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Un libro, una película, el mercado:
La industria Da Vinci

por Oribe Irigoyen

Para crear una bola de nieve acelerada y grande de ventas multitudinarias, conviene ser estadounidense y disponer de un enorme mercado. Luego escribir una novela tipo bestseller, sostener que Jesucristo no es hijo de Dios, sino un profeta casado con María Magdalena y con hija cuya descendencia llega a nuestros días, afirmar que una conspiración bíblica y milenaria de la Iglesia católica ha ocultado esos hechos, intentar demostrarlo con una amplia documentación de manuscritos anejos y evangelios agnósticos considerados apócrifos por el Vaticano.

 

También, aderezar esa intriga con el asesinato de alguien en pleno Museo del Louvre, acusar al Opus Dei del mismo, poner de detective a un profesor universitario de Harvard, experto en códigos, simbología y religiones, para resolver el crimen y desentrañar la conspiración mencionada en las claves contenidas en pinturas del gran Leonardo Da Vinci. Por último, sentarse a esperar la polémica, el escándalo y el fru fru de los dólares apilándose en respetable montaña. Eso está ocurriendo con “El Código Da Vinci”, escrito por Dan Brown.

 

 Los estadounidenses, que saben mucho de esos cosas, dicen que está en marcha una pequeña industria Da Vinci – pequeña para ellos, claro -. Beneficiado por el escándalo y la polémica de las autoridades católicas de Estados Unidos, por lo que consideran  una ficción anticatólica poblada de múltiples falsedades, el libro ha tenido una éxito categórico  de ventas a nivel mundial – 30 millones de ejemplares vendidos en los m{as diversos idiomas -, ha propiciado el rodaje de una película del sello Columbia de 125 millones de dólares de costo, más 6 millones para Dan Brown por derechos de adaptación al cine, que abrirá el Festival de Cannes, fuera de competencia, el próximo 17 de mayo, para proceder a su estreno mundial simultáneo el 19 de mayo.

 

La bola de nieve y su publicidad de polémica y diatriba ya era suficiente para despertar el apetito curioso de todo bípedo pensante en el orbe y llevar agua al molino de la acumulación de dólares en “El código Da Vinci”. Pero nuevos ingredientes de morbidez y vocerío generalizado se sumaron para que la bola se agigante. El propio Dan Brown  enfrentando un juicio por plagio, la aparición de libros de autores avispados para descifrar los enigmas del libro para descubrir enigmas – rizar el rizo -, acrecentamiento de la polémica con intervención airada de historiadores, publicación de autores acerca de los evangelios gnósticos y sobre la pintura de Leonardo Da Vinci, la proliferación de sitios a favor y en contra de Dan Brown en Internet, etc, todos esos elementos se suman y exceden la mostaza excitante del fenómeno Da Vinci.

 

No deja de ser llamativo que en la modesta Montevideo, una librería de sus principal avenida haya destinado toda una amplia vidriera a exhibir los más diversos títulos sobre Da Vinci y sus alrededores. Ya aparecerán las pancartas y cortejos de gente delante de las salas cinematográficas el día del estreno del film. Entretanto, la más reciente novedad publicitaria de este fenómeno procede de Japón.

 

La Sonny se suma

– Por iniciativa del Museo Mori de Tokio, situado en la torre del mismo apellido, 54 pisos de acero, cemento y cristal, y de la compañía Sonny se ha creado un museo virtual Leonardo Da Vinci previo al estreno del film. En él, Sonny publicita  su tecnología más avanzada presentando pantallas de cristal líquido con tecnología digital, que muestran cuadros de Leonardo Da Vinci con la calidad y nitidez de los originales en pintura. Como si fuera una verdadera pinacoteca, las salas ofrecen imágenes de la “Mona Lisa”, el enigma de la doble composición de “La Virgen de la Rosa” o de “La última cena”, cuadros del pintor que constituyen parte nuclear del argumento del libro y la película. Aunque la exposición de Museo Mori-Sonny pretende quedar al margen de la controversia, en último término al auspiciar la publicidad de la Sonny – el negocio es el negocio -, también lo hace de la película en forma expresa.

 

Además de exaltar la pintura de Da Vinci, en la exposición hay un espacio dedicado a un libro inexistente, “The Art of the Illuminati” ( El arte de los Iluminados ), escrito por el profesor Robert Langdon, el protagonista ficticio de la novela y el film, interpretado en ésta por Tom Hanks. La solapa del libro exhibido ofrece una fotografía del actor, identificado como Robert Langdon, experto en simbología y religiones de la Universidad de Harvard.

 

Aparte de la economía y de la publicidad, semejante exposición nipona habla de la avasallante condición de “El Código Da Vinci”como noticia de actualidad, si quiere a nivel anual. “La Onda” no puede soslayar la referencia a ese fenómeno, aunque sí elegir o acotar los límites de su cancha referencial. Elige escribir sobre la película como tal, sin usar la manivela de si Cristo sí o Cristo no de la polémica que daría para un buen folleto lleno de datos y asuntos para disputar. En parte, ya se refirió al libro y a lo esencial del litigio en nota anterior, en parte porque el mismo rodaje de la película tiene algunas curiosidades de interés.

 

El Louvre dijo si, pero....

– La Columbia Pictures puso los 125 millones de dólares de la producción de “El Código Da Vinci” en manos de Brian Grazer, productor y de Ron Howard, director, quienes en el año 2001 ganaron el Oscar por “Una mente brillante”, y los cuales bregaron durante tres meses para obtener la autorización de filmar en las salas del Museo del Louvre, algo inédito en los 211 años de la institución. El permiso tuvo sus restricciones. Ocurrió en una semana de julio del 2005, durante 7 horas diarias de las 22 horas a las 5 de la mañana, un equipo de rodaje copó el Museo del Louvre. “Odio decir esto, expresa el director Ron Howard, pero la mayoría de las tomas se realizaron en la Gran Galería del Louvre. Como la gran obra maestra de Da Vinci – se refiere a la Mona Lisa. N..de R. – se aloja en una pequeña habitación de al lado y no teníamos autorización para filmarla, el equipo técnico decidió utilizar esa sala como depósito”. De modo que, la tabla de álamo de 77 por 53 centímetros sobre la cual Leonardo Da Vinci hizo que Mona Lisa mostrara su famosa sonrisa misteriosa en 1506, que nunca nadie se atrevió a tasar por considerarla invalorable, en definitiva no fue filmada. Se acudió a una réplica, porque según Ron Howard, “No podíamos escribir mensajes para decodificar sobre la Mona Lisa auténtica.

 

Por cuestiones de seguridad y preservación, tuvimos que ser muy precisos en cada toma”. Agrega que “ fue difícil filmar en algunos momentos, nada de sangre en el piso, aunque figuraba en el guión no lo pudimos hacer, tampoco podíamos descolgar cuadros y, obviamente, no estábamos autorizados a iluminar directamente ciertas pinturas”. De todos modos, el equipo de Ron Howard pudo culminar su tarea en el Louvre sin ulteriores problemas, cosa que no ocurrió en Londres, otro de los escenarios de la novela  era la Abadía de Wesminster, pero sus autoridades negaron el uso de la misma como set.

 

Tales fueron algunos de los avatares del rodaje de un libro que la revista estadounidense “Newsweek” definió como “una combinación de thriller, manifiesto religioso y conferencia de arte histórico”. Un buen negocio.

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