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Derechos Humanos:
El pulso del pescador

por Raúl Legnani

El sábado en la tarde fui caminando hasta la escollera Sarandí, con la intención de ejercitar un poco el corazón y tratar de olvidar los restos óseos de los desaparecidos. Es que el impacto había sido muy fuerte, demasiado fuerte.
Allí me encontré con unos pescadores y logré distraerme, además de disfrutar de la inmensidad del mar. “¿Cuándo sabe que hay que tirar de la caña y cuando no?”, le pregunté a un hombre flaco de edad indescifrable, que podía ir de los 40 a los 60 años de edad.

“Mire, esto es el arte del pulso”, me dijo, mientras sentía entre el dedo índice y el pulgar izquierdo las vibraciones de la tanza, que no era otra cosa que la presencia de la vida en el fondo del mar.

“¿Del pulso?”, repregunté por esa debilidad de los periodistas de no estar satisfecho con una sola respuesta.

El hombre, mostrando la paciencia del siglo, me explicó que en esto de pescar, no hay recetas ni manuales y que solo se consigue el título de pescador luego de muchos años. Me dijo que ante la primera sensación de que el animal muerde la carnada, lo mejor es darle línea, destrabando el reel. “Si solo mordió la carnada y usted tira para atrás la caña, corre peligro que el animal se asuste y se aleje”, me dijo, sin apartar la mirada de donde supuestamente había caído la plomada.

“Pero si realmente el pez mordió el anzuelo, ¿usted no corre peligro de que pierda la pieza, por no habar empezado a recoger?”, le pregunté, sabiendo que la conversación recién empezaba.

“Puede ser, puede ser, pero si la pieza es chica va a quedar igualmente prendida, pero si es grande, como la pieza de 9 kilos que ando buscando desde marzo, va a dar la lucha y lo mejor no es tirar fuerte para capturarlo, porque la tanza se puede romper”, comentó, mientras el vecino, otro pescador mucho más joven, recogía dos hermosos pejerreyes de mediano tamaño.

“Y si es grande, como esa pieza que usted busca y no encuentra, ¿qué hay que hacer?”, le pregunté. “En primer lugar hay que respetarlo y después enamorarlo para que sienta que los dos somos iguales”, me dijo.

La imagen, por cierto, me pareció sencillamente maravillosa y de una inteligencia muy fuerte. Me alejé unos pasos, volví, me senté al lado de él y no le comenté nada. Me propuse respetarlo, para que los dos nos sintiéramos iguales.

A lo lejos, detrás del barco de gran calado, sobre el horizonte, se divisaban algunas nubes oscuras iluminadas por el reflejo del sol en algunas gaviotas en pleno vuelo. “En un rato puede haber lluvia y tendremos que irnos, ¿no?”, le dije con la intención de demostrarle que los temas de la naturaleza no me eran desconocidos.

“De ninguna manera, ahora es cuando hay que quedarse”, me dijo, haciendo un silencio que buscaba que yo entrara en su razonamiento. “¿Y?”, me limité a pronunciar. Su respuesta fue inmediata: “Cuando la tormenta amenaza, el pez se decide a comer y ahí se le puede enganchar”, aseguró.

Una vez más el dedo índice y el pulgar izquierdo comenzaron a palpar la tanza y a sentir que algo estaba por pasar. Pero minutos después, con un gesto de sus labios, con una mueca de la cara, me dio la señal de que el momento había pasado. “Esto es como el Presidente, que es un pescador”, me dijo sin mirarme, ni de reojo, como queriendo retomar - me di cuenta después-, la conversación sobre el arte del pulso.

Acepté otra vez el silencio que por breves segundos se produjo, para luego aceptar el juego: “¿Qué me quiere decir con eso?”, pregunté.
“El Presidente cuando busca la verdad, no se adelanta a los tiempos. Jamás lo habrá visto tirar de la caña para atrás, de golpe, antes de que sea necesario, porque no quiere que se rompa la tanza ni se asuste la pieza”, agregó.
El hombre dijo más: “A la verdad se la respeta tal cual es, se la enamora, se juega con ella, pero jamás hay que precipitarse, ¿me entiende?”.

En eso un niño, con esa cara de futuro como tienen todos los niños, se acercó a nosotros y nos regaló tres mejillones grandes, de caparazón obscura y de pulpa carnosa. “¿Es para la carnada señores?”, nos dijo.

Le agradecimos, a la vez que nos empezamos a despedir. “Un gusto, que
tenga suerte”, fueron las palabras que intercambiamos con aquel hombre.
Cuando ya me había alejado unos cinco metros del pescador, el hombre me gritó: “¡Es un problema de pulso, no se apuren!”.

Me di vuelta, lo miré y me encogí de hombros, dándole a entender que no entendía nada o poco de lo que me decía.

“Si salen con eso de la ley de nulidad y piden la renuncia de Enrique Bonelli, se les puede cortar la tanza y se van a quedar sin la verdad”, me dijo.

Lo escuché y comencé a caminar hacia mi casa. Cuando ya llevaba unos cien metros me di vuelta y descubrí que el hombre ya no estaba. Volví sobre mis pasos y encontré los tres mejillones que el niño nos había reglado. No los toqué, allí quedaron esperando a aquel hombre o a otro pescador.

“Es un problema de pulso” me dije una y otra vez, mientras me alejaba. Seguí caminando por la rambla, mirando, de tanto en tanto, como la tormenta se desvanecía. En las nubes encontré a aquel niño, que por momentos tenía cara de Andrés, de Pablo, de Fabiana, de madre, de abuela, de Nibia, de Helena, de María Claudia, de Gerardo y de Fernando,

Cuando llegué a mi casa escribí esto. Por las dudas, porque hay que seguir pescando, con el pulso muy atento.

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