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La visita
Un Cuento de Alfredo Gadino
…para que siga
flameando
cuando el hincha ya no esté.
-El
escribano le manda decir que hace meses que está mirando el techo. Que
por qué no va a su casa esta tarde. Dijo que extraña mucho todo aquello…
El hijo del almacenero contestó el teléfono cuando llamaron y el
muchacho mismo trajo el mensaje, porque le gusta ir a la casa de los
clientes. Allí es más fácil que le den alguna propina. Pero esta vez no
tiene suerte y se vuelve cabizbajo.
Partidos y partidos, un domingo tras otro sin que el escribano se
apareciera por el parque Solari era algo que le llamaba la atención,
pero no podía imaginar una razón u otra de esa falta y simplemente no
buscaba una causa, y menos todavía ésta, una enfermedad.
La llamada al almacén de la esquina le provoca desasosiego: hace muchos
años que Martínez no visita a nadie. Trata de recordar las palabras
exactas del muchacho y las repite en voz baja. Dijo que por qué no viene
a casa hoy domingo. Eso le permite razonar: este domingo no juega Wander,
por eso llamó hoy. Se ve que el escribano sigue por radio el campeonato.
Busca excusas para no ir pero no encuentra ninguna. Toma la decisión de
ir, aunque no es fácil hacerlo. Y recuenta los pasos, anticipando la
cadena de acciones que tendrá que llevar a cabo: lustrar los zapatos,
bañarse, conseguir ropa limpia, ordenar las crenchas, mirarse al espejo,
tomar el ómnibus, bajarse cerca. ¡Ah, tiene que buscar la tarjeta con la
dirección! Jamás se le ocurrió que iba a ir, así que la tarjeta debe
estar en la caja de las cosas inútiles.
Empieza por los zapatos. ¡Cuánto hace que no calza otra cosa que
alpargatas! Le parece que los botines necesitan una lustrada, pero la
lata de pomada le muestra una corona dura de cera. Prueba a ablandarla
con leche, con un chorrito de aceite, a cortarla con un cuchillo, a
fregarla con un paño… ¡No es fácil ir al centro!
Una hora larga le lleva el cuidadoso recorrido por el cuerpo, que tiene
que ir lavando de a poco, en la palangana que llena cada vez de agua
tibia transparente y vacía en el excusado cuando el líquido se ha vuelto
turbio.
En esa larga hora del preparativo, recién allí, toma conciencia de lo
que es saber que hay una persona que nos está esperando. Empieza a
sentir la necesidad de apurarse, de almorzar temprano como cualquier
otro domingo pero esta vez, en lugar de rumbear para la cancha a ser un
espectador más, perdido, sin nombre, va a encontrarse con alguien que la
llamó.
Al ratito de tocar el timbre del apartamento aparece Zulma, la esposa
del escribano.
-Mi marido me avisó que esperaba visitas…un amigo…Martínez…
-Si, yo- fue la respuesta tímida.
- ¿Usted es Martínez?
Zulma está confundida. Cuando el escribano, en la cena de los domingos,
comentaba lo sucedido en el fútbol y entre tantas cosas hablaba de la
hinchada, nunca dio lugar a pensar que Martínez era otra cosa que un
veterano solitario y un poco huraño.
-Sí- respondió la mujer que estaba frente a ella, una mujer madura, más
vieja que ella, con más arrugas en la piel, mal vestida, ridículamente
peinada. -Yo soy Martínez.
-Bueno…pase.
Ya en el ascensor Zulma se dio cuenta que la mujer que iba a su lado
tenía hermosos ojos grises… pero algo más que eso: tuvo que aceptar que
costaba separarse de esa mirada. Cuando llegaron a la puerta del
apartamento le preguntó si podría quedarse un rato, mientras ella hacía
unas compras. Entraron. Adentro, en esa tarde de sol, las pesadas
cortinas dejaban todo en penumbras, amortiguado.
Quedaron solos.
-Tengo cáncer.
-¿Necesita que le tenga lástima?
-No.
-Entonces, no me cuente.
Buscó una silla y la acercó a la cama. Cuando los ojos de Martínez se
acostumbraron a la penumbra de la habitación miró las fotos que cubrían
casi totalmente una pared del dormitorio.
Todas eran imágenes similares: parejas de novios y al costado,
mirándolos, el escribano.
-Son todas parejas que yo casé. Los fotógrafos ya saben: una de las
fotos de la ceremonia es para mí. Elija una y léame la fecha.
-La primera: 23 de setiembre de 1964.
-¿A que estoy sonriendo, no? ¡Qué año el 64! Me acababa de recibir como
notario y mis correligionarios batllistas me habían dado el cargo en el
Registro Civil. Ése es el primer casamiento que celebré… Eran tan
jóvenes. Y estoy seguro que en ese momento tocaban el cielo con las
manos. Después, no sé que pasó con ellos. Pero ahora, cuando mi tiempo
se termina, me sirve estar rodeado de imágenes en que todo está en
proyecto, por hacerse…
Mientras la mujer escucha imagina que el escribano, con su hermosa voz
de barítono, les entonaba, más que les leía: “En nombre de la ley, los
declaro unidos para siempre.” “Así sea”, respondía el coro de parientes.
Fue algo que ella nunca tuvo planteado en su vida. Hubiera sido lindo.
Pero hay algo que rompe la línea de fotografías: la medalla
conmemorativa de los 75 años del club.
-¿Se acuerda?
“Se acuerda” es una compuerta que, al abrirse, deja pasar
desordenadamente la avalancha de recuerdos comunes. No es una pregunta,
es un pasaje para dos.
-¿Se acuerda cuando Peña fusiló al golero de Rampla y el líneman levantó
la banderita? El Pelado lo corrió por toda la cancha y le gritaba:
Decíme a mí que fue orsay, decíme a mí que fue orsay…
¿Como no se iba a acordar? Martínez estaba sentada un escalón más abajo.
Los dos se pararon al unísono, agitaban los brazos como aspas de un
molino desarticulado y gritaban, alternándose, los mismos insultos. Hubo
insultos referidos a la honestidad del juez, a su higiene, a su precio,
a su agudeza visual, a la ocupación de su madre. Pero entre tantos
agravios repetidos, Martínez oyó que el de atrás gritaba “Violador de
reglamentos” e instintivamente se dio vuelta. Allí fue que se vieron
entre sí. El de atrás dijo algo así como Perdóneme, no puedo con mi
profesión; soy escribano.
Seguramente cada uno había estado en esas gradas decenas de veces, sin
conocerse, pero ese gol mal anulado los cristalizó en esa posición, ese
pedacito de cemento –Martínez en la grada de abajo, el escribano
exactamente atrás- que siguen reservando para ellos cada vez que el
Wander es locatario.
Allí estaban cuando el cuadro descendió.
- ¿Se acuerda del partido por el descenso?
- Me acuerdo que nuestro centrejá ese día andaba mal. Lo pasaban como
querían. Tres veces, el goleador de ellos quedó solo delante del arco,
pero voleó la pelota diez metros por arriba del palo.
- Los dos estaban vendidos, Martínez. Pasá, pasmado, le decía el Huevo
Riera y el otro quedaba solo frente al arco y mandaba la pelota a las
cachimbas.
-: En el último minuto, nos metieron el gol. No se podía creer el gol
que hizo aquel gauchito recién llegado.
- Estaban todos vendidos menos él…
- ¿Cómo no nos dimos cuenta?
- ¿Y se acuerda cuando debutó el Príncipe? ¡Qué campeonato hicimos en el
76!
- No, ese año yo no pude estar.
- Perdóneme. Igual… lo vimos tantas veces... ¡Cómo le gustaba a usted
cuando moviéndose apenas, el flaco hacía lo que quería con la pelota!
- Pero yo no lo pude ver debutar. Me tuvieron guardada en un cuartel
todo ese año. Nunca se lo había dicho… pero estuve presa. No sentía
vergüenza, al revés, tenía orgullo, pero a la vez no se me iba el miedo
porque los milicos seguían gobernando.
- Usted no me lo dijo pero yo lo sabía; había leído su nombre en el
diario. Mire que les dieron con todo a ustedes. Pero nunca bajaron la
cabeza. Yo los admiro.
- Déjese de pavadas. Allá en el cuartel sí que había compañeras
admirables, pero yo no era nadie, una obrera textil, nada más. Fíjese
que el coronel que hacía de abogado de oficio me dijo que yo era
periférica. Por eso al año me soltaron.
- Los comunistas son contradictorios; son materialistas pero se juegan
por un ideal. ¿Sabe, Martínez? Envidio ese modo de ser, porque yo fui
incapaz de cualquier sacrificio por los otros… Me rodearon de
almohadones de chico y no supe nunca desprenderme de ellos… Toleré
tantas cosas que no hubiera debido aceptar…
La mujer no puede dejar que crezca el silencio que espera agazapado y
elige, para evocar juntos, un partido imborrable.
- ¿Se acuerda del partido en el que el Gallego se reventó la cabeza?
Le iba la vida al cuadro en ese partido, pero los adversarios eran
indudablemente superiores: Solo había que impedir que llegaran al área.
Los defensas trancaban con fuerza a los delanteros rivales, propinando
algunos patadones que Martínez y el escribano percibían pero disimulaban
con miradas cómplices entre ellos. En un ataque, el puntero derecho de
Rampla descarga inesperadamente un tiro junto al palo. El Gallego, que
observa desde el medio del arco, se lanza para detenerlo, sin calcular
el largo de su vuelo y la distancia a que está el palo. Y mientras su
cabeza golpea contra el poste y, ya caído, la sangre le cubre el rostro,
la pelota entra al arco y los jugadores rivales, en lugar de ayudar al
herido, festejan el gol.
Fue entonces que, en medio de la confusión, del silencio de la gente que
lo rodeaba, el escribano dijo en voz muy alta:
- Esto es homérico.
Para Martínez las palabras esdrújulas ostentaban una jerarquía que no
tenían las demás. No le quedó muy claro qué significaba aquello de
homérico, pero entrevió que ella tenía que responder con algo que fuera,
también, trascendente. Y lo encontró.
- Merece un himno.
Ese diálogo los deja solos. Han quedado aislados en medio del bullicio,
de la sirena de la asistencia médica que se llevaba al herido, de la
alegría de unos y de la pesadumbre de otros, de los pitazos del juez, de
la acción policial para sacar de la cancha a los intrusos.
Martínez se da cuenta que ha propuesto algo para lo que no tiene fuerzas
y quiere retroceder.
- Aunque habría que saber música.
-Yo soy músico- dice el escribano. Y aún confiesa más. -Toco el piano
todas las noches en un cabaret.
A ella le cuesta esconder su asombro porque ahora sabe que no solo está
ante alguien que ha estudiado en la universidad, también está hablando
con un artista. Pero a la vez la entusiasma crear una canción para el
club.
-¿Cómo se empieza un himno?
-Por ejemplo, puede empezar con una clarinada: Ta-tá-ta…; ta-tá-ta…. Y
luego podría ser así: ta-ta-táá-ta-ta-ta-tá-ta.
Los dos, sin entorno, crean su propia realidad. El escribano golpea con
los dedos de su mano derecha en la otra palma, marca los ritmos,
buscando una melodía, contando las sílabas, improvisando una letra, en
la que, lo episódico va dejando paso a lo esencial.
-Destináá-dos a la glo-ria…No te arréé-dran las derro-tas…
- No te ¿qué?
-No ponga trabas, Martínez. No te arredran, no te acobardan.
-¿Y por qué no ponemos No te acobáár-dan las derro-tas?
-Porque no da. Fíjese. Tienen que ser ocho sílabas: ta-ta-táá-ta-ta-ta-tá-ta.
-¿Siem-prees túú-ya la victo-ria?
-Ahí está. Siempreestúú-ya la victo-ria. Bravo, Martínez.
Meses enteros les lleva la composición del himno. Los intervalos de los
partidos resultan cortos para intercambiar propuestas, para afirmar lo
que ya está decidido, para modificar la expresión desajustada, para dar
más marcialidad, más fuerza a aquellos acordes.
El escribano echa, entonces, la sábana para atrás, se sienta en la cama,
le pide a Martínez que le acerque las pantuflas y se apoya en su brazo
para levantarse y caminar hacia la sala donde está el piano.
-Abra un poco esa ventana.
Mientras ella dobla las persianas para que entre sol, él busca la
partitura, levanta la tapa del teclado, deja correr allí sus dedos para
que recuperen destreza, coloca la pieza en el atril, da entrada a la
música.
-Acá es la clarinada. Y luego del llamado, la primer estrofa.
Acompáñeme. No teufáá-nenlasvicto-rias, ni tearréé-dren las derro-tas…
La voz del enfermo va cobrando bríos; cantan juntos como si todo
empezara de nuevo.
-Que teespéé-raatilaglo-ria, albinéé- gropabellón. Así es, cortadito.
Acá unos acordes Pa-pa-pááá…-pa-pa-pááá. Siga conmigo, Martínez. Enloáál-to
y enlohon-do… Muy bien, con fuerza. Plantaréé- mostubande…
De golpe la espalda del escribano se dobla, su piel se torna lívida, la
respiración anhelante, la mano derecha queda suspendida en el aire, la
izquierda aprieta el pecho.
La mujer, asustada, pasa un brazo por la espalda del escribano, otro por
debajo de las rodillas e intenta llevarlo, casi arrastrándolo, hasta la
cama. Tiene la piel erizada, los labios temblorosos, jadea.
De pronto también está allí Zulma. Le da agua a beber al escribano.
Martínez oye reproches que no sabe si hace la esposa o si es ella la que
los imagina: vamos a pasar una noche difícil, con fiebre, con tos… Sabés
que no podés. ¿Por qué hiciste eso?
La visitante cree que es mejor que quede el matrimonio solo y va a
arreglar el desorden de la sala: las cortinas abiertas, la banqueta del
piano caída, las partituras desparramadas por el suelo. Cuando vuelve
todo a su lugar, recoge las hojas del himno y retorna al dormitorio. El
escribano, calmado y pálido, la mira con lentitud y reconoce lo que ella
trae en sus manos.
-¿Puedo robármelo?
La mano del enfermo, todavía temblorosa, insinúa el inicio del compás.
Los labios muestran lo que la voz no alcanza a decir. No teufáá-
nenlasvicto-rias…
-¿Somos de Wander, no? se acerca y le murmura la mujer.
-No vuelva, Martínez. Si es para esto, no vuelva- oye, a sus espaldas
una voz dura.
Zulma tiene razón. Y ella se va, caminando para atrás, con la partitura
que no sabe leer en su mano, con los ojos atados a los de su amigo.
No, no va a volver. Tampoco va a volver al parque Solari. Estos meses,
vacío el asiento de atrás, ella podía imaginarlos a los dos gritando,
discutiendo, moviendo los brazos como remos que se necesitan mutuamente.
Porque eran de Wander juntos; ella era de Wander con el otro. Con el
otro, que en cualquier partido podía volver.
Pero ahora, sabiéndose ya para siempre sola, los domingos se va a quedar
en casa.
* El maestro Alfredo Gadino nació en
Montevideo en 1937.
Especializado en didáctica de la matemática y el razonamiento,
obras suyas como "La batalla del Razonamiento" han formado
diversas generaciones de maestros uruguayos. Este trabajo fue
seguido de "La revolución de los maestros, ahora enseñan a
preguntar", "Matemática Escolar" y "Matemática Inicial". También
publicó, recientemente, "Las operaciones aritméticas, los niños
y la escuela" (Magisterio, Buenos Aires, 1997) y "La
construcción del pensamiento reflexivo" (Homo Sapiens,
Rosario,1998). Es columnista habitual del mensuario "Novedades
Educativas". En Uruguay tienen amplia difusión los textos para
escolares en los que participó: "El Ratón Preguntón" (primer
año), "El Supersónico 100" (Segundo año), "MatiTrés"(tercero),"
MatiCuatro" (cuarto), "M5" (quinto) y "M6" (sexto año).
Es director de Aula y de la Revista de la Educación del Pueblo.
LA
ONDA®
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