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El valor de educar Lo importante está en el camino, en la senda que una sociedad, en este caso, su primer mandatario uruguayo, va creando a partir de pasos firmes que alientan miradas esperanzadoras. Pasos que, convengamos, son dados a partir de un mandato claro del soberano en las urnas. Así, el Presidente Tabaré Vázquez Rosas, al visitar la Universidad Católica del Uruguay, en su sede montevideana, en ocasión de conmemorarse el vigésimo año de su fundación, dio un encendido alegato a favor de la educación. Esto, a su vez, se dio luego de un insuceso, protagonizado por un funcionario de segundo orden del gobierno uruguayo, que buscara interponer chicanas de todo tipo, siempre menores en su estimación ética, que a la postre no fructificaron, para impedir que el Poder Ejecutivo del Uruguay asignara, en el Presupuesto quinquenal a remitir al Poder Legislativo, a su consideración, una partida, que terminará destinando un 4,5% del mismo a la Educación. Vayamos pues, al discurso presidencial[i], nada protocolar y sí cargado de significaciones, que cada quien valorara a su entender, pero que, así lo creo, deben ser expuestas aquí toda vez que debemos, y a ello estamos abocados desde La Onda Digital, cual es el propiciar un diálogo que traiga por resultado la asunción de nuestras responsabilidades societales y con ella la posibilidad de una construcción social que dignifique a la persona y apague la valoración economicista del habitante-consumidor, esa suerte de pretendido hombre práctico, afincado en un mercado, ni el de las pulgas, menos aun el de Tristán Narvaja, mercados que nadie puede situar y menos que menos, lograr para sí y para los suyos, lugar de destaque a no ser se encuentren tanto en los centros de poder, que no necesariamente pasan por Estados poderosos, o por qué no, el la segunda fila, discreta y cuasi docta, de funcionarios locales prestos a cumplir no ya las indicaciones o dictados sino tan sólo, y qué pena y dolor nos da percibirlo, las meras sugerencias, al pasar, que los encargados de las matrices del poder, dejan caer a su paso. Todo lo cual, vale aclarar sin renunciar a una mirada también calculadora, es decir, sujeta a la mejora, armónica, de la condición de vida de todos los habitantes de esta comarca.
Ciudadanía Y dice bien. Ser ciudadano hace a la esencia misma de un hombre por sobre un mero individuo. Me explico, somos humanos en tanto en cuanto somos, asumiéndolo, hombres en relación con otros hombres, esto es, responsables para con el otro, responsable de nuestros propios actos. Porque si mal no recuerdo, fue el filósofo Max Horkheimer quien dijo que el espíritu es siempre liberal pero al mirar al otro, la solidaridad condiciona nuestras acciones, y lo hace en libertad, puesto que nos debemos siempre a la consideración del otro. No de otra manera una sociedad se mantiene libre y respetuosa del espíritu de cada uno de sus integrantes sino en el respeto irrestricto a la libertad de uno que cesa en la necesidad, existencial y societal, del otro. De ahí que casi en seguida, el primer mandatario oriental añada el siguiente concepto: “(...) la responsabilidad social supone la promoción de visiones y actitudes nuevas en clave de democracia y de ciudadanía frente a los problemas que plantea el desarrollo humano.” Más que necesaria, por central, esta acotación: en democracia. No de otra forma uno lo piensa, pero siempre es bueno se explicite para aventar cualquier suspicacia. Y así, avanzando en el sentido humanista de una acción en la que somos corresponsables, arribamos, por vía del discurso presidencial, a otro estadio de la cuestión hoy abordada.
Educación Seguidamente, Vázquez Rosas, se extiende sobre la educación en sí, en su cometido, en su mismo encare, para luego abundar en lo siguiente: “En realidad, vivimos para mucho más que para educarnos; no nos educamos sólo para acceder a un buen empleo, y no trabajamos solamente para “tener más”. “En consecuencia”, prosigue el Presidente, “debemos evitar degradar la vida creyendo que todo lo que tenemos que hacer con ella es educarnos; tenemos que cuidarnos de no limitar la educación a una capacitación para el empleo; y no debemos caer en el error de confundir trabajo con poder adquisitivo. En otras palabras: tenemos que razonar la vida.” Así, queda expuesta la cuestión a dilucidar entre todos: para qué educamos, qué buscamos en nosotros mismos desarrollar y, consecuentemente, qué queremos para nuestros propios hijos. El hombre ha de acercarse al hombre y para hacerlo, con hondura y responsabilidad, debe ser antes que técnico un hombre que no soslaye el problema ético de sus deberes como de sus derechos en la comunidad que lo comprende. Por eso, y recordando a la maestra Reina Reyes, esa estupenda pensadora que dio el Uruguay a América, debemos precavernos puesto que “el adquirir un saber lo más amplio posible y alcanzar con ello nuevas conquistas técnicas soslaya el problema ético que se plantea entre el saber y la aplicación del mismo, y ese saber y esas técnicas, trabajosamente conquistadas por el hombre de muchas generaciones, quedan al servicio de quienes tienen el poder para afirmarlo y extenderlo en momentos en que el destino de la humanidad depende de fuerzas morales”.[ii]
Humanismo del otro hombre Pero, me pregunto, ¿de qué humanismo? Sabido es el espíritu que anima sus palabras, un sustrato ético que diga relación entre el pensar y el hacer, corresponsables tanto la inteligencia como los afectos, en una salida tan personal y libre, como solidaria y comprometida, pero debe explicitarse. Conviene hacerlo así. De mi parte, recuerdo aquí al pensador Emmanuel Levinas desde su obra “Humanismo del otro hombre”, cuando el lituano, largamente afincado el suelo francés, manifesta, por ejemplo, que “la obra suprema de la libertad consiste en garantizar la libertad”. “Libertad”, añade, Levinas, “que únicamente puede ser garantizada por la constitución de un mundo al que se le ahorren los sufrimientos de la tiranía”.[iii] El doctor Vázquez Rosas, coincidentemente, manifiesta que “educar para la razón es educar para el respeto, el respeto a la persona, aunque su opinión no sea compartible, porque no todas las opiniones son compartibles por el mero hecho de ser opiniones. Ser racional”, agrega, “no es solamente poder persuadir con argumentos, también es poder ser persuadido con argumentos.” Pero esto, comprende una actitud psicológica de apertura, que dice también, y especialmente, de una madurez formativa, en lo afectivo especialmente, cuando este ser tuvo consigo, para sí, en su más tierna infancia, la protección y el cuidado para que su proceso intelectivo fuera todo lo natural y afirmativo para su carácter como adulto responsable. Esto, convengamos, hace también, a una educación que no ya se imparta en el aula, no solamente, sino que la sociedad misma y el hogar donde la criatura se cría, tenga el calor y la acogida suficiente para dar un marco así de propicio al despliegue de lo humano en el hombre. Y esto, claro está, dice de una sociedad que respeta al otro hombre y que, digámoslo, no aparta su mirada de vastas capas de su población, por marginadas y “diferentes”. Hablo de la consideración sobre el diferente, sobre el excluido, el supuesto anormal. Hablo, en definitiva de qué tipo de sociedad queremos para nuestra propia comunidad. En esto, no sólo hace a la dilucidación de un aspecto del presupuesto sino a la corresponsabilidad que nos cabe a todos en el quehacer de nuestra condición ciudadana. Hablo que si, por colocar un ejemplo, hay un Presidente dispuesto a asumir la responsabilidad de dar un marco propicio a la mejor educación del pueblo, tengamos en los diferentes partidos políticos como en las organizaciones sociales y por cierto que en las estructuras mismas de la educación pública y también de la privada, la suficiente seriedad, madurez y apertura al estudio e implementación de un sistema que propenda a la mejora de la condición humana en nuestros hombres y mujeres, desde pequeños y así sucesivamente en los diferentes estadios formativos. Hablo también de dilucidar, como manifestara el Presidente Vázquez, para qué educamos o, como bien dijera la señora Reina Reyes, para qué futuro educamos. Porque, dijera Reina, educar para el presente, como se educaba en su tiempo y aun se sigue haciendo, digámoslo, es educar para un pasado que no volverá. Luego, estaremos educando en falso, o sea lo contrario del sentido mismo de la educación. Apenas una virtualidad, una teatralización de un arte que, sabido es, resulta crucial para todo hombre y toda mujer y, claro está, para la sociedad que los comprende.
Aptitud para pensar De igual forma, creo yo, el Presidente Vázquez manifiesta casi al finalizar su extenso e interesante discurso que “para cumplir cabalmente sus cometidos, la institución universitaria ha de ser rigurosa en tanto conciencia crítica de la sociedad, pero también ha de tener una rigurosa conciencia crítica respecto de sí misma.” Así, valorando la reflexión como el juicio crítico, tanto de la persona como de la institución terciaria, podemos aguardar, desde un hacer responsable y mancomunado en el esfuerzo de educando y educante, mejores logros en dignidad, libertad y solidaridad para nuestra sociedad. Al finalizar, y no es aspecto menor, el doctor Vázquez concluye con las siguientes palabras: “(...) ha sido muy grato para mí compartir con ustedes este rato y estas reflexiones que, como tales, no son invulnerables, ni inmutables, ni tienen punto final.” Ojalá nosotros recordemos estas palabras finales, valederas para nuestra acción cotidiana, y ojalá también lo hagan aquellos funcionarios tan preciados de sí mismos que no aciertan a encontrar su centro y con ello demoran la obra de recreación, en democracia, de un país que espera, aun esperanzado, un cambio en el sentido de lo humano, despejado de cosificaciones, refractario, por si aun no hubiera sido claro, de egos en pena. Hay un Presidente dispuesto a emprender el camino. Quien no lo entendió, creo ya comenzó a visitar el sendero vecinal. [ii] Reyes, Reina, ¿Para qué futuro educamos?. Biblioteca de Marcha, Montevideo, año 1971, Pág. 96 y ss. [iii] Levinas, Emmanuel, Humanismo del otro hombre, Caparrós editores, Madrid, año 1998, Pág. 102. LA ONDA® DIGITAL |
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