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El sentido de la Historia
(...) Y él me repuso: “Esta mísera suerte
Están mezcladas con el coro infame
Los echa el cielo, porque menos bello Dante Alighieri, Divina Comedia, Canto III[i]
Así también, despojados de todo sentido crítico, encaminamos nuestros pasos a un futuro pleno de vacuidad toda vez que convengamos en no estudiar, que en definitiva consiste en enfrentar, en dar la cara, a nuestro pasado, tanto al lejano como al reciente. Indiferencia y neutralidad no dice relación a distancia reflexiva y menos a una supuesta objetividad operativa. No. Indiferencia y neutralidad en los asuntos que hacen a la sociedad, guarda directa relación con la renuncia a ejercer la condición ciudadana. Condición ésta que separa al individuo de la persona, toda vez que aquel vive cual átomo y ésta, la persona humana, ha asumido su compromiso vital, o sea el social, en la comunidad que lo encuentra como copartícipe. De signo contrario, pero con igual resultado, están los que, munidos de la verdad revelada, operan como lo hiciera el rey Enrique IV de Francia, al promulgar el edicto de Nantes que, en sus artículos 1º y 2º, manifiesta lo que sigue: Artículo 1: En primer lugar, la memoria de todas las cosas pasadas en una y otra parte desde el comienzo de marzo de 1585 hasta nuestra llegada al trono, y durante las anteriores revueltas, y con ocasión de estas, quedará extinguida y apaciguada como cosa no advenida. No se permitirá a nuestros fiscales del Tribunal Supremo ni a ninguna otra persona, pública o privada, en ningún tiempo ni ocasión, mencionarla, entablar pleito o diligencias judiciales contra ella en ningún tribunal o jurisdicción.. Artículo 2: Prohibimos a todos nuestros súbditos de cualquier estado y condición que reaviven su memoria, que se enfrenten, se injurien y provoquen mutuamente, reprochándose cuanto ocurrió por cualquier causa o pretexto que fuere, disputar, discutir, reñir, ultrajarse u ofenderse de hecho o de palabra; sino contenerse y vivir en paz juntos como hermanos, amigos o conciudadanos, bajo pena de castigar a los contraventores como infractores de la paz y perturbadores del orden público. Este edicto, por otra parte, que supuestamente a su vez presentara las bases para una convivencia en la que se respetaran las ideas del contrario tiene, obviamente, aun en la pretendida bondad que lo anima, un espíritu francamente excluyente de toda otra consideración que la propia del pasado aventando así toda discusión sobre el mismo en la multiplicidad de aspectos que lo componen. Luego, es dable percibir que ni los indiferentes ni los que asumen tener la verdad de su parte, permiten la generación franca, desde el compromiso personal y colectivo, por el estudio de los hechos que dieron lugar al entramado de situaciones que deparan el presente y signan, pues, nuestra forma de ser. Unos y otros, a su vez, presentan aspectos de la verdad a tener en cuenta. Dicen en la inacción como en la acción más obtusa que son partes de un todo que debe merecer un estudio científico, por metódico y abarcador en las diferentes disciplinas que hacen a una búsqueda honesta y abierta de la realidad de otrora, génesis de la actual, precursora de la futura. En definitiva, ambos extremos arriba citados, buscan hacer de cuenta que nada ocurrió y menos aun, que ellos, como todos los de la época, formaron parte de la historia objeto de negación. Asimismo, la acción misma de excluir todo estudio del pasado, lejano o reciente, acompañada por los neutrales de siempre, lleva consigo la intención clara de los primeros de arrogarse el derecho a decidir qué debe mirarse y qué no. Así como también el quitar, o pretender quitar, de la consideración de los habitantes del lugar, y sin duda de las nuevas generaciones, aspectos sustantivos de la historia llevando con ello un empobrecimiento, por vía de la falta de aspectos claves en la materia a considerar, del conocimiento, y de su reflexión, por parte de los que están en vías de tomar a su cargo la asunción de responsabilidades societarias y personales. Por su parte, ese conocimiento negado a las nuevas generaciones es manejado, y operado, por unos pocos actores de aquella hora y quienes estos designaron como merecedores de poseer tal memoria, que les hace, y pretenden les haga en el futuro, merecedores de un manejo más acabado en la cadena de complicidades que toda esta mutilación histórica va generando en sí misma. Pues, digámoslo: ante la ausencia de una historia completa, seriamente fundada en estudios antropológicos, sociológicos y de todas aquellas disciplinas que hacen a una cabal comprensión de un momento dado en la vida de una comunidad, toda esta negación histórica lleva a que se pervierta el sentido mismo de la democracia republicana al permitir, repito que por acción como por inacción, que unos pocos manejen a su antojo, lo que el común de los ciudadanos debiera poseer: información veraz, documentada y amplia que permita no sólo saber sino merecer, cuando fuere del caso, la aplicación de una justicia que, hasta tanto no se “permita” tal conocimiento, será parcial y por consiguiente, no será justicia.
Para poder discernir qué es
verdad y qué es mera ficción es preciso conocer y para esto,
resulta imprescindible abocarse de lleno al estudio
interdisciplinario del momento histórico en consideración. No alcanza, aunque ya es un principio, con sembrar la duda respecto de los llamados “lugares comunes”, otra vía de cuestionar aspectos de la costumbre que en su repetición sin cuestionamiento, convierte en ley aquello que se respeta por “venir de lejos” sin cuestionarlas porque al hacerlo, indefectiblemente, aquellas caen al carecer de sustento real. O, como dijera Pascal: “Montaigne está equivocado. La costumbre sólo debe ser seguida por ser costumbre, y no porque sea razonable o justa; pero el pueblo la sigue por esta única razón, que la cree justa.”[i] Y no podemos o, más bien, no debemos caer en la costumbre de que determinado período de nuestra historia colectiva no debe ser tomado en consideración por la razón que fuere puesto que así estaríamos tomando por costumbre el apagar literalmente zonas de nuestro pasado que inhiben un autoanálisis de nuestra sociedad y por ende, de nosotros mismos, a todas luces indispensable para avanzar en la maduración como colectividad, en democracia, y de cara a una mejora sustantiva en la dignificación de la condición humana lo que lleva a una más que necesaria consideración de qué vías y qué procedimientos resultaron nocivos, abusivos y retardatarios para la consecución del objetivo primero de toda sociedad cual, progresar en ciudadanía retrocediendo en animalidad, bajos instintos y oscurantismos varios. Debemos dar paso a una sociología reflexiva y esta tarea no debe esperar a que algunos mueran y otros accedan, no. Es una tarea que merece y debe ser llevada a cabo. Del mismo modo, el presentar estos temas a los estudiantes, desde el análisis ponderado de una comisión multidisciplinaria resulta ser de especial recibo hasta tanto o mientras tanto se procede a lo primero. Aquí no se trata de dar justicia a tal aspecto de una historia que tiene más de un prisma sino de arrojar luz, cada vez mayor, sobre actuales conos de sombra para una vastedad de nuestros jóvenes que desconocen tal período y que lo van llenando con mitos, estudios personales y parciales, por más bien intencionados que sean pero carentes de un trabajo, repito que sostenido, multidisciplinario y con objetivos para avanzar en nuestra historia y con ello permitirles saber. Democracia en y desde el saber. Conocimiento que implica comprensión. Comprensión que dice relación al respeto ineludible, e intransferible, por el otro, por el de ayer, por el de hoy y por el que mañana vendrá. Y terminar con grupúsculos que creen tener la potestad de decidir qué se debe saber y qué no. O cuándo. No.
Por tanto no sólo es preciso convenir en la existencia sino también en la importancia de los hechos hasta hoy insertos en aquel cono de sombra como en este silencio selectivo, que den luz y sonido al ayer. Un ayer que a todos nos comprende y que no merece una simple y lineal lectura pero de cuyo conocimiento, discusión mediante, investigaciones sucesivas aun por ser llevadas a cabo, desde las ciencias sociales, debe dar comienzo sin mayores dilaciones. Que no se trata de juzgar sino de conocer, repito, de ver, con la lente de hoy pero en la atmósfera de aquel entonces, esto es, de las distintas posiciones en pugna, locales, regionales e internacionales, la vastedad de acciones e inacciones que se dieron cita y curso en este país llamado Uruguay cuya historia reciente aun está por ser escrita. Y a ello todos debemos poner nuestra cuota parte de entrega como de responsabilidad.
[i]
Alighieri, Dante, Divina Comedia, editorial Cátedra, Madrid,
año 1999, versos 34 al 42, Pág. 91. LA ONDA® DIGITAL |
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