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11 de septiembre de 2005:
cuando la traición acecha
por Hernán Narbona Véliz
Han
transcurrido ya 32 años. Era aquél un martes nuboso y la ciudad despertó
acorazada, se sentían los trotes de tropas por las escaleras, piquetes
de marinos que se instalaban en los puntos de acceso al puerto. El
estrecho plan de Valparaíso estaba bloqueado. Por ello, la ruta obligada
era caminar por los cerros, cruzando quebradas. La sensación era la que
se siente cuando se está en medio de un terremoto. El instinto impulsaba
hacer un contacto urgente con familiares. Se intuía en ese despertar de
pesadilla que quedaba poco tiempo para el abrazo filial, que se había
producido lo temido, que el gobierno popular caía. Sólo que la
catástrofe recién se iniciaba y, mientras muchos sacaban banderas, otros
comenzaban a buscar respuestas o señales de esperanza, sin darse cuenta
plenamente que esto no era un nuevo ensayo, sin imaginar que sus
repercusiones troncharían de cuajo la vida de miles y miles de familias
chilenas.
La radio Magallanes fue la última en apagarse. Las demás transmitían
marchas militares. El asombro y el miedo asomaban. La última orden del
Presidente Allende fue no sacar al pueblo a las calles, evitar una
masacre. Por la radio conocimos del bombardeo a la Moneda. El toque de
queda se implantaba. Los bandos de la Junta Militar exacerbaban
sentimientos de venganza y odio hacia los enemigos. El día 12 de
septiembre por Decreto Ley Nº 5, se declaraba en Chile el estado de
guerra interna.
Culminaba el complot desestabilizador que ordenara Nixon a Kissinger el
mismo 4 de septiembre de 1970. En Valparaíso, el Teniente Coronel de la
Infantería de Marina norteamericana, Patrick Ryan, encargado de los
grupos de tarea que conducían el levantamiento militar, reportaba a la
CIA el éxito alcanzado. Esa mañana, muchos oficiales de la Armada
retomaban sus puestos después de realizar misiones de infiltración e
inteligencia al interior de la Unidad Popular. Ex choferes de confianza
llegaban a las fábricas a arrestar selectivamente a los dirigentes
principales; en las universidades los más encendidos revolucionarios
terminaron vistiendo uniforme y torturando a sus supuestos compañeros de
ruta. El soplonaje y el revanchismo campeaban.
Personas indefensas tuvieron que sufrir indecibles torturas e incluso la
muerte y desaparición, por el simple hecho de que algún desalmado los
delatara y les imputara ser comunistas, marxistas o activistas de
izquierda. Los colaboracionistas buscaban ganar la confianza de los
golpistas entregando las listas negras para orientar los arrestos, las
torturas y las persecuciones.
Funcionarios del régimen derrocado, que fueron voluntariamente a
entregar sus cargos fueron asesinados sin clemencia alguna. Sacerdotes
obreros, mujeres embarazadas, adolescentes, iban cayendo en una oleada
de crueldad sin parangón en la historia de Chile. Hubo escasos
enfrentamientos. El golpe había sido rotundo y los militantes que
estaban en los aparatos armados no tuvieron ninguna posibilidad de dar
un vuelco a la historia. La labor de inteligencia había sido profesional
y daba sus frutos. Los cuadros de los partidos eran metódicamente
encarcelados, la tortura permitía sacar información y tejer organigramas
que guiaban la acción represiva. La mano técnica de la CIA había
trabajado 1090 días para sembrar el caos en Chile, sirviéndose de las
pasiones que inflamaban el país en un clima confrontacional, infiltrando
los partidos, empujando al infantilismo revolucionario; organizando
sabotajes, mercado negro; comprando la incondicionalidad de una derecha
sin escrúpulos, utilizando las ambiciones de personeros que sólo querían
retornar al poder, teniendo como aliados a sectores conservadores que
querían mantener privilegios amenazados por la ola reformista de esa
década.
Pero también, en medio de la incertidumbre, hubo gestos humanos,
heroicos y silenciosos. Como fue el trabajo de personas que limpiaron
casas de compañeros para evitar que los allanamientos descubrieran
información. Como era ayudar a cambiarle la facha a compañeros
desgreñados para convertirlos en ordenados ciudadanos de cuello y
corbata, pelo corto y lentes. Ocultar a perseguidos políticos, gestionar
su asilo, colocar a favor de las víctimas un histórico recurso de
amparo, visitar a los compañeros presos, movilizar las iglesias en
búsqueda de solidaridad, escribir cartas para dar a conocer la represión
en Naciones Unidas. Todo esto, sin medir riesgos; sin que nadie esperara
nada a cambio. Esos gestos, quedaron guardados en la retina, como una
gran reserva moral, aún vigente. Personas anónimas que se las jugaron
para ayudar al prójimo, sin entramparse en posiciones ideológicas,
dejando para el futuro una poderosa señal de reencuentro. Porque en esos
momentos, así como hubo vileza y canalladas de hijos de perra, hubo
bonhomía, valentía y misericordia en personas que, sin comulgar
ideológicamente con las víctimas, eran capaces de arriesgarlo todo por
principios fundamentales, como la defensa de la vida y la libertad.
Hoy, treinta y dos años después, de manera artera y cupular la traición
intenta nuevamente posicionar la amnesia colectiva. Apelando a
“clemencia para los victimarios” se olvida de las víctimas y busca
postergar la verdad y la justicia. Imponiendo el secreto por cincuenta
años a las declaraciones que las víctimas entregaron a la Comisión
Valech. Convirtiendo su dolor en algo prohibido de difundir, para
proteger la honra de los torturadores y su descendencia. La traición a
los principios busca clausurar cínicamente una época de crímenes
imprescriptibles, mediante una mascarada de sanciones, que hace
impracticable la aplicación de las penas, dada la edad de los
procesados.
Lo más doloroso es que esto lo impulsan personeros de una coalición de
gobierno que llegó al poder, gracias a que miles de chilenos vivieron
una vida entera de privaciones, renuncias, persecuciones y sacrificios.
Es una maniobra que daña la convivencia porque la democracia recuperada
no la ganaron esos senadores designados que pronto desaparecerán, ni los
funcionarios que gracias al cuoteo ocuparon todos los espacios de
representación popular. La democracia imperfecta que tenemos, se ganó en
la Vicaría de la Solidaridad, en la Asamblea de la Civilidad, en las
protestas, en las ollas comunes, en las poesías clandestinas, en las
agrupaciones de artistas, poetas e intelectuales que desafiaban la voz
oficial del dictador; en el canto protesta que emergía de las
poblaciones, en los mártires quemados, degollados, en los jóvenes que
patearon piedras por largas generaciones, en los cesantes, los
exonerados políticos, los estigmatizados como apátridas, los que hasta
el día de hoy no recuperan sus derechos ciudadanos, los que sufrieron
consejos de guerra, los torturados, los desaparecidos, los ejecutados
políticos.
A 32 años del golpe de Estado, con las evidencias de haber sido nuestro
pueblo víctima de un gigantesco complot internacional, con la convicción
ciudadana de que fuimos gobernados por un régimen que impuso el
terrorismo de Estado favoreciendo el saqueo y el pillaje del patrimonio
público, la amenaza de un punto final a los procesos judiciales en
marcha mientras se olvida a las víctimas y sus debidas reparaciones,
resulta impresentable ante la comunidad internacional y generará un
quiebre profundo en la política chilena. Un antes y un después, que
pondrá término a la política cupular que pretende esta maniobra y que,
seguramente, llevará a un replanteo de las alianzas políticas futuras.
Lo que queda claro es que nadie podrá llevarse el progresismo para la
casa ni podrá adjudicarse el derecho a clausurar la verdad dentro de un
túnel.
Hernán Narbona Véliz
Periodista Chileno LA
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