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Dogma neoliberal
II – El sermón y sus clérigos

por Héctor Valle

Tres Tablas conoce el Occidente: una la que, al estar de la Biblia, Dios escribiera directamente; en segundo lugar, la que Dios dictó a Moisés y la tercera, la que el dogma imperante intenta escribir y rescribir en el mundo, a través de los clérigos de la mayor falacia de la historia del hombre: el dogma neoliberal. 

Desde sus púlpitos, telediarios, foros económicos, funcionarios estatales dóciles a las prebendas como a la complacencia más cerril, lanzan sus vocecillas pregonando las bondades, jamás comprobadas en la Nueva Roma como tampoco en Londres, París, Bruselas, Madrid o cualesquiera otra ciudad del llamado Primer Mundo, ese que por lo pronto se engulló al Segundo e intenta, digamos que con mediano éxito, postrar definitivamente al Tercero. 

Lanzan, decía, su catecismo, con sus vocecillas de eunucos –pero no por cierto el eunuco al que refiriera Montaigne- pregonando sus conceptos mágicos: flexibilización, reforma, desregulación, privatización, achicamiento del Estado, etcétera. 

Lo hacen cuando cada vez es más notorio que ellos aumentan la presencia del Estado en sus sociedades, claro que lo hacen desde el Estado Penitenciario, eliminando el Estado Económico y reduciendo a lo irrisorio –hablo de los Estados Unidos de América- al Estado Social. No así en países europeos donde se pregona lo que ellos mismos no hacen. 

Porque digámoslo una vez más: la Nueva Roma no está sola. Tiene como compañeros de grupo, en su afán neocolonialista a otros Estados, como España, por ejemplo. El caso que más afecta, porque lacera, a nuestra América del Sur. Doble discurso para una doble moral que por lo mediático pretenden trivializar y por lo comercial buscan acrecentar en ganancias y presencias incuestionables en el beneficio de una sola vía (la que va a sus arcas) en las negociaciones con nuestros países. Véase si no el caso de los tratados ya firmados con gobiernos cipayos nuestros, en la “defensa” de las inversiones de países tanto europeos como del NAFTA. 

Clérigos: ese otro nombre para los traidores a la Patria Grande que deambulan por ahí acompañados de conserjes del FMI, BID, Banco Mundial y otros organismos multilaterales que envían, repito, a tristes emisarios a contentar y adular a los secuaces criollos que son tan afectos a creer el dogma en su versión más burda, tosca y desde luego que imposible de verificar con datos verificables. 

Y los medios masivos de comunicación, en manos de unos pocos grupos, son contestes en pasar estos sermones puesto que forman parte en el entramado de este proceso llamado globalizador cuando en verdad se trata de la mundialización del poder de unos pocos Estados y grupos trasnacionales. Estos, responden o se retroalimentan de los Estados que controlan el comercio mundial. Prueba irrefutable es que cuando surge un problema en un determinado país, es el embajador del país de mayor ingerencia en la trasnacional, el encargado de “defender” los intereses de ésta. 

Falacia pues de la globalización que se suma o forma parte de la otra: la de la existencia de mercados libres. Esas creaciones de los Estados, creaciones políticas, convengamos. 

Vergüenza. Los clérigos la han perdido y nosotros vamos camino a hacerlo toda vez que ya ni nos damos vuelta cuando pregonan la sarta de estupideces que dicen y hacen. Vergüenza porque tales estupideces no sólo responden a criterios ajenos a la decisión y contralor de nuestros pueblos e instituciones sino que además afectan, y cómo, y cuánto, a nuestras gentes en el día a día. Hambrean, segregan, estupidizan y crean espacios para que su falaz utopía tenga visos de realidad que luego nadie comprobará porque ya nadie o casi nadie se preocupa por ir en busca de sentido, por verificar la validez o invalidez de los dichos. 

Funcionarios corruptos y advenedizos. Esos que claman porque han logrado cancelar anticipadamente lo que nadie les pidió que hicieran, beneficiándonos con una supuesta rebaja por pago anticipado que luego nos costará el triple si queremos, como seguramente habremos de tener que hacer, al ir en busca de más créditos. 

Pero es que esos supuestos cíclopes del dogma neoliberal, sus organismos internacionales, están en fases más que preocupantes de financiamiento o mejor dicho de desfinanciamiento interno. Y ahí vamos contentos y felices nosotros, naciones sudamericanas, a saldar anticipadamente nuestras deudas. Va un país, dos países, tres países. Y cantan y ríen porque –dicen y capaz que se lo creen- ahora somos MÁS libres... Tragicómico. 

Mientras tanto, mientras los clérigos se ocupan de estar en todas las horas sensibles de la pantalla chica, los Estados, nuestros Estados, se preocupan por recaudar más pero no por generar genuina producción de productos con alto valor agregado, y menos todavía por hacerlo desde el cooperativismo, desde la sumatoria de microemprendimientos, sin dinamizar el mercado interno, ese mercado que ES EL QUE ZANJA la diferencia a favor del funcionamiento más dinámico del circuito económico de nuestras naciones. No.  

Ellos buscan al inversor extranjero. Pero lo buscan no desde la producción sino desde la especulación. Ellos, los clérigos, cuando se trata de los funcionarios a cargo de nuestras economías, por ejemplo, buscan agradar al virrey o al tercero del virrey del dogma, mostrándoles hermosos números de la macroeconomía de su país –o sea, nuestras dolidas naciones- sin importarle nada que lograron tal proeza, hundiéndonos en atraso cambiario, revalorizando una moneda que no tiene base alguna de sustentación, con una deuda externa, pública y privada, descomunal. Sin contar que nuestras exportaciones se basan mayoritariamente en productos primarios de bajísimo valor agregado que se aprovechan de factores netamente coyunturales para marcar presencia. 

¿Cómo podría decirle? Es como ver crecer a la leche cuando la hierve, ¿vio? Si usted mide la altura desde la base del hervidor hasta la punta extrema superior de la espuma le da una medida, si en cambio lo hace desde igual base adonde llega realmente el líquido, puesto que gran parte se va evaporando, la medida es una muy distinta. 

Yo lo sé, el ejemplo es burdo. Pero es que ellos, nuestros clérigos, nuestros porque los padecemos si bien están al servicio de terceros no criollos, ellos, digo lo son: burdos, toscos, menores. E inmorales. Profundamente inmorales. 

Lo son porque el hambre de nuestros niños, que ahora se suplanta no con recursos genuinos de la sociedad sino con servicio asistencial primario y directo que bien que les viene pero que no los saca del contexto de miseria en el que viven. Les llega algo más de recursos. Sin duda. Que permite que coman algo y que también permite que a los pocos meses los números sean otros. Pero son los mismos. Esencialmente nada cambia. 

Se trata de generar políticas reales de producción e inserción laboral de nuestras gentes CON EFECTIVA JUSTICIA DISTRIBUTIVA.  Al menos sincerarnos e IR MOSTRANDO, DANDO PAUTAS DE UNA TENDENCIA A LA GENERACIÓN DE MAYORES NIVELES DE JUSTICIA DISTRIBUTIVAS. 

Nuestros gobiernos, o sea nosotros, todos, debemos buscar que estos clérigos ocupen otros lugares pero no, no más, los de mayor responsabilidad en la conducción económica de nuestras naciones.

Da vergüenza, y si me permiten, da asco, que a las gentes de esta Patria Grande, se les esté tirando migajas mientras todos miramos para el costado y buscamos perdernos. Y nos vamos perdiendo, pero mucho más de lo que a primera vista entendemos. Porque al dejar que se pierdan los nuestros damos pie a nuestra propia y principal pérdida: la de nuestra responsabilidad social. La de nuestra vergüenza cívica. La del respeto que les debemos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. 

Hay que echarlos. Y no hay otra forma de decirlo: hay que echar a los cipayos que venden y hambrean a nuestras naciones. Y que los gobiernos asuman el reto histórico de la hora: ser progresistas. Porque sino a la postres ellos mismos serán también cómplices directos de estas paladas de basura que van echando sobre nuestras gentes. 

Aun hay tiempo. Seamos valientes. No para el grito, no para la prepotencia, sino en democracia, en el respeto a las leyes y a las normas. Pero con la responsabilidad y el rigor que la hora impone. La responsabilidad es nuestra. Apaguemos las cajas donde los clérigos pregonan con sus vocecillas de castrados los versos de un dogma falaz.

Escuchemos en el silencio del ambiente, y en la bóveda de nuestra conciencia, la voz primera. Reflexionemos y actuemos. Este es el momento.

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