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Argentina:
del verbo imponer
por Claudio Fantini
El
diario cordobés La Voz del interior el día 20 de enero publicó
un análisis del periodista argentino Claudio
Fantini, sobre distintos comportamientos actuales de la sociedad
de ese país y lo vincula con el conflicto con Uruguay.
“Quizá esas muchedumbres cortando
puentes guarden algún parentesco con la plaza colmada de
Galtieri. Al menos en cuanto a la ceguera con que solemos actuar
los argentinos para con los demás pueblos, sin detenernos un
instante a pensar si no incurrimos en la desmesura.
Tanto el Gobierno nacional como el entrerriano avalan y hasta
fogonean la pueblada; mientras el grueso de los periodistas
agitan una tribuna eufórica, vociferando denuncias que presentan
la iniciativa uruguaya como una brutal y aberrante agresión
contra el río del cual también ellos viven. Como si fuera la
gota que colmó el vaso por tratarse de un país que nos tiene
acostumbrados a la prepotencia, a la incorrección y a la
irresponsabilidad ecológica.
Si algo de Uruguay ha sido dañino para los países del área, eso
es su política bancaria, verdadero agujero negro por el que
siempre se pierden los capitales en fuga, y que justificaría un
profundo debate en la región. Pero el debate no pasa por ahí,
sino por uno de los aspectos del proyecto de industrialización
que Montevideo ha establecido como política de Estado y que el
actual gobierno centroizquierdista está implementando. Por esa
razón, Argentina está tratando a su vecino como si fuera un país
forajido y predador.
¿Se puede sostener, sensatamente, semejante acusación contra los
uruguayos? ¿Acaso no se trata de uno de los pueblos con mayor
cultura cívica de la región? ¿Hemos vivido los argentinos a
merced de sus caprichos e imposiciones?
Hasta resulta curioso el estupor con que en Buenos Aires se
habla de la supuesta irresponsabilidad ambiental de los
orientales. ¿Pueden escandalizarse en la ciudad que surcan las
infectas aguas del Riachuelo?
Muchas preguntas más debiéramos formularnos de este lado de los
ríos, antes de seguir aplaudiendo lo que, en definitiva, es una
forma patoteril de bloqueo a una nación hermana.
Por cierto, las industrias papeleras pueden ser contaminantes,
pero si lo fueran en todos los casos nadie podría escribir una
carta o llenar un cuaderno o hacer diariamente tantas
actividades de las que insumen papel, sin sentirse cómplice de
una agresión a la naturaleza y a nuestra propia calidad de vida.
Es curioso que la sociedad que no se escandalizó cuando su
gobierno intervino en el escenario electoral vecino a favor del
partido que, finalmente, resultó ganador, ahora no se detenga un
segundo a pensar si es lógico tratar al gobierno que formó ese
partido como si fuera una camarilla de aventureros realizando
negocios peligrosos. Y la verdad es que Tabaré Vázquez, un
médico oncólogo reconocido internacionalmente por su capacidad
científica, y un luchador político respetado por su seriedad y
su calidad humana, difícilmente pueda ser catalogado de ese
modo.
También es difícil acusar a los finlandeses de diseminar por el
mundo industrias sucias o manejadas sin responsabilidad
ambiental; mientras que el Banco Mundial no se caracteriza por
aprobar financiación de iniciativas ecológicamente criminales.
Fuerzas de choque
El gobierno del Frente Amplio reclamó al presidente argentino,
Néstor Kirchner, que pusiera fin al bloqueo de los puentes que
está causando “daños irreparables a la economía uruguaya”. La
respuesta de Buenos Aires fue lacónica: “No vamos a reprimir a
los manifestantes”.
Obviamente, no es la represión el único instrumento para
mantener el orden. Bien lo sabe el Gobierno nacional, que
movilizando fuerzas policiales, evitó varios cortes al puente
Pueyrredón y, en reiteradas oportunidades, mediante la
persuasión policial, disolvió manifestaciones que intentaban
hacer colapsar el tránsito en la Capital Federal.
Un gobierno no puede responderle al de otro país que no hay nada
que pueda hacer para evitar agresiones. O bien implica renunciar
a ese atributo indispensable del Estado que los ingleses
describen con la palabra enforcement (la voluntad y capacidad
gubernamental de hacer cumplir las leyes), o bien implica usar a
las turbas como fuerzas de choque, esta vez para agredir a otra
nación.
Cabe una reflexión antes de la acción, al menos para enterarnos
que las provincias de Corrientes y Misiones también tienen
proyectos de inversión en la industria papelera. Para eso han
estado forestando vastas extensiones de sus territorios y hasta
les hubiera gustado que las empresas de España y Finlandia que
se están radicando en Uruguay lo hubieran hecho en sus propias
costas.
Sin embargo, allí están los argentinísimos piquetes
estrangulando puentes para imponer nuestra visión de las cosas.
Casi como un nuevo folklore, de uso interno y ahora de
exportación. Al fin y al cabo, la prepotencia y la imposición
por la fuerza se están convirtiendo en un rasgo nacional. Hasta
un grupo de jugadores de River lo usó para imponer su propio
proyecto futbolístico (o quizá su propio negocio futbolístico),
derrocando a un director técnico; mientras que el Gobierno
nacional lo utiliza para todo (más acá y más allá de las
fronteras).
Ya es un modo, una característica más, y lo explicó con claridad
meridiana la periodista Rosa Bertino en este diario, al señalar
en un análisis sobre los compatriotas que veranean afuera que
“el apuro, la prepotencia, los gritos y la bronca social son
argentinos”. Habla también de nuestra convicción de que chilenos
y uruguayos “son tanto o más pobres que nosotros”, sin pensar
que en esos países “a nadie se le ocurre mandar los chicos a la
calle para que pidan plata; no tienen que cementar las canillas
para que no las roben ni andan atropellando peatones, y te dan
boleta hasta por los dos mangos del alquiler de la bicicleta”.
Un momento de sensata reflexión tal vez nos muestre que estamos
apretando a los uruguayos con toda nuestra furibunda
prepotencia; esa moneda corriente entre nosotros. Y es posible
que la verdadera razón de tanta ira social, periodística y
gubernamental, esté en que Uruguay no se arrodilló ante nuestras
demandas y presiones, manteniendo firmes sus proyectos a pesar
de los dictados argentinos.
Quizá porque nos acostumbramos demasiado a culpar de todos
nuestros males a los demás, porque nos enamoramos de la
prepotencia, y porque volvemos a confiar ciegamente en que el
mundo terminará aceptando nuestra propia verdad, como en aquella
plaza que llenó Galtieri”.
LA
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