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A propósito de “El aura”
El hombre y su laberinto

por Oribe Irigoyen

El estreno del film argentino “El aura” de Fabián Bielinsky en la cartelera montevideana, propicia  una serie de reflexiones acerca del cine de los géneros –  para el caso, el policial – porque la citada película cumple con las reglas de juego del mismo y lo hace con alguna singularidad renovadora. Hace cinco años, Fabián Bielinsky debutó en el largometraje de ficción con “Nueve reinas”, una comedia policial acerca de las fechorías  de unos estafadores. Estaba inspirada  en “Casa de juegos” ( House of games”, 1987 ), rodada por el talentoso  autor teatral, guionista y realizador estadounidense David Mamet. Este armaba un rompecabezas de pequeños timos para llegar a una gran estafa. “ Nueve reinas” obtuvo para Bielinsky  el aplauso de la crítica especializada, el éxito popular y un fuerte crédito de futuro. Con “El aura”, el  argentino reitera su afición al género, sólo que esta vez el film tiene una mayor  ambición temática, una superior  exigencia  expresiva  y propone al espectador  un singular reto reflexivo. Con una formulación visual muy alejada de su anterior  “Nueve reinas” que buscaba la fácil comunicación con el público a través de un mecanismo de relojería  para la intriga, del humor sofisticado y de la tersura formal. 

UN POLICIAL NEGRO
 – En ambos títulos, Bielinsky rinde culto a la  tradición literaria y cinematográfica del policial negro – de Dasshiell Hammett a John Huston, por citar a dos connotados arquetipos -, expresión de la cultura popular de Estados Unidos, cuya edad de oro se erigiera en las décadas del 40 y del 50, como visión crítica del  trasfondo de dicha    sociedad. Registraba el universo del delito, la vida de policías y delincuentes, de seres solitarios y ensimismados, soñadores de un éxito personal que la realidad les negaba, por lo común perdedores en el reparto material capitalista y en el logro de la plenitud vital, arrinconados en la cochambre urbana o la luminosidad engañadora de la naturaleza. Esos anti-héroes  portaban  una moral  ambigua sobre su existencia, conducta, deberes y derechos en  el contacto con sus semejantes, ese era su rasgo esencial,  distintivo y distante de acatamientos de  leyes y normas, del respeto por la propiedad privada, si era ajena, y de otras normas sociales de convivencia. A veces hacían gala de algún código sui generis del honor. 

 Ese universo es recreado por Bielinsky  con los matices, diferencias y mutaciones  de una cultura y  una cosmovisión distintas a las estadounidenses, pero emparentadas por el género y validadas por su propia convicción  artística.

La primera nota que distingue a ambas películas, aunque no desconocida  por el modelo del norte, consiste en que Bielinsky realiza un cine que busca la identificación del espectador con los protagonistas de “Nueve reinas” y de “El aura”, pese a que se trata de seres reprensibles y acaso condenables por su índole humana, pero sobre todo por su carácter ético negativo. Si se quiere, sobre todo en el caso de “El aura” es un cine en primera persona. 

En el caso de “Nueve reinas”, el uso del humor a veces bonachón y la catadura del estafador, un  pillo simpático cuya conducta no provoca  grandes males, la identificación se procesa con cierta naturalidad. Mucho mayor dificultad  provoca la  operación hecha por Fabián Bielinsky, desde su propio libreto y desde la dirección, para lograr que el público se identifique con un ser humano que es una suma de cualidades negativas y una notoria escasez de virtudes. 

El proceso hecho por Bielinsky  posee cierta complejidad  e implica notables dificultades, para las que se necesita una gran probidad artística, una enorme elocuencia expresiva y una fuerte convicción humana. Consiste en rodar y estructurar las imágenes de “El aura” desde el estricto punto de vista del personaje central, siguiendo su aventura o peripecia, la intriga y el suspenso que la acompañan como si el espectador la “viviera” como propia. A eso se agrega, acaso como “contrapeso” sobre todo emocional, dos rasgos que distinguen al protagonista a los efectos de la comunicación con el público: es un enfermo de epilepsia y vive “pensando”, sólo eso, en el crimen perfecto. Dos rasgos que motivan sea la comprensión del respetable, sea su simpatía que pueden abrir la tendencia a la complicidad y en buena medida la identificación con el espectador. La epilepsia y sus ataques inoportunos  en cualquier momento constituyen uno de los elementos claves de la trama 

Al punto tal  que el título del film hace referencia al “aura”, que así se denomina al momento del  ataque epiléptico previo al desvanecimiento del enfermo, en el cual todos sus sentidos adquieren la mayor agudeza  y potencialidad hasta llevarlo al éxtasis y a la desorientación. La ensoñación acerca del crimen perfecto  es el otro ingrediente clave de la trama. 

Con esos dos núcleos temáticos y un extraño personaje que los configura, Bielinsky construye un  gran film policial. 

UN EXTRAÑO PROTAGONISTA
– La trama sigue los pasos de un taxidermista (Ricardo Darín ), solitario, taciturno, epiléptico, con problemas de matrimoniales. Su notable capacidad de observación y su inteligencia van acompañadas de un continuo ensimismamiento,  una notoria incapacidad de comunicación y un proceso mental que lo lleva a

pensar en el crimen perfecto como obsesión. Un colega y amigo lo invita a ir de cacería para  alejarlo de los problemas familiares, así viajan a una zona forestal remota de La Patagonia, donde el protagonista se enfrentará con una realidad que copia y desafía sus sueños. Un accidente de caza fatal y una apropiación indebida de identidad terminarán por involucrarlo con la organización y ejecución de un asalto millonario a un camión blindado que transporta la recaudación de un casino de la zona. 

Resulta obvio detenerse y no dar más datos, es un film policial, no hay que restar sorpresa y encanto al público. Pero sí se puede decir que la aventura del taxidermista, los procesos mentales que los hechos producen en él y par de ataques de epilepsia que sufre, operan ante el espectador como un viaje hacia o dentro de la mente del personaje,  viaje en el cual éste a la vez que va armando un enorme rompecabezas de los hechos y de la intriga que encierran, va quedando encerrado en el laberinto de su mente. 

Ese viaje despierta una indudable fascinación hacia ese ser que es casi sólo y nada más  que un cerebro pensante, con prendas humanas nada recomendables: junto a su enorme  y permanente  capacidad intelectual, surgen su cobardía y torpeza físicas, su capacidad ilimitada de humillación  ante la violencia ajena, su mórbida actitud de testigo impasible antes que actor de los hechos, la escurridiza  fortaleza de su debilidad para  acomodar el cuerpo, salir indemne de peligros y amenazas hasta llegar a dominar a los fuertes por su intelecto, porque sabe más, piensa mejor y posee objetos claves para el éxito del asalto – una llave, un dibujo infantil -. 

Todos esos ingredientes de un antihéroe del cine negro, de los más “outsiders”, vistos casi a nivel de los agonistas del barrio de Harlem que muestra el notable escritor Chester Himmes  en su novelas, dotan a la propuesta de Bielinsky de una  audacia  y de un riesgo artísticos singulares, para que el espectador se convierta en alter ego o por lo menos en cómplice de ese ser tan negativo. Desde luego, por eso mismo, la película no transita por los caminos de la emoción. Para conmover o ganar al público sigue otros caminos: los de un cine “frío”, distanciado, cuya persuasión reside en el elevado poder de sugerencia de sus imágenes y de incitación a la reflexión que ellas provocan. Y es a través de la sugerencia y de la reflexión que Bielinsky  concreta una notoria fertilidad visual, para mostrar y esconder datos, desarrollar las complejidades de la intriga, crear atmósferas de miedo, suspenso y alucinación, resolver con formidable síntesis de encuadres y de economía de montaje las secuencias de acción. 

Párrafo aparte merece la capacidad de Bielinsky  para convertir como libretista a cada personaje en un ser humano complejo,  y su notable dirección de actores capaz   de extraer un excelente rendimiento de todo el elenco, entre los cuales está el uruguayo Walter Reyno, y de conseguir  del talento de Ricardo Darín la minuciosa y decisiva encarnación del  extraño ser  del taxidermista  epiléptico de cráneo fantasioso como una rueda loca.

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