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El mercado de la belleza
y las nuevas necesidades
por Jorge Planelló*
Cuando Cerca de 20.000
millones de dólares se destinan a la compra de cosméticos en Estados
Unidos y Europa. Una cantidad suficiente para alfabetizar tres veces a
la población del planeta.
La obesidad es una muestra del sin sentido de nuestra sociedad de
consumo. Según un Informe del Banco Mundial del año 2000, la enfermedad
supone un 12% del gasto sanitario total en Estados Unidos. Pero también
es un mercado de miles de millones de dólares en beneficio. Sólo en
Estados Unidos, la obesidad afecta a 6 de cada 10 personas. Y en el
mundo la padecen más de mil millones. La industria de la belleza se
beneficia a menudo de las consecuencias negativas de una sociedad
consumista. Así, tras las Navidades los gimnasios ganan clientes y se
disparan las ventas de productos adelgazantes.
El Informe del Estado del Mundo en 2004 llevaba por título, “Más ricos,
más gordos, pero no felices”. Después de nadar en la abundancia, el
secreto se desvela: la felicidad no está en el tener. Se hace creer que
tras los cosméticos o una dieta la persona es más bella, saludable y
feliz.
Algunos quieren vivir en una eterna juventud, negándose a sí mismos,
pero el envejecer es algo natural. En Estados Unidos, durante 2005, se
practicaron más de 2 millones de cirugías y el gasto en tratamientos
estéticos ascendió a 12.000 millones de dólares. Casi la mitad de las
personas tenían entre 35 y 50 años. El tratamiento que más ha crecido en
la última década consiste en la inyección de una sustancia para evitar
las arrugas, que además es tóxica.
La entrada del hombre a este mercado hasta ahora orientado a la mujer ha
extendido aún más la obsesión por la belleza. El 9% de quienes se
someten a tratamientos de estética en Estados Unidos son hombres. En
otros países, como Brasil, llegan al 25%.
Como escribe Vicente Verdú en su libro Yo y tú, objetos de lujo, “la
guerra contra la fealdad viene a ser como la otra batalla contra la
discriminación, puesto que en todas partes los obesos suelen cobrar
menos, y en Holanda, Alemania, Francia o Estados Unidos, varias empresas
han constatado una estrecha relación entre belleza notable y notables
cargos y privilegios”.
Una sociedad obsesionada de este modo somete a las personas. Las hace
esclavas de su físico, como muestran los altos índices de enfermos de
anorexia y el hecho de que se ponga en riesgo la salud con cirugías
peligrosas.
Por mucho que la oferta de productos sea amplia y de que, según Vicente
Verdú, se reivindique “el derecho a la belleza para cada uno, de acuerdo
con sus deseos”, reina el pensamiento único bajo la obsesión por parecer
bello. La publicidad pretende que la persona se sienta a disgusto
consigo misma, porque en esa insatisfacción está la clave del
consumismo. Se convierte en un acto mecánico, en vez de ser fruto de la
reflexión. No hay momento para pensar la razón de no disponer de tiempo
para cuidar la alimentación o hacer más ejercicio físico.
La preocupación por la belleza tiene una tradición milenaria. En Egipto,
Grecia y Roma ya se utilizaban los cosméticos para demostrar fuerza y
salud a través de las apariencias. Pero las cifras de consumo actuales
obligan a una reflexión sobre la facilidad con que se gastan grandes
sumas de dinero en necesidades creadas mientras otras permanecen
desatendidas.
Ante esta globalización ajena al analfabetismo, al hambre y a las
enfermedades, se pide una cultura global sensible con estos problemas.
Existen riquezas suficientes para todos, pero esta economía de la
abundancia hace difícil que se distribuyan con justicia porque surgen
nuevas necesidades a cada momento.
*Periodista español
(Ccs ) LA
ONDA®
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