Introducción
El valor de ser persona, de ser hombre, de ser mujer. La
fuerza necesaria no para gritar, sino para ser, y dejarse
ser. Atreviéndose a vivir en libertad; valiéndose del
intelecto y de la sensibilidad para que conjuntamente con la
solidaridad que nace en el espíritu de un ser maduro, para
lo que no hay una edad primera que esté predeterminada, nos
pongamos de frente a la vida que es, reconozcámoslo, el
rostro del otro, del diferente, del desconocido.
Este hombre que hoy
recordamos, el poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht,
fue, a no dudarlo, una persona que se atrevió a ser y que
estuvo sin matices, sin renuncias, del lado del oprimido,
junto a la sensibilidad primera del ser humano.
¡Cuánto necesitamos hoy de
Brecht y cuánto, oh cuánto, de sus versos y de sus diálogos!
Por ello, quizá, sea oportuno visitarlo desde este otro
ángulo que igualmente conduce al camino del hombre recto,
del ser erguido: el sendero que parte de lo desconocido y
que pretende arribar a lo verdadero.
Brecht, conviene decirlo, no
escribió en clave dogmática, respecto de la verdad sino y
antes bien, describió esta misma senda que antes mencionara,
y nos legó los cinco pasos necesarios para andar por la
misma de manera apropiada, en procura de un norte claro.
Si nombro a Bertold Brecht no
crean que dejo de nombrar en mi interioridad a otros que,
como él, bregaron por dar pasos, que los dieron, en ese
mismo sendero de rectitud, de solidaridad y de valor. Sus
nombres, los nombres de mis otros maestros que hoy y aquí
recuerdo son: Hannah Arendt, Edward Said, Michel Foucault y
Pierre Bourdieu.
Ustedes estos u otros nombres
tendrán y está bien así sea. Yo tengo los míos y gusto de
recordarlos porque al hacerlo recuerdo también mi propia
ubicación en el sendero: la del discípulo que lejos está de
alcanzar los pasos dados por sus maestros pero que tampoco
se ha salido del primero, buscando el valor necesario, el
arrojo apropiado para continuar en el mismo.
Hoy, por todo esto y por todo
aquello que tanto yo como usted o tú, guardamos en nuestra
interioridad, a resguardo de la indiscreción de los
profanos, les propongo lo hagamos juntos. Caminar,
recordando:
El primer paso: El valor de
escribir la verdad.
Dice Brecht: “Para mucha gente es
evidente que el escritor deba escribir la verdad; es decir,
no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe
doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los
débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy
provechoso engañar a los débiles. Incurrir es renunciar al
salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa
frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo
ello se necesita valor.”
Así, con la simpleza de quien
sabe lo que dice, Brecht avanza en el sentido de desvelar el
conflicto que todo escritor tiene, máxime cuanto su verbo
pretende estar a la par de lo contingente, de los problemas
reales que viven el hombre y la mujer de a pie en el tuteo
cotidiano con las cuestiones vitales de la vida.
Brecht al hablar del valor
necesario, se refiere no al valor de la pelea, de la fuerza
descontrolada sino al arrojo indispensable para saberse
parar ante la circunstancia y, en el caso del escritor con
más razón aun, no dejarse llevar ni por el miedo ni por la
obsecuencia, ese otro nombre de la renuncia a ser humano y
la aceptación a un estado larvario en el que el interés
pequeño y utilitario suplanta a la decencia de decir lo que
uno siente y razona debe ser dicho en pro de aquella
aproximación a lo verdadero que antes comentara.
Dice el poeta alemán de la
renuncia a la gloria, del despojarnos de esa vana presea o
del intento de tenerla, de llevarla atada a nuestro cuello.
Y dice bien. La gloria es hueca si para obtenerla primero
laboramos y si por tenerla abdicamos de nuestra esencia y de
nuestra conciencia.
PARRHESIA – PARRESIASTÉS
Ahora bien, en primer término Brecht nos habla de la verdad,
de proferirla, de intentarla, de buscarla y de ser, con
valor, auténticos al atrevernos a tal empresa sin temor ni a
la caída y menos todavía a perder falsas preseas.
Y esto, la verdad y lo
verdadero, el arrojo y la porfía es, son, lo que el francés
Foucault trajera nuevamente a cuento, en sus cursos últimos,
sobre lo que los antiguos ya dijeran con sobrada solvencia:
la parrhesía es la libertad de quien habla y tiene,
nos recuerda el gran francés, dos enemigos: uno moral, la
adulación, y otro técnico, la retórica. Y el parrhesiastés
es, como se desprende, el que se atreve a la parrhesía.[i]
Adulación y retórica pues,
son los adversarios de quien pretende conducirse por el
camino de lo verdadero.
Ahora bien, Brecht dice algo
más, de lo mucho y bueno, bien que removedor y no pocas
veces “molesto” para con uno mismo.
Veamos: “También se
necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se
es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de
reconocer sus errores, la persecución les parece la
injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos;
las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En
realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era
una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es
justo pensar
que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la
humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran
buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.
Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la
verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son
estas las brechas por donde se desliza la mentira. El
mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades,
como el hombre verídico por su vocación a las cosas
prácticas, reales, tangibles.”
Esta es la lección inicial de
todo hombre, ¿nos les parece? Hablo, recordando a Brecht, de
ante todo ser veraces con nosotros mismos. Y para esto se
precisa valor, el valor, el coraje de poder mirarnos a
nosotros mismos frente al espejo de nuestra conciencia y no
dar vuelta la cara sino dejarnos estar para advertir, si
cabe, que por cierto las más de las veces sí que cabe,
enmendar nuestros errores, interiores o exteriores, o
interiores que luego reflejan actitudes para con los otros,
desmedidas por diversos motivos.
Por ejemplo, yo, el que esto
escribe, me he percatado que estaba ingresando en una suerte
de ensayismo, otro nombre del profetismo, al no adecuar mis
dichos a hechos, a datos, a estudios científicos que
establezcan una correlación con el asunto tratado, y ahí sí,
dar mi visión de la cuestión. Ser reflexivo pero serlo desde
la cabal asunción de una mirada profunda y vasta al tema que
me convoca. Bourdieu. Pierre Bourdieu, mis amigos y amigas,
es el nombre del hombre decente que además de intelectual
supo reflexionar desde la sociología, haciendo hincapié en
esta cuestión: el autoanálisis.
Dice Bourdieu, además: “Yo
creo que la forma de reflexividad por la que abogo es
distinta y paradojal por ser fundamentalmente
antinarcisista.[ii]
O sea, no sólo antinarcisista
por permitirse autoanalizarse el sujeto sino que también
porque este gran sociólogo francés propugnaba el estudio de
las cuestiones cotidianas y comunes pero centrales en la
vida de las personas. Es decir, rozaba el ego de muchos que
sólo atienden las supuestas cuestiones de la doxa,
olvidándose de lo vital que espera ser atendido. Esos pobres
seres que, con los lentes negros de un ego que obnubila sólo
escuchan la música de su voz y ven lo que quieren ver en
aras de una presea más para el ídolo de barro que crearon y
ya no saben cómo ni cuándo atender y obsequiar. Son los
genuflexos que escapan de lo común y vital por la vía del
academicismo o del abroquelarse en un léxico que los
diferencie y preserve de los comunes mortales.
Es claro. Nadie ni yo,
pretende relegar el estudio más riguroso de las cuestiones
centrales pero nunca tal estudio y su camino deben hacernos
renunciar a las cuestiones centrales de la vida en el
presente activo de nuestras vidas y las vidas de los otros.
Tal es, creo yo, el sentido mismo de la filosofía
latinoamericana: el ocuparse de lo concreto sin que por ello
lo trascendente escape a la consideración del académico ni
del escritor o incluso, quizá especialmente, del periodista,
ya que estamos analizando un texto que el dramaturgo alemán
escribiera desde la condición de escritor.
Como les decía, estamos en el
primero de cinco pasos a dar para afianzarnos en el sendero
que conduce a lo verdadero.
Hoy, merced a Brecht, hemos
dado, así lo creo, el primero, en la próxima entrega
intentaremos dar el segundo: La inteligencia necesaria para
descubrir la verdad.
Lo intentaremos pero primero
convengamos en reflexionar en lo aquí escrito. Que ya tiene
lo suyo.
Permanezcamos en el camino,
así tropecemos, que tropezaremos, hagámoslo: permanecer. Con
valor, abiertos a la consideración misma de nuestra propia
idiosincrasia y en el apego al respeto para con el otro
desde la prédica de lo verdadero, munidos de elementos
apropiados y verificables, partiendo a una reflexión honesta
que nos aleje de la cosificación del hombre en estado
larvario. Ese pobre sujeto que, despreciando su espíritu y
unicidad, vende su ser, su verbo y su pluma a la camada de
parias que buscan que digamos las mentiras que desde la
nueva Roma se imparten pero que ni en esta segunda Roma, sin
Césares ni Senado, se cumplen.
Hagamos el intento. Ser
humanos es hermoso, aunque nos cueste una presea, aunque
sople el viento y nuestras prendas no sean las mejores ni
las más abrigadas. Aunque no tengamos el aplauso de la
claque criolla. No ser cipayos, sino hombres y mujeres con
sentido. Y con altura. Erguidos. Mirando al otro y pudiendo,
también, en la noche de nuestra interioridad, mirarnos a
nosotros mismos al espejo. Y no rehuir ese rostro nuestro
que la conciencia nos presenta.
Nos esperan unos cuantos
pasos más, pero lo importante es estar y permanecer así el
primero de estos nos lleve mucho tiempo. No importa.
Permanezcamos. Vale la pena.
[i]Foucault,
Michel, La hermenéutica del sujeto, curso en el
Collège de France (1981-1982), FCE, México, D.F.,
año 2002, clase del 10 de marzo de 1982, Pág. 354.
[ii]
Bourdieu, Pierre – Wacquant, Loï – una invitación a
la sociología reflexiva, Siglo veintiuno editores,
Buenos Aires, año 2005, Pág. 118.