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Gobierno
El peligro de los pequeños pasos

por el Dr. Fernando Rama

Los primeros meses de gobierno progresista han dado lugar a valoraciones diversas y cambiantes. Cada acto de gobierno – desde las designaciones de jerarcas a diferentes niveles hasta las señales provenientes de los principales dirigentes de la fuerza progresista que debe orientar los destinos de un país donde todo parece estar en crisis – motiva comentarios públicos y privados de una enorme heterogeneidad. En términos generales sigue predominando la expectativa, con una fuerte dosis de esperanza en que las cosas mejoren. 

La realidad, mientras tanto, permanece tozudamente igual y  en muchos dominios se advierte la continuidad del empeoramiento de las cosas. Los nuevos gobiernos departamentales en manos de la izquierda – elemento central de la verdadera revolución política acaecida en el país -  recién han comenzado a actuar y será necesario esperar un poco más para sopesar la contribución que de ellos se puede esperar. 

La multiplicidad de aspectos que son pasibles de un análisis obliga a restringirse a un único tema y, observando el panorama desde cierta distancia se me ocurre plantear una seria preocupación que me sugieren los primeros intentos de transformar la realidad económica, social y cultural del país en un sentido verdaderamente progresista. Creo que hay un camino intermedio entre el desborde utópico y voluntarista que lleva a algunos a querer “construir el socialismo desde el gobierno” y la política de los pequeños pasos, de las aproximaciones sucesivas, de la instalación de un doble discurso donde el progresismo se vacía de contenido y las acciones reales no superan el umbral de los trabajosos consensos en torno a intereses corporativos. 

Tal vez sea pertinente, para explicarme mejor, colocar un ejemplo. En quince años de gobierno municipal de Montevideo no se ha logrado poner en marcha un sistema eficiente de transporte público. No es que falten proyectos y tampoco es un problema que pase por dificultades de financiación. 

Lo cierto es que la gente sigue desesperando por la frecuencia de las unidades, sigue penando por los recorridos inverosímiles y continúa obligada a calcular sus tiempos con un reloj de arena. Eso para aquellos que todavía utilizan el transporte colectivo. La paramétrica del precio del boleto ha obligado a las caminatas o al uso de bicicletas. Si bien la primera obligación puede considerarse una medida de combate al sedentarismo – aunque ese no suele ser el primer problema para quienes no tienen más remedio que caminar y caminar -, la estimulación del ciclismo ha llegado a extremos alarmantes; antes por lo menos alguien se preocupaba de que las bicicletas tuviesen una señalización en horas de la noche. 

No sé si alguna vez se planteó qué pasaría si se emplease la paramétrica del sentido común y se rebajase el boleto a, pongamos, 10 pesos. No parece ser un gran problema organizar la medición de la alcoholemia en los conductores, en forma constante, sistemática y coherente. Sin embargo es bastante probable ser multado en cualquier momento por inspectores destinados a rellenar un rubro presupuestal y no a prevenir las muertes por accidentes de tránsito, que entretanto han seguido tan campantes. A este estado de cosas sólo puede llegarse cuando se logra un equilibrado consenso de intereses entre empresas, trabajadores del transporte, funcionarios municipales y una burocracia municipal cada vez más espesa y se dejan de lado los intereses de los usuarios, los trabajadores, la gente en general. 

Sería lamentable que lo mismo sucediese en otros múltiples aspectos de la compleja realidad que la gente sufre. 

Por mencionar únicamente tres áreas claves: la educación pública, la salud en todos sus aspectos y, muy en especial, la administración de justicia. Para los uruguayos es vital que el gobierno piense estos temas poniendo en el primer plano a la gente, los intereses reales de las personas reales. La política de los pequeños pasos tiene una trampa radical, le da demasiado tiempo a las corporaciones para sabotear cualquier cambio sustantivo y mata de a poco la esperanza de la gente. 

Ojalá que el letrista no se olvide que hay muchas cosas que pasan por el empleo de la racionalidad y no por artículos de una ley presupuestal ni por vaivenes de la tasa Libor o la dichosa macroeconomía.

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