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Ortega y la conciencia
Un maestro del deber ser

por Héctor Valle

El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955)  fue uno de esos hombres a los que la distancia y la paulatina caída de las artificialidades del momento van dándole mayor estatura humana a la vez que la hondura de su pensar se profundiza al verse despejada de las miserias que lo contemporáneo depara a quienes se han atrevido a decir verdades sin tapujos.

 

El maestro Ortega y Gasset además, no ha sido un español para su España sino un hombre occidental que habló al hombre y a la mujer sin mengua de tiempo y espacio que se interpusieran entre su idea y la sustanciación misma en la forja de cada una de nuestras circunstancias de vida. Por ejemplo, para con la Argentina, país donde vivió, amó y enseñó, llegando a quererlo como propio.

 

Este hombre del que dicen murió hace cincuenta años, vive y habla en la conciencia de nuestros pueblos.

 

Antes que Fausto, el Quijote

Su primera obra da cuenta de su grandeza.  Al iniciarla, ya en diálogo con el lector, Ortega advierte que “será inmoral toda moral que no impere entre sus deberes el deber primario de hallarnos dispuestos constantemente a la reforma, corrección y aumento del ideal ético.” ¿Por qué? Pues nos responde que “toda ética que ordene la reclusión perpetua de nuestro albedrío dentro de un sistema cerrado de valoraciones es ipso facto perversa.” [i]

 

Hombre de espíritu liberal y corazón solidario nos indica el error de valernos de apoyos, muletas, sombrillas ideológicas, de tomar absolutos por respuesta a las grandes cuestiones del hombre, de ese hombre y esa mujer que, a poco que camina y mira, sabe, comprende –y también sufre- el hecho mismo de ser, de pretender ser libre puesto que todo conocimiento conlleva dolor y el atrevernos a ser libres, a intentarlo, despejados de muletas existenciales, da cuenta de tal sensibilidad que, evidentemente, deja consigo una paz interior incomparablemente superior a la sedación de las pasiones y anhelos por la vía, rápida pero mezquina, de la renuncia a darnos tal posibilidad de vida.

 

Él que habló desde la meditación misma que el Quijote le produzco, supo, comprendió y así actuó en consecuencia que no hay camino verdadero si no se permite uno ser coherente entre lo que piensa y lo que hace, asumiendo claro está que piensa desde sí y para con los otros, junto con los otros y no por sí y para sí.

 

Ortega, como el Fausto, no precisó de un Mefistófeles para lograr un pacto de servidumbre voluntaria que le deparara en su vida, emociones y posesiones. A él, al maestro del pensar ético, le bastó el Quijote de Cervantes para cavilar, aprehender y enseñarnos que la vida misma, aquella que vale la pena ser vivida, es la que encaramos desde la asunción misma de nuestras miserias en arreglo a un autoconocimiento que nos enriquezca al enriquecer, valorándolo, el contacto, apego y escucha a nuestro semejante.

 

¡La circunstancia!

Dice el maestro: “El hombre rinde al máximum de su capacidad cuando adquiere la plena conciencia de sus circunstancias. Por ellas comunica con el universo. ¡La circunstancia! “Circum-stantia! ¡Las cosas mudas que están en nuestro derredor! Muy cerca, muy cerca de nosotros levantan sus tácitas fisonomías con un gesto de humildad y de anhelo, como menesterosas de que aceptemos su ofrenda y a la par avergonzadas por la simplicidad aparente de su donativo.”[ii] Y con esto nos aproxima a lo concreto de asumir nuestra condición de ciudadanos desde una ética que no haga cuestión de convicción o responsabilidad sino que desde la asunción implícita de nuestra circunstancia de vida, de los problemas que nuestro entorno existencial nos recuerda y motiva, tomemos lo universal desde lo particular que decora y modela nuestro camino de vida.

 

Años después, al publicar su obra “El tema de nuestro tiempo”[iii], Ortega y Gasset, vuelve sobre este punto, trayendo consigo a otro hombre de todo tiempo, el alemán Goethe, al recordar su poema “Gingo Biloba”[iv], habla de la radical dualidad unitaria que es, dice: “uno-dos. Nuestra vida, la de cada cual es el diálogo dinámico entre ´yo y su circunstancia´”. “El mundo” , enfatiza el filósofo hoy recordado, “es primariamente circunstancia del hombre y sólo ´al través de ésta comunica con el universo´. Y vuelve en este mismo texto, a visitar sus Meditaciones al recordar de aquellas que “Hemos de buscar a nuestra circunstancia, tal y como ella es, precisamente en lo que tiene de limitación, de peculiaridad, el lugar acertado en la inmensa perspectiva del mundo.” Para agregar que el sentido de la vida no es pues otro que aceptar, nos dice, cada cual su inexorable circunstancia y al hacerlo convertirla en nuestra creación.

 

Si el hombre, como dice Ortega y Gasset, es el ser condenado a traducir la necesidad en libertad, mal podríamos abstraernos de nuestro entorno para meditar sobre cuestiones principalísimas porque al hacerlo, apenas procederíamos a una emprender una huida pretendidamente docta, cuando apenas estamos dando paso a una irresponsabilidad social que habla, o mejor: grita, nuestra primera y fundamental renuncia a ser personas.

 

Luego, recordar al filósofo Ortega y Gasset, nos traerá renovados elementos para proceder, con su inapreciable guía a una búsqueda de sentido, desde nuestra condición y circunstancia de vida, para la no digo resolución pero sin duda, la formulación apropiada de los problemas a ser considerados.

 

En ese sentido, pues, el filósofo español renueva una vez más su magisterio y nuestro apego a destacar aquello que a veces nos suena a quimera: la ética es posible. Siempre. 

 

hectorvalle@adinet.com.uy

 

[i] Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid, año 1987, Pág. 17.

[ii] Idem, Pág. 21.

[iii] Ortega y Gasset, José, El tema de nuestro tiempo, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid, año 1987, Págs. 49 y ss.

[iv]Las hojas de este árbol, que del Oriente/ a mi jardín venido, lo adorna ahora,/ un arcano sentido tienen, que al sabio/

de reflexión le brindan materia obvia. // ¿Será este árbol extraño algún ser vivo/ que un día en dos mitades se dividiera?/

¿O dos seres que tanto se comprendieron, que fundirse en un solo ser decidieran?/ La clave de este enigma tan inquietante/

yo dentro de mí mismo creo haberla hallado: / ¿no adivinas tú mismo, por mis canciones, que soy sencillo y doble como este árbol?:

Goethe, Johann W., Obras Completas, Volumen I, Libro de Zuleika, Editorial Aguilar, Madrid, año 1950, Págs. 1565/6.

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