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El marzo francés
¿Qué dicen los estudiantes?

por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Francia es, a no dudar, la caja de resonancia del humanismo desde hace siglos. Hoy, lamentablemente, los gritos que la misma produce son, una vez más, la exteriorización de hombres y mujeres ante una muestra más del divorcio entre los gobernantes y los gobernados. 

Ciertamente, vale decirlo, no resulta nada fácil sobrellevar, dentro de la lógica dominante, la lógica neoliberal, a una nación en su performance macro y microeconómica, si bien la primera es la que más se tiene en cuenta, a la hora de ranquear, de ubicar en más o en menos, la evolución de un país en relación a otros, sean socios como lo es la UE, sean competidores como ser los EUA y la China. 

Así y todo, Francia viene dando testimonio, en este nuevo malestar francés que comienza con el NO a la mal llamada Constitución europea y prosigue con los disturbios en los suburbios, otra forma, no nueva y menos reciente, pues estos fueron más violentos de lo que comúnmente lo son, la exteriorización de un malestar entre el discurso y la realidad de la vida cotidiana de hombres y mujeres que, en este caso, por su color de piel, por su apellido o incluso por la dirección de donde viven, no pueden conseguir trabajo. No digamos un trabajo decente sino un simple trabajo toda vez que la discriminación es a todas luces flagrante. 

Claro está, esta discriminación, esa ausencia de posibilidades de trabajo e incluso la valoración de condición de pobres es a todas luces diferente con la de nuestra región donde la pobreza, la discriminación y la ausencia de oportunidades no sólo se ha mantenido sino acrecentado en los últimos lustros. 

Allá la discriminación, aquí el apartamiento directo y simple de las posibilidades de tener una vida digna. Todo tiene su semitono, tanto allá como aquí, sin duda, pero cada vez es más difícil de ser hallado. Convengamos en ello. 

¿Qué dicen los estudiantes?
Justamente y a resultas de aquellos disturbios, el gobierno francés emprendió una serie de acciones tendientes a brindar alternativas. Y una fue el Contrato del Primer Empleo (CPE) que actualmente es resistido, combatido y muchos piensan que habrá de caer a resultas de las presiones no ya estudiantiles sino de la sociedad francesa que, en su inmensa mayoría, encuentra perversa o desatinada esta solución a un mal que viene de lejos. 

Son estos estudiantes los hijos y los nietos, en muchos casos, como en Lille por ejemplo, de hombres y mujeres desocupados. Estudiantes que en no pocas ocasiones en los últimos días y semanas han ido a votar, documento en mano para definir, por aplastante mayoría, la continuación de una serie de medidas de rechazo al gobierno y su intransigente posición respecto del CPE. 

Jóvenes que ya padecen un desempleo feroz que los margina e imposibilita de afrontar una vida en una planificación que vaya más allá de lo cercano. 

Son también los mejor preparados los que peor suerte tienen puesto que los otros, los que no pueden avanzar en los estudios ya se encuentran marginados (se estima en casi el doble el desempleo en los estratos sociales más bajos de la sociedad francesa). 

Estos chicos y chicas han llamado al CPE el Contrato Precariedad y Exclusión, manteniendo irónicamente, la sigla. 

Un CPE que desde el vamos fue el fiel reflejo de un estamento político esclerosado y refractario totalmente a lo social, a lo humano. 

El gobierno intentó llevar el trabajo legalizado a menores de edad, algo que ha quedado en la nebulosa de una “formación de aprendiz junior”, válida a partir de los 14 años que si bien pudo ser minimizado en su versión original, ha quedado ahí, incorporado al CPE. 

La formación de aprendiz junior comprende un año de iniciación a la tarea, desde los 14 pudiendo a partir de los 15 años de edad, ser llevado a un contrato de trabajo. 

Este CPE debe caer y tal es el reclamo ahora también de sindicatos y otros movimientos sociales, sumados a la resistencia al avance draconiano de la retórica oficial. 

Hace ya 12 años otro gobierno, presidido por Balladur, intentaba, sin éxito, implantar el “salario mínimo interprofesional joven”. Se trataba de un contrato para jóvenes entre los 18 y los 25 años, llamado Contrato de Inserción Profesional (CIP) que con este mecanismo podían ser contratados por un período de 6 meses a un año y con un sueldo equivalente al 80 por ciento del sueldo mínimo interprofesional. 

El gobierno no sólo tuvo que desistir sino que a raíz de esta intentona, cayó. 

¿Cómo salir de la lógica dominante?
No dudamos que el señor de Villepin tenga la mejor de las intenciones al pretender llevar algo novedoso al mercado laboral que haga este se mueva en el sentido de incorporar a más jóvenes al mismo pero, lamentable, lo hace con una mirada limitada y limitante. Limitada por la percepción de clase que lo lleva a pensar que el rendimiento de la economía francesa puede ser mejorado utilizando la variable de los sectores sociales medios y bajos, bien como de los jóvenes, no sin advertir que en su propia lógica se encierra la contradicción: llevará al desempleo a muchos adultos puesto que las empresas incurrirán en el exceso de tomar jóvenes sin preocuparse por causales de despido ni pago de retribuciones por tal concepto. 

Limitado también, el señor de Villepin, al convenir con el núcleo de la burocracia estatal que la variable son los jóvenes y los excluidos del sistema, y hablo del sistema, tanto de empresas como de empleados públicos franceses al percibir estos y merecer una serie de beneficios a todas luces escandalosos en relación con la nada de muchos compatriotas. El status quo, una vez más, parece ser la mejor muestra de valentía de los grises de todas las horas. 

Limitante también por no atreverse a dar un paso más en el sentido de llegar a la cuestión clave del hombre contemporáneo: la justicia, la equidad. Francia supo ser o decir mejor dicho cuán importante es pelear y lograr estos valores tan caros a lo humano del hombre. Pero hoy, lamentablemente, toda Francia, desde el espectro político, carece de la altura que su historia y su esencia le reclaman. 

Una vez más, Bobbio
Se trata de ir en pos de un nuevo contrato social pero un nuevo contrato que entienda y atienda la justicia distributiva, la equidad social. 

El Maestro Norberto Bobbio, enseñaba que  “(...) se trata de ver si, partiendo de la misma concepción individualista de la sociedad, que es irrenunciable, y utilizando los mismos instrumentos, seamos capaces de contrapoder al neocontractualismo de los liberales un proyecto de contrato social diferente, que incluya entre sus cláusulas un principio de justicia distributiva y por tanto sea compatible con la tradición teórica y práctica del socialismo. En el seno del Partido Socialista Italiano se ha comenzado a hablar de socialismo liberal. Me parece que el proyecto de un nuevo contrato social es la única manera de hablar de socialismo liberal que no sea demasiado abstracto o incluso contradictorio. Por tanto, es un tema sobre el que será necesario regresar.” Así terminaba el italiano un ensayo intitulado “liberalismo viejo y nuevo”, donde daba esta otra lección que haríamos bien en rever o comenzar a pensarla desde la circunstancia de vida de nuestras gentes. 

En todo caso, y respecto de Francia, como del mundo contemporáneo, la lógica dominante no es aplastante, no si contraponemos nuestra voz, que no nuestros gritos, a una razón de Estado que pretende hacernos creer que no hay alternativa como también plantearnos la ilusión de la libertad de mercados, en tanto como antes dijéramos, los mercados son creaciones políticas de los Estados, sin duda que de los dominantes. 

La performance económica de una nación puede perfectamente ser mejorada desde una política distributiva que lleve a un costeo en las empresas que incluya al hombre y excluya la grosería del vértice que todo lo quiere para sí y nada derrama a la base. Igual medida para el Estado y sus empresas, igual relación para las gentes en lo social. Si a la empresa se le pide mejor distribución, los diferentes feudos estatales, y me refiero, en el caso de Francia a los sindicatos de los funcionarios públicos, debieran validar una mejor política distributiva del empleo. 

Hay que ir a un nuevo contrato social. Hay que encontrar lo que el liberalismo ha perdido: su espíritu. Hay que salirse de esta perversa concepción de la vida y del hombre sobre la tierra. Pero esto, como todo, mis amigos y amigas, comienza por nosotros mismos. Hoy. Sin duda que hoy.

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