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Los 150 años de S. Freud,
el que transformo la imagen
que el hombre tiene de sí mismo
José Cueli |
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“El psicoanálisis no es otra cosa
que la transferencia de una vocación...”
Dialogo de Giovanni
Papini con Freud |
El psicoanálisis no es otra cosa que la
transferencia de una vocación literaria, en
términos de psicología y patología
Diálogo de Giovanni Papini con Freud
- Había comprado en Londres,
hacía dos meses, un hermoso mármol griego de la época que
representa, según los arqueólogos, a Narciso. Sabiendo que dos
días antes Freud había cumplido setenta años —nació el 6 de mayo
de 1856— le envié la estatua como regalo, con una carta de
homenaje al "descubridor del Narcisismo".
Este regalo bien escogido me
valió una invitación del patriarca del Psicoanálisis. Vuelvo
ahora de su casa y quiero anotar de inmediato lo esencial de la
conversación.
Me pareció algo desesperado y
melancólico. «Las fiestas de los aniversarios», me dijo, «se
parecen demasiado a las conmemoraciones y recuerdan demasiado a
la muerte».
Me ha impresionado la forma de su
boca: una boca carnosa y sensual, algo satírica, que explica
visiblemente la teoría de la libido. Pero estaba contento de
verme y me ha agradecido calurosamente por el "Narciso".
«Su visita es para mí un gran
consuelo. ¡Usted no es ni un enfermo, ni un colega, ni un
discípulo, ni un pariente! Vivo todo el año entre histéricos
y obsesivos que me cuentan sus obscenidades —casi siempre las
mismas—; entre médicos que me envidian cuando no me desprecian;
y con discípulos que se dividen entre papagayos crónicos y
ambiciosos cismáticos.
Con usted puedo, al fin, hablar libremente.
Enseñé a los demás la virtud de la confesión y no he podido
nunca abrir por entero mi alma. He escrito una pequeña
autobiografía más que nada con fines de propaganda y si acaso me
he confesado, por fragmentos, en la Traumdeutung. Nadie conoce o
ha adivinado el verdadero secreto de mi obra.
¿Tiene una idea del sicoanálisis?
Respondí que había leído algunas
traducciones inglesas de sus obras, y que únicamente para verlo
me entretuve en Viena.
Todos creen
, prosiguió, “que tengo el carácter científico de mi obra y que
mi objetivo principal es la cura de las enfermedades mentales.
Es un enorme malentendido que ha durado muchos años y que no he
logrado disipar. Soy un científico por necesidad, no por
vocación. Mi verdadera naturaleza es la del artista. Mi héroe
secreto ha sido siempre, desde la juventud, Goethe.
Hubiera querido, en aquel
entonces, convertirme en un poeta, y toda la vida he deseado
escribir novelas. Todas mis aptitudes, reconocidas incluso por
mis maestros del Gimnasio, me llevaban hacia la literatura. Pero
si usted piensa cuáles eran las condiciones de la literatura en
Austria en el último cuarto de siglo pasado, entenderá mi
perplejidad. Mi familia era pobre y la poesía, por testimonio de
los más célebres contemporáneos, rendía poco o demasiado tarde.
Además era hebreo, lo que me ponía en condiciones de
inferioridad manifiesta en una monarquía antisemita. El
exilio y el mísero fin de Heine me desanimaban. Escogí, siempre
bajo la influencia de Goethe, las ciencias de la naturaleza.
Pero mi temperamento permanecía romántico: en 1884, para volver
a ver con unos días de anticipación a mi novia, lejos de Viena,
hice sin cuidado un trabajo sobre la coca y me dejé robar por
otros la gloria y las ganancias del descubrimiento de la cocaína
como anestésico.
En 1885 y '86 viví en París; en 1889 estuve algún
tiempo en Nancy. Esta permanencia en Francia tuvo una influencia
decisiva sobre mi espíritu. No tanto por lo que aprendí de
Charcot o de Bernheim sino porque la vida literaria francesa
era, en aquellos años, riquísima y ardiente. En París, como buen
romántico, pasaba las horas sobre las torres de Notre Dame, pero
por las noches frecuentaba los cafés del Barrio Latino y leía
los libros sobre los que más se rumoreaba en aquellos años. La
batalla literaria estaba en pleno desarrollo. El Simbolismo
alzaba su bandera contra el Naturalismo. Al predominio de
Flaubert y de Zola se lo estaba sustituyendo, entre los jóvenes,
por aquel de Mallarmé y de Verlaine. Hacía poco que había
llegado a París cuando salió el À Rebours de Huysmans, discípulo
de Zola, que pasaba al Decadentismo. Y estaba en Francia cuando
fue publicado el Jadis et Neguère de Verlaine y se recogieron
las poesías de Mallarmé y las Illuminations de Rimbaud.
No le doy estas noticias para presumir de mi
cultura, sino porque estas tres escuelas literarias —el
Romanticismo muerto hacía poco, el Naturalismo amenazado y el
Simbolismo en alza— fueron las inspiradoras de todo mi trabajo
posterior.
Literario por instinto y médico por fuerza
concebí la idea de transformar una rama de la medicina —la
psiquiatría— en literatura. Fui y soy un poeta y novelista
bajo la figura de un científico. El
psicoanálisis no es otra cosa que la transferencia de una
vocación literaria en términos de psicología y patología.
El primer impulso para el
descubrimiento de mi método me vino, como era natural, de mi
querido Goethe. Usted sabe que él escribió el Werther para
liberarse del íncubo morboso de un dolor: la literatura era,
para él, catarsis. ¿Y en qué consiste mi método para la cura de
la histeria si no en el hacer contar todo al paciente para
liberarlo de una obsesión? No hice otra cosa que forzar a mis
enfermos a actuar como Goethe. La confesión es liberación, o sea
cura. Lo sabían desde hacía siglos los católicos, pero Victor
Hugo me había enseñado que el poeta es también sacerdote y así
me sustituí descaradamente al confesor. El primer paso había
sido dado.
Me di cuenta de inmediato de que
las confesiones de mis enfermos constituían un repertorio
precioso de "documentos humanos". Yo hacía, por lo tanto, un
trabajo idéntico al de Zola. Él obtenía, de aquellos documentos,
novelas —yo estaba obligado a tenerlas para mí. La poesía
decadente atrajo entonces mi atención hacia la semejanza entre
sueño y obra de arte y sobre la importancia del lenguaje
simbólico. Había nacido el Psicoanálisis —no, como dicen, de las
sugestiones de Breuer o de los indicios de Schopenhauer y de
Nietzsche, sino de la transposición científica de las escuelas
literarias amadas por mí.
Me explicaré más claramente. El
Romanticismo, que retomando las tradiciones de la poesía
medieval había proclamado el primer lugar de la pasión y
reducido toda pasión al amor, me sugirió el concepto de la
sexualidad como centro de la vida humana. Bajo la influencia de
los novelistas naturalistas, di del amor una interpretación
menos sentimental y mística, pero el principio era ese.
El Naturalismo, y sobre todo Zola,
me habituó a ver los lados más repugnantes pero más comunes y
generales de la vida humana: la sexualidad y la avidez bajo la
hipocresía de las buenas maneras; en resumen, la bestia en el
hombre. Y mi descubrimiento de los vergonzosos secretos que cela
el inconsciente no son otra cosa que la evidencia del acto de
acusación sin prejuicios de Zola.
El Simbolismo, al final, me
enseñó dos cosas: el valor de los sueños, comparados con las
obras poéticas, y el lugar que ocupan el símbolo y la alusión en
el arte, o sea en el sueño manifestado. Fue entonces que
emprendí mi gran libro sobre la interpretación de los sueños,
como reveladores del inconsciente —de ese mismo inconsciente que
es la fuente de la inspiración. Aprendí de los simbolistas que
cada poeta debe crear su lenguaje y yo he creado de hecho el
lenguaje simbólico de los sueños, el idioma onírico.
Para completar el cuadro de mis
fuentes literarias agregaré que los estudios clásicos —cumplidos
por mí como el primero de la clase— me sugirieron los mitos de
Edipo y de Narciso; me enseñaron con Platón que el estro, o sea
el fluir del inconsciente, es el fundamento de la vida
espiritual, y al final con Artemidoro que cada fantasía nocturna
tiene su recóndito significado.
Que mi cultura sea esencialmente
literaria lo prueban abundantemente mis citas de Goethe, de
Grillparzer, de Heine y de otros poetas: la forma de mi espíritu
está encausada hacia el ensayo, a la palabra, a lo dramático, y
no tiene nada de la rigidez pedante y técnica del verdadero
científico. Y existe una prueba irrefutable: en todos los países
donde ha penetrado el psicoanálisis, éste ha sido comprendido y
aplicado mejor por los escritores y los artistas que por los
médicos. Mis libros, de hecho, se parecen bastante más a obras
de imaginación que a tratados de patología. Mis estudios sobre
la vida cotidiana y sobre las ocurrencias graciosas son
prácticamente literatura y en Tótem y Tabú me puse a prueba
incluso en la novela histórica. Mi deseo más antiguo y tenaz
sería el de escribir verdaderas novelas y poseo un tesoro de
materiales de primera mano que harían la fortuna de cien
novelistas. Pero temo que ya sea demasiado tarde.
De cualquier modo he sabido
vencer, por una vía alterna, mi destino y he alcanzado mi sueño:
permanecer literato a pesar de hacer, en apariencia, el médico.
En todos los grandes científicos existe la levadura de la
fantasía, madre de las intuiciones geniales, pero nadie se ha
propuesto, como yo, traducir en teorías científicas las
inspiraciones ofrecidas por las corrientes de la literatura
moderna. En el Psicoanálisis se encuentran y se compendian,
transportadas en jerga científica, las tres mayores escuelas
literarias del siglo diecinueve: Heine, Zola y Mallarmé se
reúnen en mí, bajo el patronato de mi viejo Goethe. Nadie se ha
dado cuenta de este misterio obvio y no lo hubiera revelado a
nadie si no hubiese tenido la óptima idea de regalarme la
estatua de Narciso».
La conversación, en este punto,
se desvió —hablamos de América, de Keyserling, e incluso de las
costumbres de las vienesas. Pero la única cosa que vale la pena
conservar en papel es la que he escrito ya. En el momento de
despedirme Freud me recomendó silencio en torno a su confesión:
«Usted no es escritor ni
periodista, por fortuna, y estoy seguro de que no divulgará mi
secreto».
Lo tranquilicé —y con sinceridad:
estos apuntes no están destinados a la imprenta.
Traducción: Fernando Acevedo
Giovanni
Papini:
Florencia
Italia nace el 9 de enero de 1881y muere el 8 de julio de 1956.
Su obra "El
Diablo" fue tema de grandes discusiones y controversias. La
crítica europea es de opinión que su mejor obra fue Gog, una
colección de relatos filosóficos, escritos en un estilo
brillante y satírico. Entre sus obras religiosas están: "La
Historia de Cristo", "Cartas al Papa Celestino VI", y "El Juicio
Final".
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