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Ortega y Gasset: Hoy cuando los vientos del sur y del oeste nos traen el eco de algunas voces destempladas, cuando la realidad propia dista de ser ideal, cuando el país mismo se apresta a resolver cuestiones que vienen de lejos y cuando, en definitiva, somos nosotros mismos quienes debemos enfrentarnos a la decisión de qué rumbo dar a nuestra nación en el primer siglo de este milenio, es dable recordar a aquel sabio y humano español, maestro de filosofía pero ante todo maestro de vida, don José Ortega y Gasset cuando, a resultas de la gran obra española Don Quijote de la Mancha, el Maestro Ortega compone sus “Meditaciones del Quijote”, es bueno releer sus páginas y hacer un alto en nuestras acciones para poder mirar más alto y más lejos. Ya desde el mismo comienzo, Ortega nos alerta respecto de qué Quijote habrá de abordar, es decir, no el personaje sino la obra que además comprende al personaje. Primera lección: la de no presumir algo que deviene en segunda instancia de lo primero: la obra en sí. Así, el periodista y filósofo español, nos introduce en una serie de reflexiones previas que, según entiendo, constituyen un mojón en el pensamiento reflexivo del Occidente y sin duda del mundo de habla hispana. Ortega que enseña, con maestría y también con claridad, esta tan famosa, por cierta, cualidad orteguiana, la de la tranquila posesión espiritual, dominio suficiente de nuestra conciencia sobre las imágenes, un no padecer inquietud ante la amenaza de que el objeto apresado nos huya, como bien aclara él mismo en esta obra cumbre al tratar el tema de “La luz como imperativo”.[i]
Pero me he adelantado en el
pensamiento del Maestro, vertido a través de estas páginas
memorables y siempre vigentes.
Perspectiva Un sabio y prudente consejo: el de apartarnos interiormente, es decir, dar una pausa a las emociones encontradas que puedan anidar en nuestro ser bien como el apagar el sonido a la vocinglería que presume de fuerza y que viene de afuera, para encontrarnos a nosotros mismos pudiendo entonces percibir qué es lo sustantivo y qué lo anecdótico, qué lo central y qué lo contingente, qué, en suma, es el asunto a tratar y no, por ejemplo, qué asunto quieren que tratemos. Ser dueños de nosotros mismos. Nosotros, hablo de los uruguayos, nunca creímos –y si lo hicimos así nos fue- ni en el grito de la chusma ni tampoco en las mayorías silenciosas, catarata que semeja un gran torrente y corriente que presume de mansa. No. La catarata tiene caída, donde ahí sí el golpeteo del agua con la roca produce un sonido fuerte por sonoro pero no por aturdidor, y en el otro caso remanso sereno en el sonido pero que bien puede llevar –y vaya que lleva- fuerzas ocultas que desembocarán un día sí y otro también en las aguas embravecidas de un mar abierto o acaso, en un río ancho como mar pero a la vez, de escasa profundidad y barroso, o sea de borrosa viscosidad. Dice Ortega: “Para quien lo pequeño no es nada, no es grande lo grande. Hemos de buscar para nuestra circunstancia, tal y como ella es, precisamente en lo que tiene de limitación, de peculiaridad, el lugar acertado en la inmensa perspectiva del mundo. No detenernos perpetuamente en éxtasis ante los valores hieráticos, sino conquistar a nuestra vida individual oportuno entre ellos. En suma: la reabsorción de la circunstancia en el destino concreto del hombre.” Observen cómo nos va aproximando al centro de la cuestión –la circunstancia- al hablar de dimensiones y emociones, de valores y, principalmente, de nuestra ubicación en el orden mismo de la cuestión a estudio: nuestra vida, nunca aislada sino comprendida en un contexto, en una situación aun más amplia y a la vez profunda que nuestras primeras y más fuertes sensaciones.
Circunstancia José Gervasio Artigas no creía en Buenos Aires ni tampoco en Montevideo como ejes de la cuestión. Artigas estaba en Purificación y cuando debió, por deber ético, emprender el éxodo lo hizo hasta el Ayuí que es como se llama al laurel en guaraní, o sea lo eterno, pues esto representa. Artigas quiso lo que las gentes de estas tierras, hablo del Sur, merecen, una región hermanada y no enfrentada por visiones pequeñas, sean las de pequeños seres que si los analizamos son presa de una turbación interior tremenda, ni tampoco por aquello que dije antes: supuestos gladiadores que al final, si quitamos el sonido de sus voces y leemos lo que acuerdan y firman por doquier, son fieles y funcionales títeres de la Nueva Roma, con lo cual, y por monedas, enturbian los diálogos regionales, hacen o intentan hacer caer acuerdos, prometiendo hacer lo que nunca harán: acordar un lugar superior porque tan sólo quieren proyectarse ellos y su supuesta visión del mundo más allá de su circunstancia, que no es la nuestra, sin preocuparse de hacerlo desde un ejercicio democrático sino valiéndose de ésta como instrumento de un nuevo fascismo que busca crecer en una doble fuerza: desde el norte mismo de América del Sur hacia el centro y desde el Sur de ésta hacia el mismo centro. No. Esta tierra y la gente que la habita ha vivido, sufrido y amado un ideario superior y más vasto que el de pequeños egos de seres ignotos que buscan perpetrarse atropellando institucionalidad e instituciones, acuerdos y el normal y civilizado trato entre naciones, creyéndose ellos superiores a éstas sin comprender, siquiera, lo vano de su intento. Sólo que en el intento, si nos sumamos al mismo sin detenernos a ver nuestra circunstancia, podremos dar saltos al vacío de la mano de los cipayos de todas las horas que, cual larvas humanas, buscan agradar a la Nueva Roma mientras que ésta sólo atisba a mirarlos de reojo con un rictus de desdén.
Ortega. Recordemos a Ortega. Busquemos, pues, el sentido. Y, hallándolo, actuemos en consecuencia cuando aun hay tiempo. Hagámoslo. Gobierno y pueblo; usted y yo. Que el ruido no es torrente sino tan sólo el eco de gritos de seres desesperados. Y, desubicados. No nos sumemos a su desubicación vital. Hay algo que siempre trasciendo al pequeño yo y es el nosotros, histórica y geográficamente. Algo que viene de lejos. No traicionemos nuestro legado ni hipotequemos nuestro futuro. Sepamos vivir y aprehender, por comprenderla, nuestra circunstancia de vida. LA ONDA® DIGITAL |
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