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La primera feminista
de Occidente en el 1400

por Alfredo Allende*

Si la costumbre fuera mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con métodos, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y sutilezas de todas las artes y ciencias tan bien como ellos”. Expresar esta afirmación hoy día, resultaría redundante. Pero haberla dicho hace 600 años en Europa, más precisamente en la París de la prestigiosa y misógina Universidad local, merece una consideración especial. Cristina Pizán (c.1365-1440), autora de esas palabras novedosas para su tiempo, dejaba indicado, por vez primera en la cultura Occidental, que las principales diferencias entre los varones y la mujeres consistían en los protagonismos asignados a los sexos, no en sus esencias.

 

Fue, en realidad el nacimiento de la idea de género, hecho hasta ahora curiosamente inadvertido para los estudiosos de este notable personaje. La redactora de la “Ciudad de las Damas”, obra en prosa realizada por ella que ha sido considerada a su vez una virtuosa poetisa en idioma francés, inauguraba así la concepción, olvidada luego por siglos con raras excepciones que no tuvieron mayores efectos, que la cultura de las épocas moldean con sus modos de educación las diferencias intelectuales y habituales entre los sexos de manera tal de hacerlas creer insuperables e inherentes a la naturaleza.[i]

 

Su prédica no obstó a que poco después de la muerte de esta feminista “avant la lettre” -y por dar sólo un ejemplo- León Battista Alberti, una de las mentes más poderosas del humanismo, se despachara con fóbicas expresiones: “… me parece un poco degradante estar callado en casa, entre mujeres, cuando tengo cosa varoniles que hacer entre hombres, ciudadanos y dignos forasteros” Su mujer no debía leer sus libros, y tampoco “posar sus manos en ellos”. Fascinado por su condición de varón, señalaba que el hombre “defiende a la mujer, a la casa, a los suyos y a la patria, no estando sentado sino ejercitando el ánimo y la manos, con mucha virtud hasta el punto de verter el sudor y la sangre”. Era el reverso del papel de la mujer con las “tareítas” domésticas, según su expresión de menosprecio. Sin embargo, la Pizán en su libro citado reafirmó su convicción al sostener que si las mujeres tienen menos conocimientos de los altos estudios y de otros menesteres importantes, es “sin duda porque no tienen como los hombres, la experiencia de tantas cosas distintas, sino que se limitan a los cuidados del hogar, se quedan en casa, mientras no hay tan instructivo para un dotado de razón como ejercitarse y experimentar con cosas variadas.”

 

La pasmosa personalidad de la primera abanderada feminista de Occidente, desembrolló con claridad y con desarmante sencillez la cuestión de la aparente superioridad inherente a la masculinidad, que rechazaron antropólogos y feministas  recién a partir del pasado siglo. Agregaba que la capacidad mayor o menor de los méritos no se medía en la corpulencia: La superioridad o inferioridad de la gente no reside en su cuerpo, atendiendo a su sexo, sino en la perfección de sus hábitos y cualidades”. Hoy esto parece una verdad de Perogrullo pero en el 1400 el culto a la fuerza seguía siendo un valor preponderante para fijar los límites de las capacidades integrales que supuestamente diferenciaban a mujeres y hombres. Es que “todas las necedades y tópicos que se cuentan sobre las mujeres son mentiras. Han sido inventadas y están siendo forjadas porque son los hombres los que mandan sobre las mujeres y no éstas sobre los maridos.” Cristina sabía que las peripecias de las sociedades eran narraciones exclusivas de clérigos, de algunos teólogos, de filósofos, de simples cronistas, todos varones.

 

El clima cultural de esa época no dejaba lugar a dudas. Tomo pocos ejemplos. En el “Timeo”, estudiado con pasión en toda la Edad Media, Platón, luego de largas exposiciones entre míticas y místicas sobre la formación del universo y de los seres humanos, aludió al surgimiento de la mujer: “Todos los varones cobardes y que llevaron una vida injusta, según el discurso probable, cambiaron a mujeres en la segunda encarnación”.[ii]  La presencia de Aristóteles fue aumentando en la Edad Media y ya en vida de la Sra. Pizán era poco menos que arrolladora. Sostuvo el “Filósofo” que la materia no existía jamás en estado puro. La materia era una entidad o potencia que requería su puesta en acto mediante la forma, potencia espiritual superior, cosa semejante a la que hacía el artista con el mármol; y en el punto que se trata aquí por el macho, incluido los hombres, con su semen que “posee en sí el movimiento que el generador la impreso”. Resultaba evidente la jerarquía eminente del macho, en el orden de los seres vivientes; noción que estaba radicada en la cultura griega: bastante antes la había esgrimido Esquilo, en “Las eumónidas”.[iii] Plotino vivió en el siglo III de nuestra era, en siglos alejados de Cristina Pizán, pero gozó de vasta influencia en el pensamiento medieval; en la “Enéada”,[iv] comentando a Platón, adujo que en Zeus hay un Alma y una Inteligencia regias.

 

Ahora bien, Zeus, dios varón y principio superior, posee en plenitud ambas facultades. Afrodita, su hija, aunque aparece coetánea con el dios, posee Alma, pero el intelecto pleno lo representa Zeus. Incluso en el mundo de los dioses y en mentalidades capaces de alcanzar los más altos niveles de elucubraciones filosófico-teológicas que ha sido capaz la mente humana, al rey cósmico se le otorgó una identificación con la imagen varonil, muy superior a la femenina. Ahorro los numerosos dichos de teólogos medievales irritados contra las mujeres. Para muestra sólo exhibo un botón, claro que ilustre. Bernardo el Cluniacense afirmó en un poema, “Desdén del Mundo”, respecto de la mujer: “esclava del dinero, hermana de la podredumbre, dulce veneno, es el vicio en persona, la perfidia, lo dañino, incluso el crimen.

 

Frente a esta marejada misógina Cristina Pizán, aunque católica ferviente, opuso astucia y seriedad interpretativa escasamente ortodoxa respecto de la tradición en tal materia. Para ella la mujer incluso era de mejor cuna que el varón: no fue realizada desde el limo, como ocurriera con Adán, sino de la carne humana. Cristina tuvo otras peculiaridades revolucionarias: su vocación por la introspección para anular el poder de la “autorictas” -enseñanzas de hombres ilustres-, su postura favorable al progreso técnico, su preocupación por la situación de todas las mujeres, de cualquier condición social. Ahora sólo quiero dejar aclarado que fue esta dama, escasamente conocida en nuestro medio, quien dejó sentadas las bases de la noción de género y de las falacias fundamentales de opiniones misógino-machista, en un ambiente histórico en los que prevalecía, precisamente, estas tendencias que se constituyeran en una de las matrices de nuestra civilización, tendencias que recién en estos tiempos, y sólo en cierta medida, están en retroceso.

 

Tuvo la fortuna de presenciar antes de fallecer las hazañas de Juana de Arco, que convalidaba sus postulados básicos. A ella le dedicó una sentida poesía, el primer homenaje y el único tributado por escrito en vida de la célebre Doncella de Orleáns.

 

A. Allende: ex ministro, diputado y embajador argentino.

[i] Cristina Pizán, nacida en Italia, hija del médico y astrólogo real de Francia, Tommaso da Pizzano, se constituyó en la primera profesional de las letras poéticas: le fueron recabados por las cortes europeas poesías y crónicas poemáticas, por lo que se le abonaban honorarios.

[ii] “Timeo”, 90,e. Rafael en la célebre “Escuela de Atenas”, representó a Platón en plena disputa con Aristóteles, portando el “Timeo” en una de sus manos.

[iii]  Idea que la mantuvieron a rajatabla distinguidos pensadores de la época moderna. Para C. Lombroso la mujer es un hombre detenido en su desarrollo. El genial Schopenhauer hizo de la mujer su blanco preferido de ataques realzados por su teoría filosófica.

[iv] “Enéada”, III, 5 título “Sobre el amor”. 

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