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¡Éduquer,
éduquer, éduquer!
II – El malestar francés
por Héctor Valle
Un poco de historia
Europa, ese continente mestizo que sin embargo, lucha denodadamente
desde sus elites socioeconómicas para ocultar desde una supuesta pureza
racial y cultural que excede lo humano e invalida su prédica humanista
lograda a lo largo de más de dos siglos de reflexiones tan intensas como
enriquecedores sea por atributo de hombres y mujeres que desde el
pensamiento ilustrado supieron ver más y más lejos en la consideración
misma que lo humano plantea al hombre, al bípedo, sea por la búsqueda no
lograda de una significación, de una unidad en la diversidad de etnias,
lenguas y culturas que la constituyen y que, contradictoriamente, son su
mayor riqueza, su verdadero don.
¿Qué duda cabe que la Libertad cuando clama por sus fueros que es la
defensa de sus hijos y de sus hijas, lo hace con acento francés?
Mas, ¡ay! en Francia también campea lo infame de la época y sobre ello
es a lo que pretendo dirigir esta mirada al malestar de un pueblo, hoy
desde los suburbios, ayer expresado en las urnas, antes vivido
dramáticamente en las profundas discriminaciones y actitudes racistas,
refleja, sufre y anhela apagar con un bálsamo narcotizante sino desde la
asunción real y solidaria de las miserias que todos llevamos y muchas
veces, las más, confesémoslo, escondemos con más odio, más xenofobia.
En un trabajo especialmente recomendable, los italianos Gianluca Bocchi
y Mauro Ceruti manifiestan que el carácter específico de la identidad
europea es la variedad. Y se explayan: “Variedad de raíces y de
matrices, de lenguas y confesiones, de regiones y paisajes. Desde que
empezó a delinearse, después de la ruptura de la unidad cultural de la
cuenca del Mediterráneo y a través del fatigoso establecimiento de una
nueva unidad cultural en nuevos espacios y hacia nuevas direcciones,
Europa ha vivido todas las dimensiones de dicha variedad. A partir de
entonces también ha experimentado convivencias y diálogos, hibridaciones
e integraciones, mezclas y convergencias.”
Pero inmediatamente traen a colación la acción limitante y hasta con
intenciones de ocultamiento y rechazo que conformó la reacción a aquel
intento de vivir en lo abierto desde la multiplicidad de orígenes y
características de sus habitantes: “La entrada de Europa en la Edad
moderna, sin embargo, se vio acompañada por una serie de decisiones
políticas, religiosas y culturales que apuntaban hacia una dirección
exactamente opuesta, que tendieron a reducir, suprimir, ocultar,
deshacer y limitar la variedad originaria. Ello no solamente ha llevado
a la exclusión, a la expulsión, a la eliminación (física o simbólica) de
innumerables individuos, pueblos y colectividades, sino que, sobre todo,
ha atenazado la Edad moderna en un mito cuyas consecuencias destructivas
se han vuelto cada vez más evidentes.”
Y aquí viene el mayor y peor acto de ocultamiento de los orígenes que el
continente europeo se dio, de la mano de quienes hacia fines del siglo
XV, tenían el poder para intentar imponer tal visión.
Así, Bocchi y Ceruti continúan desvelando la historia de su propio
espacio de vida: “Es el mito del comienzo absoluto de la historia
verdadera, que ha alimentado la convicción de que es posible y deseable
hacer tábula rasa con todo aquello que es anterior o exterior. Este mito
ha tomado cuerpo en un proyecto de hombre nuevo, cuyo rasgo esencial
sería precisamente la ruptura y la purificación respecto al pasado y a
lo exterior.”
Comenzaron, pues, renegando del origen e impidiendo fueran asimiladas
las vertientes tan elementales como enriquecedoras de tan vasto pasado
en aras de la defensa a ultranza de dogmatismos que eran funcionales al
mantenimiento en el ejercicio del poder temporal de castas y demás
grupos enclavados en los principales centros vitales del continente
europeo.
Pero sigamos con el texto motivo de estudio: “La obsesión de la
purificación no se redujo a la España de 1492. El judío y el musulmán no
fueron los únicos chivos expiatorios en el intento de hallar una
identidad europea a través de la oposición a lo otro (o a la separación
de lo otro). Ocho años antes, en 1484, el papa Inocencio III había
pedido a dos dominicos alemanes, Jacob Sprenger y Heinrich Krämer, que
indagaran sobre la difusión de las prácticas mágicas y de los cultos
politeístas en el campo. (...) En 1486, Sprenger y Krämer dieron término
a su investigación. Publicaron un texto, el Malleus Maleficarum, que fue
una invitación a encender las hogueras, a desarraigar mediante la
violencia y la tortura unas prácticas y tradiciones que se remontaban a
un pasado lejano en la historia europea, hasta la Europa neolítica y
preindoeuropea organizada alrededor del culto a la Gran Diosa. (...) De
todo ello derivó una ocultación y una anulación de la memoria colectiva
cuyo alcance es análogo al que algunos milenios antes habían producido
las invasiones indoeuropeas.” Fue así y sigue siéndolo: me refiero a la
simulación, la ocultación, la mirada hacia un costado negando la
presencia de otro que ofende porque arremete el vano intento de un
modelo, racista, xenófobo e irreal, de europeo noble, bueno y sabio.
Europa pues, continúa negándose a sí misma porque lo que fue hace tantos
siglos aun es dable percibirlo en actitudes cotidianas en los variados
pueblos que hoy la conforman. Negándose a su condición mestiza. Que es
su virtud, vuelvo a destacarlo.
Francia: punto de inflexión
Veamos los datos de esta reciente rebelión en los suburbios
franceses que desperdigados por todo el país en un número no menor al de
700, albergan malamente a unos cinco millones de personas donde es muy
común ver a la gente sin trabajo, pues duplican y hasta llegan a
triplicar en algunos casos, la tasa de desocupación en Francia que a
noviembre del 2005 es del orden del 10%, quizá unas décimas menos...
Se han detenido cerca de 5000 personas y condenado a unas 400 y pese a
que el ministro del Interior pretendía expulsar a muchas de ellas
(¿expresión racista? ¿cálculo electoralista?) se vio impedido de hacerlo
porque la mayoría de esa gente son ciudadanos franceses, gentes nacidas
en suelo francés...
Se constata entonces un claro divorcio entre la sociedad mundana
parisina y la realidad de los suburbios en el que, naturalmente, uno no
ve un blanco y un negro, si se me permite el símil, reductor de la real
situación que unos y otros deben afrontar.
Sí es dable observar que tanto en Francia, desde París hasta la
supuestamente tranquila Marsella (ciudad en la que prácticamente no ha
habido disturbios pero por razones diferentes, unos dicen que por mejor
llevar la distribución del empleo entre las diferentes etnias, otros
aducen que la mafia marsellesa no está de humor para admitir problemas
que enfocarían con excesiva luz una interna hasta ahora llevada adelante
sin estridencias mayores) una crispación muy importante entre sus
habitantes derivada de la irresolución de los reales problemas de
integración presentes desde hace mucho en su seno.
Es cierto que esto podemos advertirlo en otras partes de este mundo
globalizado en donde incluso ahora el ser humano no es factor de
producción una vez que el concepto de empleo, ya no de trabajo, ha
entrado en franca crisis sin que avizoremos, con los instrumentos
clásicos, claro está, una solución favorable al hombre y a la mujer de a
pie, en un marco de dignidad existencial junto a los suyos.
Del mismo modo, el ocio sin ocupación alguna, sin trabajo, sin
educación, en condiciones de hacinamiento y de guetización cada vez
mayor (sea en las ciudades francesas como en las nuestras, digámoslo)
sólo traerá aparejadas mayores complicaciones a aquello que desde haced
mucho el hombre moderno se viene regalando: el olvido del otro, la
renuncia a aceptar al diferente, a una diversidad que es no sólo natural
sino necesaria para una complementariedad existencial que haga de la
persona un ser humano digno de estar en relación con otro ser. Y ambos
ir en busca del tercero.
El camino elegido ha sido el de la negación por unos como el de la
crispación y la violencia por los otros. Pero los dos caminos parten y
conducen a una violencia superior y negadora de lo humano que el hombre
debe velar por mantener y si es posible acrecentar en esta como en las
nuevas generaciones.
Estamos incendiando los campos de cultivo de nuestro mañana. Y no
estamos haciendo nada por evitarlo. Debemos meditar respecto de esto que
es igual a decir que debemos asumir nuestra responsabilidad en la
sinfonía humana que pasa por un silencio atronador que hiere y mortifica
a todo espíritu que se permita tener un momento de reflexión.
El malestar francés
Los catedráticos franceses Jean-Paul Fitoussi y Pierre Rosanvallon,
en su obra “La nueva era de las desigualdades”, dan ya en el año 1996
una acabada definición de este mal: “Está claro que hoy existe un
malestar francés. Violencia creciente tanto en los suburbios como en la
escuela. (...) El nuevo malestar francés, sin lugar a dudas, está
vinculado a la existencia de un desempleo masivo cuya persistencia
alimenta la doble sensación de una pérdida de identidad y una
incertidumbre creciente sobre el futuro. Pero al mismo tiempo se percibe
claramente que el fenómeno es más profundo y más complejo. Lo que se
quiebra secretamente es tanto la misma organización social como las
representaciones colectivas. Los franceses ya no saben muy bien quiénes
son, a qué conjunto pertenecen, qué es lo que los liga unos a otros. Ya
no saben adónde van exactamente y temen vivir mañana peor que hoy. El
plebiscito de cada instante que es una nación toma día tras día, y
confusamente, el cariz de una desaprobación plebiscitaria. Ésta se
expresa tanto por la trasgresión del contrato social y cívico como por
la desconfianza generalizada hacia los dirigentes políticos, económicos
o mediáticos, por los accesos febriles o gozosos de revuelta popular, y
también mediante el voto de protesta.”
De tal forma, vamos avanzando muy lentamente en el tratamiento de estos
temas tan caros a la persona humana, desde una visión del momento
francés que, bueno es reiterarlo, perfectamente podemos trasladarlo,
globalización mediante, a otros puntos del planeta pero que vistos desde
la realidad gala, que suele adelantarse en acontecimientos al resto del
mundo, permiten un estudio mayor que esperamos profundice en opciones de
convivencia que superen el terrible momento.
Momento que, conviene destacar, está signado por el racismo, el
atropello y la desconsideración, de unos para con los otros, pero en
grado mayor de responsabilidad, de los poderosos para con los débiles. Y
en esta lucha, sabemos qué partido tomar no para agredir, con piedras o
con fuego, sino para defender desde el piso de la conciencia el respeto
que nace, en un bello tríptico, en el propio suelo francés, allá por
1789 y que dice así: Libertad – Igualdad – Fraternidad.
En ese marco conceptual continuaremos moviéndonos.
En la próxima entrega me referiré expresamente a la “Intolerancia”.
Primera Parte:
www.uruguay2030.com/LaOnda/LaOnda/263/Recuadro2.htm
[1] Bocchi,
Gianluca y Ceruti, Mauro, El sentido de la historia, Editorial
Debate, año 1994, Madrid, páginas 122 y ss.
[1]
Fitoussi, Jean-Paul y Rosanvallon, Pierre, La nueva era de las
desigualdades, Ediciones Manantial, Buenos Aires, año 1997,
páginas 11 y 12.
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