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Bachelet, mujer y presidente
por Carlos Zapiola
Era esperado por todos
los analistas serios, puesto que Alianza por Chile para nadie tenía
posibilidades de vencer a esta mujer de 54 años, que tuvo que aprender a
sufrir, perdió a su padre en las cárceles de Pinochet, junto a su madre
fue torturada y terminó en un exilio primero australiano, luego alemán,
en el que sintió en carne propia que no alcanza con ser hijo de General
en algunas circunstancias para tener una vida fácil.
De cualquier forma, habiendo estudiado en la enseñanza pública desde
primaria hasta recibirse de Médico Pediatra en la Universidad de Chile,
el destino quiso que el día que tuvo que votarse a sí misma para
elegirse Presidente, el circuito estuviera ubicado en el exclusivo
colegio católico “Verbo Divino”, donde Sebastián Píñera hizo sus
estudios primarios y secundarios.
Esa mujer que se molestó cuando le preguntaron si volvería a casarse de
nuevo en la conferencia de prensa realizada al día siguiente de la
elección, contestando con algún rictus de seriedad, que el periodista
pensara si esa pregunta se la hubiera hecho a un hombre en su condición:
madre de tres hijos, divorciada aún en el exilio y luego con compañero
que también dejó en el camino padre de su tercer vástago.
Que a mucha gente le cueste entender como una mujer puede llegar a
ocupar la primer magistratura, ser la “Primera Mandataria”, como remarcó
en su discurso de aceptación de la victoria electoral, habla de
concepciones arcaicas, que deberían estar pasadas de moda, y que el día
en el que en Chile –también en Argentina-, se vote en circuitos únicos
hombres y mujeres, tal como se hace en Uruguay, podrá decirse que se
están empezando a abandonar.
Si en la sociedad se cuestiona si debe llamársele Presidente o
Presidenta, solo sirve para demorar más el cambio de mentalidad.
Socialista, con línea en 1973 más alejada de Carlos Altamirano, y hoy
ubicada si así se puede encorsetar a alguien, un poco más a la izquierda
de Ricardo Lagos (PPD) y sin dudas, mucho más que el PDC.
Cuando recordó a su padre, el general de la aviación Alberto Bachelet,
en su discurso del 15 de enero frente a su Cuartel General de campaña en
plena Alameda –esa que se abrió hace ya largos quince años aunque su
compañero de Partido y también Presidente, Salvador Allende no estuviera
para verlo- dijo que "siento de una manera inexplicable que estoy cerca
de él".
Quizás nunca se haya puesto a pensar que significa eso para ella misma,
que se ha definido agnóstica y sin embargo en ese momento crucial tiene
un razonamiento que es compartible y fácilmente comprensible por quien
cree que Dios existe, y eso en Chile al parecer es una parte de la
sociedad que ronda el 70 %.
"El que yo esté aquí es símbolo del cambio de la sociedad chilena,
más abierta, tolerante, con derecho a voz", agregó la nueva mandataria.
Y ya anunció un nuevo gabinete sin cuoteos políticos, lo que ha causado
escozor y movimientos varios en todos los grupos que ya tienen nombres
para determinados cargos. Pero fue más allá y aclaró que la mitad de los
cargos serán para hombres y la otra mitad para mujeres.
Soledad Alvear, quien no llegó a enfrentarse electoralmente con ella,
pues se definió la candidatura por otros medios, como lo hemos escrito
semanas atrás, representante de la línea disidente del PDC y seguramente
mucho más cercana a la Bachelet que ningún otro político en Chile, no
por pertenencia partidaria sino por ser mujer, ha comenzado sus propios
movimientos políticos.
Es sabido que como parte de la línea Gutemberg (Martínez, su esposo y
presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América), deberá
enfrentar una dura lucha interna para elegir las autoridades de su
partido, enfrentados al actual presidente del mismo Adolfo Zaldívar, con
la ventaja de haber sido la senadora electa con mayor porcentaje en las
parlamentarias de diciembre, la crisis en la que se sumió el Partido por
la espectacular pérdida de representantes parlamentarios –que no de
votos-, y esa búsqueda de un nuevo rol que intente proyectar a un
candidato de ese agrupamiento político en el fin del 2009 cuando los
chilenos sean llamados nuevamente a las urnas. Los dos primeros
Presidentes luego de la Dictadura le pertenecieron, pero no pudo imponer
a Andrés Zaldívar en el final del 99 y tampoco a la Alvear, quien no
tuvo el apoyo real de sus supuestos correligionarios al comienzo del
2005 cuando se definió la candidatura de la Concertación para la
Democracia.
Cuando votó el 15 de enero, Ricardo Lagos, que se retira con un altísimo
porcentaje de aprobación popular a su gestión, en una rápida conferencia
de prensa escuchó como buena parte de los presentes en la misma gritaban
“2010,2010”, invitándole a que aceptara volver a postularse para dirigir
los destinos de Chile y todos –hombres y mujeres- sus habitantes a
partir de ese año.
Lo que sus partidarios no tuvieron en cuenta es que el Chile de hoy
puede ser muy diferente al que deje Michelle Bachelet dentro de cuatro
años. Y que Lagos tendrá cuatro años más y no creemos que muchas ganas
de repetir largos años de desgastante ejercicio del gobierno, en un
mundo cambiante muy raudamente.
Pero hoy importa la Bachelet. Que cambiará Ministerios, dividirá alguno
y establecerá nuevos. Que le dará una impronta nueva a esa sociedad
“tolerante, más abierta”, con la que cree haberse encontrado y que es
muy posible tenga que construir con gran sacrificio, algo a lo que ha
demostrado está acostumbrada. LA
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