|
Las clases medias y los pobres
en la Argentina del modelo neoliberal
por Mariana Ramos Mejía
La
Argentina ha sufrido grandes cambios a partir de la década del
noventa con la llegada del primer gobierno menemista y con
quienes lo sucedieron. Con el desarrollo del proceso de
globalización y en conjunto con las medidas neoliberales
adoptadas en la década del noventa, los actores sociales
inmersos en esta realidad, han cambiado las relaciones
establecidas entre ellos y con las diferentes instituciones,
respondiendo de una manara particular a estos procesos,
modificando sus representaciones y acciones colectivas e
individuales. Las particularidades de este período hacen
necesario dar cuenta de los cambios económicos y sus impactos en
la estructura social. Por esto, la siguiente exposición se
abocará al análisis de la relación entre la clase media, los
llamados “pobres”o pobres estructurales y los “nuevos pobres”, y
a su vez, en la relación que éstos establecen con el Estado.
Todo esto será enmarcado en las transformaciones en la
estructura social y económica que tienen lugar en la Argentina
en el período que va desde 1989 hasta el 2003.
Partiendo de la mirada de Minujin y Anguita definiremos la clase
media por “sus habilidades en el área educativa, su formación y
sus conocimientos, por sus patrones de consumo y “estilo de
vida.” (Minujin y Anguita, 2004:21) Entonces, desde una
perspectiva bourdiana se define la clase media a partir de su
“identidad simbólica”, ya que “cuenta con cierto capital, el
cual puede ser tanto económico, como social y/o cultural” (Bordieu,
1980; Lomnitz, 1990; Tiróni, 1985 en Minujin y Anguita, 2004:21)
Hablaremos del impacto de los cambios económicos en la Argentina
en el mercado laboral, y su consecuencia en la transformación de
las identidades laborales individuales y grupales citando la
mirada de María Eugenia Longo quien arguye que “El trabajo ha
ocupado un lugar medular en el proceso de conformación de la
identidad y para la integración social, ya que los sujetos
definían su lugar en la sociedad a partir de la posición ocupada
en la estructura productiva (...) Las identidades se nutrieron
durante décadas de representaciones sociales en torno al trabajo
que, además de proporcionar seguridad y coherencia, se ajustaban
a una realidad de crecientes beneficios laborales en una
población mayoritariamente empleada y asalariada. De ahí que el
empleo asalariado haya tenido la función de fortalecimiento de
las solidaridades colectivas, como (...) una forma de ser el
soporte cotidiano del vinculo social”. (Longo, 2004:200-201)
Políticas estatales económicas y sociales durante el gobierno
de Menem
La política económica del gobierno de Menem, asumió como propio
el programa neoliberal: la economía estaba orientada hacia la
liberación del Estado de las actividades productivas, a la
modernización económica y a la apertura del marcado. Así, se
adoptaron una serie de líneas de acción que contaban con fuerte
respaldo en sectores empresariales y financieros, en organismos
de crédito internacional y de los gobiernos de los principales
países desarrollados.
Entre las principales reformas estructurales encontramos: la
venta de empresas públicas, la desregulación económica, la
apertura económica externa (que complementó la política de
privatizaciones), la convertibilidad monetaria, la fijación del
tipo de cambio, la profundización del proceso de integración
regional (Mercosur), la modificación de la estructura impositiva
y la descentralización de diversas áreas estatales.
Uno de los puntos que nos interesa particularmente destacar de
la gestión de Menem, fue la flexibilización laboral. Consistió
en conjunto de medidas y modificaciones legislativas, que tenía
como objetivo explícito el modernizar las relaciones laborales,
facilitando a las empresas el manejo del personal, tanto en
relación a las tareas a desempeñar al interior de la firma, como
a la incorporación o despido del mismo.
Así, a partir de 1995 el desempleo y el subempleo adquirieron
dimensiones alarmantes subiendo la tasa de desempleo al 15.2%,
como fruto en gran medida del proceso privatizador que supuso la
pérdida de miles de puestos de trabajo. También surgieron nuevas
actividades económicas producto de formas de consumo más
modernas y del cambio tecnológico proveniente de la economía
global. La creación de puestos de trabajo en estas actividades,
fundamentalmente de servicios, tuvo matices muy diferenciados.
Resultó ser minoritario el tipo de trabajo calificado y bien
remunerado; en tanto el grueso del nuevo empleo consistió en
tareas descalificadas, bajo la forma de contratos eventuales, y
con baja remuneración.
Luego, producto de las modificaciones legislativas y el
debilitamiento de la actividad sindical, se produjo un serio
deterioro en las condiciones de trabajo y de contratación; y las
sucesivas crisis económicas dieron marco para la reducción de
los salarios en la administración pública y en el sector
privado.
La presencia de una gran masa de desocupados, y la inexistencia
de redes de contención provistas por el Estado, incrementaron la
amenaza potencial del desempleo, contribuyendo a fortalecer el
poder renegociador de las empresas frente a los trabajadores.
Esta disparidad, reforzada por el desentendimiento estatal, e
incluso sindical, por parte de los asalariados, se reflejó tanto
en el nivel de remuneraciones, como en el de las condiciones de
trabajo, estabilidad y seguridad laborales.
No podemos dejar de mencionar que estos cambios, que fueron
producto de luchas de distintos actores sociales, no tuvieron
las consecuencias aquí descriptas de forma inmediata, sino que
se presentaron años más tarde. En un principio, para “el hombre
de la calle” fue un alivio el fin de la inflación; la
estabilidad de precios tranquilizó a la sociedad en su conjunto,
particularmente los sectores medios fueron favorecidos por el
inmediato retorno del crédito para el consumo y la estabilidad
de los ahorros.
Aumento de las desigualdades y
advenimiento
de los “nuevos pobres” en la Argentina
El proceso de caída de los ingresos en la argentina también fue
acompañado por una redefinición de la prestación de servicios
básicos a cargo del Estado, y por el desarrollo de la ideología
neoliberal dirigida a legitimar el abandono que el Estado
realizaba del cumplimiento de algunas funciones que había
asumido históricamente. De esta manera, las familias que se
empobrecieron lo hicieron tanto en términos materiales como en
términos sociales y hasta éticos, en la medida en que una
ideología que intentaba ser hegemónica, fue introduciendo un
estilo de pensamiento propio del darwinismo social de
supervivencia de los más aptos mediante las vías del mercado.
(Feijoo, 2003 en Minujin-Anguita, 2004:35) La tendencia en la
Argentina es de un fuerte aumento del número de hogares por
ingresos y una estabilización relativa de la proporción de
pobres estructurales y el aumento de las desigualdades. Los
indicadores de distribución del ingreso per capita muestran como
las dificultades del mercado de trabajo (desempleo, subempleo,
empleo de baja remuneración) se reflejan en una tendencia
regresiva en los ingresos de la población.
En general los análisis sobre los cambios en la distribución del
ingreso se concentran en observar la brecha entre pobres y
ricos, tomando como tales el 20% de mayores ingresos o quintil
más rico y el 20% con menores ingresos o quintil más pobre. Esto
es adecuado en muchos países, pero no lo es en el caso de la
Argentina, ya que durante los últimos veinte años los sectores
medios también han sido duramente golpeados por la crisis que
significó una caída de sus ingresos. Así, en la Argentina salvo
el quintil superior, el resto no sólo disminuye su participación
en la distribución del ingreso, sino que las perdidas no fueron
equitativas: la reducción para los mas pobres fue, en términos
relativos, de más del 70%, la el segundo quintil fue de mas del
50%, el tercer quintil mas del 30% y alrededor del 10% el
cuarto.
La “nueva cuestión social” en la Argentina
El núcleo de la cuestión social en la Argentina se centra en la
pobreza y también en la “nueva pobreza”, sabiendo que estos no
son fenómenos transitorios, sino que conducen a divisiones
posiblemente irreversibles entre insertados y excluidos y a
crecientes dificultades para la integración social.
Decimos que se abre una “brecha de vulnerabilidad” en la
población, que se refleja en la creciente desigualdad de la
distribución del ingreso asociada a los problemas de empleo y la
degradación de los indicadores de pobreza que mencionamos más
arriba. Entonces, se abre la necesidad de dar cuenta no solo de
las situaciones de pobreza, sino del proceso que, empieza a
acelerarse una vez que empiezan a sentir las consecuencias del
modelo neoliberal en la Argentina, es decir, el empobrecimiento
de los sectores medios. Surge la diferencia entre la pobreza o
pobreza estructural, que da cuenta de los sectores
históricamente desfavorecidos y los “nuevos pobres”, o sea los
sectores medios empobrecidos o en plena caída.
Si tenemos en cuenta que los nuevos pobres en 1980 son el 3.1%,
mientras que en 2002 ascienden al 35.8 %, podemos concluir que
el aumento de la pobreza se debe a la caída de los sectores
medios ya que los “nuevos pobres” se quintiplicaron de 1980 al
2002. Dicho proceso de empobrecimiento arrastró a amplios
sectores de la sociedad, aumentando el riesgo de caer en la
pobreza y está ligado al hecho de que el aumento los nuevos
pobres implicó la heterogenización de la pobreza. Así, hay una
gran diferencia entre los pobres estructurales y los nuevos
pobres, tanto en sus características como en sus trayectorias y
adaptación a la nueva condición. Los pobres estructurales en la
Argentina son quienes tienen una historia ligada a la carencia
de las necesidades y capacidades de funcionamiento consideradas
como básicas para todas las personas y para quienes es más
difícil salir de dicha situación.
Particularmente, y a diferencia de la situación de los pobres
estructurales, la pobreza en la cual se ve sumergida gran parte
de la clase media se trata también de la pérdida de status
social, de las condiciones de integración y riesgo social que
conducen a situaciones de excusión en algunas o diversas esferas
de la vida ciudadana.
En este punto es donde queremos introducir el plano simbólico de
la clase media en tanto, se genera un quiebre de lazos
culturales y sociales, y se diluye el sentido de pertenencia a
un colectivo que funcionaba como marco de integración social
mayoritaria. El imaginario de pertenencia a dicha clase
simbolizaba la posibilidad de ascenso social, la garantía de que
el trabajo y su compensación mantenían un vínculo, la posesión
de ciertos derechos, la garantía ciertos atributos educativos y
culturales, los distinguía tanto de las clases dominantes como
de los ubicados en lo más bajo de la estructura social. La clase
media argentina constituyó durante mucho tiempo el punto de
referencia y de cohesión de la sociedad, bien diferenciado de
los pobres estructurales o de larga data.
Los cambios en el mundo
del trabajo y sus impactos
Este proceso de empobrecimiento se ve complejizado y en estrecha
relación con los cambios estructurales y sus consecuencias en el
mundo del trabajo. Una de las características más notables de la
reestructuración económica es que la elevación de los umbrales
de calificación para participar en el mercado formal se produce
al ritmo crecientemente acelerado de las innovaciones
tecnológicas, y de los requerimientos de la productividad y
competitividad a nivel mundial.
Paralelamente, se dan los procesos de desindustrialización y
achicamiento del Estado con una consecuente reducción en la
proporción de puestos de trabajo estable y protegido, así como
un aumento de los servicios, particularmente de los personales y
de consumo. Como los servicios presentan una distribución del
ingreso y de las calificaciones mas polarizada que la industria,
la transferencia masiva de mano de obra de un sector a otro se
vincula a un crecimiento de la desigualdad en los ingresos y en
las condiciones de trabajo. (Katzman, 2001)
Por otra parte, este proceso de producción más fragmentado y
complejo, afecta la conformación organizacional y de los
sistemas de remuneraciones, situación que incide en el
cuestionamiento de la tradicional solidaridad de los
trabajadores, ya que las tareas y los intereses se vuelven cada
vez más heterogéneos y difíciles de conciliar, condicionando el
lugar de los trabajadores cada vez más segmentados como
colectivo.
Como ya mencionamos, las tasas de desempleo crecen de manera
alarmante en la argentina avanzada la década del 90. Pero este
fenómeno no lo podemos reducir solo a los indicadores que lo
reflejan, sino que debemos ver las repercusiones que tienen en
el mundo laboral y como consecuencia, en las subjetividades de
los trabajadores.
Por un lado, nos encontramos con una situación en la cual la
carencia de fuentes de trabajo y de posibilidades de
participación en el proceso productivo se extiende a más
sectores de la población. Entonces, el desempleo se convierte en
una amenaza y esto tiene efectos disgregadores a nivel social. A
nivel subjetivo y personal, una situación de escasez de empleo
disciplina al trabajador; lo vuelve temeroso, dócil,
conservador, proclive a aceptar las condiciones que se le
imponen a nivel de tareas y a nivel de remuneración. El empleo
va cambiando, de ser un derecho a convertirse en un privilegio.
Y el trabajador empleado, a convertirse en un ser agradecido por
la suerte que le toca, situación en la que defiende lo que tiene
a costa de la solidaridad, entonces las reivindicaciones
históricas se pierden y los sindicatos pierden fuerza.
En cuanto a los empleos en particular, no todo tipo de trabajo
empeora su situación como fruto de las disparidades. Hay
sectores de trabajadores que mejoran su situación en la medida
en que están asociados estrechamente con el éxito del capital:
todo el espectro de gerencias altas y medias se encuentran en
esta posición de mejora.
Otro aspecto a destacar es la estrecha relación entre el mundo
laboral y la educación. La creciente centralidad del
conocimiento como instrumento para el avance de las naciones
reafirma el papel que se asignó a la educación como vía
principal de movilidad y ámbito para la integración social de
las nuevas generaciones.
Particularmente la clase media históricamente es caracterizada
por su cultura, por su educación, con niveles medios y
medios-altos de instrucción y formación, y formaron parte de un
grupo profesional independiente o semi-independiente de clase
media. El deterioro de la educación ha tenido serias
consecuencias en la estructura social de las últimas décadas,
frenando el proceso de nivelación e integración social del que
eran participes y beneficiarias especialmente las clases medias.
Desde la perspectiva de Katzman, se está viviendo un proceso de
estratificación de los circuitos educativos. El sistema
educativo se ve limitado para contribuir a la integración
social, a combatir la desigualdad y la pobreza ya que la
institución educativa se encuentra segmentada. Esta es una de
las pocas instituciones que brindan a personas de distinto
origen social, la oportunidad de interactuar por tiempo
prolongado sobre bases distintas el contrato de trabajo o al
intercambio comercial de bienes y servicios.
En este sentido, si cada sector social acude a una escuela en
donde interactúa solo con personas de su mismo sector, es claro
que el sistema educativo poco puede hacer para promover la
integración y evitar la marginalidad, pese a sus esfuerzos por
mejorar las oportunidades educativas de los que tienen menos
recursos. Entonces, no son necesarias condiciones de igualdad
para poder acceder a la educación, sino también que dentro de
esta institución, interactúan diferentes estratos sociales.
Las identidades
La desestructuración en el mundo del trabajo ha traído consigo
cambios en las identidades laborales individuales y sociales.
Ahora bien, tomando como referencia el trabajo de Longo citado
anteriormente, queremos ver como los actores que analizamos en
el presente trabajo, es decir, la clase media, los nuevos pobres
y los pobres estructurales, son afectados por este proceso de
cambio en el mundo del trabajo.
La centralidad del trabajo en la década del 90, ya no se
construye como una activa participación del trabajador en un
colectivo organizado, o ni siquiera en por el establecimiento de
vínculos estrechos y duraderos dentro de un espacio específico
de actividad. Y aquí es donde residen los cambios objetivos en
esta esfera social.
Lo que caracteriza la esfera laboral en este momento histórico
es una rotación, una movilidad y una profunda ausencia de
relaciones y de compromiso dentro del trabajo, que agrava la
falta de vínculos. En cuanto al tiempo de trabajo, la duración
extensa de la jornada laboral afecta sus relaciones familiares
por un lado y las posibilidades de participación en
organizaciones sociales o participación política.
Por otro lado, los vínculos dentro del trabajo pierden
significatividad, lo que implica el deterioro del espacio
tradicional de identificación y reconocimiento para los sujetos.
En este sentido, el trabajo en condiciones de instabilidad,
precariedad y alienación pierde importancia en su función
integradora, en la construcción de vínculos y en la generación
de un “nosotros” que fortalezca su identidad a partir de su
inclusión en un determinado estatuto. Las relaciones laborales
no les permiten crear un espacio de solidaridad desde donde
proyectarse y por otra parte, se pierde el sentido colectivo de
la acción.
Pero este proceso no significa la desaparición del nosotros en
la construcción de la identidad, sino su transformación. Esto es
así porque los individuos ya no pertenecen sólo a un grupo o a
una comunidad, siendo un rasgo de la sociedad contemporánea, la
multiplicación de pertenencias. A diferencia de la sociedad
tradicional, el hecho de que el individuo viva en un lugar
determinado y tenga un cierto trabajo ya no define de manera
univoca su identidad. Las personas participan simultáneamente en
diferentes contextos, grupos y dimensione de la vida social y
cultural y en cada uno de los contextos viven una parte de ellos
mismos, ciertas dimensiones de su personalidad y experiencia.
Las condiciones materiales de vida ya no trazan los horizontes
vitales en cuyo marco cada uno de los sujetos construye su
experiencia, sino que ahora resultan mucho más significativas
las condiciones simbólicas.
El papel del Estado en el proceso de
transformación de la estructura social
La expansión de las clases medias argentinas está relacionado
estrechamente con el desarrollo del Estado que intervino
activamente como productor de bienes y servicios. Por un lado,
mediante el empleo publico, se accedió a empleos permanentes,
con prestaciones y servicios que los llevó a algunos
trabajadores a sentirse parte de la clase media. Por otro lado,
el Estado se ocupo de la educación y su expansión, de la que fue
beneficiaria dicha clase. Finalmente, el proceso de
industrialización de sustitución de importaciones bajo la
protección del Estado, durante un considerable tiempo impulsó el
crecimiento de empresarios nacionales y de pequeñas y medianas
empresas.
Luego, con la profundización del modelo neoliberal y sus
posteriores consecuencias en la caída de los ingresos, se da una
redefinición de la prestación de servicios básicos a cargo del
Estado y el desarrollo de una ideología neoliberal dirigida a
legitimar el abandono que el Estado realizaba del cumplimiento
de algunas de las funciones que había asumido históricamente. El
Estado perdió su capacidad redistributiva y reguladora, lo que
sumado a la caída del ingreso real de amplias capas de la
población produjo un proceso de movilidad social descendente. En
este sentido, podemos decir que se está ante una “crisis del
Estado”, evidenciando especialmente la crisis de las funciones
del Estado encargadas de la salud, de la educación y de la
política social, en el sentido que es expuesta por Sidicaro, y
lo cual impacta fuertemente a las clases medias y a los pobres.
Abocándonos específicamente al sector social menos favorecido,
esto es, a los pobres podemos decir que las disparidades en el
ingreso y en las oportunidades de consecución de un empleo, se
transfieren a disparidades sociales. El hecho de que el Estado
tienda al incumplimiento de las funciones de asistencia social y
prestación de servicios básicos, hace que los más pobres se vean
cada vez más desfavorecidos y se limiten las posibilidades de
integración y ascenso social de los mismos.
Teniendo en cuenta lo descrito anteriormente, podemos decir que
el gobierno de Menem llevó adelante una gran ruptura con la
tradición peronista, lo cual se reflejó en varios aspectos. El
peronismo en la Argentina se presentó como una fuerza política
preocupada por lograr mayor equidad social, y a raíz de sus
relaciones con el sindicalismo se asoció a la mejora de la
situación social y económica de los sectores asalariados y de la
población de menores recursos. El sindicalismo por sus bases
sociales, por su tradición, por los intereses de sus propias
organizaciones, se hallaba asociados al intervensionismo
estatal. La apertura económica con el aumento de los índices de
desocupación, la desregulación económica, la precarización del
empleo, los retrocesos del poder adquisitivo de los salarios,
las privatizaciones de las empresas publicas, y, en general todo
el efecto simbólico que tenían las perdida de conquistas
logradas durante anteriores gestiones peronistas, generaron
creciente malestar social y debilitamiento de los sindicatos. (Sidicaro,
2001)
Pero a pesar de las falencias del modelo que llevó a cabo el
menemismo percibidas a largo plazo, el mismo generó adhesiones y
esperanzas, anunciando la superación de viejos problemas. Un
ejemplo de esto fue la convertibilidad: la estabilidad económica
combinada con la posibilidad de muchos sectores de la población,
especialmente la clase media de acceder a productos y servicios
que no habían podido obtener antes. En el plano “psico-social”,
que un peso sea igual a un dólar, indujo especialmente, en parte
de la clase media, una idea que ya estaba en el imaginario
histórico: la de ser iguales a los países del llamado “primer
mundo”.
La cuestión de la ciudadanía en la Argentina
La ciudadanía como eje básico de articulación de la vida de los
individuos dentro de las naciones, ha venido destruyéndose y
fragmentándose. En la Argentina particularmente, las
desigualdades en el estatus de ciudadanía, provienen de la
renuncia del Estado a desempeñar, sobre la tensión inherente a
nuestras sociedades modernas, un rol de moderador de la
desigualdad social. El abandono de este rol ha significado la
ruptura y la caída del umbral mínimo de condiciones de vida que,
en el caso argentino, el Estado garantizaba a través de la
regulación del mercado y de las relaciones salariales. La
desaparición de esa regulación ha desencadenado un proceso que
compromete la cohesión social y que es difícil revertir.
Como consecuencia de este proceso, la desigualdad de ciudadanía
crece a medida que el Estado deja de mediar. Entonces, a la
desigualdad de ingresos en el mercado de trabajo se le suma la
desigualdad en la protección social y las condiciones de vida
básicas a las que ahora se debe acceder cada vez mas
exclusivamente a través del propio ingreso. (Andrenacci, 2001)
Pero la construcción de la ciudadanía se ve afectada también por
otros factores, como la segmentación en el área laboral, en el
área educativa y en las áreas residenciales, según Katzman. En
este sentido, el trabajo en las sociedades contemporáneas, deja
de operar como vínculo central de pertenencia a la sociedad, se
afecta la adquisición de derechos ciudadanos y se debilitan los
sentimientos de ciudadanía, ya que los individuos no comparten
problemas y destinos con los trabajadores del “mainstream”1
La segmentación en el área educativa, reside en que los
estudiantes pobres especialmente, ven reducidas sus
oportunidades de experimentar la pertenencia a una comunidad con
iguales derechos y obligaciones, con similaridad de problemas y
recompensas en base a méritos, con sus pares de otras clases. Y
por último, la segmentación que se da en las áreas
residenciales, genera un debilitamiento de los sentimientos de
ciudadanía al no compartir problemas vecinales con otras clases.
1
Con este término
Katzman designa: “al sector de la sociedad cuyas aspiraciones de
integración y movilidad social se canalizan a través de vías
institucionales y sus comportamientos y expectativas se ajustan
a las normas y valores predominantes. La palabra “predominante,
suele denotar no solo el poder y el prestigio de este sector y
por ende su capacidad de difusión de normas, valores y modelos
de comportamiento, sino también su peso numérico relativo en el
conjunto de la sociedad”. (Katzman, 2001).
LA
ONDA®
DIGITAL |
|