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¡Todos precarios, todos solidarios!
Precariedad laboral y democracia – II

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Está dicho: el liberalismo perdió su espíritu[i], si bien lo afirmo en un sentido diferente al empleado por el historiador norteamericano Russell Jacoby en tanto considero que, sin negar la pérdida de referentes o de posiciones de la izquierda en un contexto general, ciertamente el avance del capitalismo sin el contrapeso de una izquierda actuante desde el poder, ha llevado a aquel a encaramarse desde una supuesta posición permanente, eterna creen algunos, en tanto la clase dominante a escala global carece de arraigos sociales y éticos que validen el mantenimiento del respeto por las grandes cuestiones sociales, más allá del mero discurso que hoy, ni siquiera, es dable escuchar desde sus principales portavoces. 

Tan sólo resuena, estridente y machaconamente, el discurso del dogma actuante y la prédica por el mantenimiento de “valores democráticos” y “humanistas” sin referencia explícita a las ya citadas cuestiones sociales toda vez que se pregona el ultra individualismo y se busca aquí y allá, dar por tierra con concepciones políticas de respeto a lo social desde la práctica en cuestiones de salud, trabajo, previsión social y otras prestaciones de ayuda a la comunidad. 

Así, la izquierda, o izquierdas, buscan, desde lo político partidario, nuevas vías de expresión en consonancia con el mundo actual, a la vez que los sindicatos se han visto fuertemente diezmados en sus afiliaciones ante el avance de la precariedad laboral, la tercerización de servicios, la localización errática de las empresas y los más diversos mecanismos que hoy por hoy se muestran como una clara forma de hacer caer el entramado social que ha sido tan válido para mantener y ver crecer, en condiciones dignas muchas veces, a distintos Estados en tanto en otros, es cierto, la connivencia desde el poder sumado a la corrupción y al extremo utilitarismo ha dado por tierra consignas que, por más que tengan una fuerza en la letra, carecen de sustento ético por la falta de sus pregoneros, esos seres viles que se han hecho con el poder por el poder mismo, abandonando ideales que responden a sentimientos de gente valiosa , como todo ser humano y merecedora de un mínimo de respeto que, convengamos, no es usual encontrar en diversos estamentos del poder. Y para esto no hay que mirar al Tercer Mundo sino al mundo, pero al mundo de siempre y en todo lugar. 

El NO a la mal llamada Constitución Europea
Cuando Francia votó el NO en el plebiscito, lo hizo en tanto en cuanto rechazaba no una constitución sino un tratado que en partes esenciales atentaba cierta y probadamente contra el concepto clásico de ciudadanía y dejaba el campo fértil para la siembra del utilitarismo en boga. 

El propio avance de la desregulación y la flexibilidad ilimitada, la queda progresiva de los derechos de los asalariados y, bueno, el desmantelamiento del bienestar social fueron elementos que claramente conspiraron para que al final el NO venciera como una medida precautoria mínima, y extrema, de la ciudadanía francesa, en  aras de parar estas oleadas de barbarie adornadas de libertad extrema. ¿Extrema? 

En los últimos lustros hemos visto y oído como desde el dogma imperante, se da fuerza hasta casi sacralizar a determinados conceptos que en realidad no dicen nada, o nada bueno una vez que promueven la renuncia a la responsabilidad social, tales como el de competitividad, que desde luego habría que proceder a su redefinición, porque hasta ahora conlleva mayor empobrecimiento de gentes que antes eran llamados ciudadanos y ahora apenas se los considera usuarios, consumidores y, digámoslo, muchos otros ya son N.N. Se trata de los excluidos que de seguir en este estado de situación fundamentalista, serán más que los propios “incluidos”. 

Concepto como el de reforma, el de eficiencia, el de eficacia, etcétera. Palabras que por contrapartida tienen a otras que hoy por hoy resultan ser demonizadas por el discurso de la clase dominante: seguridad social, salud pública, educación pública gratuita y obligatoria, libertad sindical, derecho de huelga, etcétera. 

¡Escúchenme!
Cuando a comienzos del mes de marzo de 2006, se entregaba a las autoridades un maestro francés que había retenido a 20 personas en un instituto de la localidad de Sablé-sur-Sarthe, en el noroeste de Francia, muchos pudieron pensar que se trataba meramente de un lunático. 

Sin embargo, este francés de mediana edad que ciertamente sufría una fuerte depresión desde hacía dos años, quiso explicar y dar a conocer que estaba sin trabajo desde esos mismos dos años y buscaba trabajar. Este hombre, en realidad, portaba un revólver falso. El, entonces, y como refirió a las autoridades quería tanto conseguir un trabajo como ser escuchado. Ser escuchado. Respetado. Por cierto que su actitud no es digna de elogio y menos aun de ejemplo pero encuentra ubicación en este mundo donde el humanismo ha cobrado un nuevo rostro y, ¡ay!, se presenta desfigurado y falto de sentido ético.

La perversidad de la precariedad como sistema
La vía utilizada hasta ahora en gran parte del mundo para combatir el desempleo es facilitando el despido, desmantelando la seguridad social, privatizándola, por ejemplo, produciendo precariedad, incertidumbre, islas humanas en sectores de las grandes ciudades que viven de espalda a la “sociedad establecida” y que ya son marginados apenas por su apellido, color de piel, lengua, acento y toda otra distinción que haga relucir su condición de diferente, de “no asimilado” a la “buena gente”. 

Igualmente, son víctimas de esta suerte de evangelio del economicismo imperante, los propios estudiantes que encuentra harto difícil no sólo conseguir trabajo, sino trabajo estable y de ahí poder alquilar una vivienda e incluso formar pareja. 

La precariedad conlleva un grado tal de incertidumbre que el enfrentamiento que hoy se da lugar en Francia y ayer en otros diferentes Estados, muestra a las claras que algo se debe hacer en aras de mejorar la situación y no, como quiere el propio gobierno francés, al estar de sus actitudes y a las que ha llevado a sus parlamentarios, en el sentido de abrir una brecha en el sistema social galo que es a todas luces uno de los más amplios hoy existentes en el mundo. 

¡NON!
Así y todo, el desempleo juvenil en Francia sobrepasa el 22 por ciento razón por la cual muchos jóvenes buscan impugnar esta perversión que intenta llevar adelante la clase dominante a nivel planetario. 

Francia, es interesante recordar, siempre ha estado adelante en las manifestaciones populares, con sus claroscuros, concedido, pero primera en la difusión de un estado de espíritu que indica la rebeldía a aceptar cándidamente un estado de cosas que a la postre acabará con el resto de las prestaciones sociales conquistadas a base de tanta lucha en el pasado. 

El caso del Contrato del Primer Empleo (CPE) es una muestra clara de lo antes dicho. Hay incluso quienes lo denominan el “caballo de Troya” que el gobierno galo intenta introducir en el sistema laboral de aquel país pero que al estar por las reacciones pasadas, actuales e incluso futuras, con la incorporación de los sindicatos a las demostraciones populares, tiene un futuro ciertamente precario, si vale la ironía. 

En definitiva, el estudiantado francés, en su gran mayoría busca certezas y respeto. Certezas por las condiciones que su futuro cercano pueda tener en materia laboral y respeto porque es básico en la vida la consideración del otro. 

Hará bien el gobierno galo en escuchar el eco de la rica historia de Francia y en el interior de su consciencia, apelar a repetir no una sino varias veces, quizá tres, el tríptico de la Revolución Francesa: ¡Libertad, Igualdad, Fraternidad!

[i] Entrevista a Russell Jacoby: “La izquierda sin brújula”, por José Antonio Aguilera Rivera: http://www.istor.cide.edu/archivos/num_7/notas2.pdf

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