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La identidad y sus nuevas fronteras,
UN CONCEPTO EN CRISISEl concepto de identidad ha acumulado en las últimas décadas tanta retórica y tantos lugares comunes sobre ella y su importancia, acerca de los rasgos que definen su tipología - étnicos, historia, patrimonio nacional, rituales, símbolos, costumbres – y sobre la idea misma de “ser nacional”, que tal euforia declamatoria no hace más que demostrar, por la paradoja y la reducción al absurdo, la crisis evidente del concepto y de sus implicaciones. Esa crisis por pérdida, vaciamiento o derrumbe de las referencias tradicionales telúrico-biológicas, esto es, territorio, pueblo, nación, país, comunidad, raíces, que unificaban la noción de identidad , enfrenta en estos tiempos los efectos, dicen que desvastadores, de la globalización. Se presume o expresan los más lúcidos analistas y optimistas doctos que, antes que un obstáculo decisorio, la temida y temible globalización trae consigo, acaso a pesar suyo, un desafío a la imaginación de los pueblos y a la creación de un nuevo punto de partida de la noción de identidad y de su concreción como un “quehacer” futuro y no como la mera administración de un patrimonio territorial y espiritual de los pueblos, tal como ocurría hasta hoy. La identidad, pues, hay que trabajarla día por día, al igual que el amor y la convivencia matrimonial. Ocurre que lo que distingue e identifica a un ciudadano ya no es algo homogéneo en términos de identidad, como se creía antes, y no coincide necesariamente con un territorio. Tampoco los objetos a conservar ( patrimonio nacional ), las raíces, los ritos y los símbolos propios, quedan fijados para siempre en una nación o comunidad. Sucede que hay una progresiva desaparición de las fronteras en diversas regiones del mundo, que la universalización de las comunicaciones y los cambios radicales en la producción y circulación de los productos culturales identificados como nacionales, llevan a una creciente “desterritorialización” del mundo en la cual cierta postmodernidad muestra su huella digital. Entonces, el conjunto de tradiciones culturales, sociales e históricas al que pertenece una comunidad, ya no puede permanecer cerrado como sistema identitario. Resulta de modo inevitable un sistema poroso que, desde luego, puede llegar a una relación de ósmosis con otros sistemas, que lo impregnan, lo favorecen, lo distorsionan o lo oprimen. Es lo que hay. MULTIPLICIDAD O FRAGMENTACION A ese fenómeno ha contribuido también el individuo con su nueva índole surgida de la vida contemporánea y de la creciente movilidad de ésta, que lo libera de aquella idea restrictiva de identidad, con su dependencia de una organización biológica y social, de un territorio delimitado y de imposiciones históricas que la pertenencia a un país, a una ciudad o pueblo, lo obligaban. De ese modo, se pertenecía a un grupo y a su correspondiente sistema de valores, con un sentimiento de identidad respaldado por la seguridad de dicha pertenencia. Pero, esa pertenencia intercambiable con otros del mismo pozo se ha deteriorado, sufre la tensión y fractura de la marginalidad, la exclusión y la desorientación en lo interno de la comunidad o nación. A la vez que lo extranjero traspasa las fronteras políticas y económicas, al mismo tiempo impregna o hace híbridos los reductos culturales de la identidad, entremezcla costumbres y comportamientos. De modo tal, que el “otro” además de residir fuera de fronteras, también puede en la misma ciudad y ser vecino de barrio. De esa manera, nuevas fronteras se levantan en el interior de los países, de las ciudades, mientras que aquéllas parecen diluirse o desdibujarse en los lindes del territorio por la moderna circulación de personas, ideas y costumbres que las relacionan entre sí. La identidad, entonces, se torna múltiple o se fragmenta, sobre todo en las grandes urbes, en las cuales los dueños tradicionales de la identidad perciben una “invasión” de lo foráneo, la amenaza de pérdida de la identidad, en tanto que otros ciudadanos, las minorías de todo tipo, los excluidos, los extranjeros afincados, se sienten llevados hacia la marginalidad. El discurso sobre la identidad deriva en un debate que contrapone el patrimonio amenazado que defienden unos y la reivindicación desde la marginalidad que sostienen otros, los inmigrantes, los jóvenes, las minorías, los desocupados. Un discurso que genera ansiedad, insatisfacción, incluso violencia. El caso de países como Uruguay, producto de sucesivos flujos migratorios, mestizajes étnicos y culturales de distinto tipo, este fenómeno de hibridación y controversia identitarios no es traumático, aunque el culto del arraigo a una cultura de la identidad puede derivar en nacionalismo cerrado. De todos modos, con su identidad flexible y de buen mostrador, Uruguay no escapa a los seísmos de la postmodernidad y de la aldea global. Aún sin llegar a aquel cierre nacionalista, se pueden sufrir los efectos de un fenómeno que es exactamente su inverso y que crece en el mundo con tres procesos acerca de la identidad, paralelos y vinculados entre sí: A) – El surgimiento de culturas de la diáspora provocado por las emigraciones masivas de los países del llamado Tercer Mundo hacia las naciones más desarrolladas, dando una mayor complejidad al tema de la identidad y a su debate con nuevos problemas en discusión. B) – La importancia creciente del nomadismo, del exilio y del llamado “fugitivo cultural” como componentes de la identidad en el marco de la globalización, que agudiza la condición apartida del ser humano. C) – La universalización de una cultura de difusión instantánea, simultánea y perecedera de los hechos producto de la globalización de los mercados y del progreso de los medios de comunicación, mediante la cual individuos y pueblos viven en una coexistencia permanente, para la cual no existen fronteras ni una base territorial única. Esos tres procesos paralelos merecen una consideración especial en próxima nota para ver qué se hace con el mate y el termo en el futuro. LA ONDA® DIGITAL |
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