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Bertolt Brecht y la verdad
Primer paso: El valor necesario

por Héctor Valle

hectorvalle@adinet.com.uy

El que quiera luchar hoy contra la mentira y

la ignorancia y escribir la verdad

tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades.

Tendrá que tener el valor de escribir la verdad

 aunque se la desfigure por doquier;

la inteligencia necesaria para descubrirla;

 el arte de hacerla manejable como un arma;

el discernimiento indispensable para difundirla.
Bertolt Brecht, 1934.[i]

Introducción
El valor de ser persona, de ser hombre, de ser mujer. La fuerza necesaria no para gritar, sino para ser, y dejarse ser. Atreviéndose a vivir en libertad; valiéndose del intelecto y de la sensibilidad para que conjuntamente con la solidaridad que nace en el espíritu de un ser maduro, para lo que no hay una edad primera que esté predeterminada, nos pongamos de frente a la vida que es, reconozcámoslo, el rostro del otro, del diferente, del desconocido. 

Este hombre que hoy recordamos, el poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht, fue, a no dudarlo, una persona que se atrevió a ser y que estuvo sin matices, sin renuncias, del lado del oprimido, junto a la sensibilidad primera del ser humano. 

¡Cuánto necesitamos hoy de Brecht y cuánto, oh cuánto, de sus versos y de sus diálogos! Por ello, quizá, sea oportuno visitarlo desde este otro ángulo que igualmente conduce al camino del hombre recto, del ser erguido: el sendero que parte de lo desconocido y que pretende arribar a lo verdadero. 

Brecht, conviene decirlo, no escribió en clave dogmática, respecto de la verdad sino y antes bien, describió esta misma senda que antes mencionara, y nos legó los cinco pasos necesarios para andar por la misma de manera apropiada, en procura de un norte claro. 

Si nombro a Bertold Brecht no crean que dejo de nombrar en mi interioridad a otros que, como él, bregaron por dar pasos, que los dieron, en ese mismo sendero de rectitud, de solidaridad y de valor. Sus nombres, los nombres de mis otros maestros que hoy y aquí recuerdo son: Hannah Arendt, Edward Said, Michel Foucault y Pierre Bourdieu. 

Ustedes estos u otros nombres tendrán y está bien así sea. Yo tengo los míos y gusto de recordarlos porque al hacerlo recuerdo también mi propia ubicación en el sendero: la del discípulo que lejos está de alcanzar los pasos dados por sus maestros pero que tampoco se ha salido del primero, buscando el valor necesario, el arrojo apropiado para continuar en el mismo. 

Hoy, por todo esto y por todo aquello que tanto yo como usted o tú, guardamos en nuestra interioridad, a resguardo de la indiscreción de los profanos, les propongo lo hagamos juntos.  Caminar, recordando: 

El primer paso: El valor de escribir la verdad.
Dice Brecht: “
Para mucha gente es evidente que el escritor deba escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita valor.”
 

Así, con la simpleza de quien sabe lo que dice, Brecht avanza en el sentido de desvelar el conflicto que todo escritor tiene, máxime cuanto su verbo pretende estar a la par de lo contingente, de los problemas reales que viven el hombre y la mujer de a pie en el tuteo cotidiano con las cuestiones vitales de la vida. 

Brecht al hablar del valor necesario, se refiere no al valor de la pelea, de la fuerza descontrolada sino al arrojo indispensable para saberse parar ante la circunstancia y, en el caso del escritor con más razón aun, no dejarse llevar ni por el miedo ni por la obsecuencia, ese otro nombre de la renuncia a ser humano y la aceptación a un estado larvario en el que el interés pequeño y utilitario suplanta a la decencia de decir lo que uno siente y razona debe ser dicho en pro de aquella aproximación a lo verdadero que antes comentara. 

Dice el poeta alemán de la renuncia a la gloria, del despojarnos de esa vana presea o del intento de tenerla, de llevarla atada a nuestro cuello. Y dice bien. La gloria es hueca si para obtenerla primero laboramos y si por tenerla abdicamos de nuestra esencia y de nuestra conciencia. 

PARRHESIA – PARRESIASTÉS
Ahora bien, en primer término Brecht nos habla de la verdad, de proferirla, de intentarla, de buscarla y de ser, con valor, auténticos al atrevernos a tal empresa sin temor ni a la caída y menos todavía a perder falsas preseas. 

Y esto, la verdad y lo verdadero, el arrojo y la porfía es, son, lo que el francés Foucault trajera nuevamente a cuento, en sus cursos últimos, sobre lo que los antiguos ya dijeran con sobrada solvencia: la parrhesía es la libertad de quien habla y tiene, nos recuerda el gran francés, dos enemigos: uno moral, la adulación, y otro técnico, la retórica. Y el parrhesiastés es, como se desprende, el que se atreve a la parrhesía.[i] 

Adulación y retórica pues, son los adversarios de quien pretende conducirse por el camino de lo verdadero. 

Ahora bien, Brecht dice algo más, de lo mucho y bueno, bien que removedor y no pocas veces “molesto” para con uno mismo. 

Veamos: “También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar
que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor. Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles.”
 

Esta es la lección inicial de todo hombre, ¿nos les parece? Hablo, recordando a Brecht, de ante todo ser veraces con nosotros mismos. Y para esto se precisa valor, el valor, el coraje de poder mirarnos a nosotros mismos frente al espejo de nuestra conciencia y no dar vuelta la cara sino dejarnos estar para advertir, si cabe, que por cierto las más de las veces sí que cabe, enmendar nuestros errores, interiores o exteriores, o interiores que luego reflejan actitudes para con los otros, desmedidas por diversos motivos. 

Por ejemplo, yo, el que esto escribe, me he percatado que estaba ingresando en una suerte de ensayismo, otro nombre del profetismo, al no adecuar mis dichos a hechos, a datos, a estudios científicos que establezcan una correlación con el asunto tratado, y ahí sí, dar mi visión de la cuestión. Ser reflexivo pero serlo desde la cabal asunción de una mirada profunda y vasta al tema que me convoca. Bourdieu. Pierre Bourdieu, mis amigos y amigas, es el nombre del hombre decente que además de intelectual supo reflexionar desde la sociología, haciendo hincapié en esta cuestión: el autoanálisis. 

Dice Bourdieu, además: “Yo creo que la forma de reflexividad por la que abogo es distinta y paradojal por ser fundamentalmente antinarcisista.[ii] 

O sea, no sólo antinarcisista por permitirse autoanalizarse el sujeto sino que también porque este gran sociólogo francés propugnaba el estudio de las cuestiones cotidianas y comunes pero centrales en la vida de las personas. Es decir, rozaba el ego de muchos que sólo atienden las supuestas cuestiones de la doxa, olvidándose de lo vital que espera ser atendido. Esos pobres seres que, con los lentes negros de un ego que obnubila sólo escuchan la música de su voz y ven lo que quieren ver en aras de una presea más para el ídolo de barro que crearon y ya no saben cómo ni cuándo atender y obsequiar. Son los genuflexos que escapan de lo común y vital por la vía del academicismo o del abroquelarse en un léxico que los diferencie y preserve de los comunes mortales. 

Es claro. Nadie ni yo, pretende relegar el estudio más riguroso de las cuestiones centrales pero nunca tal estudio y su camino deben hacernos renunciar a las cuestiones centrales de la vida en el presente activo de nuestras vidas y las vidas de los otros. Tal es, creo yo, el sentido mismo de la filosofía latinoamericana: el ocuparse de lo concreto sin que por ello lo trascendente escape a la consideración del académico ni del escritor o incluso, quizá especialmente, del periodista, ya que estamos analizando un texto que el dramaturgo alemán escribiera desde la condición de escritor. 

Como les decía, estamos en el primero de cinco pasos a dar para afianzarnos en el sendero que conduce a lo verdadero. 

Hoy, merced a Brecht, hemos dado, así lo creo, el primero, en la próxima entrega intentaremos dar el segundo: La inteligencia necesaria para descubrir la verdad. 

Lo intentaremos pero primero convengamos en reflexionar en lo aquí escrito. Que ya tiene lo suyo. 

Permanezcamos en el camino, así tropecemos, que tropezaremos, hagámoslo: permanecer. Con valor,  abiertos a la consideración misma de nuestra propia idiosincrasia y en el apego al respeto para con el otro desde la prédica de lo verdadero, munidos de elementos apropiados y verificables, partiendo a una reflexión honesta que nos aleje de la cosificación del hombre en estado larvario. Ese pobre sujeto que, despreciando su espíritu y unicidad, vende su ser, su verbo y su pluma a la camada de parias que buscan que digamos las mentiras que desde la nueva Roma se imparten pero que ni en esta segunda Roma, sin Césares ni Senado, se cumplen. 

Hagamos el intento. Ser humanos es hermoso, aunque nos cueste una presea, aunque sople el viento y nuestras prendas no sean las mejores ni las más abrigadas. Aunque no tengamos el aplauso de la claque criolla. No ser cipayos, sino hombres y mujeres con sentido. Y con altura. Erguidos. Mirando al otro y pudiendo, también, en la noche de nuestra interioridad, mirarnos a nosotros mismos al espejo. Y no rehuir ese rostro nuestro que la conciencia nos presenta. 

Nos esperan unos cuantos pasos más, pero lo importante es estar y permanecer así el primero de estos nos lleve mucho tiempo. No importa. Permanezcamos. Vale la pena.

[i]Foucault, Michel,  La hermenéutica del sujeto, curso en el Collège de France (1981-1982), FCE, México, D.F., año 2002,  clase del 10 de marzo de 1982, Pág. 354.

[ii] Bourdieu, Pierre – Wacquant, Loï – una invitación a la sociología reflexiva, Siglo veintiuno editores, Buenos Aires, año 2005, Pág. 118.

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