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C. Vaz Ferreira
La Maestría del pensar

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Caminando mi ciudad
En camino a mis tareas cotidianas vi un libro singular, en plena avenida montevideana 18 de julio, fecha que conmemora en el Uruguay, la jura de la Constitución y para algunos también representa, entre los que me cuento, la independencia misma de este nuestro Uruguay. 

Presentado a pocos centímetros del piso entre otras decenas de obras tan valiosas como usadas, en el espacio citadino de un kiosco de diarios y revistas, estaba este pequeño gran libro: “República Oriental del Uruguay / Cámara de Senadores – Homenaje del Parlamento al Dr. Carlos Vaz Ferreira – Mandado publicar por resolución del 3 de noviembre de 1952” luciendo al pie de su primer página: “Montevideo – 1953”. 

Así, y a lo largo de sus pequeñas aunque luminosas 88 páginas, estaba este testimonio de un modo de ser y parecer que condice con lo mejor del hombre y de la mujer: la dignidad republicana. 

Por ello y pese a tenerlo en las obras completas, éditas e inéditas, del maestro, en mi casa, compré de buena gana este tesoro que ahora paso a visitar junto con ustedes. 

Entre todos los homenajes, el dado por la Cámara de Representantes al maestro es, qué duda cabe, el mayor. No por su brillo, no por endiosar a un hombre, menos a un ciudadano, llamado no pocas veces, ateniense, sino y antes bien por ser el fiel reflejo de un país en democracia que sabe y se sabe imperfecto y valora, llegada la hora, a uno de sus hijos dilectos, sin que esta valoración sea o pretenda ser, en modo alguno, una toma de posición en todo lo que este ciudadano pensó y dio. No. 

Se trata de cómo cuando el hombre se lo permite, puede permanecer erguido, puede, y debe, saber apreciar sin que por ello reniego, abdique u relegue sus principios sino valore el primero de ellos: el respeto ante una persona de bien que, además, fue un maestro que hizo de su vida el arte mismo del magisterio del pensar. 

Carlos Vaz Ferreira, un hombre y una época de un país para todas las épocas. Carlos Vaz Ferreira, ese hombre que ubicado, históricamente hablando, entre José Enrique Rodó y Alfredo Vázquez Acevedo, y junto a Emilio Oribe y Antonio M. Grompone, dio sentido a quienes les sucedieran y continuaran a la vez. Me refiero a Arturo Ardao, Carlos Quijano, Reina Reyes, entre otros y otras hacedores y hacedoras del Uruguay moderno. 

Ubicados. Quienes ocuparon sus bancas en el día del homenaje estaban ubicados no sólo locativa sino epocalmente: sabían y lo dijeron que venían de una gran aldea que quería convertirse en importante urbe. 

Ponderación y compromiso
El diputado Aldo Ciasullo, ciudadano ilustre de aquel entonces, manifestaba por ejemplo respecto de nuestro homenajeado que al pedirle junto a otros compañeros estudiantes, allá por marzo de 1933, su firma para un manifiesto dirigido al país, encontró no reparo sino mesura en el maestro. Y es que este, si bien no rechazó el adherirse pidió sí tuvieran a bien darle unas pocas horas para reflexionar. 

En ese entretiempo, narra en el pleno de la Cámara el Diputado Ciasullo, Vaz Ferreira, tal cual les dijera luego, mientras estampaba su firma al pie del manifiesto, que: “Yo no he pedido estas horas porque dudara entre firmar este manifiesto que hace un llamado a la Constitución, a la ley, al respeto a las libertades y la otra posición que podría parecer claudicante ante los sucesos que se avecinan en el país. Yo pedí”, atestigua con modestia el maestro, “esta espera porque quería analizar si la conducta de los que firmamos este manifiesto podría tal vez precipitar los acontecimientos. Me temía que podíamos arrastrar al gobernante a realizar un acto que no ha pensado. Pero después de analizar profundamente el problema, llego a la convicción de que ya no hay nada que hacer, y por eso lo firmo”, sentenció este ciudadano ejemplar. 

Así, expresa Ciasullo, esa fue una lección que define un temperamento: el del análisis, el de la reflexión. Toda la obra, agrega el diputado, es eso: es el aula, es la enseñanza para añadir aquello que determinar la persona Carlos Vaz Ferreira: el fermento, con estas palabras: “Porque su actitud polémica, que es la de la problemática filosófica, la del pensamiento crítico, él mismo la ha definido: es la de provocar el fermento, el fermentario.” 

El pensar reflexivo
Recuerda Ciasullo más adelante que de la obra “Moral para intelectuales” podemos extraer valiosísimos ejemplos de los modos que una persona tiene de ampliar su capacidad reflexiva, entendiendo por tal, añado, la reflexión pura, no ya el pensamiento calculador, a todas luces necesarios pero insuficiente si es el único a desplegar. 

Cuenta que Vaz Ferreira solía invitar a sus alumnos a que diariamente no se contentaran con la tarea rutinaria y tuvieran un espacio de tiempo breve, que él situaba en el entorno de una hora, para dedicarlo a un pensar diferente y no calculador. 

Una tarde en que Ciasullo le visita junto a otros estudiantes, notó que el maestro examinaba, a la vez que tarareaba, unos compases de una de las sinfonías de Beethoven, dando prueba él mismo de la tarea que invitaba a que otros realizaran. 

Lo general antes que lo especial
En este tema tan difícil de establecer qué educación debemos darle a nuestra juventud, no es poca cosa, pese a los tiempos de mediocridad arropada de pragmatismo que vivimos, recordar qué opinaba el filósofo uruguayo respecto de qué debiera motivar la enseñanza en el Uruguay. 

Aldo Ciasullo lo cuenta así al citar un pasaje de la obra “Moral para intelectuales” donde Vaz Ferreira lo expresa con meridiana claridad: “La tendencia pedagógica que debe orientar nuestra enseñanza ha de inspirarse, sobre todo, en el punto de vista educativo y de cultura general, nunca prematuramente especializado. (...) Los estudios de cultura general”, añade el filósofo homenajeado, “preparando y desarrollando las facultades intelectuales, hacen al sujeto pedagógico infinitamente más capaz de asimilarse los propios conocimientos especiales, que una educación puramente especializada.” Y que tiemblen los sacerdotes del pragmatismo postmoderno... 

No cesarizarte
Antes de culminar su intervención, Ciasullo recuerda en torno a moral de funcionarios, citada en la obra del filósofo, que éste enseña que en la vida pública todos debemos recordar una reflexión de Marco Aurelio que dice: “Cuida de no cesarizarte (mando sin trabas)”, en lo que cae con facilidad el jerarca, dice ahora el diputado. 

Agregando Vaz Ferreira que: “En la vida pública, sea en la vida política, sea en la vida del funcionario, es menester –o si no, no entrar en ella- estar absolutamente preparado para soportar la impopularidad y para afrontarla en todo momento, en todo homenaje al deber”. Algo que el propio filósofo ampliaría en la conferencia que dio seguidamente en el recinto parlamentario. 

Hay algo que viene de la historia y yace en lo profundo de nuestra atmósfera, debajo de nuestro cielo y entre las paredes de nuestros recintos públicos. Ese algo, creo entender, es un deber ser explicitado por hombres y mujeres que dieron más que la vida, el ejemplo de vida de seres probos, de un sustrato ético no sólo irreprochable sino ejemplo para posteriores generaciones que nosotros, usted y yo, aquel y nosotros, debemos intentar repetir, con las vestiduras de nuestra época pero con la mirada dirigida al otro y al mañana, desde un presente activo digno, serio, laborioso, luego riguroso primero para con nosotros mismos pero solidario y pleno de sentido trascendente para con el otro, ese hombre, esa mujer que mira sin ver, que oye sin escuchar. Esa laceración de nuestra carne, de nuestro cuerpo societario que tiende a aumentar si no hacemos algo coherente, solidario y mancomunado en el esfuerzo responsable de habitantes de un suelo noble. 

La función de la razón
Le es concedida la palabra al diputado Schauricht quien manifiesta que a modo de síntesis de la vastísima obra del doctor Vaz Ferreira, la considera un esfuerzo por convertir el pensamiento humano, “esa pobre razón humana que se ve acechada por tantas ilusiones, por tantas falacias, por tantas falsas oposiciones y por tantos conflictos auténticos de deberes, que se ve acuciada por problemas que no admiten soluciones perfectas, en un instrumento útil, en un arma noble y limpia, que transforme la razón en lo que para nosotros, que no creemos, que no podemos creer en verdades reveladas, es la función de la razón: la de ser guía de esa especie en marcha que es la humanidad.” 

Es dable apreciar, apenas con dos ejemplos, el nivel, elevado, de los diputados que promovían, desde posiciones no pocas veces contrarias, el homenaje, sentido y plural, al maestro de una nación en plena construcción. 

Alega el diputado Schauricht que el filósofo lucha desde su cátedra para que la razón, aguzada, para que la facultad del análisis, tan intensificada, remarca, no caiga en ese verdadero “lecho de Procusto” que son los sistemas.

“Porque la vida”, añade Schauricht, “tan cambiante, eternamente cambiante, tan infinitamente compleja, es algo así como esa agua de la cual nos hablan las leyendas griegas, esa fuente mitológica que no cabe en ninguna copa.” 

Casi al culminar, el diputado advierte que “el doctor Vaz Ferreira cuida, también, desde su cátedra, que el pensamiento, que la razón así armada de tantas armas, no se transforme en una trampa para cazar incautos, ni sirva para establecer escaparates brillantes, detrás de los cuales se aligere a los ignorantes de su dinero. El cree, y lo enseña desde su cátedra, que todo pensamiento, que todo razonamiento debe estar supeditado a un imperativo de orden moral. Y nacen las conferencias y el libro “Moral para intelectuales”. 

Seguidamente repasa lo que fuera la cátedra del maestro, serena y sin estridencias, al decir de Schauricht, como debe ser toda cátedra. “Pero es una cátedra”, manifiesta el diputado, “que, sin perder su serenidad, se abre de par en par sobre la vida.” Agregando que el maestro “desde su cátedra, actúa como si fuera una atalaya, avizorando peligros.”

Porque cuando hablamos de pensamiento, cuando mencionamos a la filosofía, no hablamos, no hablo, ya lo he dicho y escrito, de lo abstracto y lo abstruso, sino de la filosofía como la entendemos los latinoamericanos, como la entendió incluso, y esto será motivo de un ensayo de mi parte sobre la primera generación de la escuela de Francfurt –Horkheimer, Adorno, Marcuse-, es decir, una filosofía de la experiencia, una filosofía de lo concreto. 

Filosofía latinoamericana en un caso, como teoría crítica en el otro pero para mí las dos vías enmarcadas en un mismo camino, que trate y tiene en lo social el centro de sus ocupaciones, antes que pre-ocupaciones. 

Así, el maestro Carlos Vaz Ferreira intervino directa o indirectamente, es decir a luz o en segundo plano, en la dilucidación de temas capitales para nuestra sociedad: la condición de la mujer (divorcio por la sola voluntad de la mujer), por ejemplo de tantos casos que podrían citarse fueron consultados al filósofo de lo social, al maestro de la formulación del problema. 

Con Vaz Ferreira, bien como antes con el propio Rodó, el Uruguay tomó para sí antes que la búsqueda de la solución, la formulación del problema. Esto es, de qué se trata, a qué corresponde nuestra preocupación, cómo, concretamente, espacial, intelectual y temporalmente, debemos situar la cuestión. 

Ir en busca de la solución puede las más de las veces saltearse el mero pero capital asunto de si el problema fue correcta y completamente planteado o, en el apresuramiento de que cese la angustia, escamoteamos la mirada a la esencia de la cuestión. 

Es como un litigio entre partes, pongamos por ejemplo: 

Si en verdad busco una solución, la misma no debe ser, al menos nunca buscar inmediatamente, dilucidar una tercera posición sino antes bien, buscar de las dos posiciones en pugna, acercar y valorar los acuerdos y coincidencias, minimizando el enfrentamiento y en tanto haya voluntad encontrada entre las partes, o sea que ni una ni otra busque eliminar la posición contraria, visitar un camino de entendimiento en la búsqueda, ahora sí, de una solución que comience a llenar el vacío producido por la mera oposición de visiones inicialmente opuestas que bien pueden traducirse en complementarias. 

Luego, disipar, apagar, las discordancias por los egos en pugna y propugnar el acuerdo racional y sensible de quienes son, sin duda alguna por mérito de la cuestión tratada, corresponsables en la búsqueda de una salida al litigio existente. 

Pensamiento y acción; fermento.
Hace uso de la palabra el diputado Cardoso quien al argumentar su homenaje, lo hace en los siguientes términos: “La personalidad de Vaz Ferreira como filósofo, como profesor, como pedagogo, como dirigente universitario, como maestro de conferencias, como ciudadano, ofrece aspectos inagotables al examen y al reconocimiento públicos. Y, ya que no abordamos ni siquiera el más somero análisis de las ricas facetas de esta personalidad singular, digamos que acaso hay una que las resume a todas, que está presente en todas las etapas de su brega fecunda y a la que ya hizo referencia el señor miembro informante en su discurso: una que el propio Vaz Ferreira ha definido, al llamar a una parte fundamental de su obra “Fermentario” Fermento, sí, noble fermento, de inquietudes superiores del espíritu, ha sido su siembra. Realmente ha sido y es trascendente esa faena intelectual, más aun en un país en plena formación cultural como es el nuestro.” 

Así, con sencillez republicana, reconociendo además la etapa fermental que el propio país vivía en aquellos años, el diputado Cardoso marca, y marca con certera precisión, el centro del hacer del filósofo, el fermento. 

Dice además Cardoso que “cuando se le ha reprochado lo que se ha llamado sus dudas, es que no se ha comprendido esa característica fermental de su pensamiento. El ha sido original como creador, pero ha sido también original como sugeridor  de ideas y como sugeridor de conductas morales, culturales y políticas. Pero además –y es conveniente decirlo, porque a veces prosperan versiones no del todo ajustadas a las características de estas grandes personalidades- Vaz Ferreira ha sido también un hombre de acción práctica.” 

Y culmina con esta frase que sintetiza la bondad y sentido de un filósofo social: “Puedo decir que ajustaba su actividad a aquella norma que siempre me ha parecido exacta y útil: entusiasmo para las cosas grandes; exactitud para resolver las pequeñas. En algunos momentos –hoy mismo- se discuten algunos aspectos de su obra y de su acción; pero los yerros no disminuyen, no pueden disminuir la hondura y la trascendencia de su enseñanza, una enseñanza cuya repercusión en las generaciones de hoy, así como en las de ayer y en las de mañana, no podemos todavía apreciar en toda su magnitud.  Es una cumbre, una de las más altas cumbres del pensamiento nacional, y nosotros, el señor diputado doctor Dubra y yo, con admiración hacia el maestro, -y no queremos ocultarlo- hasta con emoción, nos sumamos a este homenaje que le tributa la Cámara.”

Y hay más, por cierto, no sólo en cantidad sino en calidad a la vez que en emoción en la recordación, en vida, no a un semidios sino a un hombre que incluso con sus falencias fue y sigue siendo ejemplo y luz en el ser republicano y democrático de ayer, de hoy y de mañana. 

Un hombre que dudó y supo explicitar su duda, no tuvo temor en mostrarse falible no ciertamente buscó cesarizarse y menos aun llenarse de bienes –que bien pudo aunque rechazó al no practicar la abogacía- o de posiciones de poder –al rechazar ya en 1910 una diputación en aras de mantener su labor como docente sin por ello renegar su concurso ciudadano a los problemas de la comunidad, como ya hemos dado cuenta. 

Política y apolíticos
A los pocos días del homenaje, el 20 de octubre de 1952, el doctor Carlos Vaz Ferreira da su conferencia que es el punto culminante de los actos acordados en mérito al festejo de sus ochenta años de vida que fuera pronunciada en el salón de honor del Palacio Legislativo. 

Las palabras previas son proferidas por la señora senadora doctora Isabel Pinto de Vidal quien, entre otras consideraciones al maestro, dice lo que sigue: “Amasteis sobre todas las cosas enseñar a la juventud, a esta juventud que nos ha de suceder en los triunfos y en las ansias de una patria menor. Le enseñasteis a apreciar la verdad y el bien sin atarle el espíritu, vuestras ideas caían en el surco, cada cual las interpretaba a su gusto, el respeto por la conciencia de los demás es la base principal de vuestra enseñanza.” 

Me detengo aquí, es imperioso. Nos habla de un modo de vida, una apuesta firme por el respeto más profundo y permanente hacia el semejante sin que medie otra consideración que su misma condición humana y, junto con el respeto, la búsqueda de nuevos aspectos que den más luz y proyección a lo supuestamente sabido. 

Avanza la señora senadora, con estas expresiones: “Si se nos preguntara cuál es el fundamento de vuestra filosofía yo diría de este filósofo que ya no sólo es nuestro sino que es de toda América, que la base de ella es enseñar a reflexionar, a meditar sobre la enseñanza recibida y a inculcar que los principios filosóficos que sólo sirven para separar a los hombres, no tendrán jamás el valor efectivo que debe tener una filosofía de acercamiento y comprensión.” 

Agrego que separa no sólo la búsqueda menor de ganarle al otro, en este caso en la contienda de pensamientos, de ideas, sino que también aleja al pensador de su gente, el propio apartamiento de aquel en cuanto busca diferenciarse, en el entendido de creerse más que otro, apenas porque su faena es, como la nuestra, la mía propia, la del pensar, en tanto que la del otro es de otro orden de lo humano, pero faena también. 

Llaneza en el proceder y con los pies sobre el piso de la pradera, sin buscar torres desde donde sentirse superior, ésta es, en esencia, la difícil pero irrenunciable tarea primera de un pensador: el saberse ubicar primero que nada en el conjunto de su comunidad, en el rol que le cabe que es uno y claro pero nunca diferente, en cuanto superior, al de otro par de su sociedad: el ciudadano común y de a pie. 

Y habla Vaz Ferreira. 

Luego de despedirse la senadora como una “alumna agradecida”, hace uso de la palabra nuestro pensador, manifestando estos conceptos que merecen ser destacados: “Todo hombre político debe arreglar su vida de tal modo que no dependa de la política: ni por el dinero ni por la vanidad. Esto es muy simple.” 

¿Lo es? 

Más adelante, Vaz Ferreira habla del apolítico en esta forma: “El apolítico es, en toda organización, democrática o no, condenable, -dando a aquel término el sentido en que debe entendérselo, esto es: el de un ciudadano que no siente, o no se siente con bastante intensidad, las cuestiones políticas: las de orden general y las episódicas; o que se desinteresa de ellas. SENTIR siempre esas cuestiones; y actuar en ellas en el grado para cada uno posible, es deber moral de todo ciudadano.” 

Añade más adelante que “Todo hombre debe sentir la política, y actuar en ella según sus capacidades (el sufragio es el mínimo). Ningún hombre debe depender de la política en su situación material o en satisfacciones de vanidad o de mando.”

Dice el filósofo quien prosigue conferenciando pero que yo dejo para que el silencio invada nuestro espíritu y permita una reflexión que de paso a nuestra conciencia moral, enfrentándonos con la pregunta primera de un ser socialmente responsable:

¿Qué tenemos que decir a estas cuestiones nosotros, hombres y mujeres de este Uruguay que amanece al tercer milenio?

¿Qué podemos hacer? ¿Cuándo?  

Y hacerlo, por nosotros mismos, por los nuestros y por los otros. Pero hacerlo. Con fallas, con imperfecciones pero darnos permiso para ser personas y para serlo, amiga, amigo, no hay otra vía, como enseñara aquella estupenda mujer libertaria que se llamó Hannah Arendt, que dejar la esfera privada, la del pater familia, la del “no te metas” por la esfera pública. Con responsabilidad. 

Podemos hacerlo.

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