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Bush y la creciente opinión
adversa de los Norteamericanos

por Oscar Raúl Cardoso*

Qué ven (George W.) Bush y (Tony) Blair cuando se miran en el espejo?, pregunta Harold Pinter en un breve texto publicado en su página de Internet que recibió en los últimos días un amplificado eco público, debido a que el talentoso dramaturgo inglés se convirtió esta semana en el más reciente de los premios Nobel de Literatura.

El interrogante es apenas retórico y parece planteado sólo para abonar el categórico juicio negativo de Pinter sobre ambos políticos y la guerra que inventaron en Irak: "Hemos llevado tortura, bombas racimo, asesinatos aleatorios, miseria y degradación al pueblo iraquí y lo hemos llamado 'llevar libertad y democracia al Oriente Medio'".

Este tipo de juicio no es nuevo fuera de las fronteras estadounidenses, amplia geografía en la cual Bush es frecuentemente percibido como portador de una suerte de virus global hecho de capricho unilateral, carencia de respeto por la ley, ausencia de compasión por los menos favorecidos, peligroso mesianismo de cuño protestante y, por sobre todo, pasión por el uso desmedido de la mentira y el falso temor como herramientas políticas.

Uno de los interrogantes más formulados es: ¿Por qué los estadounidenses no pueden ver estas características tan evidentes en el personaje? Se acuerde o no con la idea de que Bush es lo que sus críticos dicen que es, hay que reconocer que la evolución de la opinión pública internacional en este asunto ha mostrado un divorcio con la de los estadounidenses a lo largo de la mayor parte del lustro que Bush lleva en la Casa Blanca.

Lo que afuera era condenado, o percibido como condenable, solía ser adentro motivo de elogio, de solidificación del liderazgo del republicano, se podría decir de modo simplificado. Esto parece estar cambiando de modo dramático a medida que las opiniones dentro y fuera de Estados Unidos respecto de Bush se homologan en un único juicio negativo.

Lo que sucede en su país con Bush ?un deterioro marcado en la aceptación del presidente por parte de la sociedad que gobierna? es, en alguna medida, el cumplimiento de una tendencia que se puede rastrear en la historia institucional de Estados Unidos.

Todos los presidentes que ganaron un segundo mandato ?Bill Clinton es en los 90 el ejemplo más reciente? han enfrentado problemas de aprobación en algún momento de los últimos cuatro años de su gestión, que ya no pueden repetir por limitación constitucional.

Pero lo de Bush es increíblemente acelerado y pronunciado, cuando el primer año del período adicional ni siquiera se ha agotado. El lugar obligado para demostrarlo son las encuestas de opinión, pero como se verá no el único posible.

La sociología política revela que el presente es el momento de mayor depreciación de la figura del presidente. El nivel de aprobación popular de Bush atraviesa un mínimo histórico que ronda el 35% promedio en los sondeos que, además, prenuncian un declive mayor.

Una encuesta que esta semana publicó el Pew Resarch Center, un reputado centro de investigación, muestra por primera vez que una mayoría de la población estadounidense (41%) vaticina que la gestión de Bush culminará en un fracaso.

Desgaste prematuro
Para tener una medida de la involución del republicano conviene recordar que en enero pasado otra encuesta de la misma fuente había encontrado que el 36% anticipaba el éxito final de Bush y sólo el 27% estimaba lo contrario.

Ya que se mencionó a Clinton como comparación, es interesante recordar otro porcentaje histórico. Cuando su presidencia llegaba, en el 2000, a su final la mitad de los estadounidenses esperaba que su sucesor aplicara "políticas diferentes" de las que habían primado en los pasados ocho años. Hoy, cuando a Bush aún le quedan más de tres años con el timón nacional en las manos, siete de cada diez estadounidenses quieren que, cuando el inevitable relevo llegue, las políticas de Bush sean descartadas.

Se puede argüir que aun las encuestas más confiables equivalen ?en el mejor de los casos? a instantáneas del estado de ánimo colectivo; que la imagen que describe un sondeo puede verse radicalmente alterada en los resultados de alguno próximo. Pero ésta es una verdad sobresimplificada porque las series estadísticas de los estudios de opinión revelan también tendencias y, en este punto, la mayoría de ellas condena la suerte política de Bush.

Junto con el humor de una sociedad suele mutar también el enfoque de sus medios de comunicación que, en el caso de los de Estados Unidos y Bush, tienen dueños y comunicadores que pueden ser buenos o malos, talentosos o incapaces pero a ninguno de ellos les gusta mascar el agua.

Esto es lo que está pasando también en el país de Bush; diarios, radio y cadenas de televisión que desde el 2000 al presente se mostraron invariablemente piadosos a la hora de disimular los defectos de Bush, han comenzado a revertir esa piedad en dureza crítica.

Ni los aparentes triunfos de Bush guardan eco de tales. Este fin de semana los iraquíes votarán una nueva Constitución, pero el resultado de este comicio ya ha sido teñido por la opinión generalizada de que no servirá para cerrar el drama, cualquiera sea su resultado.

En verdad, Bush no puede hoy ni siquiera mantener un diálogo honesto con las tropas que comanda. El jueves pasado se mostró una teleconferencia del presidente con oficiales que sirven en Irak sólo para que después los informes revelaran que todas las preguntas habían sido manipuladas previamente por funcionarios del Pentágono.

En términos psicoanalíticos casi podría decirse que la sociedad estadounidense ha atravesado la fase de negación de lo que representa realmente Bush, para ingresar en lo que Jacques Lacan denominó "forclusión", cuando el paciente expulsa de su imaginario el objeto negado. El problema aquí es que la experiencia devuelve ese objeto como amenaza delirante y aún hay tres años del sueño Bush por delante.
 

*Articulo cedido a L.O.d. por el periodista
argentino Oscar Raúl Cardoso.

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