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El gobierno del cambio está cambiando
Pero llegó el momento de empezar a soltar al pichicho, asegurándose de que no muerda, claro. El gobierno llegó a la etapa de los riesgos. La atención hacia los amplios apoyos relevados por los sondeos de opinión -inercia de pasadas angustias electorales- empieza a ser sustituida por las preocupaciones que genera el acto de gobernar. La adrenalina ya no fluirá por las subidas o bajadas en las encuestas, sino por las vicisitudes de las reformas y los indicadores de los planes en marcha. ¡Por suerte! Para eso miles y miles lucharon años y años. Aunque estemos en una economía de mercado y que eso se llame capitalismo. ¿Quién gobierna hoy fuera del capitalismo? Pero el Frente Amplio quiere cambios. A descontentarHasta ahora, la mayoría está contenta, casi todos chochos, con el nuevo gobierno. Pero desde ahora habrá que vivir aquello que decía don Carlos Quijano: gobernar bien es “descontentar”. En lo personal, eso de que desde los cantegriles hasta los banqueros se elogiase al gobierno más o menos de la misma forma ya me estaba poniendo nervioso. El presupuesto y varios proyectos de reformas profundas están “descontentando”. Enhorabuena.Tras el campanazo electoral y la luna de miel, se empieza a mover (a remover) este Uruguay perezoso, timorato, perdedor, vagamente orgulloso y ya casi olvidado de su pasado batllista y de vacas gordas, nostálgico de la Arcadia proteccionista del neobatllismo, frustrado de tanto mirar hacia atrás y perder el ómnibus. En vez de dejarnos tranquilos recordando Maracaná, este gobierno se empeña en que no vuelva a suceder lo de Australia. El que quiera celeste, que le cueste. ¿Enojo desde las alturas empresariales? ¿Inquietud en las capas medias? ¿Descontento sindical? ¿Fabricación de cucos al estilo de la era bipolar? Alfie y De Brum ya no pueden ocultar su enojo con Astori. El gobierno soltó el ancla y empieza a asumir los desafíos de navegar. Y no precisamente en aguas calmas. El reto de la educaciónPero hay un área, fundamental para que la navegación conduzca a buen puerto, que parece al margen de este proceso. Sin ideas, sin planes, la enseñanza quiere quedarse en el viejo Uruguay. O en el Uruguay de la juventud que se nos va por avión o por la droga, o que se queda a cambiar sueños por frustraciones. Tal vez sea posible explicar las causas de semejante deserción. Porque acá, durante mucho tiempo, y también desde la izquierda y el sindicalismo, se confundió defensa de la laicidad con el mantenimiento de la educación anclada al pasado. Con eso nos creímos a salvo del “capitalismo posmoderno” y de la “globalización neoliberal”. Se identificó defensa de la laicidad con defensa de la mediocridad. Las malas direcciones de la enseñanza y los criterios de los gobiernos en materia de educación en las últimas décadas fueron transformando a maestros y profesores -las profesiones más nobles e imprescindibles en cualquier sociedad que se precie- en trabajadores de cuarta, no sólo por las magras retribuciones, sino por la falta de estímulos del sistema a su superación como docentes. Los profesores, pobres, corren la liebre: de un liceo a otro; del aula al kioskito que le permite redondear un ingreso como para ir tirando; de la docencia a la changa. Lamentablemente, el “nuevo” programa es la vuelta a la era pre-Rama. ¡Gran cambio! La adaptación de los planes de estudios en Secundaria parece concebida para el siglo pasado, para un mundo que ya fue y, sobre todo, mal que nos pese, nostalgiosos yoruguas de derecha e izquierda, que no será. Hasta el momento, y en contraste con otras áreas, en la educación no se perciben vientos de cambio. Las autoridades de la educación, más allá de la capacidad docente de algunos de ellos, no han dado hasta el momento señales claras de que estén buscando una transformación de la enseñanza. Lo peor es que desde otros ámbitos del sistema o la academia las voces de cambio apenas son susurros. Resultó casi paradójico que, hace pocos días, haya sido el ministro de Economía (sin olvidar que es también un hombre de la enseñanza) quien convoó a la renovación, al impulso a nuevas disciplinas y a la transformación de la educación en una política de Estado. Es cierto que la Unidad Temática de Educación del ex EP-FA (ahora FA), ha elaborado los “Elementos para el debate de una nueva ley de educación”, una pocas páginas con algunos lineamientos muy generales al final de las cuales se llama a “aportar elementos para el debate y construcción participativa de (la) ley”, indicándose asimismo la dirección epfaeduc@adinet.com.uy para recoger iniciativas. De acuerdo, pero, por ahora, gusto a poco. A diferencia de las reformas Tributaria, en el Ministerio del Interior o en la Salud, del Plan de Emergencia, de los avances en el área derechos humanos o de las anunciadas transformaciones en el Estado y otros ámbitos, la educación, en cambio, no ha sido capaz hasta ahora de generar polémicas, ni entusiasmos ni broncas políticas. Sólo desazón en la juventud, en los padres y en los docentes. Deserciones, bochazos, faltas de ortografía, bajos rendimientos, distanciamiento entre educando y educador, centros de estudio que no socializan y que más bien ahuyentan, planes que no estimulan el aprendizaje en tanto no promueven el interés en lo que se enseña. La educación está ausente. ¡Justo la educación!, que trata de (que debería tratar de) los jóvenes, el futuro, la crítica, el debate, la generación de ideas, la innovación. Justo ahí está faltando todo eso. La sociedad toda hará un gran esfuerzo para que la educación disponga, según lo establece el Presupuesto para el quinquenio, del más alto porcentaje de recursos con relación al PBI en muchas décadas. Poco para lo que se necesita; mucho para lo que se puede; suficiente para comenzar a cambiar. Porque el problema de la educación no se limita a las carencias presupuestales que ha sufrido. Es fundamental el incremento de los recursos, pero éstos por sí solos no convocan a las ideas que pongan en marcha el proceso transformador. Estamos a tiempo de cambiar, pero no podemos perder tiempo. Porque si no cambia la educación, ¿qué cosas podrán cambiar realmente en esta sociedad? LA ONDA® DIGITAL |
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