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Carta abierta a Javier Miranda ¿Sabés una cosa, Javier?. Nunca imaginé que tu salida pública tuviera ese estilo. Y no te digo que estuviste mal ni mucho menos. Siempre imaginé que un montón de cosas que te pasan en la vida te endurecen, hacen que las lágrimas o la emoción desaparezcan y los recuerdos por más que son los que uno atesora, especialmente cuando son pocos, hacen que se cubra una parte de la persona de tal forma que nada lo pueda atravesar. Esa coraza que permite seguir viviendo a pesar de todas las adversidades que se te atraviesan. Cuando te vi, allí sentado en esa mesa donde se brindó la conferencia de prensa que anunciaba que tu padre era ese ser anónimo, ese desaparecido encontrado pero sin nombre, recordando a las “viejas”, pero también a la tuya y tu hermano que vaya si les hubiera gustado estar allí -¿les hubiera gustado o hubiera sido bueno que lo pudieran haber vivido?-, emocionado, entrecortado, te reencontré. Nos hemos visto y abrazado infinidad de veces en estos años. Que para nuestras vidas comienzan cuando nos vimos por primera vez en 1982, y yo no tenía la menor idea que tu padre era un desaparecido y tu nada sabías de lo que iba a ser tu vida de lucha y sacrificio en muy poco tiempo más. Aunque el sacrificio ya lo vivías desde ese 1975, no imaginando hasta donde tendrías que soportarlo. No sé si algún día soñaste que ibas a enfrentar cámaras y micrófonos para decir que ahora sí ibas a poder rendir el homenaje que tu quisieras a tu padre, todas las veces que se te diera la gana podrías visitar su tumba o si en lo más íntimo, lo más recóndito de tu ser, a pesar de buscar y buscar, creías, aún inconscientemente, que ese momento nunca iba a llegar. Tengo idea que en 1985 ya estabas dando vueltas por Buenos Aires intentando que los que desaparecieron tuvieran una historia posterior a ese hecho. Todos sabíamos que ¿todos?. No. Todos no. Muchos años pasaron para que el tema fuera asumido por la sociedad en la profundidad y la crueldad que el mismo significa. Los que de una u otra manera estábamos cerca del mundo político, sabíamos, pero era como poseer información privilegiada. Pocos lo creían si uno lo comentaba fuera del círculo de amigos. No podía haber nadie que tuviera responsabilidad en hechos como ese. Nadie podía haber dado órdenes para que ello ocurriera. Nadie podía ser culpable por omisión, por no haber tomado medidas precautorias para que eso no pasara. No al menos en esta sociedad. Había rumores sobre lo que acontecía en Chile, pero allá las cosas eran diferentes. Siempre Chile fue diferente a Uruguay. Sabíamos que a Víctor Jara... que Neruda no había resistido tanta pena. Que Allende... Que amigos o conocidos o amigos de conocidos... Pero eso era allá, no acá. Acá no era parte de la idiosincrasia de los uruguayos. Eso no era parte de un enfrentamiento de grupos políticos, ni menos fruto de acciones armadas ya perimidas y dominadas desde mucho antes de junio del 73. Eso no era lógico. Y sabés el esfuerzo que te costó junto a las “viejas”, que la sociedad aceptara que era necesario institucionalizar un 20 de mayo, para que todos marchemos en silencio, para que nunca más, debamos vivir ciertas cosas. Y no se trata de decir que la culpa de todo eso la tuvo tal o cual grupo que si no hubiera empezado con, nada habría pasado y que al fin y al cabo a los que se los llevaron por algo sería. Quizás sí por algo sería. Sabés que nunca comulgué con el partido de tu padre. Que mis utopías son otras, que sé que son posibles de llevar adelante, que nuestros caminos se pudieron cruzar aunque nunca supe si eso se dio en verdad alguna vez, porque frente a la dictadura muchos estuvimos del mismo lado. Pero también sabés que te aprecio, que valoro lo que has hecho, lo que hacés, y por eso tuve la necesidad de escribir esta carta abierta. Fue el equipo de Humanidades, de mi querida Facultad, el que hizo posible que hoy vivas esto. Fue José, tan cercano a todos nosotros quien encabezó el equipo que logró este resultado. Tu ya nada tienes que ver con la Facultad, y el nexo que tenías con ella es parte de tus recuerdos de vida y supongo que nada más. Se empezó a descorrer un velo. Por ahora muy lentamente y apenas en una manera física. Y paradojas del destino, te tocó encabezar otra vez este tema. Sé que no te gusta que te diga encabezar y que ni siquiera aceptas ser primus inter pares. No me importa y le pido perdón a tus “viejas” por así expresarme. Pero por algún lado la historia se iba a colar, y que el diablo hace la olla pero no la tapa es una frase que alguna vez debiste escucharme, ya que la uso casi como caballito de batalla. ¿Viste que nunca te dije doctor?. Naciste Javier, no doctor. Te conocí Javier, y luego lograste el título. Sos Javier, y ahora más que nunca el Javier, hijo de Fernando, la continuación de los Miranda, quien vivió la experiencia de un reencuentro que ojalá nunca hubiera sido necesario. Que ojalá se de pronto con otros, con cualquiera para no nombrar a una de tus “viejas”, con cualquiera. Y bueno. Para terminar, un abrazo. Ese que te volveré a dar el día que nos encontremos. Como siempre. LA ONDA® DIGITAL |
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