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Ante firmeza uruguaya: argentinos
vislumbran una salida por las papeleras

Clarín, Página 12, La Nación

Los principales diarios porteños dedicaron buena parte de su espacio de opinión del domingo 22 de enero a reflejar la conflictiva situación argentino-uruguaya, en torno a la instalación de las papeleras en Fray Bentos. Julio Blanck (Clarín), Mario Wainfeld (Página/12) y Fernando Laborda (La Nación) mostraron la realidad política del conflicto desde la versión de la Casa Rosada y dejaron en claro un concepto: Néstor Kirchner se va alejando lentamente de la situación, marcando una preocupante distancia que, hoy por hoy, nadie sabe dónde terminará y en que medida puede afectar al gobierno entrerriano, además de a buena parte de la población del sur de la provincia, ante el sostenido avance de las pasteras. Para muchos ya está claro que el tema de las papeleras ya no es "una causa nacional" como remarcara el Presidente en los últimos tiempos.

Razones y sinrazones de la política
(Por Julio Blanck, de Clarín). El conflicto con Uruguay por las papeleras creció sin obstáculos y recién ahora se intenta una salida política. Mientras, en el juicio a Aníbal Ibarra se juegan posturas más allá de la lógica o solidez de los argumentos.

No hay solución diplomática posible con Uruguay. A esa conclusión llegó Néstor Kirchner después de analizar los pasos que se dieron intentando encauzar el conflicto por las plantas papeleras que se construyen frente a Gualeguaychú. La diplomacia es un auxiliar de la política pero no puede remplazarla, y hasta ahora no hubo voluntad verdadera para limitar la expansión del problema. Por lo tanto, si hay solución, será política. Ese camino empezó a ser explorado en las últimas horas por la Casa Rosada.

Las actitudes de argentinos y uruguayos ante este negocio monumental que venía proyectándose hace años han sido muy distintas. Y derivaron en una despareja relación de fuerzas al momento de estallar el conflicto.

La inversión de 1.700 millones de dólares es la mayor que jamás haya recibido Uruguay. Significa miles de empleos para ese país, una gruesa recaudación de impuestos y la posibilidad de transformar a la industria forestal en un nuevo pilar de las exportaciones, que históricamente reposaron sólo sobre la ganadería. Es cierto que las papeleras de Finlandia y España han sabido convencer a las fuerzas políticas uruguayas de los beneficios de esta operación: todas recibieron aportes para sus campañas electorales. Pero eso sólo no alcanza a explicar la reacción unánime de respaldo al gobierno de Tabaré Vázquez en la pulseada, que incluyó a empresarios y sindicalistas. Hay algo que se llama interés nacional, un concepto ausente por demasiado tiempo del vocabulario argentino.

Los europeos habían proyectado instalar las plantas en Entre Ríos. La crisis y el default argentino influyeron para cambiar esos planes. Y además, es un secreto a voces en medios políticos y empresarios, las exigencias de la provincia para dar vía libre a la inversión estuvieron fuera de todo parámetro. Esa pretensión terminó por expulsar hacia la orilla de enfrente a los finlandeses antes que a los españoles, que suelen ser más flexibles a ese tipo de pedidos. La codicia rompe el saco dice un refrán castellano tan antiguo que hace 400 años Cervantes lo escribió en El Quijote.

Esta sería sólo la historia de otra oportunidad desperdiciada por la Argentina bajo la peregrina idea de que nuestra fortuna será inagotable. Pero además apareció el factor político.

La queja de Gualeguaychú por la eventual contaminación de su aire y sus aguas comenzó a crecer sin que desde el poder supiesen cómo ni dónde pararse. El gobernador Jorge Busti buscó transformar el pecado en virtud: se puso al frente de las protestas, sintiendo que si no lo hacía el reclamo lo arrastraría sin remedio. El presidente Kirchner hizo una elección parecida, intentando gambetear el costo político: envió a Rafael Bielsa, cuando era canciller, a una asamblea en Gualeguaychú para recoger las quejas de los vecinos; su sucesor, Jorge Taiana, acaba de cuestionar un informe técnico del Banco Mundial que rebate los pronósticos apocalípticos sobre contaminación.

El conflicto escaló sin barreras. Se cortaron rutas impidiendo el tráfico fronterizo. Las palabras se hicieron demasiado duras. Y aparecieron los mediáticos y bien financiados militantes de la internacional ecológica, que tienen la capacidad de colocar estos temas en escenarios incómodos para gobiernos y empresas.

Al fin, Kirchner escuchó las voces moderadas de su entorno. Y en su paso reciente por Brasilia coincidió con Lula en que los socios grandes del Mercosur deben hacer más habitable la alianza regional para los socios menores. Entonces decidió abrir una válvula de escape a la presión acumulada con Uruguay. El gobernador Busti ya fue anoticiado del cambio de clima.

Las protestas quizás se acrecienten, como respuesta a la distensión política. Siempre hay una zona impredecible en la evolución de los hechos. Pero cuando la diplomacia haga su trabajo con el apoyo político necesario, en el final del camino puede haber un organismo bilateral, con asistencia técnica internacional, que controle la contaminación y ponga en debido resguardo a los compatriotas de Gualeguaychú. Aún así, algo es inevitable: el negocio quedará del lado uruguayo.

La eterna escalada del conflicto de las papeleras

(Por Mario Wainfeld, de Página/12). Las plantas se siguen construyendo. La bronca crece en ambos países. Las negociaciones se empantanan y Argentina considerará abierta la vía del reclamo ante la Justicia. Sus riesgos y límites. El largo inventario de los reproches mutuos. Las posibles vías de acuerdo, los ripios. La lógica que debería existir y su necesidad, contrarreloj.

El más grave conflicto internacional que afronta Argentina, ese que la encona con el país menos indicado del mundo, transita su peor momento. La Comisión Binacional (CB), grupo de trabajo conjunto, se encamina irremediablemente hacia un fracaso estrepitoso que distrajo meses. La exasperación de las respectivas sociales civiles crece. El debate acerca del Mercosur forma parte del entripado y desnuda que hay allí más deudas que avances. Por si éramos pocos, apareció Greenpeace. ¿Buenas noticias? Ninguna muy específica, salvo suponer que, dado el punto a que escalan las dificultades, casi no queda otra que empezar a bajar. Habrá conversaciones internacionales en la semana que empieza. Entrarán a tallar funcionarios de uno y otro país menos desgastados en estas semanas con demasiada crispación. Pero lo que falta (templanza mutua y una propuesta sensata que contemple intereses contradictorios) sigue en borrador. Hasta que aparezcan y logren un piso de consenso será imposible que Néstor Kirchner y Tabaré Vázquez dialoguen sobre las papeleras que han encrespado las dos orillas del río Uruguay.

El gobierno argentino acumula rezongos contra el uruguayo. “Tabaré no ayuda”, masculla Néstor Kirchner hace rato con creciente asiduidad ante oídos fieles y ese diagnóstico corrobora otras observaciones desde el terreno.

La CB que comenzó hace 6 meses, tuvo el 18 su penúltima reunión y el 30 tendrá la final. Habrá dos informes, uno por país, y las disidencias no terminarán ahí. Argentina se apresta a interpretar que esa instancia es la faz negociadora previa que exigen las reglas legales vigentes para habilitar a una de las partes para llevar una controversia a tribunales internacionales. Uruguay, claro, niega que haya controversia. Consiguientemente le negará a la CB ese rango de mediación previa y (casi seguro) propondrá que se prorrogue su funcionamiento. Algo que (más que seguro) los argentinos rehusarán.

Figuras prominentes de Cancillería y de la Casa Rosada leen que Uruguay incumplió una promesa implícita que (a su ver) suponía la creación de ese ámbito de discusión. “Los problemas políticos se resuelven con política, no en un grupo predominantemente técnico. Si se abre esa puerta, es porque hay una intención de modificar las cosas. Pero los uruguayos nos dieron el dulce y después se dedicaron a ganar tiempo”, rezongan, aquende el Plata.

Como fuera, se clausurará una instancia y los argentinos podrán declararse en posibilidad de acudir a estrados internacionales. Lo que no quiere decir que sea deseable ni aun factible que lo hagan.

Argentina jamás acudió a los tribunales internacionales por una querella con otro estado y sería por demás infausto, amén de chocante con el espíritu de los tiempos, que debutara alegando una controversia contra Uruguay. Este sensato planteo es asumido por los negociadores que suelen ser parcos cuando se les pregunta qué chances tendría un reclamo así. Su laconismo tiene una razón y es que las virtualidades de que prosperara serían pocas, sin contar que una sentencia llegaría después de años. “Daño sensible” debería acreditar el demandante y es de suponer que un tribunal trasnacional no tendría una propensión muy grande a plantear un precedente que limitaría el despliegue del capitalismo global. La perspectiva de obtener algo equivalente a lo que sería un amparo o una medida de no innovar en el derecho local, son aún más restringidas. En tal caso, habría que probar “daño inminente contra la vida”, un extremo muy excepcional que, más allá de la retórica ambientalista, es difícil que se tenga por probado en un estrado internacional.

En suma, la vía litigiosa es indeseable por el lado que se la mire, tanto desde el deber ser, como desde el más craso pragmatismo. El arbitraje, sometiendo el tema a una autoridad valorada por las dos partes, es un camino intermedio más moderado, que no supera de todas formas al maltrecho diálogo bilateral. Que, de momento, no resulta.

Los argentinos endilgan a los uruguayos una recurrente política de hechos consumados. Las obras se comenzaron sin consultar, fustigan, y esgrimen uno de sus argumentos legales más sólidos. Contra lo que dicen los orientales, las papeleras no podían implantarse sin negociaciones previas. Dado que el río Uruguay es, en jerga del estatuto legal aplicable, un “recurso internacional compartido” la consulta y el consenso eran (son) ineludibles. “Nunca nos escucharon, siempre nos durmieron. Les auguramos que la protesta en Entre Ríos crecería, pensaron que eran fuegos artificiales de la campaña electoral. Ahora siguen dándole largas sin prodigar un gesto, una suspensión de las obras”, reseñan a metros del despacho de Kirchner.

A su turno, los uruguayos se enfadan por el cariz de las movilizaciones de los argentinos. La táctica del piquete los enardece. Durante bastante tiempo funcionarios nacionales argentinos les explicaron que ese modo de protesta está muy expandido y tolerado por acá, lo que es cierto. Entre tanto, comedidos entrerrianos procuraban que los cortes no afectaran sino rutas y territorios argentinos sin hollar terreno internacional. En la ruta sí, en el puente no. La movilización así encarrilada era funcional a la actitud del gobierno argentino.

Pero estos días, la radicalización del conflicto va colocando a Argentina en una situación delicada. Una cosa es que argentinos les corten el paso a otros argentinos (algo que, ya se dijo, aquí es rutina) y muy otra es que se limite el transporte internacional. Las reglas del Mercosur prohíben acciones de esa naturaleza, que están sucediendo. En las semanas recientes se ha limitado el derecho de paso de camiones que iban desde Chile a Uruguay, lo que podría detonar un reclamo pertinente del gobierno de Vázquez.

Una anécdota sucedida hace unos días puede ser un hito. De madrugada, tras levantarse un corte, un manifestante no identificado arrojó una bomba molotov contra un camión que hacía transporte internacional hacia Uruguay. El vehículo pertenece a una empresa llamada Hoffman, y quedó averiado. Afortunadamente, el conductor no sufrió lesiones. De cualquier forma, fue un episodio violento, aunque aislado. La cobertura mediática fue significativamente distinta en los dos países. En Uruguay tuvo enorme despliegue y acrecentó la sensible bronca que cunde contra los argentinos. Por acá, el tema pasó desapercibido en los medios nacionales. Fuentes cercanas al gobierno uruguayo sugieren que habrá un reclamo en regla.

Seguramente las agrupaciones ambientalistas deberán revisar los modos de protesta para no incurrir en una violación de derecho internacional quedebilite su postura. Y el Gobierno deberá tomar cartas en el asunto si así no sucede. Lo que podría ocurrir es que los cortes se limiten a los ciudadanos argentinos o, aun, a los movimientos de las empresas papeleras. Un sesgo que posiblemente se explore más en las próximas horas. Ya es llamativa la pasividad de los empresarios o directivos finlandeses y españoles.

La aparición de militantes de Greenpeace seguramente arrugó más ceños en Uruguay que en Argentina, sobre todo en su primera acción desplegada en las plantas papeleras. Que el entredicho sume nuevos actores y se internacionalice no le viene mal a la Cancillería pues comprueba que no se trata de un capricho localista ni de matonaje del país más grande. Pero cuando los activistas de la mediática ONG ambientalista encadenaron camiones actuando en suelo argentino, por acá también se registró que la escalada puede llevar demasiado lejos.

Con todo, el gobierno argentino observa con mal humor la falta de presencia de las empresas. Es más que verosímil que futuras movidas busquen romper ese silencio y esa pasividad para involucrarlas en una solución compartida. Los diplomáticos, que como cualquier nativo de este país, conocen cuán escasos son los pruritos de los empresarios españoles cuando recalan en estas pampas, creen que será más sencillo comprometer a la empresa finlandesa.

Por lo pronto, el vicegobernador de Entre Ríos, Gustavo “Pemo” Guastavino, ha deducido una denuncia contra directivos de las dos empresas, acusándolos a título personal, con nombre y apellido. El hecho parece haber movilizado a los susodichos denunciados que estarían buscando abogados para su defensa.

Dicho sea de paso, es inestable la relación entre el gobierno nacional y el de Jorge Busti. Kir- chner dialoga con él con frecuencia, y no se privó de hacerlo la semana pasada, pero en la Rosada advierten que el gobernador está pasado de rosca, con una tendencia preocupante a sobreactuar su rol. “El chino Busti se puso a la cabeza para que la movilización no llevara su cabeza”, parafrasean a Perón en Balcarce 50. Otro interlocutor del gobernador elige una metáfora propia: “Busti se montó sobre el tigre y le dio cuerda”.

Como fuera, la demanda a los directivos de las empresas no le resulta chocante al Gobierno que ansía que no sean sólo parte del problema sino que se involucren en su resolución.

El tiempo y la creciente crispación ciudadana en ambos países agregan complejidad a las negociaciones. Como en un video game, las dificultades crecen a medida que se pasa de pantalla. El gobierno argentino, manteniendo los recelos respecto de sus colegas, lo sabe. También entiende que el margen es estrecho pues debe encontrar una salida que no debilite al gobierno uruguayo frente a su pueblo y que preserve los legítimos intereses de los entrerrianos.

Dos ejes tiene la discusión, si se la quiere estilizar. El primero es la contaminación del agua sobre la que poco se avanza porque las empresas rehúsan dar precisiones acerca del tratamiento que darán a los desechos. El segundo es el olor, que podría ser muy perjudicial para una localidad turística como Gualeguaychú. A primera vista, parecería menos serio pero quizá no lo sea. Los desechos pueden tener tratamientos muy razonables pero el hedor es más difícil de evitar. Para colmo, los tratados internacionales bastante minuciosos respecto de otras formas de contaminación casi no regulan las emanaciones. La mejor solución, en la lectura argentina, es la relocalización de las plantas, río abajo. Si estas quedaran más alejadas de Gualeguaychú, en un sitio no enfrentado a ciudades argentinas, donde el río Uruguay es más ancho (a la altura de Fray Bentos es su tramo más estrecho), todo sería mejor. La oferta, que se zarandeó más a través de los medios que en charlas oficiales, implicaría un costo adicional de alrededor de 40 millones de dólares, que acaso Argentina ayudaría a erogar. Pero tamaño cambio es cada vez más difícil, por las malas ondas y las chimeneas que crecen día a día.

La base de otra salida sería un pacto muy riguroso respecto del tratamiento de los desechos, sujeto a control binacional permanente y con compromiso de discontinuar la producción cuando se vulneren marcas razonables de contaminación o emanaciones.

Ambos criterios están muy lejos de la libido de los uruguayos y de los entrerrianos. Lo que les da encanto es que son lo posible, lo que con mucho trabajo y diálogo previo, no implicaría una derrota de nadie.

Kirchner, entre la furia charrúa y el calor de la samba

(Por Fernando Laborda, de La Nación). El presidente Néstor Kirchner advirtió en los últimos días que el conflicto con Uruguay por la instalación de las plantas papeleras en nuestra vecina orilla era bastante más serio de lo que supuso en un primer momento. Por esa razón, abogó por bajar los decibeles de la discusión, incluso ante el gobernador entrerriano, Jorge Busti; calificó el problema como "una cuestión ambiental" y apoyó públicamente en Brasilia una eventual decisión uruguaya de celebrar un tratado de libre comercio con los Estados Unidos, aunque esto contraríe los protocolos del Mercosur.

Pese a que Kirchner intentó reducir el conflicto a una cuestión ambiental, puertas adentro de la Casa Rosada se admite que el problema planteado va más allá de las protestas de entidades defensoras del medio ambiente. "Es un conflicto de naturaleza claramente comercial", reconoció un alto funcionario gubernamental. Estaba aludiendo al hecho de que Gualeguaychú -centro de las protestas contra la decisión uruguaya- es una ciudad eminentemente turística, que podría ver mermada dramáticamente la concurrencia de visitantes ante la sola posibilidad de una contaminación de las aguas del río Uruguay.

Los voceros de Balcarce 50 justifican por ese motivo la furia de los habitantes de la ciudad entrerriana, como también que el gobernador de la provincia se haya puesto en su momento al frente de sus demandas. "Busti se dio cuenta de que era mejor que el pueblo se manifestara con los dirigentes a la cabeza, antes que con la cabeza de sus dirigentes", interpretan. También así explican la llamativa pasividad que tuvieron hasta ahora las autoridades entrerrianas y de la Casa Rosada frente a los tan reiterados como ilegales cortes de puentes que unen a la provincia con el país hermano.

Esta actitud pasiva frente a los piquetes fue duramente cuestionada por representantes del gobierno uruguayo e incluso generó demandas judiciales por parte de particulares afectados. Unos y otros dieron cuenta del incumplimiento de los deberes de funcionario público por parte del Presidente y del gobernador de Entre Ríos, por haber declinado el ejercicio del poder de policía y el uso de la fuerza pública para defender el derecho constitucional a entrar, transitar y salir del territorio argentino, al igual que el Tratado de Asunción, que dio origen al Mercosur y garantiza la libre circulación de personas y bienes. Hasta el gobernador de Salta, Juan Carlos Romero, dijo que "los gobiernos no pueden actuar como piqueteros".

Desde la margen oriental del río Uruguay, se insiste en la importancia que en términos de inversiones y generación de fuentes de trabajo tiene la instalación de las fábricas de pasta celulósica. También se señala que Finlandia, de donde proceden los capitales para las papeleras, es el país número uno del mundo en cuidado del medio ambiente.

El ex gobernador misionero Ricardo Barrios Arrechea recordó que su provincia tiene tres fábricas celulósico-papeleras, incluso una muy próxima a Iguazú, donde concurrió el año último un millón de turistas, y que nunca hubo denuncias de envenenamiento de la población debido a contaminación generada por tales industrias. En Misiones, la producción de las industrias forestales supera el 50 por ciento del producto bruto provincial y genera la mayoría de los empleos.

Admitiendo que algún grado de contaminación sea probable, se plantea un debate entre los defensores de la ecología natural y quienes defienden una supuesta ecología humana, dada por la necesidad de crear empleos aun a costa de cierto daño a la naturaleza. Para quienes sostienen esta última tesitura, el gran enemigo del medio ambiente es la pobreza.

Frente a esta situación, el gobierno nacional quedó atrapado entre la furia charrúa, que reivindica la ecología humana con un fuerte sesgo nacionalista, y la furia de quienes, del otro lado del río, ven peligrar el futuro de Gualeguaychú como polo turístico.

¿Cuál es la salida que se evalúa en la Casa Rosada? Primero, racionalizar el debate y despojarlo de cualquier connotación ultranacionalista. En segundo lugar, asumir que Uruguay no puede prescindir de esa inversión, pero que se puede negociar en otra dirección. La solución propuesta pasa por la relocalización de las plantas en un lugar donde la distancia entre una costa y otra sea mayor y donde haya más corrientes de agua, de manera que no se afecte el desarrollo regional de Gualeguaychú.

Entretanto, y en virtud de las reducidas probabilidades que en el gobierno nacional se le asignaría al logro de una solución de esa clase, Kirchner le sugirió con firmeza al gobernador Busti que buscara aquietar las aguas y que dejara de apoyar los cortes de rutas, cosa que éste cumplió ayer.

Resulta claro que el Presidente no está dispuesto a pagar costos políticos por el agravamiento de un conflicto con un país tan caro a los sentimientos de los argentinos, que además es gobernado por una fuerza política que le resulta afín. La amenaza de las entidades ambientalistas y de las fuerzas vivas de Gualeguaychú de redoblar las medidas de fuerza coloca frente a un nuevo desafío a las autoridades, aunque es probable que el gobierno nacional intente trasladarle el costo político a Busti.

El sinsabor que le causaron al Presidente las controversias con Uruguay contrastó con el caluroso recibimiento que le brindó Lula en Brasilia. 

Temen quedar como marxistas retrógrados
El mandatario entrerriano admitió que los cortes en los accesos vehiculares a Uruguyay tuvieron
"un efecto negativo, que exacerbaron el nacionalismo, y le permitió a Uruguay llevar a ese terreno la discusión técnica. Pero era inevitable".
Consideró que si bien "no " se puede detener la instalción de las papeleras, se podría acordar para que funcionen "sin tal impacto ambiental".
"Los dos países deberían conformar una comisión para establecer las normas de producción para las dos papeleras y para las tres que hay en Argentina: dos en Misiones y una en Santa Fe", puntualizó.
Busti consideró que en Uruguay "hay una posicion muy cerrada" y destacó que si bien el acuerdo para instalar las fábricas "ya estaba cerrado" antes de la asunción del gobierno de Tabaré Vázquez, "tienen un complejo por ser el primer gobierno de izquierda, y temen quedar como marxistas retrógrados".

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