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El fin justifica los medios
72 horas

por Jorge García Alberti

Esta semana, parece haberse acentuado el diferendo que mantiene Argentina con Uruguay por la instalación de las plantas de celulosa. Por una parte, el Congreso argentino, aunque con cierta reticencia, le dio luz verde al Gobierno del vecino país, para que, en caso de ser necesario, acuda al Tribunal de la Haya.

Desde Uruguay, a falta del Canciller, el Presidente decidió enviar a la subsecretaria con una carta a la OEA, con el fin de que el secretario general, Miguel Insulza, pudiera mediar en el conflicto. Si bien este mostró un tono diplomático de cordialidad, la mediación la puede hacer solo si se lo piden las dos partes, punto que Argentina no va a solicitar porque, argumenta, que este es un asunto estrictamente bilateral.

Muy bien. Llegados hasta aquí, parece que estamos en un callejón donde no se vislumbra la luz.

Pero si analizamos, con precisión, los mensajes que llegan desde Argentina vemos que el Presidente Kirchner hizo trascender una información en el sentido de que si Uruguay paraliza temporalmente las obras y Argentina levanta los cortes de ruta, se puede encontrar una solución con serenidad.
Sugiero, entonces, desde mi humilde condición de comunicador, que Uruguay utilizando, en forma positiva, el principio que dice que el fin justifica los medios, haga una propuesta de detener la construcción de las obras por 72 horas.
No sería una detención de obras cualquiera.

Pienso que el Presidente Vázquez, junto a los directivos de las empresas Botnia y Ence, acompañado de todo el Consejo de Ministros y de reconocidos científicos uruguayos, podría hacer público en una conferencia de prensa, donde fueran citados especialmente los medios argentinos, que durante tres días en las obras no se moverá ni un clavo, con el fin de permitir que se levanten los cortes en las rutas argentinas de ingreso a Uruguay.

A partir del momento que eso ocurra, comenzarán a correr las 72 horas y Vázquez pondría en práctica su idea de reunirse con el Presidente argentino, en el lugar que considere conveniente. Allí, a puertas cerradas, se llevará a cabo el cónclave, del que deberá salir humo blanco entre los dos países hermanos y se podrá recomponer la relación entre dos amigos, que se han visto distanciados por circunstancias complejas, pero que, hasta ahora, han sido conducidas por terceras personas y digamos que, de ambos lados, no de la mejor forma.

Los dos Presidentes tendrían la oportunidad de acordar, mutuamente, en la intimidad, como se sale de esta situación de enfrentamiento considerada, por muchos, irracional.

Al ser Uruguay el que lanza la propuesta permitiría quitarnos el sayo de intransigentes y en verdad, no cedemos ninguno de los principios de soberanía.
Asimismo, estaríamos atendiendo un reclamo del Presidente Kirchner y lo ayudamos en su interna, a sortear el callejón sin salida en que parece haberse metido. Los indicios dan cuenta que ante un eventual reclamo en Organismos Internacionales, Argentina no saldría muy bien parada.

Podríamos comprobar, si él tiene la fuerza suficiente como para ordenarle al Gobernador de Entre Ríos que intervenga para levantar los cortes de ruta y también si existe, realmente, la voluntad de solucionar el tema.

En una nota publicada por Clarín el pasado 17, el periodista atribuye como fuente a los más altos funcionarios de la Casa Rosada, por lo que puede interpretarse que es la visión del propio Kirchner, que “Argentina no quiere estropearle un gran negocio a Uruguay” pero tampoco quiere quedar como el Presidente que, por no hacer nada, comprometa el futuro turístico de Gualeguaychú.

En Uruguay, estamos convencidos que nos asiste la razón y tenemos argumentos más que suficientes como para lograr destrabar los puntos que puedan aparecer como dudosos, apoyados, incluso, con elementos científicos reconocidos a nivel internacional. Abramos entonces la puerta de salida.

Creo que 72 horas de diálogo, franco y fraterno entre los Presidentes, son más que suficientes para llegar a un acuerdo que permita asegurar el trabajo para los uruguayos y también los mecanismos que den la certeza a los argentinos de que las plantas de celulosa son seguras, que la posible contaminación quedará estrictamente controlada, con su participación y podremos seguir compartiendo el río.

Me parece que la historia recordaría este gesto.

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