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La identidad y sus nuevas fronteras (II):
los peligros de fragmentación

por Oribe Irigoyen

El alambrado de la página – tiranía del espacio, le llaman – ha impedido al que suscribe concretar en una sola nota el tema de las nuevas fronteras de la identidad y entrar de lleno en el cogollo de qué pasa con la identidad en el marco del proceso de la globalización del planeta Tierra. Se hizo necesaria esta nota complementaria y eso no es bueno a los efectos de un presunto interés del lector, acuciado por otras seducciones, y de la compacta resolución de una temática. Pecado, con golpeteo en el pecho, pero ocurrió es que no obtuvieron visa de entrada en la nota anterior, los tres procesos paralelos de singular importancia actual para redondear la temática de la identidad: las culturas de la diáspora, los fugitivos culturales, la nueva universalidad de la cultura, sólo citados en la incursión periodística pasada. Sobre ellos hay que echar una cierta buena mirada.

LAS CULTURAS DE LA DIASPORA
Las emigraciones masivas, esa “implosión del Tercer Mundo en el Primero”, según el sociólogo Renato Rosaldo de la Universidad de Stanford, sus flujos de circulación de culturas, secuelas sociales, culturales y familiares, plantean problemas de integración, de mezclas culturales, de aculturación, deculturación y desarraigo. Provocan el temor de la pérdida de identidad para unos y de optimismo para otros, porque suponen una inyección de vida, de energía y de cultura en la sociedad o comunidad. Ese dualismo protagonizado por crecientes multitudes que cruzan las fronteras de su país para establecerse en otro, muchas veces sin poder integrarse y viviendo en condiciones precarias y marginales, modifican de continuo las fronteras de todo el mundo. El fenómeno es dramático en Africa y Asia, y para el caso de América Latina, incluyendo Uruguay, con naciones que son producto de oleadas de inmigrantes en el pasado histórico, hay una inversión de los flujos multitudinarios, ahora la tierra de promisión está fuera de sus fronteras y muy lejos.

En términos de identidad se establece para la diáspora una nueva situación: una cierta pérdida más o menos profunda de la fuerza del estado-nación al que se pertenecía, y la toma de conciencia de constituir una minoría emergente y de tener la necesidad de reivindicar derechos. Esa situación tan conocida por los europeos del siglo XIX y comienzos del siglo XX, adopta ahora rasgos multiplicados cuantitativa y cualitativamente.

En términos de cultura, producto muchas veces de la pobreza y de la marginalidad, esos flujos humanos de la diáspora preservan con énfasis ciertos componentes de la identidad de origen, incluso aquellos que están en decadencia o en desaparición en las sociedades de origen. La gran ciudad del mundo desarrollado, escenario privilegiado de este nuevo tipo de sociedad multicultural con sus barrios étnicos o ghetos culturales, someten a esos inmigrantes de la diáspora a las múltiples tentaciones y choques cotidianos de la sociedad de la riqueza y del consumismo, pero también del anonimato y de la soledad en la multitud. Pese al gheto y a la banderita de la identidad levantada con vigor surge un nuevo individuo de fragmentada pluralidad identitaria.

LOS FUGITIVOS CULTURALES
Esas idas y venidas de gente a lo largo y lo ancho del mundo, tiene un sector limitado, aunque importante, de numerosos intelectuales y artistas, que Fernando Ainsa denomina “artista migratorio”, que exploran la diversidad material y cultural del mundo actual, se incorporan a otras colectividades, intercambian ideas y experiencias estéticas. Constituyen un ejemplo de lo que se denomina “el fugitivo cultural”. Un individuo que vive “fuera del lugar en que naciö”, pero que integra escenarios humanos que desconocen las fronteras nacionales y culturales y sustentan el laicismo humanista, relativista y cosmopolita. Queda de algún modo marcado por ese contexto vital que lo hace sentirse extranjero siempre, esté donde esté, incluso en la propia tierra. Su patria está , quizá, donde él no está.

Ese sentimiento particular de desterritorialización y de desarraigo constante, ocurre también y adopta rasgos propios en la figura del exilio, tanto sea forzado como voluntario o porque no hay más remedio económico. De modo creciente, el hombre contemporáneo, fugitivo en lengua ajena o no como el intelectual, concentra en el exilio la memoria del pasado, cultiva formas ambiguas y contradictorias de la nostalgia, pero en virtud de su intercambio con el contexto extranjero genera nuevos significados de la identidad de origen a partir de la distancia. De tal modo que el exilio puede fragmentar su identidad cultural, pero de igual modo puede fortalecerla al proporcionarle una dimensión universal, síntesis de la memoria, de la nostalgia y de la nueva situación.

UNA NUEVA UNIVERSALIDAD
La globalización de los mercados y el desarrollo en flecha de los medios de comunicación inciden en los países y los pueblos de modo tal que se está procesando una cultura de la difusión instantánea y simultánea de los acontecimientos y hechos ocurridos en el momento. Se vive “en vivo y en directo en el mundo”, como si se estuviera fuera de los referentes espaciales y temporales, aunque el día a día de cada ser humano prosiga con su continuidad histórica. Esa condición de lo actual y lo inmediato como vivencia termina por instalar el presente como permanencia. Si bien ese presente resulta en la noticia más efímero y fugaz que nunca, incluso al grado de descartable por su profusión, de forma paradójica el hombre vive inmerso en el presente con el mundo como escenario. Entonces, aquella identidad que privilegiaba el pasado, la memoria y la tradición, enfoca ahora su interés hacia el presente, la simultaneidad. Un ingrediente más para su fragmentación.

A este fenómeno propio del mundo globalizado, se suma otro proceso provocado por la fascinante intimidad de la pantalla de las computadoras, los webb-on line, Internet y asociados, que desarrollan una cultura del ciberespacio, con un universo comunicacional que crea verdaderas comunidades virtuales – las redes de conversación – de alcance transnacional, en las cuales conviven la realidad-real de los actores con otra virtual, esto es, la ilusión de una nueva dimensión de la identidad.

Esas redes de conversación se constituyen con un sentido horizontal que genera una estructura interactiva del conocimiento mucho más compleja que en el pasado, a la vez que sustituye el orden jerárquico y vertical del saber de antaño. La información de que se dispone es cada vez mayor, los límites del conocimiento se amplían de modo ostensible, se procesan de ese modo las bases, aperturas y parámetros de una nueva universalidad sin límites, con la supresión de las distancias, la generalización del acceso al saber y la pérdida de aquel orden jerárquico que solía tener el conocimiento. Esa tendencia saludable de indudable democratización del conocimiento que significa este proceso, tiene, sin embargo, su costado oscuro. El saber ilimitado de ahora, a diferencia del limitado del pasado que era claro y ordenado, trae consigo la inestabilidad o crisis de las certidumbres del saber, los riesgos de confusión por exceso de la masa de información y de la multiplicidad de accesos a ella se agudizan, existe el peligro de privilegiar el fragmento, lo parcial y lo inconcluso en el sentido pregonado por el discurso postmoderno.

Nuevamente, la fragmentación de la identidad es la amenaza mayor de este proceso también de desterritorialización, desarraigo, pérdida de referencias estables y de multiplicación de los circuitos de circulación del conocimiento. Sin embargo, al mismo tiempo ocurren contactos y convivencias culturales entre las personas, capaces de desarrollar nuevas relaciones internas y exteriores hasta ahora no conocidas, que pueden dar nuevas fronteras lícitas al mate y al termo en el futuro, acaso sin abrazo.

Primera:
www.uruguay2030.com/LaOnda/LaOnda/264/A4.htm

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