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Gripe
Aviar
Estrategia comercial para
hacer negocio a costa del miedo
por José Antonio Campoy
Director revista Discovery DSALUD
Bastó
que Estados Unidos tocara la campana de alarma para que el mundo
temblara de miedo ante la perspectiva de una pandemia. A pesar de que
han transcurrido nueve años desde que el famoso virus de la gripe aviar
fuera detectado en Vietnam y no llegan aún a cien las víctimas mortales.
Una media pues de once fallecimientos al año... ¡en todo el mundo! Un
detalle insignificante que no impidió a George Bush emprender su segunda
"guerra preventiva" en poco tiempo, esta vez para luchar contra otra
arma de destrucción masiva tan vaporosa como las "encontradas" en Irak:
el virus H5N1. A fin de cuentas había hallado también una poderosa "arma
preventiva", un antiviral llamado Tamiflu que comercializaba la empresa
suiza Roche y que en apenas unos días se convirtió en la gallina de los
huevos de oro.
De hecho, los ingresos por su venta pasaron de 254 millones en el 2004 a
más de 1.000 millones en el 2005. Y su techo es imprevisible dada la
grotesca reacción de los gobiernos occidentales con peticiones masivas
del producto. La realidad, sin embargo, es que la eficacia del Tamiflu
es cuestionada por gran parte de la comunidad científica. Muchos se
preguntan cómo se espera que pueda servir ante un virus mutante cuando
apenas alivia algunos síntomas -y no siempre- de la gripe corriente.
Obviamente la respuesta al protagonismo del Tamiflu en nuestras vidas no
es científica sino puramente comercial. El Tamiflu era hasta 1996
propiedad de Gilead Sciences Inc. empresa que ese año vendió la patente
a los laboratorios Roche. ¿Y saben quién era entonces su presidente?
Pues el actual Secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld,
que aún hoy sigue siendo uno de sus principales accionistas. ¿Y
recuerdan que pasó el año pasado?
Pues que en cuanto empezó a hablarse de la gripe aviar Gilead Sciences
Inc quiso recuperar el Tamiflu alegando que Roche no hacía esfuerzos
suficientes por fabricarlo y comercializarlo. Y que tenía "fuerza" para
lograrlo lo demuestra que ambas empresas se sentaron a "negociar" y
acordaron en un tiempo récord constituir dos comités conjuntos, uno que
se encargase de coordinar la fabricación mundial del fármaco y decidir
sobre la autorización a terceros para fabricarlo y otro para coordinar
la comercialización de las ventas estacionales en los mercados más
importantes, incluido Estados Unidos. Además Roche pagó a Gilead
Sciences Inc unas regalías retroactivas por valor de 62,5 millones de
dólares. Y por si fuera poco la empresa norteamericana se quedó con
otros 18,2 millones de dólares extra por unas ventas superiores a las
contabilizadas entre 2001 y 2003. A lo que hay que añadir un dato: Roche
se ha quedado con el 90% de la producción mundial de anís estrellado,
árbol que crece fundamentalmente en China -aunque también se encuentra
en Laos y Malasia- y que es la base del Tamiflu.
El escenario, qué duda cabe, estaba completo. Sólo había que empezar a
encontrar poco a poco aves contagiadas con el virus en distintos países
-un ave aquí, otro par más allá- para crear alarma mundial con la ayuda
de científicos y políticos poco escrupulosos o de escasa capacidad
intelectual y de los grandes medios de comunicación -que como todo el
mundo sabe no se caracterizan precisamente por investigar lo que
publican o emiten-. ¿Y qué tiene que ver Donald Rumsfeld en todo esto?
Pues absolutamente nada. Según un comunicado emitido el pasado mes de
octubre por el Pentágono el actual Secretario de Estado norteamericano
no intervino en las decisiones que tomó el Gobierno de sus amigos Bush
-el presidente- y Cheney -el vicepresidente- sobre las medidas
preventivas que había que adoptar ante la amenaza de pandemia.
El comunicado afirma que se abstuvo, que no tuvo nada que ver en la
decisión de la Administración estadounidense de apoyar y aconsejar el
uso del Tamiflu a nivel mundial. Y nosotros le creemos. Como cuando
aseguró solemnemente que en Irak había armas de destrucción masiva.
Además el hecho de que su nombre aparezca unido a una vacunación masiva
contra una supuesta gripe del cerdo durante la Administración de Gerald
Ford en la década de los 70 -que dio como resultado más de 50 muertos a
causa de los efectos secundarios- no es más que una coincidencia. Como
lo es que la FDA aprobara el aspartamo a los tres meses de que Rumsfeld
se incorporase al Gabinete de Ronald Reagan a pesar de que tras diez
años de estudios no se había tomado ninguna decisión. Sólo alguien muy
mal pensado puede plantearse que tuviera algo que ver el hecho de que
poco antes de incorporarse al Gobierno norteamericano Rumsfeld fuera el
presidente del laboratorio fabricante del aspartamo.
Y, por supuesto, tampoco tuvo nada que ver con la compra tras el 11-S
del Vistide, fármaco adquirido masivamente por el Pentágono para evitar
los efectos secundarios que podía producir la vacuna de la viruela entre
los soldados norteamericanos a los que se les aplicó masivamente antes
de enviarlos a Irak. Que el Vistide fuera también un producto de los
laboratorios Gilead Sciences Inc, creador del Tamiflu, es otra
coincidencia. Así que siga usted de cerca todas las informaciones que
aún van a darse sobre la gripe aviar y llene su botiquín casero de
Tamiflu. Y si hay que comprar algo más, se compra. Faltaba más. LA
ONDA®
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