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Picasso después de Picasso,
el 25 de octubre de 1881 nacía el artista

por Eugenio Carmona

Picasso es un artista singular lleno de plurales. Nacido en Málaga el 25 de octubre de 1881, recibió los nombres Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Crispín Crispiniano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso, y su biografía es la historia de un artista forjado a finales del siglo XIX que logra ser distintos artistas en su largo devenir por el siglo XX, multiplicándose en sus formas y significados pero reduciendo sus ancestros y referentes a su apellido materno (Picasso) hasta su muerte, el ocho de abril de 1973, en un resumen de 91 años que ha quedado ya irreductiblemente convertido en metonimia de su trabajo para el presente del siglo XXI
Inocente Soto Calzado

- Un nuevo espíritu en la pintura. Así se titulaba una importante exposición realizada en 1981 en la Royal Academy de Londres. La muestra quería actuar directamente en la realidad artística del momento. Sus responsables recogían con rapidez y oportunidad algo que se venía detectando en los ambientes artísticos internacionales: un deslizamiento de la sensibilidad, un giro en la voluntad artística de los creadores de finales del siglo XX. Se trataba de una vuelta a la pintura capaz de condensar todas las lecciones y libertades adquiridas en ocho décadas de arte moderno; pero son un aliciente: frente a la amenaza de un latente pesimismo histórico, se enfatizaban propuestas capaces de mantener en un mismo plano vitalidad y creación. 

En torno al nuevo espíritu en la pintura se reunían nombres de dos generaciones americanas y europeas. Todos eran artistas vivos que se encontraban en el momento de su producción o en unos comienzos realmente prometedores. Sin embargo, esta premisa, la de reunir artistas en activo, tuvo una excepción: Pablo Picasso.

Hacía ocho años que el malagueño había muerto. Pero los promotores del evento declararon por escrito lo siguiente: "Hemos incluido en la exposición un grupo de las últimas obras de Picasso porque sentimos que estos trabajos merecen ser valorados de nuevo a la luz de buena parte del más excitante arte contemporáneo".

Contemporáneo quería decir del más estricto presente, del presente inmediato. El siglo de Picasso volvía a mostrarle reconocimiento; aunque no se trataba de un homenaje póstumo. Picasso reinaba después de morir: seguía vivo e influyente. Había sido, incluso, una vez más, anticipador.

En el 1981 en el tenía lugar la muestra londinense Picasso habría cumplido 100 años. Se ofrecían al público varias pinturas suyas fechadas 1971 y 1972. Las obras de un nonagenario, a un paso de su desaparición física, resultaban de una rabiosa actualidad y señalaban algunas de las posibilidades de la pintura más reciente o por venir.

En los (supuestamente) felices ochenta, Picasso seguía situándose en el primer plano del interés artístico. Era tratado como un artista en activo. El reencuentro con la pintura figurativa así lo favorecía.

Las tornas parecían que iban a cambiar en los (claramente) hoscos noventa. Los noventa han insistido en negar la pintura. La actualidad del arte ha querido ser cifrada en el mundo de los objetos manipulados, en la apropiación estética de los materiales no artísticos y en la expansión del campo de lo considerado obra de arte. Las nuevas tecnologías y los nuevos soportes han hecho, además, su transformadora aparición. La Documenta X de Kassel, celebrada el pasado verano, ha sido buena prueba de ello.

En esta tónica, tan potente hoy mismo, parecía que Picasso iba a quedar fuera de lugar. Pero no. Incluso desde el arte radical, desde la vanguardia fuerte, Picasso era otra vez evocado y tenido en cuenta. Se le reconocía como el padre de toda esta tendencia. Junto a los ready-mades de Duchamp o a las actitudes e instalaciones de Beurys, los collages de Picasso y sus objetos tridimensionales de la época cubista –y de todo el resto de su vida- eran planteados como la apertura de este distinto sentido de lo artístico. También los años noventa, por tanto, han considerado a Picasso un aliado; y un aliado cercano, no simplemente un precursor o un ancestro.

Tanto Picasso y en todas partes… Tanta presencia suya entendida como determinante… A algunos esta recurrencia picassiana puede resultarles fascinante; a otros, por reiterada, fastidiosa. Pero fascinante o fastidiosa, la presencia de Picasso después de Picasso se ha hecho ineludible. Tan ineludible como lo había sido a comienzos de siglo, antes de la primera guerra mundial, en los años veinte y treinta, y en la inmediata postguerra. Se quiera o no, Picasso poseyó –y posee- una especie de poder fáustico que no ha necesitado, que sepamos, vender su alma a diablo.

Y es que Picasso, además de su capacidad de permanencia, parece tener el don de la ubicuidad. En estos mismos momentos, en abril de 1998, concurren en Europa dos Exposiciones Picasso. Una, en Venecia, dedicada al Picasso clásico; otra, en París, dedicado al Picasso de los colleges. Uno y otro son Picassos diametralmente opuestos sin dejar de ser ninguno de los dos genuinamente Picasso. 

Desde el Picasso se reconsidera, hoy mismo, la relación del arte del siglo XX con la tradición. Desde el Picasso de los collages se revisa, hoy mismo también, la relación del arte del siglo XX con un distinto sentido de la artisticidad. Son además, pese a sus respectivos pertrechamientos en el ámbito de los museos, dos exposiciones extendidas y visitadas como se entienden y visitan las exposiciones de un artista vivo. Se espera algo de ellas: se las interroga para el presente.

Son desde luego muchas las razones o los resortes por los que Picasso sigue salvándose de ser parte del pasado. La principal es, sin duda, la potencia y diversidad de su propia obra. Pero, a partir de ella, Picasso permanece de actualidad, en gran medida, por su mito de artista. O, mejor dicho, porque su capacidad de ser artista mito no se desgasta. Y no se desgasta de dos maneras distintas aunque relacionadas.

En una de ellas, el candelero de Picasso sigue encendido porque es un personaje recurrente –aún- de las noticias de sociedad. En estos tiempos tan aficionados a invadir la privacidad de los demás y a comentarla entre los conocidos, Picasso –su mundo personal- sigue dando pie, de cuando en cuando, a sabrosos temas de conversación. 

Existen más biografías de Picasso dedicada a su vida privada que propiamente a su obra. Incluso existe toda una corriente académica, muy seria y muy esforzada en su trabajo, que entiende que hablar del arte de Picasso está directamente unido a restaurar los más escondidos resquicios de su biografía; aunque no parece que la curiosidad casi morbosa por la vida íntima sea una buena manera –o una manera justificable- de mantener la actualidad, la penitencia o la permanencia de nadie, sobre todo en el mundo del arte al que se le presuponen –o debemos presuponer- otros valores. 

Existe, no obstante, otro potencial en la actualidad de Picasso que también tiene que ver con su mito de artista. A lo largo de toda su actividad, Picasso fue definiendo un sentido de la creación que hemos tardado mucho tiempo en comprender y que quizá aún se nos escape. 

Afirman los que están atentos a la realidad y piensan en el desenvolverse de la cultura que, desde mediados de los años setenta, estamos vivienda una nueva época. Es un periodo de crisis de lo moderno y de los paradigmático de algunos de sus valores y principios. Agonía de lo moderno que para unos es lucha autotransformadora y para otros preámbulo de un profundo cambio de sentido histórico. 

En esta situación no existen tendencias fuertes o prioritarias en el arte; no existen ismos, ni corrientes sistemáticas. Existen, si acaso, personalidades a considerar. En este momento, en esta circunstancia, ser artista, ser creador, implica, obligada o necesariamente, vivir en la diversidad estilística, ofrecer posibilidades en abanico abierto y no en postura cerrada, deslizarse progresivamente de una manera de hacer a otra o compartir varias de ellas al mismo tiempo. 

El creador actual valora los márgenes y el fragmento tanto o más que el discurse cumplido; no elude contaminarse de referencias imprevistas; quiere dialogar con la Historia, propiciar la mezcla y saberse imprevisible y múltiple, nómada en la conciencia de su propio destino.

Esta puede ser la condición del creador actual. Pero, al repasar cada uno de los rasgos mencionados algo acude de inmediato: ¿no fue esta misma la actitud de Picasso? Efectivamente; lo que ocurre es que mientras que el creador actual vive su situación con una irremediable sensación de pérdida o de desarraigo, la actitud de Picasso fue, a un tiempo, de desafío y aceptación. 

Picasso acogió su propia diversidad –su multiplicidad- no como caos sino como verdad íntima del hecho creativo y del propio existir. Quizá este sea el secreto de Picasso. El malagueño definió para el arte el ser de lo moderno y, al mismo tiempo, desde el propio terreno que conquistaba, planteó las bases de su disolución, de su transformación hacia otra cosa que resultó y resulta ser propia del presente, del momento actual. Por eso Picasso sigue vivo. Por eso es un espejo en el que el arte actual sigue mirándose en la búsqueda de su propia imagen.

Y aún hay algo más. Una manera equivocada de entender lo moderno ha propiciado la uniformidad universal. Todo es igual en todas partes. El sabor de lo autóctono queda barrido. La uniformidad anodina mata la diversidad y, por lo tanto, el sentido. Frente a ella, en determinados espacios culturales se tiende a una restauración de lo vernáculo que, a veces, pudiera resultar feliz, pero que en la mayoría de las ocasiones está cargada, lastrada, de aspectos regresivos. Algo que prima en los artistas actuales es encontrar una solución a esta contradicción, a este conflicto. La salida no puede ser otra que propiciar fórmulas estéticas tan universales como arraigadas en la peculiaridad cultural de quien las produce.

Picasso tuvo siempre esta solución. No necesitó buscarlas; la encontró espontáneamente en su propio desenvolverse como artista. Aún residiendo la mayor parte de su vida en Francia, aún desde el marchamo cosmopolita e internacional de su propuesta plástica, Picasso supo siempre del valor de su genius loci. Ante sus amigos y admiradores internacionales, Picasso dejó siempre claro que su talento provenía de su talante y que su talante se endeudaba, indeleblemente, con su origen. Este fue otro de los dones del artista y en él reside otra de sus capacidades para ser plenamente actual. 

Pero además, qué duda cabe de que esta última facultad picassiana tiene otro poder que nos interesa especialmente. Ahora, como todos sabemos, Picasso y Málaga se reencuentran. ¿Se trata realmente de un reencuentro? Si Picasso radicada su talento en su talante y su talante en su origen, Picasso y Málaga nunca estuvieron ausentes el uno del oro. Y, entre Picasso y Málaga, lo que ahora existe no es sino tros forma de continuidad.

Publicado inicialmente e canalpicasso.com
Eugenio Carmona: profesor de la Universidad de Málaga

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