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Parte (l)
¡Éduquer, éduquer, éduquer!

por Héctor Valle

A la memoria de Gabriel Valadares

Palabras previas
Saber mirar. Comprender que la circunstancia que está frente a mí, la misma percepción que el otro tiene de mí no es, necesariamente ni igual ni tampoco contradictoria sino que tal vez sea complementaria en cuanto a disponer de una mirada que en contraposición a la mía permita junto con ésta establecer un marco de la realidad más aproximado en tanto nos permitamos uno y otro dar cuenta de nuestras propias visiones que de curso a una mayor aprehensión, luego más abarcable, de lo que la circunstancia en sí establece como hecho de vida. 

Gabriel hoy ya no está entre nosotros y sin embargo... 

Este querido amigo sigue en nosotros. Fue un joven que en la plenitud de la vida se permitió dar un paso más lejos que el resto en aras de una valoración muy propia de su circunstancia. 

Él, mi amigo Gabriel, tuvo para sí bien como para con los suyos, una última mirada de comprensión y afecto que aun invita a meditar sobre la real tarea del hombre sobre la tierra; hablo tanto de usted como de mí mismo. 

Por ello, por él como por todos aquellos a quienes recordamos desde una juventud que pese a nuestro propio avance en esta vida, en ellos permanece inalterada, va dedicado este trabajo en el sentido de que nuestra tarea en el aquí y en el ahora sería vana, inocua y mezquina si no diéramos todo lo que podemos dar en pro del respeto para con el otro que nace, desde mi modesto entender, en la valoración de una educación plena en humanismo bien como en elementos concretos de realización del hombre y de la mujer de a pie, en cada una de nuestras comunidades, en cada una de nuestras esferas de vida. 

¡Francia escucha tu propia voz!
Hay algo en Francia, en su gente como en su atmósfera bien que anticipa bien que manifiesta clamores de las gentes de todo el Occidente. Sea en su manifestación como Revolución en 1789, siguiendo el camino ya iniciado en la Revolución americana, sea recientemente, por ejemplo, al votar un no rotundo a la constitución europea en una clara indicación, ciertamente aun sumamente resistida dentro y fuera de su territorio, de que las cosas del hombre deben ser visitadas desde el mismo hombre y mujer, recordando así que la ciudadanía no es, ni debe serlo, jamás, un mero aspecto escenográfico para que unos pocos se arroguen el derecho de determinar destinos y procedimientos varios que regirán la vida de millones de seres humanos. 

Así también y antes que este rechazo estuve el recordado y, me atrevo a decir, aun no logrado, mayo del 68 que sí tuvo un pensamiento propio pero que en su proceso de gestación y dilucidación pública, faltó a la hora de promover y lograr cambios sustantivos y permanentes en beneficio de lo humano. Claro está, hubo modificaciones no menores pero las mayores, permítanme advertirlo una vez más, están pendientes de realización. Tarea que aun resta y que, no dudemos, nos cabe a nosotros asumir y realizar. 

Llegamos así a octubre del 2005 donde tienen lugar disturbios varios y encendidos, no sólo en llamas, sino en violencia en libre curso, inicialmente desde los suburbios parisinos pero que al paso de las horas y los días se propagó por gran parte del suelo francés. 

Fueron jóvenes quienes durante días y días provocaron un incendio continuado de vehículos y lugares varios en una muestra de violencia que mucho tuvo de manifestación no pensada, es decir no estructurada ni planificada con premeditación, ante distintas problemáticas que les toca en suerte vivir pero que en grandes líneas hablan de un falta significativa de consideración y respeto del Estado para con sus circunstancias de vida y de la otra, el aprovechamiento en no pocos casos, de capos de la droga y fundamentalistas varios que, en la oscuridad, alentaron manifestaciones que ya de por sí poco pretexto precisaban para explotar ante el menosprecio mayor de una sociedad de varias velocidades. 

Algo que no ocurre sólo en Francia. Por cierto que no, pues en nuestras comunidades podemos constatarlo también, es que nos hemos habituado a mirar para el costado cuando pasamos, si no hay otro remedio, por “aquellos” lugares “perdidos”... 

Nos estamos cosificando; nos vamos alienando de y entre nosotros mismos... 

Estamos perdiendo el sentido de lo humano y lo vamos sustituyendo con los sabores de lo efímero. 

París, Montevideo, Río de Janeiro, Buenos Aires, Berlín, globalizamos reacciones espasmódicas ante la visualización que del otro nos ofrece un paneo de veinte segundos en un micro noticiero de un canal de televisión “cerrada” –deconstruyan ustedes, por favor- que ni siquiera está localizado en nuestra comarca ni tampoco transmite los hechos que se dieron lugar cerca nuestra. Y mientras comemos o degustamos un buen vino, vemos el llanto de un niño de barriga llena de hambre y enfermedad o el cadáver seco de un aborigen vaya a saber de dónde porque justo se superpuso la placa que anunciaba que en tres minutos comenzaría el partido por el master de tennis en.... 

¿La marginalidad es musulmana?
Vaya pregunta tonta, ¿verdad? Pero si digo París y digo marginalidad lo van a asociar con fundamentalismo en no pocos casos y sin embargo... 

Tampoco se refiere solamente al factor inmigración pues hay en el caso específico de París, marginales, barrios enteros, donde ciertamente hay inmigrantes pero también segundas y terceras generaciones de inmigrantes y claro está, musulmanes. Pero la composición es variada en un ámbito común de abandono y segregación, de alta discriminación y al mismo tiempo de aprovechamiento, ya hacia el interior de estos barrios, de la gente tanto del narcotráfico bien como de líderes fundamentalistas en usar y abusar de la miseria y necesidad de los integrantes de estos guetos que laceran la vista y los sentidos de todos quienes aun continúan siendo humanos. 

Y entonces la marginalidad comienza a ser tomada como una forma de identidad como afirma el antropólogo Néstor García Canclini quien, al ser entrevistado por el diario argentino La Nación (13.11.2005), alega que se trata de una “crisis de un modelo de desarrollo del capitalismo, que descuida el grado de cohesión y de satisfacción social que necesita para reproducirse”. 

Es que el sistema como tal imperante en el Occidente cruje por su propia deformidad y limitante esencial: la valoración de la persona como cosa, como producto o apenas como un aspecto de un proceso mercantilista que todo cosifica y valora en virtud de una ganancia que es vista teleológicamente como factor esencial de progreso en detrimento de la otra concepción de progreso que hace a la humanización del hombre sobre la tierra dándose lugar a un avance que beneficie su libertad a la vez que promueva un respeto tanto para con el otro bien como para el mismo proceso evolutivo de la vida sobre este planeta. 

Pero otros actores componen este cuadro de situación que Francia mostró al mundo. Las propias autoridades francesas sea por su silencio cómplice sea por sus manifestaciones de barricada y groseras para con el otro, al estar de lo dicho por el funcionario a cargo de la seguridad francesa de cuyo nombre permítanme abstraerme, nada han aportado, que sirva a un principio de entendimiento, más allá de medidas supuestamente paliativas que algunos vemos como inicialmente mediáticas, en aras de solucionar o buscar un camino de solución a este desencuentro entre lados de un mismo cuerpo: la nación francesa. 

Pero nuevamente recordemos que esto también está presente en nuestras propias comunidades porque el sistema mismo, que fluye y oscurece el cielo, promueve la rapacidad y busca inhibir cualquier rasgo de humanismo social. 

Si es que nosotros, actores de nuestro propio destino, dejamos que así ocurra.

Porque este asunto es nuestro y de nuestro tiempo y más aun, compromete el porvenir es que debemos avanzar hacia una asunción propia de nuestro rol de ciudadanos del mundo.

En ese sentido, este camino recién comienza. Y nada hay que nos  sea ajeno, salvo, claro está, el desinterés, la apatía y el dar vuelta la cara al rostro de ese otro que aunque diferente al nuestro tiene un mismo sustrato de vida y de sentido.

Continuaremos. 

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