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Precariedad laboral
Embate a la democracia
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
La
incertidumbre en materia laboral es más, mucho más, que un mero
acontecer en un proceso económico, en un devenir de la actividad o
actividades empresariales. La incertidumbre, hoy bien conocida como
precariedad laboral o precarización laboral, atiende, específicamente, a
un modo, pensado y orquestado desde el fundamentalismo economicista,
para abrir el entramado de medidas sociales desde la legislación
laboral, que dan, o aun dan, si nos atenemos al avance de esta
modalidad, en diversas naciones respaldo al trabajador y con él a la
comunidad.
Asimismo, tal incertidumbre conlleva, cómo dudarlo, la práctica misma de
una modalidad cerril en gobiernos que no han dudado, a lo largo de los
últimos lustros, en abrirse al mercado, que nunca nadie puede ubicar con
exactitud, dejando las defensas bajas para que las supuestas inversiones
“extranjeras” lleguen se instalen o acampen, hasta tanto convenga
trasladarse a otro punto del planeta.
Porque la precariedad laboral no viene sólo con el hecho mismo del
trabajo temporario, mal pago y sin seguridad social sino que se inscribe
en un modelo de inversión donde las fuerzas laborales son tomadas
temporariamente, sin prácticamente contar con coberturas sociales
suficientes, salvo unos pocos países en donde aun no sólo se mantienen
legislaciones laborales que realmente atienden al trabajador sino que
además se cumplen.
Así, el trabajo temporario es una consecuencia de una política, de una
ideología fundamentalista que, además de utilizar, en su sentido más
abyecto al trabajo humano, al hombre y a la mujer, como no pocas veces a
los niños, como factores humanos de producción, cuando les es
indispensable por carecer tal fase de la producción o la producción de
equis línea de productos de la suficiente tecnificación como para hacer
innecesario su presencia, en tal caso, digo, lo hacen, como un accesorio
de lo sustantivo: el lucro por el lucro en sí.
Nada tiene que ver esta fase del capitalismo y menos aun del
liberalismo, ahora llamado neoliberalismo, con el liberalismo
originario, aquel que alegaba la independencia del individuo, su
unicidad pero a la vez lo comprometía solidariamente con la suerte del
otro hombre, de la otra mujer.
El hombre hoy se cosifica y con él los modos de producción adquieren una
rutina siniestra para el sentido humanista que otrora era aun dable
observar a la vez que buscan instaurar el reino del paria, el control de
lo trasnacional por sobre los Estados nacionales, por sobre los
parlamentos, los congresos, la Justicia.
Tan es así que por ejemplo ahora en lugar de “lo público” comienza a
hablarse de los “intereses públicos” y la ideología imperante, sin color
ni corazón, sin esencia ni trascendencia, todo lo basa en la
especulación, el no compromiso con el otro, el mudar continuamente de
Estado en Estado, y con ello crear aun más zozobra no sólo al Estado
nacional donde estaba o se pensaba estaba para quedarse la supuesta
“inversión” sino y especialmente al hombre y a la mujer de a pie que ven
así perder sus fuentes de ingresos y quedar absolutamente desguarnecidos
en el presente y sin poder prever, con un hálito de esperanza, el
mañana.
De tal suerte que ya tenemos dos incertidumbres, la del trabajo de la
persona y la de la inversión. La precariedad laboral sumada a la
precariedad en el asiento, en el lugar físico donde la inversión en
materia productiva va a permanecer siempre que las condiciones locales
favorezcan su mantenimiento. Así, la incertidumbre repito es para el
trabajador y para la Nación por cuanto en base a los tantos acuerdos
firmados y vigentes a lo largo del mundo en materia de respeto a normas
para inversores extranjeros, estos van y vienen a su antojo en mucho
países en los cuales o a los cuales poco margen dejaron sea las
autoridades de turno de los organismos internacionales, sea,
convengamos, esa pléyade de cipayos locales que tan servilmente atienden
sus pedidos reales o virtuales y que en muchos casos sirve para
colocarse luego en una oficina de aquella repartición en equis ciudad o
incluso facilitar el acceso a su círculo íntimo. Es decir, la traición
de los eunucos permanece vigente a lo largo de los tiempos.
Pero también se mantiene incólume la esperanza que nace desde la acción
de hombres y mujeres que en sus diferentes actividades luchan, bregan
por un presente donde la dignidad del hombre cobre mayor fuerza, mayor
realce.
Esos hombres y esas mujeres que han dado tanto de sí que terminaron
siendo personas humanas ejemplos de muchos y en todas las horas.
De esos grandes hombres, hoy tomaré el ejemplo de vida de uno: Pierre
Bourdieu.
Este destacado sociólogo francés a escala mundial que a su vez abarcara
un campo más vasto que el de su especificidad, el campo científico para
estar en el campo intelectual, dio con su obra y con su vida, ejemplo de
cómo un hombre cuya faena consiste en el pensar, puede ser a la vez o a
resultas de ello, mejor dicho, un ser íntegro y una persona comprometida
con su tiempo y con los suyos.
Así y en cuanto al tema que ahora nos ocupa, la precariedad laboral, el
Maestro Bourdieu habló respecto de cómo este flagelo, repito: reflejo de
una ideología en acción, “obsesiona a las conciencias y a los
inconscientes” . Y sí así se expresa el hombre que pregonara la
sociología reflexiva, esto es, una sociología que, basada en los
elementos científicos, en los trabajos de campo, toma para sí la tarea
de reflexionar tanto sobre estos trabajos bien como antes y durante
sobre quienes lo realizan. Es decir, pone en alerta sobre la necesidad
de que el sociólogo, el estudioso, el intelectual, realice un auto
análisis para ver hasta dónde y con qué grado de compenetración éste
realiza la tarea y en qué medida la misma corresponde a los fines
declarados o no.
Así, continúo con lo dicho por Bourdieu: “La existencia de un importante
ejército de reserva, que ya no se encuentra únicamente, debido a la
superproducción de diplomados, en los niveles más bajos de la
competencia y la calificación técnica, contribuye a dar al trabajador la
sensación de que no es, ni mucho menos, irremplazable, y de que su
trabajo y su empleo son, en cierto modo, un privilegio, y un privilegio
frágil y amenazado”.
Aquí está otra comprobación digna de ser resaltada y que da luz sobre
otro aspecto de la incertidumbre reinante: ¿qué grado de especialización
tener? ¿En qué capacitarse? Es decir, la complejidad para la obtención
de un trabajo se da en todas las esferas sociales, tanto en el que posee
una instrucción básica como así también en el que posee una
especialización media o incluso elevada de acuerdo a cánones que varían
de región en región pero que hace a estudios terciarios, para fijar un
parámetro lo más abarcador posible.
Es como si todo quedara librado, al menos esta es la intención que busca
instaurarse, a lo que “el inversor” decida “utilizar”. Siempre, claro
está, que las políticas nacionales estén volcadas a la búsqueda de estos
mercaderes de la nada que, en sociedades como la uruguaya, considerando
la potencialidad económica de sus habitantes podamos aguardar. Pero que
se reproduce, en las escalas debidas en otras naciones de la región y
del mundo todo al tomar como bueno o, peor aun, como único, este
arquetipo de inversión sin rostro, sin códigos compartidos y sin
previsión de tiempo en su radicación local.
Porque la propia modalidad de una trasnacional de tener compartimentos
en diferentes países hace también a la estrategia de sembrar la duda, el
temor, en sus trabajadores sobre hasta cuándo se quedará aquí o allá, lo
que Bourdieu llama la “desterritorialización de la empresa”.
Y no porque deje de dar ganancia sino que muchas veces porque la
ganancia no sobrepasa el 15 por ciento, pongamos por caso como bien
recordada el propio Bourdieu en sendos trabajos sobre la materia.
Advierte casi inmediatamente Bourdieu que “la inseguridad objetiva
sustenta una inseguridad subjetiva generalizada que afecta hoy día, en
el corazón de una economía altamente desarrollada, al conjunto de los
trabajadores e incluso a los que no están o todavía n o están afectados
de modo directo.” Y ya vamos acumulando con estas citas, mucho en qué
meditar y reflexionar conjuntamente.
Dice algo más el mayor pensador y científico social francés de la
segunda mitad del siglo XX: “La competición por el trabajo va acompañada
de una competición en el trabajo, que también es una forma de
competición por el trabajo, que hay que conservar, a veces a cualquier
precio, contra el chantaje del despido. Esta competición, a veces tan
salvaje como la que practican las empresas, está en el origen de una
auténtica lucha de todos contra todos, destructora de todos los valores
de solidaridad y humanidad y que alcanza, a veces, una violencia sin
límites.”
Parémonos aquí. Cuán cierto es que en esa lucha a veces fraticida entre
compañeros se deja por el camino a la solidaridad en aras de una
subsistencia, temporaria, por tanto precaria, y a un costo más que
importante para uno como para el otro pues ambos contendientes terminan
perdiendo en tanto gana, al embrutecernos, la “dirección” de la empresa.
Como siempre, el que piensa, y piensa bien, lo hace junto con el
desvelar tanto el cuadro angustiante y bochornoso como el aquí
presentado, junto con dar los elementos del caso para una reflexión
propia y colectiva a la vez de qué camino tomar y cuánto vale, no
utilitaria sino humanamente, nuestra asunción de responsabilidad a la
hora de meditar y actuar que es una acción única que se inscribe en un
mismo proceso, la reflexión que antecede a la acción resultante de
aquella.
Así, Bourdieu, acierta, y no lo hace por un proceso alquímico sino
porque fue un investigador científico que “bajó a la calle” (tal como
hiciera Sócrates) y consultó, entrevistó y ESCUCHÓ, a todos en cada uno
de los campos que fue desvelando y así conociendo el “habitus” el modo
comportamental del mismo y la carga que la persona que lo comprende
lleva consigo y cuánto y cómo puede hacer la propia persona humana por
aprender, por cambiar cuando así resulta imperioso hacerlo.
Dice Bourdieu: “Así pues, la precariedad laboral actúa directamente
sobre quienes la padecen (y a quienes incapacita de hecho, para
movilizarse) e indirectamente sobre todos los demás, por el temor que
provoca y que explotan de manera metódica las estrategias de
precarización, como la introducción de la famosa “flexibilidad”, que,
evidentemente, se inspira tanto en razones políticas como económicas. Se
empieza, pues, a sospechar que la precariedad laboral no es el producto
de una fatalidad económica sino de una voluntad política. La empresa
“flexible” explota en cierta manera de forma deliberada una situación de
inseguridad que contribuye a reforzar: intenta rebajar sus costes, pero
también hacer posible esa rebaja colocando al trabajador en peligro
permanente de perder su trabajo.”
El dogma está presente en este concepto de la flexibilidad porque este
es de especial importancia para la suerte de la ideología imperante toda
vez que instala e instaura un clima y unas condiciones operativas donde
quienes logran la meta de la flexibilidad, instauran en su lugar sus
propias directrices reguladoras del tráfico operativo en la cadena de
producción que con tal espíritu da fuerza a una “mundialización” de la
explotación del hombre por el hombre a escala planetaria.
Una vez más, está en el hombre y en la mujer el comprender el momento de
vida con sus luces y sus sombras, con sus aristas tan temidas y saber,
sabernos, que estamos al descampado y que la vida si bien es en sí un
reflejo de lo precario, no por ello debemos dejar, por vía de nuestra
inacción, de nuestro mirar al costado, que otros digan y digiten que es
central y qué es periférico en la consideración de los asuntos del
hombre.
Este dogma del neoliberalismo no tiene y no debemos creer que tiene,
como dijera Bourdieu, la suerte “en sus manos”, bajo entero control. No.
No la tiene si nosotros reaccionamos y hacemos lo que toda persona
humana debe hacer: ser responsable personal y socialmente. Actuar.
Resistir. Combatir con la fuerza del intelecto, la nobleza del espíritu
y la increíble resistencia de una comunidad que pretende permanecer,
democráticamente, congregada, activa y enriquecida humanamente.
La democracia, hoy como nunca, se defiende en la plaza, en la escuela y
en el lugar de trabajo para quienes tenemos la suerte de tenerlo. Y en
la dignificación del otro, en el respeto y en la búsqueda, permanente,
de la suerte del otro hombre, de la otra mujer, y cómo esta suerte es a
su vez la nuestra.
Hoy como nunca, la tarea sindical, del trabajador agremiado, actuando no
a golpe de balde, no al grito, sino en la acción más comprometida desde
su lugar de trabajo, nutriéndose del saber que le haga partícipe de algo
más de lo que en realidad sucede en el mundo, dejando de lado esas
distracciones inoperantes que son los telediarios que ya no sólo
desinforman sino que ni siquiera brindan algo que aliente, que propenda
a que la persona que mira tenga elementos para reflexionar.
Al estar el trabajador agremiado y actuando en su ámbito laboral,
repito, estará dando pie y asidero a la posibilidad que la democracia
real permanezca y no caigamos en una democracia electoral, esa que se
repite cada equis años pero en la que sólo intervienen un grupúsculo o
una serie de grupúsculos de corporaciones que dictaminan quiénes irán y
quiénes no en la “puja” electoral. Valiéndose a su vez, de un poder
mediático que nubla la razón y ofende la sensibilidad del hombre y de la
mujer que buscan crecer y ser personas.
Bourdieu fue un hombre que al llegar a la plenitud de su vida, tuvo
frente a sí la posibilidad de ser uno más, con honores, con dinero, con
posesiones, escribiendo desde un lugar privilegiado.
Pero no, Pierre Bourdieu fue, hasta el último de sus días un ser humano
que hizo de la actitud crítica y de la acción su tarea primera. No se
contentó tampoco con denunciar: al percibir la crudeza de lo que el
totalitarismo mediático estaba logrando, creó el mismo un colectivo
intelectual donde denunciar desde la tarea científica y reflexiva, los
males del momento, los modos y las formas de los distintos procederes
societarios, desde los diferentes campos de acción, en las variadas
modalidades operativas.
Asimismo, al advertir, una vez más, cómo el totalitarismo mediático
impedía la edición de obras de autores que o bien eran contrarios al
dogma o bien de dudoso rédito, él mismo, Pierre Bourdieu, desde su
colectivo intelectual, creó una editorial para dar caja de resonancia a
esas voces hasta entonces acalladas. Y logró un éxito resonante, que aun
hoy es ejemplo y que nosotros debemos seriamente considerar tomar como
propio, hablo de su acción combativa, en aras de una democratización de
los medios de comunicación hoy seriamente cuestionada.
Por tanto lo que aquí comenzó siendo una aclaración sobre el concepto de
precariedad laboral, se ha extendido a la consideración del dogma y la
praxis imperante en el mundo de hoy a la vez que confrontado con las
reales posibilidades que nosotros personas singulares pero socialmente
comprometidas, tenemos para enfrentarlo y ser, desde el hacer cotidiano
y solidario, más humanos a la vez que más dignos de la mirada del otro.
Que es, en definitiva, la mirada del hombre y de la mujer de a pie,
desde el llano y al descampado.
Para ello, una vez más, la tarea comienza desde nosotros mismos pero
mirando y escuchando a nuestros compañeros y compañeras. Y actuando,
serena, honesta y democráticamente, desde nuestros puestos de trabajo,
en las plazas públicas y en nuestros hogares permitiendo que la voz del
otro sea escuchada. Siempre.
[1]
Bourdieu, Pierre, Contrafuegos, editorial Anagrama, Barcelona,
año 1999, Págs. 122 y 123. LA
ONDA®
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