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¿Adónde vas Europa?
III - Atreverse a ser
por Héctor Valle
Francia y la rebelión
de los suburbios
Pese a haber movilizado 25.000 hombres en toda Francia para evitar
nuevos desórdenes, el país galo culminó el año 2005 con la quema de más
de 400 autos en varias de sus ciudades, casi la mitad de los cuales
ardieron en París, además de resultar heridos 27 policías y haber sido
detenidas alrededor de 300 personas.
Concretamente, un total de 267 alcaldías fueron afectadas en 53
departamentos, y la policía y la gendarmería arrestaron a 362 personas
en tanto que hace exactamente un año, el total de vehículos incendiados
fue de 333.
Los guetos en España
Diversos medios periodísticos españoles han dedicado su atención a sus
propios guetos, si bien revisten características algo diferentes a los
franceses, incluso en la mayoría de los casos con menor grado de
radicalización y exclusión que aquellos.
Es así que, por ejemplo, el diario El País de Madrid, a través de su
suplemento “Domingo”, de fecha 18 de diciembre de 2005, presentó un
trabajo al respecto con una introducción de la periodista Patricia
Ortega Dolz, seguida de sendas entrevistas realizadas por otros tantos
periodistas en los asentamientos de El Puche, en Almería; San Francisco,
en Bilbao; Villaverde, entre otros.
Trabajo que merece ser leído íntegramente pues se trata de un estudio
serio que busca, y a mi criterio lo consigue, llegar a un punto de
aproximación a la complejidad de la relación entre el inmigrante y el
lugareño, su adaptación o adaptaciones, pues son dos las partes, por lo
menos, a conciliar posiciones, y el trasiego fenomenal de experiencias y
situaciones paradojales que resultan de la puja por espacios de
convivencia, bien como de fuentes de trabajo y medios para adaptarse a
la nueva realidad.
Es evidente que el problema es tan grave como de difícil solución habida
cuenta del incesante flujo de personas por todo el continente europeo lo
que mueve a solucionar aspectos básicos de convivencia democrática e
igualdad de oportunidades a unos y a los otros, algo más que difícil al
estar de las experiencias límites que vemos suceden en este espacio
geográfico más marcadamente que en otros al ser la puerta de entrada de
olas de personas que huyen del hambre y la desesperación de lugares en
los que no sólo no hay condiciones dignas de vida sino que tampoco
tienen, vale recordarlo, condiciones de competir en el mercado mundial,
motivado por medidas proteccionistas que tanto la UE como los EUA
mantienen dogmáticamente (recordemos a los productos agrícolas en la UE,
bien como al caso del algodón en los EUA, por ejemplo).
Así, volviendo a los suburbios españoles, estos barrios del llamado
“extrarradio” de las capitales de España si bien, reitero, distintos en
su gravedad a los franceses, presentan una complejidad similar en cuanto
al difícil futuro que les espera, como a un presente tan árido como
falto de responsabilidades, de lograr en el aquí y en el ahora una
“actividad” significante, dadora de sentido colectivo, de pertenencia, a
vastas poblaciones tanto de inmigrantes como de sus descendientes, ya
ciudadanos de España, pero que mantienen diferencias visibles, en la
piel, audibles, en su lengua, y logísticas, toda vez que al dar su
nombre completo, esto es, con un apellido “raro” o el domicilio, como
habitante de uno de estos guetos, se le hace muy difícil a la persona,
inmigrante o descendiente, obtener un trabajo que por calificación no
hubiera tenido problemas en obtener. Nuevamente aquí tenemos otro
ejemplo de falta de igualdad de oportunidades.
Ciertamente, este problema no sólo es complejo sino que tampoco refiere
exclusivamente a Europa sino que, muy a nuestro pesar, lo podemos hallar
y cómo, en nuestras propias ciudades, provincias o zonas de esta región
del mundo. Simplemente que al detectarlo en la propia Europa, queremos
significar con ello que el continente que suele plantearse preguntas
sobre la bondad de acciones, políticas o sociales, en el resto del
mundo, sin duda alguna con una marcada atención en la América del Sur,
poco o mal hace respecto de buscar, en sí mismo, en sus calles, villas,
guetos y extrarradios, la correcta formulación del problema –recordando
al filósofo uruguayo Carlos Vaz Ferreira- que dice que primero que
buscar una solución hay que saber determinar cuál es, cómo se formula y
dónde está el problema en cuestión.
El problema es el hombre y sus miserias. El síntoma, su cosificación. El
medio, el dogma neoliberal. La pregunta pues, sería cómo volver a ser
humanos.
El otro como fuente de rechazo
En la madrugada del viernes 16 de diciembre de 2005, en la ciudad de
Barcelona, tres jóvenes (dos de 18 años y un menor de 16 años)
torturaron y mataron a una mujer indigente de 51 años de edad.
Lo hicieron premeditadamente, primero buscando diversión la molestaron
en tanto esta señora, de nombre María del Rosario, ubicada en la cabina
de un cajero automático de “La Caixa”, ante el acoso de estos muchachos,
cerró la puerta de acceso. Al poco rato, el menor de los tres, so
pretexto de alegar querer retirar dinero, mientras los otros dos
permanecían lejos de la visual de la señora, logró que ésta se aviniera
a abrirle la puerta a lo cual volvieron a emprenderla sobre la pobre
mujer. Los chicos, al ver que en una obra cercana había un recipiente,
que contenía disolvente, se valieron del mismo para rociar parte del
lugar y ver, con cierta alegría de lo que da prueba la grabación del
vídeo que dejó la cámara del lugar, cómo se prendía fuego el recinto y
la mujer. Torturada y asesinada. Hecho que causó honda indignación en la
ciudad y en toda España pero que da prueba de una actitud que refleja el
mal o los males de una contemporaneidad que se aleja, a pasos
agigantados, del respeto, de la consideración, y de la responsabilidad
que el otro, el diferente, el desconocido, tiene en nosotros.
¿Quién era esta señora?
A su vez, la propia señora María del Rosario Endrinal Petit, quien
muriera abrasada viva a manos de unos jóvenes que sin otra cosa que
hacer buscaron divertirse a costas y a expensas de la vida de otro ser
humano, esta mujer, María del Rosario, supo ser, en su hora, una exitosa
secretaria.
“Charito”, como la recuerdan los conocidos, era la hija de un empleado
de una fábrica de cerveza y de una mujer, su madre, maestra de escuela
en Valladolid.
María del Rosario, que asistiera a un colegio de monjas y del que
saliera con el bachillerato completo, tuvo un buen desempeño que llevó a
que directivos de la empresa donde trabajara la consideraran una
secretaria “de lujo” hasta que cayó en la droga.
Casada y con una hija, vio cómo naufragaba su matrimonio, hasta incluso
ser internada varias veces, en una rápida, triste y lamentablemente
conocida carrera en contra de sí misma, sumergida en la droga y la
alineación social.
Así, poco a poco, Charito fue perdiendo contactos con los suyos al punto
de permanecer en la calle para acabar, paradójicamente como narra la
crónica, muerta en un cajero de la misma empresa que la viera triunfar.
Ciertamente, hubo familiares y amigos que a lo largo de los últimos años
quisieron ayudarla y lo hicieron pero a todas luces sin éxito una vez
que esta señora reincidía en su adicción. Drama este que es como pocos,
el síntoma, la marca, de nuestra existencia, la del mundo occidental
contemporáneo en donde se privilegia el éxito, la permanente exposición
con aires de perfección ante un mundo que poco le importa el interior de
la persona y tan sólo busca producir cosas, mejorar estándares,
facilitar accesos a mercados, administrar la vida humana en aras de
sacrificar tiempo y consideración a aquello que en verdad mueve al ser
humano, sin abstraernos obviamente de la producción de lo necesario para
la vida pero sin abdicar de nuestra esencia, para mí trascendente, que
nos eleva sobre las cosas y nos aproxima, en igualdad de condiciones, a
la naturaleza toda. A una vida plena.
María del Rosario pues, fue víctima no ya de jóvenes inadaptados quienes
a su vez atestiguan la derrota de un sistema perverso, de una sociedad
que ve, sea en España como en Francia o en cualquier otro país
occidental, cómo el ser humano va perdiendo respeto a la vida del otro
en tanto la propia, la de uno mismo, se halla vacía y sin sentido.
Luego, el fracaso de un modelo societario contemporáneo, exportable e
importado, modelo que incluso, si nos detenemos a pensar, ya no promueve
el éxito personal, ya no alega el poder acceder, como fulano o sutano, a
la dicha del emprendimiento exitoso, ese que es, supuestamente, dador de
independencia económica, éxito sexual y familiar, sino que tan sólo se
muestra, desde la publicidad, esa tarea que cada vez más se ve como
propaganda, qué bueno es el acceder a la tenencia de tal o cual
producto. A su goce. Es decir, se promueve el cosificarnos, el
igualarnos a cosas, a productos. Estamos, creo yo, encaminados a
subirnos a la cinta que nos llevará al disfrute del envase perfecto,
donde hallemos la ausencia a la libertad, a la responsabilidad, a la
asunción de nuestra condición humana.
Y de eso quiero hablarles. Precisaré la ayuda de un hombre de bien y
además, un filósofo de todos los tiempos, pese a discrepar no pocas
veces con su pensar, el español Julián Marías, fallecido a fines del año
2005, fue y es referente necesario y bueno en estas cuestiones de buscar
el cómo, el dónde y el por qué de las tribulaciones y las preguntas que
tanto el hombre como la mujer de nuestro tiempo deben considerarse
formularse.
Todos los textos que a continuación citaré, de cuyos títulos me valdré
para relacionar cada cuestión a tratar, pueden hallarse en el sitio
www.conozce.com a cuyos editores desde ya agradezco permitan su mención
y difusión.
Atreverse a ser
Dice el Maestro Julián Marías que por su carácter negativo, hay un
fenómeno muy frecuente en nuestro tiempo que casi nunca se pone de
manifiesto: el desinterés.
Y llama la atención respecto de la poca concurrencia a las conferencias
(si sabré de esto...), la falta de lectura o la poca lectura de medios
periodísticos impresos y ni qué hablar de lo que atañe al mundo del
libro, donde pululan los textos de autoayuda esa otra denominación para
los envases donde se producen los mayores y más grotescos “refritos” de
textos serios, profundos, utilizados, utilitariamente si se me permite
así decirlo, en una ensalada, en un mix que da por resultado un libro
que no compromete, que no me lleva a cuestionarme ni menos que menos a
indagar más y más profundo en otras lecturas o, mejor aun, a dialogar
con otros respecto de temas vitales a la persona humana.
Que vamos tomando grageas de despersonalización, adaptándonos a la buena
vida de aquellos que huyen de sí mismos al instalarse en el living de
las vaguedades, donde la ocurrencia, la risa fácil y el desprecio por el
otro, me refiero a programas en medios audiovisuales que toman como eje
de diversión el “sorprender” a otro en su inocencia o incluso hasta en
su intimidad, mostrando una duplicidad de conducta no sólo alarmante
sino patológica que, muy a nuestro pesar, va tomando mayor número de
adeptos día a día.
Desinterés. De esto hablaba Julián Marías y tenía por qué hacerlo.
Porque de lo que se debe hablar es de aquello que, cada cual a su leal
saber y entender, se entiende como digno de ser mirado con mayor
atención y buscar adaptarlo si es el caso, corrigiendo, en el libre
ejercicio democrático del diálogo y el hacer social, hacia formas más
dignas de existencia humana.
Los premios. Dice el Maestro que es como el escritor que busca su
premio, algo loable, pero que deja serlo cuando lo único que buscamos es
el premio, la gratificación, poniendo entonces a la obra como un
producto para acceder a aquello y con ello buscamos cada vez más ser
famosos, estar a tono con la época, es decir vulgarizar la escritura e
inhibirnos de escribir sobre aquello que entendemos debe ser dicho, sea
en narrativa, sea en poesía y cuanto más en filosofía, materia en la
cual muchas veces se procede a inventar o mejorar léxicos excluyentes o
a indagar cómo seguir rizando el rizo y no atender, como dijera
Nietzsche a las cuestiones vitales que permanecen tiradas en la calle
esperando ser levantadas, tomadas, una a una, por nosotros, en su
hediondez como en su forma y contenido.
Dice el español Julián Marías, y dice bien el Maestro, que el factor
común que explica esta larga serie de fenómenos aparentemente
heterogéneos es la resistencia a atrevernos a ser lo que somos, en suma,
alega, a la autenticidad. Se trata de ser auténticos. Lo que otro
filósofo, Michel Foucault, traía a cuento en sus celebrados cursos: la
parresía y el parresiastés. La verdad y el que se atreve a decirla,
atreverse tanto en los contenidos, como en las formas, así como también
en la oportunidad y modo que crea del caso darla a conocer. A nuestras
verdades.
Por ello, Marías habla y cierra esta reflexión alegando que el
imperativo máximo es el mirarse a sí mismo, no de reojo a los demás, y
atreverse a ser lo que se ha visto, lo que se es y lo que se pretende
ser.
Impedir, desde nuestra personal vida, alienarnos, masificarnos,
desdibujar nuestro rostros de rasgos propios y característicos. Pero
para ello hace falta coraje, determinación y libertad.
¿Libertad?
El peso de la libertad
Nos recuerda Julián Marías que uno de los peligros mayores es la
disminución o la extinción del gusto por la libertad. Dice que “hay
quienes sientes temor ante ella; otros, indiferencia, incluso falta de
claridad: se dejan literalmente “empujar” por los que ejercen sobre
ellos presión, no usan la libertad que tienen, y ni siquiera se dan
cuenta de ello. Es lo que muestran las encuestas y sondeos que se
multiplican, cuyos resultados son previsibles y que responde en su
mayoría a una dejación de la libertad personal.”
Así de claro, Marías nos introduce en el peor de los temores: el temor a
la libertad. Triste y angustiando modo de resignar la nuestra, cediendo
su ejercicio a otro innominado, desconocido por cuanto tampoco nos
interesa conocer, bastándonos con renunciar, por comodidad, temor o
falta de resolución, a dar de nosotros el todo, a permitirnos ser
personas, aceptando, supinamente, ser administrados.
Más peligroso aun, recuerda este español que bien supo de jugarse y dar
de sí todo en arrojo y honestidad intelectual, que remarcaba lo riesgoso
de quien sabiendo de qué se trata esto de la libertad, aun así mantienen
una actitud prescindente ante los asuntos más caros al hombre, mirando
de costado los problemas y doblando la hoja del periódico para
enfrascarse, es decir huir, en otros mundos que los ojos ven, acallando
su conciencia, luego desdibujándola, ante el imperio de lo efímero.
Un poco más de dinero, un cargo más elevado, una distinción, elogios,
publicidad, el ingreso a un grupo no importa cuán riesgoso sea el
hacerlo en tanto nos de status, nos confiera reconocimiento social
“pertinente” es el puente a la renuncia a nuestra conciencia moral ese
otro ejercicio de la razón en diálogo con nuestro espíritu, con nuestra
afectividad, con nuestras emociones, volviéndonos utilitarios y
utilizables, para terminar siendo lo que buscamos: accesorios.
Lo dice Marías, como lo dijo Ortega y lo dice toda persona coherente en
una eticidad que respete al otro hombre y a la otra mujer: el peso de la
libertad puede ser muy grande. Hay momentos en que para mantenernos
libres debemos arriesgar no pocas cosas: posición, dinero,
oportunidades. Pero la coherencia y el sentido de estar a tono con
nuestros principios, principios razonados, llevados permanentemente ante
la fragua de la conciencia psicológica como luego de la conciencia
moral, nos proveen de una base desde la cual y en la cual acercarnos al
otro como a nosotros mismos, atreviéndonos a ser humanos.
El peso de la libertad ciertamente que es elevado y no pocas veces, pero
¿cuál es la alternativa a no acarrearlo, a no dar de nosotros todo por
permanecer libres? ¿la renuncia a la libertad qué trae, qué nos trae,
qué nos da y nos damos a cambio? Somos por cierto utilitarios y
utilizables ante un planteo que de por tierra con nuestra
responsabilidad personal y colectiva.
Que de ello habló también Marías, este español recordado aun hoy, o
sobre todo hoy, luego de tanta tropelía en su tierra como en toda la
vastedad del continente planetario: Europa.
El peso de la responsabilidad
Dice Julián Marías lo siguiente sobre esta cuestión: “La verdadera
democracia, realmente ejercida, pone en nuestras manos un poder
considerable. Damos el poder a los que van a tenerlo sobre nosotros.
Podemos acertar o errar. También “abstenernos”, pero esto me parece un
funesto error. Como ese poder está en nuestras manos, no ejercerlo
significa “renunciar” a él. (...) La responsabilidad de orientar al país
en un sentido determinado subsiste, y la renuncia es un abandono que
impedirá quejarse en el futuro.” Algo sobre lo cual cuesta no ya negarlo
sino desentenderse: el ser responsable y actuar, socialmente, no sólo
con el voto sino en el permanente ejercicio de nuestra condición
ciudadana.
Ser responsables, socialmente, implica, conlleva y trae consigo, el
estar en la plaza pública como en la obra social, como en la búsqueda de
emprendimientos, en el ámbito de acción de cada uno, que converjan en la
búsqueda primera y superior de un modo mejor, por digno y por
respetuoso, a todos y a cada uno de nuestros conciudadanos, más aun, a
todos los habitantes de nuestra comunidad.
Responsabilidad ejercida que, a a no dudarlo, consiste en el modo de
ejercer la libertad quitándole el “peso” a nuestras espaldas por la vía
de incorporarla a nuestro cuerpo, haciendo que nuestra cabeza como
nuestros brazos y manos sean la expresión misma de un ser libre, por
responsable. Socialmente responsable.
Dice Julián Marías que la memoria y la imaginación son las dos
condiciones de toda democracia efectiva. Y esto, aduce, quiere decir
responsabilidad. Por cuanto agrega: “es menester que al cabo del tiempo
podamos preguntarnos por lo que hemos con nuestra vida privada, con la
realidad a la que pertenecemos, con las posibilidades que hemos dejado
abiertas o cerradas para el porvenir.” “Es importante”, termina diciendo
el filósofo, “poder quedarse con la conciencia tranquila. Para decirlo
con una sola palabra, lo decisivo es ejercer la libertad. Se entiende,
la nuestra, la de cada uno de nosotros.”
Memoria e imaginación. Responsabilidad y libertad. Actitud y reflexión.
Vergüenza y honor. Arraigo y apertura. Variaciones todas ellas viables,
posibles e indispensables del hombre y de la mujer libre. Estadios,
fases y aristas de una misma figura: la humana, la que a despecho de la
animalidad del hombre, permite permanezcamos erguidos y con los brazos
abiertos al otro, reconociéndonos al verle y escucharle, al sentirle y
apreciarle. No por ser como él sino por atrevernos a dejar que él, el
otro, el diferente, permanezca siendo distinto. Y aun así, o por ello,
comprenderlo y permanecer juntos.
Como Charito debió desearlo, tirada en la cabina de “La Caixa” mientra
estos chicos reían y se regodeaban cuando su cuerpo, de 51 años, iba
siendo presa de las llamas.
Porque con Charito nos quemamos todos, si no reaccionamos, si no
despertamos de este sopor, de esta otra forma de drogadicción que es la
ausencia de responsabilidad y la entrega de nuestra libertad.
Que luego no nos quejemos si la noche vuelve y con ella las máscaras de
pobres serviles del dios de los mediocres con su fuego fatuo a iluminar
nuestras vidas huecas.
Nosotros somos, usted y yo, hacedores de nuestro destino. Y no otro. No.
LA
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