con lo mejor de lo humano en la persona.

Iremos en procura de tal saber mientras meditamos, en la soledad de nuestra conciencia, la vida y obra, al menos la hasta aquí expuesta, de un americanista de ley, un hombre común en su concepción de la vida, y superior en su hacer ciudadano.

Porque la ética, amigos y amigas, es posible. Siempre. Siempre que se quiera y uno se atreva. Atrevámonos.

[1]Real de Azúa, Carlos, Antología del ensayo uruguayo contemporáneo, Tomo I, Universidad de la República, Montevideo, año 1964, Págs. 204 y ss.
[2]
Ardao, Arturo, Etapas de la Inteligencia Uruguaya, Universidad de la República, año 1971, “Antonio M. Grompone, pensador y educador”, Págs. 409 y ss.
[3]
Ardao, Arturo, La filosofía en el Uruguay en el siglo XX, Historia de las ideas en América, FCE, México, año 1956, Pág. 90.

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