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Con la
economía no se juega La comedia de enredos vivida días atrás en el Uruguay, con el supuesto dilema de si se iba o no el ex decano de Ciencias Económicas del sillón ubicado en la casona de la calle Colonia, esquina Paraguay, no dejó ver, en mi modesto entender, las bases sobre las que se asienta la totalidad del Presupuesto presentado al Poder Legislativo para su consideración. Cuando el ruido es muy estridente, el silencio pasa a ser melodía. Por ello, y al tener frente a mí diversos informes, crónicas, análisis del insuceso arriba indicado, opté por despejar la mesa y recurrir al trabajo de “vestir” el tablero de ajedrez, limpio de toda pieza, a partir de una reconstrucción mental, y reflexiva, de las diversas jugadas llevadas a cabo, desde el origen. Esto es, opté por remontarme a marzo del 2004, cuando asume el hoy secretario de Estado y lleva adelante las medidas esenciales que en la conducción económica del país, sin olvidar los viajes, previos, al Norte, para iniciar diálogos respecto de los acuerdos que habría de celebrarse a posteriori en orden a la readecuación del endeudamiento externo cuanto del nivel, tenor y cadencia de la asistencia financiera internacional, una vez el gobierno nacional hubiera cambiado de mando. Así, pues, advertí, sin mayores esfuerzos analíticos, que este funcionario se apoya, y con él, todos nosotros estamos apoyados, en función de la orientación que en política económica hoy el Uruguay está llevando adelante, netamente, en dos pilares para desarrollar su propio proyecto económico en el Uruguay: el FMI y la actual política económica del Brasil, en línea con el primero. Es decir, toma como referentes directos, sin que en esto medie valoración subjetiva alguna sino mera constatación de hechos, tanto la política económica brasileña, que tendrá la suerte de su impulsor: el ministro de Hacienda Antônio Palocci y, en igual orden y grado, las nuevas, o renovadas, sugerencias-dictados de las autoridades del Fondo Monetario Internacional. Qué pasa en la región Antes de avanzar en el asunto, veamos, en clave regional, visiones de actores brasileños y argentinos, en materia económica, en temas tan sensibles como el nivel del PBI y los gastos en estas economías. Por un lado, traigo a colación el editorial del diario “Folha de São Paulo”, del pasado domingo 4 de septiembre, culmina el análisis de la expansión del PBI, en los siguientes términos:
A perspectiva de uma expansão
anual da ordem de 3,5% significa, conforme esta Folha tem
salientado, que, numa quadra especialmente favorável da economia
internacional, o dinamismo da atividade econômica brasileira
segue claramente inferior àquele exibido pela grande maioria dos
demais países. Y comenzamos a acercarnos al talón de Aquiles de estos proyectos económicos: la distribución, genuina, de la renta. El Brasil, país con una vastedad enorme de ventajas en materia productiva pero en el cual la famosa tasa SELIC paga tasas exorbitantes con lo que, entre otras cuestiones, permite que la moneda local, el real, continúe sobrevaluándose, con el consiguiente beneficio para los capitales ociosos, o especulativos, como prefiera usted llamarle, retarda, creo yo, una nivelación mayor y más saludable de la distribución de la renta, toda vez que busca abatir la inflación contraponiéndole fuertes tasas en moneda local. Claro está, su economía, desde la vastedad de gentes, climas y posibilidades productivas, además de que su clase dirigente invierte en el país, siempre, en un porcentaje casi absoluto, tiene una mayor elasticidad para moverse, en materia exportable, que nosotros, dependientes al extremo de la contingencia externa. En la otra margen del Plata, y desde el suplemento Cash, también del pasado domingo 4 de septiembre, del periódico bonaerense Página 12, su editor jefe, Alfredo Zaiat, tiene algo que decir respecto del manido tema del gasto público, desde su columna intitulada: Notas musicales. Veamos: Alega, inicialmente, que: En el debate económico doméstico existe una marcado prejuicio cuando se aborda la cuestión del gasto público. Se regalan signos de aprobación cuando se postula su reducción, control o ajustes leves en el Presupuesto, y se disparan críticas descalificadoras cuando se sugiere su aumento. Esas reacciones están muy arraigadas en la sociedad, fruto de décadas de recetas del FMI, de discursos de ministros de Economía con ideas desvariadas o soberbia desmesurada, de pronósticos errados de economistas que abandonaron la lectura de experiencias en otros países. En fin, de una corriente de pensamiento que tuvo la fortuna de superar la frontera de las ideas para instalarse como un sólido componente cultural. Este se revela cuando prevalece el consenso de que el gasto público es malo de por sí y que sólo es aceptado en los casos en que tiene que brindar ciertos servicios esenciales, aunque igualmente se supone que el privado lo puede hacer mejor. Se trata de una de las tareas docentes en materia económica más complejas de superar, puesto que la que tenía como protagonista al Fondo Monetario como fuente de toda razón y justicia ya ha sido saldada. Sólo ha quedado un pequeña secta de fundamentalistas que todavía le otorga a ese desprestigiado organismo internacional autoridad para aconsejar en temas de economía. También se está en vías de superar o, al menos, de ponerse en discusión el regresivo –un poco amortiguado con las retenciones a las exportaciones– régimen tributario. Pero con el gasto público poco y nada se ha avanzado. Y, luego de ahondar en datos, tanto argentinos como internacionales, culmina su pensamiento en los siguientes términos: La mayoría de los países en desarrollo y todos los desarrollados acompañaron el crecimiento económico con una creciente presión tributaria y un mayor gasto público como porcentaje del Producto. Los economistas Javier González Fraga y Martín Lousteau, en un reciente libro Sin atajos (Temas Grupo Editorial), sostienen que, “en cambio, el tamaño del Estado argentino se ha mantenido prácticamente estancado en la segunda mitad del siglo XX”. Destacan que hacia 1960 tanto la Argentina como los principales países desarrollados tenían un mismo nivel de gasto público: aproximadamente del 27 por ciento del PIB. Esos países lo aumentaron en 14 puntos del Producto en los últimos cuarenta y cinco años, mientras que Argentina apenas 4. Para aquellos que siguen insistiendo sobre el desborde del gasto público y la carga de un Estado sobredimensionado, su repetida y previsible melodía sonará desafinada con esta otra nota musical: en un país en emergencia sociolaboral, con insultantes niveles de pobreza, el Estado tiene un gasto por habitante que en términos reales es un 30 por ciento menor al de 1974. Recordemos que la Argentina, viene apostando fuertemente, primero desde el gobierno y luego sumándose empresarios y trabajadores, a la defensa de un dólar alto, con lo cual, entre otros beneficios, el primero la defensa de su industria, ha logrado niveles impensables años atrás, por lo elevado, de sus reservas en dólares estadounidenses. Con ello, claramente, la Argentina apuesta a un modelo de país exportador, generador de industrias, con políticas productivas que no sólo las refuercen sino que también, y especialmente, aumente su número en cantidad y calidad, generando, con vitalidad y a la vista de quien quiera verlo, una apuesta fortísima y exitosa de generación de numerosísimas nuevas MYPES y PYMES. Asimismo, recordemos lo dicho el jueves 1 de septiembre, por parte del presidente de la poderosa Unión Industrial Argentina (UIA), el señor Héctor Méndez, en declaraciones formuladas al periódico La Nación: “Defenderemos firmemente la depredación del exterior de nuestras industrias y de nuestro trabajo”, en alusión directa al crecimiento de la industria argentina y a las medidas de protección a la importación que la pasada semana determinó que la Argentina limitara las licencias para la importación de algunos productos, como es el caso de textiles y de calzados, provenientes digamos que del Brasil y la China. Mientras que aquí, sin hablar del arroz, vemos cómo en las góndolas, los productos uruguayos, cuando se encuentran, compiten desventajosamente, groseramente en algunos casos, con productos brasileños, argentinos, chinos y de otras procedencias. Convengamos a su vez que, del Brasil, podríamos tomar, y cuánta falta nos hace, su envidiable política de búsqueda de nuevos y mejores mercados, de la mano de un acabado estudio de factibilidades en materia exportable, sea en logística, como en aspectos burocráticos, de mercadeo e incluso, cuándo no, desde una inteligencia abierta a lo grupal, es decir, no deteniéndose en supuestas clarividencias de algunos individuos –que generalmente traen consigo los consabidos y ya registrables en nuestra historia reciente, fracasos bochornosos.
El Brasil, también, que desde
hace larga data, y ahora con mayor énfasis, detiene su mirada
analítica, sin perder tiempo en lo operativo, para rescatar
posibles vectores productivos con una coordinación desde el
gobierno para con lo estadual, pasando por sus gremiales
empresariales e incluso laborales. Decía recientemente (31 de agosto) el señor Julio Sevares, desde su columna, intitulada “El FMI versus la realidad, en el diario argentino Clarín, lo siguiente: “La insistencia del FMI en que la depreciación del dólar hay que evaluarla teniendo en cuenta la capacidad del organismo para recomendar, sistemáticamente, lo que no se debe o no se puede hacer. “ (...) Ahora presiona a favor de una baja del dólar y de las retenciones al mismo tiempo que un aumento en el superávit fiscal, objetivos que tienen la virtud de ser incompatibles entre sí (remarcado por el autor de la nota). La caída del dólar abarataría el precio de las divisas que el Estado tiene que comprar para pagar la deuda, pero también reduciría el nivel de actividad económica y la recaudación de los impuestos con los que se compran las divisas. La reducción de las retenciones debilitaría una de las más dinámicas fuentes de ingresos fiscales. En las exportaciones, su efecto positivo sobre las exportaciones sería compensado por el negativo provocado por la caída del dólar.”
Para culminar con la siguiente frase:
Pero abramos un poco más el
abanico de naciones hermanas y tomemos cuenta, por ejemplo, de
parte de las expresiones vertidas por el presidente chileno
Ricardo Lagos al ser entrevistado por el diario argentino
CLARÍN, el pasado 4 de septiembre. “-Sí, claro. Un hombre de izquierda es aquel que lucha, a través de políticas que definen los ciudadanos y no el mercado ni los consumidores, para tener una sociedad donde haya una mayor igualdad de oportunidades, y eso quiere decir, por una parte, cómo somos capaces de garantizar esas mejores oportunidades, y por la otra, cómo usted reduce niveles de pobreza y de indigencia. La derecha piensa que eso se hace básicamente con el mercado. También hay diferencias en cuanto a los valores. (...)”
En el Uruguay Dije en anterior oportunidad, Señor Presidente, que no tendría reparo alguno en criticarle toda vez que entendiera hubiera usted incurrido en un error de entidad para con sus conciudadanos, y eso sigo pensando, pero esta vez, cedo ante su comportamiento. Comportamiento que dice de un ser republicano y respetuoso, pues, de la voluntad del soberano como también, digámoslo claramente, poseedor de vergüenza y respeto para con el otro. No otra acción podía usted haber emprendido, salvo la de ser fiel a quienes sufragaron una idea de país y no podían, no debían verse burlados por segundas y terceras lecturas, desde la realidad, mortecina y parcial, de escritorios faltos de luz. La educación, señor Presidente, es y habrá de ser, no ya una necesidad, sino un imperativo categórico, para con nuestra gente y junto a nuestra gente. Por eso hoy, desde la modestia de esta columna que suele o pretende ser reflexiva, opté por hablar, desde el sentido común y en mi carácter de ciudadano, sobre la cuestión de la economía de nuestro país y, en especial, el estratégico e irrenunciable tema de la educación de nuestro pueblo. Tenemos, señor Presidente, ejemplos maravillosos, en nuestros vecinos y hermanos, a emular, desde nuestra propia realidad. Veamos, si es el caso, de tomar aquellos que son, a nuestro entender, superiores. Sea desde el Brasil, con su visión geopolítica y geoestratégica, sabia y extendida más allá del horizonte cercano, como desde la Argentina y su apuesta fortísima y abierta a la generación de una política productiva, de reactivación, tan seria como vasta, de sus industrias. Para ello, entiendo yo, precisamos audacia sí, pero partir desde lo grupal, desde acciones concertadas en función de uno o varios equipos desde el gobierno como desde los gremios, empresariales y laborales, bien como desde la propia sociedad en lo que a sus fuerzas vivas, se refiere. Dejemos, por favor, en el pasado, oscuro, cercano y doloroso, las pequeñeces, las vanidades de aquellos que no han comprendido, y yo creo les será muy difícil comprender, que el poder no es de uno sino que uno, tan sólo, pasa por él pero siempre refiere al otro: al respeto que debemos para con los nuestros.
Felicidad Bruta Interna La FBN, (o GNH, en inglés: Gross National Happiness) es la Felicidad Bruta Nacional que tiene una trascedencia en su conceptualización, muy grande, toda vez que resalta que no sólo se trata del bienestar material, sino de la justicia social, la distribución efectiva y equitativa del ingreso, etcétera. Mirar en pro de lo humano del hombre y no del número y calidad del consumidor. De eso se trata, entiendo yo. De ahí que, producido el ruido, dado el silencio, sobreviene la meditación y luego la inexorable acción del cotidiano vivir.
De todo este episodio, quizá
convenga rescatar las palabras del señor Jorge Brovetto,
ministro de Educación y Cultura, insertas en una entrevista
publicada en el diario El País, del 4 de septiembre: Vale destacar la labor de un funcionario, el Director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto quien, ciertamente, dio de sí todo para llegar a una solución que contemplara lo acordado, esto es, lo expresado pública y privadamente por el Presidente de la República. Un funcionario que, sabido es, no sólo depende del Presidente sino que es el ejecutor principal del asunto en cuestión y sólo un razonamiento por vía del absurdo pudo verlo en un papel y con una intencionalidad que ni tuvo ni merece se considere pudo haber tenido. Debemos despejar vanidades, personalismos y atender la labor pública, desde un trabajo de equipo, coordinado con el Primer Mandatario, que logre levantar este país ya diezmado por la mezquindad y rapacidad de algunos. Elevemos las miras, desde un andar sereno y firme. En el debe quedan por conocerse aquellas políticas productivas que permitan una reactivación de nuestra economía y no meramente del lado del aumento de la exportación de productos primarios de escaso valor agregado. Hablamos de producción. Hablamos también, de repoblar la campaña. Hablamos de colonizar. Esperamos conocer lo que hasta hoy sigue vedado: cuál es la estrategia en materia de producción que el actual equipo al frente del ministerio de Economía y Finanzas tiene para ofrecer al país, conjuntamente con aquellas secretarías de Estado que hacen relación con la producción nacional, en todas sus áreas. Por ahora, apenas tuvimos acciones personales en el relacionamiento con los otros. Faltan políticas y planes de acción para el resurgir de un Uruguay productivo, que atienda y privilegie a las MYPES y también a las PYMES pero preferentemente a las micro empresas que son, a no dudar, la base misma de la economía uruguaya. Planes, vale apuntar lo obvio, consensuados, a corto, mediano y largo plazo. Y que se efectivicen. Con estos u otros actores en su elaboración y ejecución, en tanto descreemos de iluminados de especie alguna y sí valoramos y respetamos la entrega personal por una causa colectiva, YA LAUDADA POR EL PUEBLO EN LAS URNAS. Primero está el soberano y el mejor destino de la Nación. Siempre. Desde el respeto para con el hombre y la mujer de a pie. Con cada uno de ellos y de nosotros, sin vanidades, sin estridencias, sin personalismos ni teatralizaciones. Y el que quiera irse, y llame para avisar que se va, que se vaya. Y de paso, que se lleve su equipo, que otros vendrán a cumplir la tarea aun no iniciada. Un país espera. LA ONDA® DIGITAL |
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